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Pablo Maurette nació en Buenos Aires y desde hace más de dos décadas vive fuera de la Argentina. La distancia no ha cortado su vínculo con el país de origen, sino que lo ha vuelto más complejo, familiar y ajeno a la vez. Filósofo, ensayista, profesor universitario y narrador, Maurette ha construido una obra atravesada por la literatura, el cuerpo, la memoria cultural y las formas en que los relatos nos constituyen.
El contrabando ejemplar, novela ganadora del Premio Herralde, despliega una trama en la que cada personaje cuenta su propia historia y, al hacerlo, se suma a una composición mayor que hace surgir una Argentina hecha de cruces, migraciones, linajes y voces superpuestas. Letra Urbana conversó con el autor sobre el impacto del premio, sus comienzos en la escritura, la experiencia colectiva de leer a Dante en redes, y esa “familiaridad extrañada” que marca su relación con el país natal y con la ficción.
Has tenido varios reconocimientos por tus publicaciones literarias, pero el Premio Herralde de Novela 2026 para El contrabando ejemplar es el primer galardón internacional que se te otorga. ¿Qué sentiste al saber la noticia? ¿Cómo crees que este premio podría influir en tu carrera como escritor?
Es la primera vez que gano un premio literario. Sin duda, cuando uno se presenta a un premio alberga la ilusión de ganarlo y tiene fantasías de victoria y de gloria. Y es cierto que la realidad suele decepcionar al soñador, las fantasías suelen ser más dulces e intensas que los hechos. Pero en este caso, la noticia no solo me dejó estupefacto, sino que me dio una alegría enorme, duradera. Es un premio que me honra mucho haber ganado por dos razones. Una es el prestigio que tiene a lo largo y a lo ancho de todo el mundo hispanoparlante – un premio verdaderamente panhispánico-, la otra es que lo han ganado autores a los que admiro muchísimo, como Javier Marías, Sergio Pitol, Álvaro Enrigue, Roberto Bolaño. Los premios, sin embargo, no garantizan nada. Espero que al menos me asegure poder publicar mi próximo libro, espero que dé a conocer mi obra a más lectores y espero que me acerque al menos un milímetro al objetivo central de todo escritor que es tener más y más tiempo para escribir.
El lugar que mejor conozco, es mi hábitat natural, pero a la vez cada año que pasa se vuelve más y más ajeno. Esa sensación de familiaridad extrañada sin duda que tiene un peso enorme en mi escritura.
¿Cómo fue tu acercamiento a las letras desde la infancia, y cómo nació tu interés por el aspecto físico del ser humano en tus primeros trabajos?
Desde que tengo uso de razón vivo en el mundo de las letras. Mis padres eran grandes lectores, había muchos libros en mi casa. Siempre me atrajeron, primero como objetos, después, cuando aprendí a leer, como lecturas. Apenas aprendí el alfabeto, empecé a escribir cuentos y mi padre, que tenía una imprenta, los convertía en libritos. También, desde siempre me fascinó el cuerpo, la variedad física que hay entre las personas, los animales, las plantas. La literatura, creo, está anclada en la individualidad, en la diferencia, en lo tangible y perecedero.
Tus escritos originales fueron trabajos académicos. ¿En qué momento y por qué razón comenzaste a escribir ficción?
Lo primero que escribí fue ficción. Y, en realidad, mis primeras publicaciones fueron artículos periodísticos. Escribía para la sección Turismo del diario La Nación, en Argentina. En la universidad empecé a escribir papers. Me gustaba mucho investigar para escribirlos, no me gustaba tanto el resultado final. Pero esos años de escritura académica me sirvieron como entrenamiento.
¿Cómo nació y qué te dejó como saldo la iniciativa #Dante2018, una lectura conjunta en las redes de La divina comedia de Dante, en cien días? ¿Y por qué elegiste esa obra en particular?
Surgió porque quería volver a leer La divina comedia y pensé que una buena rutina podía ser un canto por día. Lo anuncié en Twitter y se viralizó, increíblemente. Fue una experiencia maravillosa, conocí muchísima gente apasionada de la literatura y de Dante, artistas visuales, profesores, grandes diletantes, amateurs brillantes; además, viajé a Italia y escribí al respecto. La lectura colectiva confirmó el poder evocativo transhistórico de la obra de Dante, que les habla directamente a sus lectores desde hace ochocientos años.
Volvamos a El contrabando ejemplar. La sitúas en una franja histórica de la que no hay material que yo recuerde de las clases de Historia Argentina, y pones énfasis en la maldición de un monstruo querandí en el frustrado destino de grandeza que la Argentina supuestamente esperaba. ¿Por qué una mujer querandí es la madre del “monstruo”?
Se hace hincapié en el aspecto querandí, pero el monstruo es un híbrido, mitad querandí, mitad español. Esa mezcla define a la Argentina, América y Europa, conquistador y conquistado. Somos eso, esa es nuestra maldición.
La novela contiene una polifonía de voces y vivencias, un entretejido que tenemos que ir dilucidando. Cada personaje narra su propia historia. Es un poco como el país, un gran tapiz con aportes de muchas culturas.
Quería que todos los personajes fuesen narradores de su propia historia y que cada historia se entrelazase con la siguiente y con las anteriores formando una especie de trenza temporal. Y hay de todo: está el italiano, el judío, el africano, está la mujer, el varón, el varón-mujer, la mujer-varón, hay niños y adultos, hay animales y hay monstruos, está el pasado y está el presente. La novela es un género monstruoso, tiene mil cabezas que se multiplican y se multiplican.
Los argentinos somos descendientes, en su mayoría, de gente que inmigró al país en algún momento y trajo su herencia cultural. También sus descendientes somos famosos por dejar esta tierra (yo le llamo el gen trashumante) y buscar otros lares, otras experiencias y luego, con ellas, volver la vista hacia nuestro suelo nativo. ¿Cómo es esa visión de tu país para vos, luego de vivir lejos y viajar durante años?
Creo que la gran mayoría de los que emigran lo hacen por necesidad. La gente, en general, quiere estar en su tierra con su gente. Pero hay una minoría, siempre la hubo, de personas con “hambre de mundo”. Quizá sea un gen trashumante, como decís, que te impulsa a hacerte a la mar en busca de aventuras. Yo sin duda lo tengo. Me fui de Buenos Aires, que es mi patria, hace ya veintidós años. Nunca corté el vínculo, siempre volví regularmente. El resultado es una disonancia muy rara. Es el lugar que mejor conozco, es mi hábitat natural, pero a la vez cada año que pasa se vuelve más y más ajeno. Esa sensación de familiaridad extrañada sin duda que tiene un peso enorme en mi escritura.
¿Tienes en el horizonte un próximo proyecto literario? Y si es así, ¿seguirás escribiendo ficción, o volverás al material académico?
Estoy con muchos proyectos. Mis libros tienen períodos de gestación larguísimos, de años, décadas incluso. Por ahora, estoy simplemente tomando notas, leyendo, escribiendo en la cabeza nomás. Sigo de duelo por el fin de El contrabando ejemplar, que se publicó hace apenas seis meses, y eso me impide empezar a escribir un nuevo libro. Ya llegará el momento.
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