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“Las palabras son una cosa rara para mi desde la infancia.
¿Qué querían decir aquellos gestos de la gente a mi alrededor? …….
el muro invisible que me separaba de los sonidos era de vidrio y cemento.
Me agitaba a un lado de ese muro
y los demás hacían lo mismo del otro lado.
“El grito de la gaviota” E. Laborit.(1)
En el presente epígrafe, Emmanuelle nos trae recuerdos de su infancia. Un tiempo signado por imágenes potentes, por la ausencia de sonido, recuerdos de su niñez, cuando aún los padres y su entorno familiar no se habían percatado de su sordera.
Las palabras de los otros eran inaudibles para ella sin embargo, esto no impedía despegar su curiosidad y de esa forma ir conociendo el mundo a través de su mirada atenta a su entorno y a los gestos que los adultos a su alrededor le dedicaban. Dar un sentido a esas imágenes visuales fue el gran desafío para ella y también para cada niño que en su misma condición, desde temprana edad no acceden a los sonidos del habla. Esta es una particular distinción que debemos hacer si consideramos que el cachorro humano se constituye como sujeto a partir de un complejo proceso de apropiación de la cultura en la que nace. La lengua entonces lo subjetiva, lo hace un ser de lenguaje. Entonces, es a partir de esta singular condición del niño que nos preguntamos desde el psicoanálisis: ¿en ausencia de los significantes sonoros de la lengua ¿por qué vías se inscriben esas marcas originarias que lo subjetiva, con las que se identifica y lo constituye en un ser hablante?
Debemos suponer que existen otros universos posibles, otras lenguas sin sonido creadas a partir de lo visto y no de lo oído. Si esto es así, podemos decir entonces que la lengua de señas, en tanto lengua viso gestual, creada por los mismos sordos es la lengua original que los constituye en seres de lenguaje. Se trata de pensar el tema de la sordera desde su propia lógica, no desde la lógica del oyente, siendo este un punto de partida y posición que difiere radicalmente del discurso científico.
Desde éste último la sordera es considerada como un déficit orgánico, poniendo a su servicio los avances de la tecnociencia en pos de lograr un ideal llamado “normoyente”. Pero, los recursos que brinda el marco teórico del psicoanálisis posibilitan hacer una diferencia con esta concepción de normalidad o de “cura” de la sordera.
El fundamento de la subjetividad está en la relación que cada sujeto tiene con la lengua que lo constituye, con lo que nos hace seres hablantes.
Ahora bien, ¿cómo abordar la subjetividad de niños sordos profundos, es decir aquellos que desde su nacimiento no oyen la voz humana ni pueden comprender las palabras?
Si en la clínica con niños oyentes el juego, el dibujo y otros elementos más allá de las palabras son comunes, me preguntaba qué era lo distintivo en el abordaje con niños sordos y en particular como se configuraba ese lazo entre el niño y la analista, pilar del dispositivo analítico. También fue necesario para mí sortear ese muro invisible que separa a los sordos de los oyentes. Muro que no solo se refiere a las distintas lenguas, la oral y la viso-gestual o lengua de señas, sino a los mitos que, como sociedad, construimos y que tienen consecuencias en la forma en que los oyentes tratamos a los no oyentes: distancia, desinterés, rechazo.
Con afán de acercarnos a este tema tan complejo, tomaré como referencia el relato autobiográfico de Emmanuelle Laborit, actriz francesa ganadora de un premio Moliere y directora de teatro , escritora y autora del libro “El grito de la gaviota” (1). Dicha escritora, sorda de nacimiento relata el difícil proceso a partir del cual logra su identidad como persona sorda, hecho que atribuye a la posibilidad de acceder a la lengua de señas.
Desde su nacimiento hasta los siete años, en que fue diagnosticada su sordera, su infancia transcurrió en un mundo que describe como un caos de imágenes, solo tenía recuerdos visuales. Veía a su madre desaparecer y aparecer, como imágenes sin relación entre sí, sin tiempo. Nos relata su experiencia al aprender la lengua de señas, con la que pudo comprender nociones como el pasado y el futuro y dar un salto enorme. ¿Pero qué ocurrió en los primeros siete años de vida? Madre e hija habían creado una comunicación peculiar que Emmanuel, llamaba umbilical, y que funcionaba como una clave que sólo la madre entendía. Lo describe como una suerte de lazo entre madre e hija que posibilitó un circuito de intercambio y comunicación. De este modo fue posible el despliegue de la subjetividad y el acceso a una lengua materna constituida a falta de la palabra hablada, por otros elementos lingüísticos que se traducen en imágenes y también en caricias, miradas, gestos, mímicas. Vivencias primarias que quedaron inscriptas en su subjetividad.
Cito a Emmanuelle: “Hasta los siete años no tengo más que recuerdos visuales, solo ojos y cuerpo”
Los niños sordos me han enseñado que el mundo que habitan está constituido principalmente por imágenes, un mundo sensible en el que la gestualidad, lo corporal, lo cenestésico, el movimiento de mano y cuerpo, conforman su lengua. Entendemos entonces por qué la lengua de señas se constituye en lengua originaria para estos niños.
La lengua de señas es una lengua viso-gestual natural en los sordos, creada por ellos mismos, que les da la posibilidad de comunicación y de pensamiento. Es en este sentido que los sordos se consideran pertenecientes a una minoría lingüística, a una “pequeña cultura” (2).
Desde esta misma perspectiva, la comunidad sorda abona la idea de una cultura diferente, oponiéndose al discurso médico, considera que dicha condición no representa una discapacidad y es por esta misma razón que también rechaza todo discurso que iguale a sordos y oyentes. Se pretende igualarlos imponiendo una sola lengua, la lengua oral. Y, por otro lado, se intenta convertirlos en oyentes mediante dispositivos tecnológicos como el implante coclear y la posterior habilitación de la audición, cuando a la vez se les prohíbe el aprendizaje de su lengua original. En la actualidad, la ciencia ha avanzado aún más en el terreno de la sordera, con el mismo interés de convertirlos en oyentes.
La complejidad del tema requiere nuestro conocimiento, por un lado, acerca de las diferencias entre sordos profundos de nacimiento y los hipoacúsicos, ya que estos últimos pueden tener acceso a los sonidos del habla, logrando constituirse subjetivamente por vía de los significantes sonoros de la lengua.
Por otro lado, es importante tener en cuenta el contexto social, familiar al que el niño pertenece, ya que, si éste es hijo de padres sordos, es acogido en el seno de esa misma cultura; en cambio si el niño tiene padres oyentes y particularmente luego del impacto que les produce el diagnóstico, la vivencia es muy distinta, pudiendo llegar a ver al hijo como un extraño. Es en este último caso cuando el discurso médico hegemónico muy tempranamente instala en las familias una seria disyuntiva: o aceptar la diferencia del hijo o intentar hacer de él un hijo oyente. Es también en estos últimos casos que el implante coclear puede ser visto como la panacea que permite el acceso a la audición y, de esta manera, se mitiga el dolor que les causa el diagnóstico de sordera del hijo.
Pero, lo que los padres desconocen es que adquirir el habla llevará al niño más de dos años de tratamiento de habilitación auditiva, un arduo trabajo que no siempre tiene los resultados deseados. Por otro lado, ignoran las consecuencias en la subjetividad del niño por la ausencia prolongada de un lenguaje, lo que representaría una iatrogenia. Debemos tener muy en cuenta que lograr la audición no implica mágicamente entender las palabras y hablar, sino que representa un reto lingüístico enorme para estos niños.
Médicos, fonoaudiólogos toman la posta en estos casos, mientras el psicoanalista suele aparecer en escena más tarde, instalándose un debate epistemológico que se perpetúa en la actualidad.
Desde nuestra mirada, lengua y subjetividad son términos indisolubles y es por esto, que el discurso del psicoanálisis se diferencia del discurso hegemónico de la ciencia, que, con su hegemonía, ejerce un imperativo que afecta en particular a los niños sordos y también a la sociedad.
En el capítulo “Señor implantador” del libro al que hicimos referencia, Emanuelle Laborit es clara en relación a considerar a los sordos profundos de nacimiento como una minoría cultural con idioma propio. A la vez, denuncia el acto de querer convertir a los sordos en oyentes, aniquilando su cultura. Habla de la pretensión de un mundo sin imperfecciones, sin diferencias y de esta manera, ubica a aquellas prácticas no sólo dentro del paradigma cientificista sino también como prácticas que tanto Laborit como la comunidad sorda tildan de xenófobas.
Es la misma comunidad la que lleva adelante muchos años de lucha a favor del reconocimiento de su cultura, la que les brinda la posibilidad de identificación con sus semejantes (3).
Vivimos en un tiempo de hibridación del humano con la máquina, de cyborg, siendo el implante coclear un ejemplo de esta condición, que puede ofrecer una mejor calidad de vida a las personas que padecen distintas formas de sordera o hipoacusia.
Actualmente, muchas personas sordas han optado por una doble pertenencia cultural al hablar dos lenguas, la oral y la lengua de señas. En cuanto a los que han sido implantados, encontramos distintas respuestas entre la aceptación y el rechazo. En general, podemos decir que son los hipoacúsicos los que se adaptan mejor al dispositivo, siendo los sordos profundos los que no se adaptan al mismo, resultando disruptivo, hasta estragante por causarles un padecimiento físico y psíquico.
Debemos destacar que los niños nacidos sordos, cuentan con una variedad de recursos lingüísticos donde lo visual predomina. La lengua de señas, entonces, es una lengua viso-gestual con legalidad propia, siendo, de esta manera, natural y matriz de la subjetividad en niños que no acceden a los sonidos del habla. Cuando la lengua de señas se prohíbe, deja al niño que recibe un implante coclear tempranamente, en dependencia absoluta de un dispositivo tecnológico. Si éste falla, se rompe, hecho bastante común, el niño queda aislado, sin elementos para comunicarse.
Es por esto que subrayamos la importancia del diagnóstico, que no sólo debe quedar restringido a la detección temprana y a la indicación de implante a temprana edad. La complejidad del tema de las sorderas requiere, de manera ineludible, una estricta evaluación de cada caso en particular, así como asesoramiento y acompañamiento a las familias, a fin de que estas puedan tomar la decisión más adecuada para el hijo, siendo el abordaje multidisciplinario el más acertado. De esta manera, los psicoanalistas tenemos un lugar desde el primer momento del diagnóstico. Un abordaje temprano del niño con su familia y el tratamiento del caso por caso permite a la misma desidentificarse de los imperativos que el discurso contemporáneo instala en la sociedad con frases como: “qué oiga y qué hable igual a los oyentes” a la vez que promover un espacio de elaboración de duelos para las familias y la aceptación del hijo con sus diferencias.
Consideramos entonces que es ineludible ofrecer a los niños de esta condición la posibilidad de la realización en las dos culturas, sorda y oyente, desde distintos espacios como son la formación académica y los abordajes terapéuticos que llevan a cabo especialistas, médicos otorrinolaringólogos, fonoaudiólogos que intervienen en el ámbito de la salud. Entendiendo que permitirles elegir es un derecho, un acto de justicia y reconocimiento de una sociedad integrada en la pluralidad y el reconocimiento y aceptación de las diferencias.
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Un comentario
excelente articulo!muestra la dificultad de la integración y hace hincapié en lo importante del diagnóstico temprano.