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En esta entrevista, conversamos con Julian Bonder sobre la arquitectura como marco ético para la vida pública. Memoria, trauma, justicia y espacio se entrelazan en una práctica que rehúye la representación del horror para abrir espacios de pensamiento y encuentro.
Julian Bonder es profesor, diseñador y arquitecto. Nació en Nueva York, creció y vivió en Argentina antes de radicarse en Cambridge, MA. Es profesor de arquitectura en la Roger Williams University, director de Julian Bonder & Associates y socio de Wodiczko + Bonder, Architecture, Art & Design. Es conferencista sobre temas relacionados con la memoria, el arte arquitectónico y la representación, el trauma histórico y el diseño de espacios públicos, monumentos y memoriales.
¿Qué te llevó a interesarte por la arquitectura?
Siempre me interesó la arquitectura. Mi padre, Isaac Bonder, era arquitecto. Desde chiquito yo iba a las construcciones. Me gustaba mucho aprender y ver cómo se hacían las cosas. Él me enseñó cómo contar los hierros, cuando se pone cuela el hormigón, cosas muy técnicas, pero también muy lindas. Por otro lado, siempre me interesó esta cuestión humana de la arquitectura, la arquitectura como marco para la vida.
Mi padre estudió en Estados Unidos. Hizo su máster en Penn con el arquitecto Louis Kahn. Yo nací en Nueva York y después volvimos a Argentina. Ahí hice toda mi carrera y empecé a enseñar arquitectura. Siempre me interesó la pregunta: ¿cómo se pueden construir espacios para que la gente viva? Me interesaba entender las preguntas y cuestiones no dogmáticas ni normativas, no solo las formas o lo más tradicional, sino fundamentalmente por qué la arquitectura es de determinada manera. Participé en concursos de arquitectura, concursos de ideas. Hice muchísimos proyectos, muchos no se construyeron. Así fue como empezó ese proceso.
Hace ya mucho tiempo, en 1991, me enteré de un concurso en Nueva York que se llamaba “Radical Architecture for Coney Island”. Fue un proyecto muy muy conceptual, muy intenso, un trabajo sobre el sitio. Tuve el honor de que el jurado me otorgara el primer premio unánimemente. Inicié el proyecto pensando en cómo repensar el lugar, ese Coney Island que habrás visto en las películas. Creé varios episodios urbanos, entre ellos, (conceptualmente) inundar una zona de Brooklyn, cerca de Coney Island, y armar una especie de lago artificial. En el sitio específico, llenar de arena toda la zona donde están las ruinas contemporáneas. Yo pensaba en la idea de la arqueología, y me acordaba, por ejemplo, de las ruinas romanas en las playas. Siempre me ha parecido interesante la materialidad de la ruina, algo así como una intuición de la memoria. A raíz de ese proyecto, empecé a considerar la idea de que los sitios tienen historias para contar y a preguntarme cómo se cuentan historias invisibles en los lugares.
¿Y cuál fue tu primer proyecto relacionado con la memoria?
El primer proyecto memorial que hice fue para la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). Cuando sucedió el atentado a la AMIA en 1994, yo dije: “Tengo que hacer algo con esto”. Y ahí empezó un proceso de pensar, más específicamente, sobre la memoria en los lugares.
¿Cuándo regresaste a Estados Unidos?
En 1995, vine a Estados Unidos. Tenía bastantes años de práctica profesional y de enseñar en la Universidad de Buenos Aires, pero me dije que quería tomarme un tiempo para estudiar. Decidí parar un poco mi trabajo e irme un año y medio a Harvard a hacer un máster de estudios, no de proyectos.
Te interesaba tomar cursos más académicos, más humanistas.
Exactamente. La idea era leer más, escribir más, pensar más. Fue el momento de parar y repensar mi carrera. Ahí fue cuando empecé a leer y estudiar más sistemáticamente esta cuestión de la memoria y los espacios, centrado, en ese momento, en el estudio de los memoriales del Holocausto. Me interesaba muchísimo entender por qué había tanto trabajo sobre la memoria en los sitios relacionados con la historia del Holocausto. Así fue como empezó ese proceso.
Siempre me interesó trabajar por fuera de lo tradicional, pensar la arquitectura desde otro lado. Conocí a pensadores muy interesantes, entre ellos Deborah Dwork, entonces directora del Center for Holocaust and Genocide Studies en Clark University y ahora directora del Center for the Study of the Holocaust, Genocide, and Crimes Against Humanity at the Graduate Center, City University of New York. Durante una conversación, Debórah me pidió que le mostrara algunos de mis trabajos y, luego de verlos, me dijo: “¿quieres hacer nuestro edificio?» Hice el Strassler Center for Holocaust and Genocide Studies en Clark University. Es una obra pequeña, pero muy significativa, edificada en un distrito histórico. Intenté pensar el problema del espacio y la memoria, cómo crear un lugar para el estudio donde los ecos del pasado se estudien de manera profunda y ética. La obra sugiere pensar la arquitectura no como un arte de representación. Si bien muchos arquitectos han trabajado esa idea, la arquitectura como representación, a mí no me interesa. Me interesa cómo generar espacios para el pensamiento y no espacios en los que uno intente, a través de la espacialidad, conectar con cuestiones de horror. Me parece que las nuevas generaciones tienen que acercarse a los problemas y a las historias, pensando que son historias vicarias, historias y memorias que uno no tuvo.
Lo mismo sucede en las artes plásticas.
Si, así es. Me interesa pensar el problema del arte en relación con la representación del trauma y cómo empezamos a pensar esas historias. Hay toda una discusión sobre el arte y la representación del horror. Eso fue lo que me interesó en ese momento, escribir sobre eso, pensar sobre eso, sobre cuáles son los límites de la representación en relación con el trauma.
Sin duda, uno de los proyectos más significativos que has realizado hasta el momento es el Monumento a la abolición de la esclavitud, en Nantes, Francia.
Como hablábamos, yo empecé trabajando los temas de la memoria del Holocausto. ¿Cómo llego yo a pensar y trabajar un proyecto en relación con la historia de la esclavitud? Fue un proceso muy interesante. A una amiga arquitecta le pidieron recomendaciones de quién podía concebir y presentar un proyecto para el memorial sobre el 54.º Regimiento de Infantería de Massachusetts, un regimiento de infantería afroamericano que prestó servicio en el Ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión estadounidense. Yo le dije: «¿Pero la verdad, qué sé yo de la Guerra Civil?» Me dijo: «No, no, pero vos pensás la memoria y los espacios, así que lo podés hacer.» Entonces me puse a estudiar, a leer, a investigar. Todos mis proyectos tienen muchísimo trabajo de estudio, muchísima investigación, leer y pensar, antes de intentar crear formas y espacios. Participé entonces, en el concurso y como ha sucedido en otras ocasiones no me lo adjudicaron porque mi proyecto era un poco radical, pero muy sencillo también.
Como parte del proceso, tuve conversaciones con amigos como Sven Beckert, codirector de la Weatherhead Initiative on Global History en la Universidad de Harvard, y su esposa, Lisa McGirr, también historiadora de Harvard del siglo 20. Ellos me sugirieron que me pusiera en contacto con David W. Blight, autor de Race and Reunion: The Civil War in American Memory. A partir de leer su libro y las conversaciones que tuve con él, empecé a pensar cómo se recuerda la historia de la Guerra Civil de Estados Unidos. A partir de este proyecto me acerqué a historias que no conocía en profundidad sobre la relación entre la memoria y la historia en EE. UU. Siempre, de alguna forma, me interesó la idea de que, cuando uno ve algo, ya no puede dejar de verlo. Siempre digo «Once you see something, you cannot unsee it».
Cuando surgió la posibilidad de hacer el proyecto de Nantes, tuve varias conversaciones con mi socio, el artista Krzysztof Wodiczko. Él había visto mi trabajo sobre el Holocausto, la memoria y la Guerra Civil. Fue a raíz de ese trabajo que decidimos armar una sociedad. Ahí fue donde empezó toda una serie de proyectos juntos. Obviamente, el más importante es este memorial. Nuestra forma de trabajo es siempre conjunta. No es una sociedad donde el artista piensa algo y el arquitecto trata de construirlo. El nuestro es un trabajo conjunto. Hablamos sobre la política, sobre la ética, sobre Emmanuel Levinas, sobre cómo pensamos el problema del otro, cómo pensamos el problema de la representación, del horror, cómo un sitio cuenta historias. Todo ese proceso fue parte del proyecto de Nantes.
En una de esas conversaciones estábamos hablando del lugar y dije: ¿por qué no excavamos todo este sitio que se ve?» El lugar era un estacionamiento, un malecón portuario. Le mandamos unos dibujos al director de espacio público de la ciudad de Nantes y él nos envió de vuelta un dossier de documentos que mostraba que ahí había un lugar bajo tierra, producto de construcciones del puerto de los siglos XVIII, XIX y XX. ¡Yo no sabía eso! Fue muy fuerte seguir esa intuición de los lugares. Me sucede en muchos proyectos cuando trato de mirar más allá de lo que uno ve. Lo de Nantes, en Francia, fue así. Aquello que no se ve está presente de alguna forma. Nantes fue el centro del tráfico de esclavos francés. Es una historia muy compleja, muy difícil.
El proyecto comenzó como un llamado a factibilidades para crear un memorial a la “abolición de la esclavitud”. Entonces uno empieza a pensar qué significan las palabras. ¿Por qué Nantes, que fue la capital del tráfico de esclavos francés, llama a crear un proyecto sobre la “abolición” de la esclavitud? Si bien, en ese momento, alguna gente pensaba que era una forma de “limpiar su propia historia”, nosotros, desde el inicio, planteamos que no se puede pensar en la abolición sin pensar en el tráfico, sin pensar en la esclavitud y sin pensar, también, en la esclavitud del presente. Entonces propusimos un proyecto que trabaja sobre esos cuatro puntos y que genera una transformación urbana significativa. Mirado desde el presente, unos 12 años después de que se inaugurara, con más de 2 millones de visitantes hasta la fecha, la idea de generar un espacio dedicado a la idea de la “abolición”, un espacio dedicado a la lucha por los derechos humanos, continúa teniendo mucha fuerza y vigencia.
Desde el punto de vista arquitectónico es un proyecto muy complejo.
El proceso de desarrollar un proyecto de esta escala, en términos de historia y memoria, por sus dimensiones fue muy interesante. Tuve la suerte de crear ese proyecto con Krzysztof. La obra es un gran espacio público que transforma 350 metros de la costa del Loire en el centro de la ciudad. El desarrollo conceptual y su ejecución llevaron mucho tiempo de trabajo con la ciudad, las comunidades locales y las comunidades de descendientes de esclavos de Guadalupe, Martinica y Haití, en Nantes, trabajo político, así como también la elaboración de procesos de construcción, desde ingeniería, costos, detalles y demás.
El proyecto tiene un espacio a nivel de la calle y un espacio subterráneo, como decía antes, residuo de la construcción de los malecones portuarios edificados en el pasado. Ambos están conectados espacialmente y el visitante visita arriba y abajo, a nivel del Loire. Una gran placa de vidrio de unos 100 metros de largo emerge del espacio subterráneo e “interrumpe”, a manera de corte, la superficie de la ciudad, el suelo urbano. El vidrio tiene 46 textos de diferentes autores contemporáneos e históricos. Nos interesaba crear un tipo de vidrio que, en vez de reflejar, pueda generar cierto ambiente y evitar el ruido visual. El vidrio entonces acalla el lugar, ayuda al silencio, a la lectura de los textos, a la conmemoración o simplemente al paseo.
Otro aspecto importante es el reflejo del agua del Río Loira. Decimos que uno de los únicos testigos de esta historia es el agua misma, el agua que entra cuando llueve, que marca la presencia de las palabras, como la palabra libertad escrita en 47 idiomas. Y cómo los detalles de construcción tienen que ver con la relación con lo que existía: la piedra del siglo XVIII, la estructura del siglo XX. En los dibujos de construcción se aprecia la estructura hecha a principios del siglo XX que ya existía y no era perfecta. Eso muestra la complejidad de estos proyectos, cómo se insertan, cómo se trabaja la técnica y cómo se genera el espacio. La gente camina, la gente se encuentra y ahí estás, arriba de la ciudad y después bajás. Todos los detalles tienen que ver hacer una obra monumental, pero muy silenciosa, con hacer una obra que diga lo menos posible, que no hable por otros sino que abra un tipo de espacio donde la gente se encuentre. Este proyecto es el espacio más grande dedicado a la memoria, la esclavitud y la abolición en Europa y posiblemente en el mundo. Si bien como proyecto se originó en una visión nuestra, como obra pública es solo posible con el soporte político, del sostén independiente, del alcalde y de mucha gente que decidió que era importante hacerlo.
Además de trabajar como arquitecto tienes gran pasión por la enseñanza. Eres profesor en la Roger Williams University y en Harvard. Me parece interesante cómo no solo realizas estos proyectos, sino que tienes la posibilidad de compartirlos con tus estudiantes y estimularlos a que desarrollen sus habilidades.
Sí, para mí la relación entre enseñanza y práctica está muy conectada. Dicto seminarios sobre espacio público y arte, talleres de diseño sobre historias que tienen que ver con la justicia, los legados de la esclavitud y el trauma histórico, pero siempre haciendo proyectos que celebran la vida. Siempre insisto en eso en proyectos, en mi trabajo con comunidades y con mis alumnos. No estamos trabajando sobre el horror, no estamos trabajando solo sobre memoriales, sino que estamos pensando la memoria en el espacio público, que no es exactamente lo mismo. Y esto es clave: memoria y vida. Yo siempre planteo la idea de la memoria como acción, la memoria como verbo, no como un objeto que se mira. Hay una idea fundamental que es que estos proyectos son formas de testificar, de afirmar nuestra humanidad común, de generar preguntas, de escuchar a las voces de aquellos que tantas veces no tienen voz en el ámbito público, que pueden servir como instrumentos democráticos y que, de alguna forma, nos pueden acercar a la experiencia de otros y otras. En ese sentido hay pensadores que me han ayudado muchísimo.
Por ejemplo, James Baldwin que nos decía: “Las preguntas que uno se hace comienzan, al menos en parte, a iluminar el mundo, y devienen la llave para acercarse a la experiencia de los otros”
Entonces, esa situación que tiene que ver con cómo se acerca uno a aquellas otras y otros, me parece fundamental. Esto tiene que ver también con Emmanuel Levinas, su aproximación a la ética como experiencia de estar frente al “rostro” del otro y su acercamiento a la idea de sociedad que nos plantea en uno de sus ensayos, “La Dificile Liberte”: la sociedad es el milagro de salir de uno mismo. Todo esto está, de alguna forma, en mis proyectos—ya sea un memorial, un museo, o una casa—en mi enseñanza y en mi trabajo con organizaciones y comunidades. Por ejemplo, ahora estoy haciendo un taller de diseño sobre la justicia. Los alumnos se acercan al problema de la justicia desde diferentes puntos de vista con el objetivo de crear un proyecto arquitectónico, público y espacial, en relación con ciertos aspectos que les interesan. Hace un par de años, como parte de mi trabajo académico y en relación con la historia y memoria de esclavitud en EEUU, hicimos un taller de diseño sobre Harvard and The Legacy of Slavery y otros sobre los legados de la esclavitud en Rhode Island. Ambos proponen pedagogías en relación con historias y memorias complejas en EEUU. Los estudiantes trabajaron muy bien y con mucho compromiso ético y de diseño.
El año pasado, trabajando en otro taller sobre la justicia, le pregunté a una alumna qué le interesaba. Ella quería hablar sobre los crímenes domésticos no reportados, los crímenes que no se ven. Empezó a trabajar sobre eso y comenzamos a abordar el problema de cómo se habla de eso, de aquello que no se ve (o no se quiere ver). Obviamente, el trabajo de mi pareja, Priscila Monge, tiene mucho que ver con eso. Pero esta alumna empezó a trabajar sobre el confesonario de las iglesias, ese espacio en el que uno habla sin ver al otro. Empezó entonces a trabajar esos temas y después comenzó a pensar qué tipo de proyecto podría hacer. Fuimos trabajando eso hasta que decidió hacer un “shelter” para mujeres abusadas en una zona de Boston. Y generó un proyecto muy bueno, muy mesurado y también muy silencioso.
Como profesor y como arquitecto trabajo con la comunidad, con la gente. Eso implica escuchar qué les interesa, qué es importante, no decirles que tienen que hacer. Lo mismo sucede con los proyectos. Hay que escuchar a los sitios, escuchar las historias, escuchar los testimonios. Mis proyectos para el Center for Holocaust and Genocide Studies, las propuestas para el Memorial de Martin Luther King, Jr. y Coretta Scott King, en Boston, o el Monumento Nacional del Holocausto en Canadá se basan en pensar los sitios y los temas. ¿Cómo nos acercamos a estos proyectos? ¿Cómo generamos espacios para la acción? ¿Cómo pensamos la materialidad y la memoria? ¿Cómo pensamos los espacios públicos y democráticos?
La enseñanza y el trabajo académico me ayudan a pensar estos temas. Invito a los alumnos, jóvenes colegas, a tratar de entender la relación que existe entre arte, arte público, espacio público, arquitectura y memoria. Un objetivo es invitarlos a ver que hay muchos caminos que pueden encarar, como creadores, como profesionales, como miembros de la sociedad.
Pienso siempre que uno tiene una misión en el mundo, y siento, humildemente, que la mía es, entre otras cosas, ayudar a la gente a pensar y a pensarse en el espacio. El ayudar con proyectos, ideas y palabras. A veces, cuando doy una charla, hago un ejercicio muy corto que consiste en invitar a pensar en un evento importante en sus vidas y conectar la memoria de ese evento con el espacio en el cual tuvo lugar. Los invito a pensar en sus memorias, porque no hay memoria sin espacio, no hay recuerdo sin espacio. Podemos recordar vagamente, pero no existe experiencia que no esté marcada por un espacio. En ese sentido, yo creo que hay una cosa muy linda de la arquitectura que es esa capacidad que puede llegar a tener para marcar experiencias de los otros. Y eso se conecta con la gente, sus vidas, historias y memorias, y también con nuestra vida pública, con nuestras democracias. Es por eso por lo que me interesa profundamente el diálogo y la conversación con el arte, con artistas, con historiadores, con activistas culturales, con agentes culturales. Por eso también hago intervenciones temporarias en los espacios públicos como la intervención urbana en San José, Costa Rica, “Precaución, Ciudad, Memoria”.
¿Qué proyectos tienes en mente o te gustaría hacer?
Hay muchos, la verdad, pero siempre colaborando con gente y comunidades, creando marcos para diálogo y encuentro. Desde casas, edificios y proyectos culturales. Creo que la arquitectura es un marco para la vida y quiero seguir haciendo obras que celebran nuestro estar en este mundo y mejorarlo. Por ejemplo, en Argentina, en Rosario, estoy comenzando a pensar en un proyecto temporal que tiene que ver con los cincuenta años del golpe de Estado. Estoy también elaborando un proyecto para el Middle Passage Memorial en Newport, Rhode Island. Tengo muchos otros proyectos y obras en marcha. Quiero seguir mi trabajo con comunidades en EEUU, Centroamérica, Sudamérica, Europa o donde pueda colaborar. Seguiré mi trabajo de enseñanza y con organizaciones como el European Observatory on Memories y como miembro de International Advisory Board del Auschwitz Institute for The Prevention of Genocide and Mass Atrocities (AIPG).
Ahora bien, un proyecto con el que sigo soñando, es alguna vez poder diseñar, pensar y realizar una sinagoga. Ese es un tipo de espacio que me interesa mucho, como lugar de conexión y comunidad. Fundamentalmente me interesa seguir trabajando y ahondando estas ideas, la memoria como acción, la idea de que los proyectos pueden asistir a procesos democráticos, la idea de la arquitectura como marco para la vida.
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