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44

“Soy un lector que accidentalmente escribe novelas”

Miami
Arturo Pérez Reverte comparte sus observaciones sobre el liderazgo, la especie humana y su modo de entender al héroe.

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Entrevista a Arturo Pérez Reverte

El popular escritor español no necesita mucha introducción ya que parte de su producción literaria, además de haber vendido más de quince millones de ejemplares en todo el mundo, ha sido llevada a la televisión y al cine.

Nació en 1951 en Cartagena, la antigua ciudad portuaria del sur de España, ubicada sobre las costas del Mediterráneo. Influido por sus lecturas, Pérez Reverte estudió Ciencias Políticas y Periodismo. Trabajó por veintiún años como reportero de guerra; primero para la prensa escrita y luego para la Televisión Española. En los años 1980s comenzó a escribir ficción. Publicó su primera novela El húsar en 1986 y luego El maestro de esgrima, en 1988, con un éxito tal, que fue adaptada para la pantalla. De ahí en más su carrera como escritor de novelas ha sido prolífica. Ha recibido muchísimos premios y homenajes, y es miembro de la Real Academia Española. Aún así, con una actitud casi rebelde, se ha mantenido independiente en sus ideas y opiniones políticas y sociales.

En una hermosa tarde de noviembre nos encontramos con Pérez Reverte. Es un día antes de la presentación de su novela Sidi. Un relato de frontera, que daría cierre a la Trigésimo Sexta Feria Internacional del Libro de Miami. Sentados en un balcón con vista al río, el tono de la conversación introductoria es amable y luego de algunos comentarios y un par de fotos, disparo mi primera pregunta.

Cartagena para mí es el mar y una biblioteca. Yo nací en una casa con una biblioteca grande, llena de libros, así que de muy pequeño los leía, miraba estampas y el mar. El mar para mí es decisivo y el puerto de Cartagena es fundamental.

¿Es verdad que usas sombrero cuando vas por la calle?

Es cierto. Uso sombrero Panamá en verano y de fieltro en invierno. Y aquí no lo llevo porque vengo de Nueva York donde hace mucho frío y aquí no he tenido tiempo de comprar uno. Me gusta usar sombrero, desde hace algunos años. Cuando era joven no tenía sentido usar sombrero, pero ahora es una especie de protección del sol y del frío, que ya cuando tienes sesenta años, no es lo mismo que a los treinta. También el sombrero es muy útil para muchas cosas.

¿Por ejemplo?

Quitártelo delante de una señora, por ejemplo, o de un hombre respetable, o de un amigo. Saber cómo llevarlo en la mano es uno de esos ritos de la época de mi abuelo y que ahora, con los años, me gusta conservar. Es una cierta manera de ser, de actitud. Es como la chaqueta, yo nunca me quito la chaqueta en verano, la llevo porque sí, por nada. Una vez alguien me preguntó por qué llevo chaqueta si sin ella puedo estar más cómodo. Y yo le dije, ¿por qué quiero estar más cómodo? ¿En razón de qué? ¿Para andar en mangas de camisa? Yo estoy más cómodo con ella.

Es una buena razón. Ahora, tú naciste en Cartagena de Murcia, en el sur de España, como el Capitán Alatriste. Cuéntame un poco de tus memorias cartageneras.

Cartagena para mí es el mar y una biblioteca. Yo nací en una casa con una biblioteca grande, llena de libros, así que de muy pequeño los leía, miraba estampas y el mar. El mar para mí es decisivo y el puerto de Cartagena es fundamental. El mar nunca ha sido un obstáculo, sino un lugar por el que iban y venían las gentes. De pequeño me escapaba del colegio, me iba al puerto, a mirar los marineros que bajaban de barcos, las prostitutas que estaban en las puertas de los cabarés, los tatuajes de la gente en los bares. Era un mundo fascinante y me he dado cuenta de que eso era una puerta a otros mundos que yo no conocía y me interesaba conocer. Digamos que mi deseo de irme empieza en el puerto de Cartagena. Por eso es decisivo para mí haber nacido en un puerto.

El Mediterráneo es un mar muy especial.

Si, es que es un mar muy singular. Todo viene de ahí, el Latín, el Griego, el olivo, el vino, las legiones romanas, los dioses, el mármol… todo viene de ahí.

¿Cuándo decidiste que querías escribir?

Lo de escribir, es una cosa tardía. Yo no quería ser escritor, yo soy un lector que accidentalmente escribe novelas. Y ese lector un día se fue de Cartagena a vivir cosas que había leído en los libros. Pasé más de veinte años en la guerra. Y al volver, como consecuencia natural, sentí la necesidad de que eso que había aprendido, que había ido echando en la mochila, utilizarlo para contar mis propias historias. Y empecé a escribir novelas. Como una forma de compensar, digamos, de reescribir los libros que había amado. Yo leí unos libros que he amado y luego salí a vivir. Luego, a la vuelta de esa vida, me puse a reescribir esos libros con la experiencia que ya tengo. A hacer mi Moby Dick, Mi Talismán, mis Tres Mosqueteros, mi Conde de Monte Cristo. A customizar, a mi gusto, la literatura que había leído.

Quería hacer una novela sobre el liderazgo. Cómo se maneja a los seres humanos, cómo se les manipula, cómo se les lleva a la muerte o a la victoria. Y también al concepto de héroe quería rebajarlo a su dimensión exacta.

¿Cuáles fueron las novelas o historias que te impresionaron en la adolescencia? Ya comentaste un poco de los autores del Siglo XIX.

La gran novela, esa gran novela del Siglo XIX es fundamental. Empiezo con Alejandro Dumas, con Walter Scott y después pasando a la gran novela, Balzac, Dostoievski, Galdós, a todos los que fue introducido el lector de mi generación. Y esa novela me marcó. Y hay otra cosa, yo estudié ocho años de Latín y cuatro años de Griego en el colegio Marista. Eso significa estudiar a Homero, traducir a Jenofonte, a Cicerón, a Julio César, y eso te da una formación, una manera de ver el mundo. Mi cultura es muy Europea, muy Mediterránea, muchísimo. Y aunque escriba lo que escriba, aún sobre el narco de Sinaloa en México, pues al final salen ese tipo de cosas.

Hablemos un poco de tu último libro, Sidi, Un relato de frontera, acerca del legendario Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador. ¿Qué hizo que eligieras ese personaje histórico del que mucho de lo que conocemos es ficción?

Justamente eso me daba la libertad, porque el Cid es un veinte por ciento de realidad y un ochenta por ciento de leyenda. Entonces tengo derecho de apropiarme de la ficción también. Decidí apropiarme de la leyenda y hacer ficción novelesca. Quería hacer una novela sobre el liderazgo. Cómo se maneja a los seres humanos, cómo se les manipula, cómo se les lleva a la muerte o a la victoria. Y también al concepto de héroe quería rebajarlo a su dimensión exacta. En mis novelas no hay héroes. Hay seres humanos que se buscan la vida, la comida, salen a comer. En aquellos tiempos duros, toda la gente que se ha ido de un lugar ha sido para huir, o bien para comer.

Eso quería contar yo, por qué el ser humano se va y se enfrenta a peligros para conseguir un pedazo de pan. Y me interesaba por qué consigue que otros lo sigan. Hombres rudos, duros, crueles y violentos que te sean leales, que peleen y que mueran por ti. Yo lo aprendí en la guerra. Cuando veía levantarse a uno y correr hacia el enemigo, y los otros lo seguían, yo me decía ¿cómo consigue este hombre que los otros lo sigan a morir? ¿Qué pasa por sus cabezas? Y bueno, me fijaba, preguntaba y miraba. Luego, con mi experiencia eso iba saliendo en mis novelas.

Sabes que pasa, y esto es una ventaja sobre otros escritores. No me hace mejor ni peor, pero me hace distinto: Cuando hablo de violencia, muerte, tortura, eso no lo aprendí de la literatura ni el cine, lo he visto. Así que hay muchas vivencias personales en esos libros. De modo que Sidi se beneficia de esa biografía personal.

Eso se nota mucho en tu serie de novelas de Alatriste. Gente miserable que se buscaba la vida.

Si, que se buscaba la vida con su espada. Hay un viejo refrán español que dice, “Espada tengo, lo demás Dios lo remedie”. Y era verdad, si tenían una espada ya se buscarían la vida. Es simbólico, pero era así.

Cuando hablo de violencia, muerte, tortura, eso no lo aprendí de la literatura ni el cine, lo he visto… Sidi se beneficia de esa biografía personal.

Hay una escena de Sidi en la que Mutamán, el rey moro le dice a Ruy Díaz “Eres uno de esos raros hombres fieles, no a una persona sino a una idea.” Y más adelante, “Hay quienes no se traicionan nunca, aunque se les hunda el mundo… No hay lealtad tan sólida como esa.” Pinta de cuerpo entero a tu versión del Cid.

Es cierto. Fíjate, yo no creo en las ideas. Es decir, las ideas cambian, cambian las épocas. Una idea puede transformarse y los seres humanos pueden utilizarlas para mentir, pero el que es fiel a sí mismo es consecuente. Ya tenga o no razón, cree, lucha y lo defiende. Mi héroe es un héroe no por causas generales, si no por causas particulares, personales. Que por coherencia consigo mismo se mantiene vivo y pelea. Todos mis héroes son así, todos. Y el Cid es uno de ellos.

Y no es fiel a España o a la Cristiandad, es fiel a sí mismo, a una manera de comportarse. Cruel cuando tiene que ser cruel, duro cuando tiene que ser duro, compasivo si tiene que serlo. Es un hombre, es un ser humano, y eso me gusta. Me gusta la gente que es así.

Sabes que este libro se está utilizando en España en escuelas de comercio y empresas financieras como manual de liderazgo. Me han invitado a dar dos charlas. Lo que te dice que eso vale igual tanto en la Edad Media como ahora, el mecanismo es el mismo.

Tienes una gran producción literaria con personajes inolvidables. El Cid, es un caballero y señor, aunque esté en la batalla; y tienes un personaje como Falcó, que es un individuo sin escrúpulos. ¿Con cuál de estos extremos te encuentras más a gusto al escribir y por qué?

Cada novela te exige un recorrido, un personaje, un todo. Una novela es un artefacto narrativo que hay que montar con eficacia. Y para eso hace falta que todo sea justo para el objetivo de esa novela. Con Falcó quería contar lo contrario, un hombre sin escrúpulos, al que le gustan las mujeres, el lujo y disfruta con la violencia y la aventura. Amoral por completo. No es que la vida le hiciera malo, es que ya era un hijo de su madre desde pequeñito. Y yo fui consecuente y conseguí un personaje acorde con eso.

Me siento cómodo cuando la historia es eficaz. Si quiero contar, por ejemplo, en La Reina del Sur, que es una de mis novelas más conocidas, cómo una joven analfabeta de Sinaloa llega a ser reina de un imperio, entonces toda la novela está orientada a explicarlo bien.

Yo no quiero que mis novelas mejoren el mundo, o hagan bien a la humanidad o quiero que tú seas más feliz leyéndolas. Quiero contar buenas historias, y que saquen de ellas sus conclusiones buenas o malas. Procuro ser eficaz. No quiero que mis novelas sean moralmente aconsejables o que los niños aspiren en el futuro a ser mejores ciudadanos. Eso se lo dejo para profesores, sacerdotes, políticos, sociólogos o moralistas, pero no a los novelistas. Yo cuento la historia de un hombre absolutamente deshonesto, y cuento una historia honesta que no me avergüenza en absoluto. Y Falcó lo es.

La Reina del Sur, una novela de tema contemporáneo y más popular que otras tuyas, fue llevada a la pantalla chica y resultó un gran éxito. ¿Tuviste algún reparo al hacer las concesiones necesarias para el lenguaje televisivo?

No las hice yo. El lenguaje televisivo lo hicieron otros, pero yo lo acepté y no he renegado de ello. Porque, sabes qué pasa, yo escribo novelas, para lectores de novelas. Pero la versión televisiva de La Reina del Sur es una telenovela, es para un público que a veces no lee. Hay públicos muy variados, entonces el lenguaje es distinto, no funciona el lenguaje de novela para un público que no lee novelas. La telenovela es un género convencional, que tiene sus reglas, tiene su tipo de lenguaje, de tratamiento, y lo acepto. Si cobro el dinero que me paga la productora para hacerlo, acepto que la novela va ser transformada para un público diferente al que yo dirijo la novela.

La compañía que te hacía el libro ahora la sustituye el móvil. Lo terrible es que dentro del teléfono tienes tres mil años de cultura Occidental, y la gente lo usa para mandar mensajes de WhatsApp.

Sería ridículo que vendiera un producto para la televisión y me negara a que esa televisión le haga cambios. Hay autores que no están de acuerdo, pues entonces no lo vendas, mantenlo intocable en tu casa. Pero si aceptas el juego, juega con las reglas del juego. Y te digo, hay una ventaja: La Reina del Sur habrá vendido en toda América un millón y medio de ejemplares. Pero a la telenovela la han visto varios millones de espectadores, con lo cual la historia ha llegado a un público global, de millones.

En tus más de 20 años de periodista de guerra, estuviste en muchos lugares y sin duda has visto horrores. Sin mayores detalles, ¿podrías comentarme sobre dos conflictos que te hayan impresionado por sobre los demás?

Uno es Eritrea, en 1977 y el otro la guerra de los Balcanes, a fines de los 1990s. En este último conflicto yo estaba en Bukova, Croacia, y el grupo con el que estaba fue el último en partir. Fue terrible.

He visto muchas luchas duras, pero esas dos guerras son las mas dramáticas que he visto.

También estuviste en Argentina, cubriendo la Guerra de las Malvinas. ¿Qué memorias tienes de aquel Buenos Aires y de aquella etapa en mi país natal?

Dejando aparte lo que fue la dictadura militar, hablando de la ciudad, yo tengo mucha nostalgia de ese Buenos Aires. Era un Buenos Aires lleno de librerías, en la calle Florida la gente se paraba a discutir, ¿te acuerdas? Era como el Foro Romano, la gente hacía corros hablando, discutiendo temas, y para mí fue una gran experiencia. Era un país maravilloso.

Hace poco leí en un reportaje que te hicieron que dijiste “leer es un asunto perdido. La lectura está condenada a muerte”. ¿No es una contradicción, viniendo de un escritor tan prolífico?

No, porque a mí eso no me va a pillar. Yo todavía vivo en la etapa buena. Pero cuando eso suceda no voy a estar aquí. Si yo fuera ahora un joven de veinte años que quisiera contar historias, elegiría hacer historias de televisión, o bien video juegos. La lectura como tal, como la conocemos, está condenada a muerte. Mira, en los años 90s, de un libro mío o de cualquier autor conocido, se vendían un millón de ejemplares en el año, y ahora si vendemos doscientos cincuenta mil estamos muy contentos.

La mujer ha estado callada junto al fuego, mirando, durante siglos, y se plantea preguntas que el hombre ignora.

Sabes qué pasa, a la literatura la ha matado el teléfono móvil. Cuando estabas en el aeropuerto, la sala de espera de un dentista o en el autobús estabas leyendo un libro. Ahora estás mirando qué correos tienes, mandando mensajes por WhatsApp. La compañía que te hacía el libro ahora la sustituye el móvil. Lo terrible es que dentro del teléfono tienes tres mil años de cultura Occidental, y la gente lo usa para mandar mensajes de WhatsApp. El libro está sentenciado. Está ocurriendo, no de forma brutal, no violenta, sino silenciosa como un virus. Nosotros no lo vamos a ver, pero dentro de cincuenta años. Seguro, segurísimo.

Seguirá habiendo gente que mantenga el libro como una religión, como una cofradía, pero será una elite minoritaria. Porque hasta los niños lectores de ahora viven en la cultura tecnológica. Es inevitable, hay que aceptar que es así. Todo se acaba en la vida, acabaron Roma, Bizancio…

Hablando de lectores, te escuché comentar que piensas que las lectoras, las mujeres, somos intelectualmente más exigentes. Me gustó eso, ¿podrías elaborar?

Es complejo de explicar, pero las mujeres por razones históricas, sociales, genéticas y biológicas incluso, tienen una gran curiosidad por el mundo exterior. El hombre ha pasado más tiempo guerreando, yendo al fútbol, haciendo ruido, demasiado ocupado en sí mismo y en sus rituales de tribu. La mujer ha estado callada junto al fuego, mirando, durante siglos, y se plantea preguntas que el hombre ignora. La mujer tiene una mirada del mundo que el hombre carece. La mujer mira con una curiosidad donde le va la supervivencia. Ha sido por tanto tiempo rehén del hombre, que ha desarrollado un montón de cosas. Ha compensado esa esclavitud con una inteligencia extrema a la hora de analizar las cosas. Nadie mira como una mujer, ningún hombre mira así. Una mirada de aprobación de una mujer, o una mirada de condenación de una mujer son abrumadoras.

En esa necesidad que tiene la mujer de nutrirse, de comprender, de mirar el mundo entra en literatura. Ella ha sido siempre más lectora que el hombre, y lo sigue siendo, porque tiene una necesidad mayor de comprender, de conocer. No tiene la autosatisfacción que tiene el hombre, no se resigna a la limitación intelectual que el hombre tiene.

Yo voy a muchos clubs de lectores, y el noventa por ciento son mujeres. Dicen que es porque la mujer tiene más tiempo libre, pero eso no es verdad. Tiene más curiosidad, quiere aprender y sabe que cuánto más conocimiento tenga, podrá más combatir al hombre. Tienen que saber diez veces más y demostrarlo, como por ejemplo a nivel laboral.

Además de escribir, que evidentemente es un placer para vos, cuáles son tus otros intereses, hobbies o pasatiempos que te ayuden al relax cuando lo necesitas?

El mar, yo soy marino. Hace treinta años que navego en un velero. El mar es mi otra vida. El mar y los libros. En el barco llevo una biblioteca de unos trescientos libros que voy renovando.

Después de haber visto de cerca todas esas muestras de lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, ¿sigues siendo optimista con respecto al futuro?

No. No lo soy. Soy pesimista. Tengo poca fe en el ser humano. Creo que la estupidez es más poderosa que la inteligencia, creo que cuando juntas a un malo con mil tontos tienes mil y un malos, y creo que el mundo es un lugar oscuro y peligroso, donde la inteligencia está penalizada y la estupidez está premiada. Y eso empieza en los colegios, así que no creo que estemos formando generaciones de líderes brillantes para el futuro. Pero no voy a estar allí. No les envidio a los jóvenes los líderes que van a tener dentro de un siglo. Mira la degradación que hay en todas partes, ¿dónde hay un Churchill, un Adenauer, un Kennedy?, ¿dónde hay un Balzac, un Homero, un Shakespeare, ¿dónde está Cervantes?

Seguramente tienes un próximo libro en marcha. ¿Puedes anticiparnos de qué se trata y por qué ese tema te interesó?

No. Hasta que un libro no está escrito, no existe. Y hablar de algo que no existe es absurdo.

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