Edición
45

“La dignidad solo es posible cuando se mira al monstruo de frente y se le pone nombre”

Madrid
Nuestra historia, personal o colectiva, está hecha de olvido.

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Nos encanta volver a entrevistar a Marta Sanz. La escritora madrileña, tanto en las conversaciones como en su literatura, siempre nos ofrece unas impresiones tan genuinas y lúcidas que sacuden lo que hemos entendido de lo que vivimos. Sus palabras sacan brillo a esas aristas de la vida personal y colectiva que suelen presentarse opacas.

Marta Sanz no hace literatura minimalista. Sabe excavar en la complejidad de lo que resulta obvio, de lo que se da por hecho, para dar forma a una narrativa llena de repliegues. Su estilo es lo que se destaca. No hay manera de acercarse a su prosa sin sufrir un cierto impacto, a veces despabila y otras perturba a su lector.  Marta juega con su propia afectación y nos afecta, usa las palabras para intervenir sobre esas cuestiones que nos hacen ser quienes somos como personas y también como sociedad; porque sin dejar de ser intimista no esquiva lo político. Por eso, sus novelas exigen tiempo, lentitud, obligan a frenar para poder procesar lo que no acostumbramos a tener a simple vista.

Su última novela, pequeñas mujeres rojas, cierra la trilogía que comenzó con Black, black, black y siguió con Un buen detective no se casa jamás.  En el nuevo libro hay una historia que gira alrededor de una fosa común en tiempos de la Guerra Civil. Un hecho real es el marco dentro del cual se sitúa el dolor femenino, en este caso por la violencia en contra de la mujer durante la Guerra Civil española. Y, el lector queda involucrado, al tomar conciencia de lo que pasa cuando una sociedad desconoce lo más real de su pasado.

¿Cómo te va en estos tiempos de pandemia que, seguramente entre otras cosas, para ti tiene la particularidad de encontrarte con un libro recién publicado? ¿Cómo vives los efectos de esta desaceleración del mundo?

He llegado a la conclusión, después de un periodo de hiperactividad terrible, de que quizá tenemos que desacelerar un poco nuestra forma de vida y de trabajo, las auto explotaciones a las que nos sometemos, y que terminan por enfermarnos. Somos una sociedad que no puede separar sus enfermedades económicas de sus dolencias físicas. Eso lo contaba en Clavícula. Ahora con pequeñas mujeres rojas he vivido una situación bastante angustiosa porque, al miedo y la pena provocados por vivir este estado pandémico se sumaba la inquietud por el futuro de un libro que se había quedado dormido, hechizado, como el reino de La bella durmiente, dentro de las librerías… Así que yo, desde casa, he desarrollado una actividad frenética para conservar las amapolas de la portada dentro de un invernadero, para descongelarlas una a una. Y ahora me doy cuenta de que mis esfuerzos no han sido en balde y de que pequeñas mujeres rojas ha recibido el calor enorme de muchas lectoras y lectores. Vamos por una tercera edición. Es casi milagroso.

Esa equidistancia no es saludable: nos convierte en una ciudadanía equidistonta, no equidistante, y no permite que cicatricen las heridas abiertas de un pasado nacional católico y fascista que ahora vuelve a nacer entre nosotros…

Y cuando la velocidad cotidiana se detuvo también surgieron las protestas por la igualdad, esta vez en términos de raza, así como también los fenómenos de lo que da en llamarse “cultura de la cancelación”. Creo que estos hechos tienen una dimensión política que no faltan en tu obra, ¿quieres comentarnos al respecto?

Yo escribo desde la conciencia de lo que Adrienne Rich llama “geografías de la escritura”, lo cual quiere decir que yo escribo desde la sensibilidad y las incertidumbres propias de una mujer europea, de clase media, con formación universitaria, izquierdista y feminista. Esa mirada se refleja en mis textos autobiográficos y en esos otros textos donde utilizo las máscaras de la ficción. Eso no significa que yo escriba libros panfletarios, ni que crea que la literatura tenga que ser edificante. Tampoco creo que la política y una sensibilidad reivindicativa ensucien el altar de la literatura. Desde esta perspectiva, me parece que se deben abordar sinérgicamente todas las brechas de desigualdad: clase, raza, género, depredación del mundo a consecuencia de un cambio climático que no se entiende sin determinadas formas de explotación económica. En pequeñas mujeres rojas se trabaja con la metáfora de la memoria del cuerpo y del cuerpo de la memoria porque los cuerpos del feminicidio o los cuerpos de las mujeres muertas y los niños aún perdidos en las fosas de las cunetas, de los asesinados y asesinadas por el bando vencedor en la Guerra Civil, son en mi opinión indisolubles de un discurso económico violento, de un relato malversado de la Historia y de unos modos de representación de la violencia contra el cuerpo de las mujeres que han tendido a normalizarla y a dulcificarla. A presentarla incluso desde una dimensión erótica deseable. Todos estos factores están interrelacionados, aunque a primera vista parezca que no: economía, feminismo, ecología, canon estético, defensa de los derechos de los sectores de población débiles y discriminados por su raza, su sexo, su poder adquisitivo, por haber perdido una guerra. Todo junto y a la vez.

Justamente en pequeñas mujeres rojas no pasas por alto lo que se recuerda y a la vez se olvida, por ejemplo, al poner el nombre de una calle; y la voz de Paula dice: “Como si no hubiese pasado el tiempo y la conciliación solo se pudiese producir olvidando masacres y crímenes, pero sin borrar de las fachadas…”

Hay recuerdos que permanecen ocultos en las connotaciones del lenguaje y configuran una ideología que se va haciendo invisible lentamente. En este sentido, es en el que en Alicia a través del espejo se dice “no importa lo que las palabras signifiquen, lo importante es saber quién es el que manda: eso es todo”. Luego hay una memoria que es la de los hitos urbanos y los homenajes públicos que siempre visibilizan la sentimentalidad de los vencedores: los arcos de triunfo, los nombres de las calles que homenajean a auténticos carniceros… Quienes nos dedicamos al oficio de escribir, escarbamos en los significados ocultos de las palabras y jugando con ellas, violentando el deber ser de la literatura más convencional, su sintaxis o sus metáforas previsibles, escribiendo “pequeñas” con minúscula, intentamos mostrar la realidad con otros ojos y ofrecer una visión de la literatura en la que el lenguaje refleja la realidad pero también construye la realidad y, en ese sentido, desde la poesía y las novelas, desde los ensayos, desde el espacio de la forma, se puede intervenir en los asuntos del mundo y de la vida cotidiana.

leer un libro implica asumir el riesgo de reformular nuestros prejuicios…

Con esta concepción de la poesía como arma cargada de futuro que diría Celaya, en pequeñas mujeres rojas se intentan abrir preguntas sobre los puntos negros de nuestra Transición a la democracia: la conciliación nacional se llevo a cabo desde el postulado de que todos éramos iguales, vencedores y vencidos; que la ley de amnistía debía servir para liberar a los presos políticos de las cárceles franquistas, pero también para cerrar los ojos ante los crímenes de los torturadores del régimen… Esa equidistancia no es saludable: nos convierte en una ciudadanía equidistonta, no equidistante, y no permite que cicatricen las heridas abiertas de un pasado nacional católico y fascista que ahora vuelve a nacer entre nosotros, como un moho, porque en realidad nunca se fue. Si queremos construir una sociedad con calidad democracia, los familiares de las víctimas de la guerra civil y de los cuarenta años de represión franquista deben poder localizar y enterrar a sus muertos y a sus muertas. Se trata de justicia y reparación no de venganza.

Marta Sanz
Marta Sanz

Este libro cierra la trilogía que comenzó con Black, black, black y siguió con Un buen detective no se casa jamás. Creo que las dos primeras novelas fueron contiguas, pero antes de la última publicaste otros títulos. Por qué las pequeñas mujeres rojas va en este momento?

Hay por una parte una razón estructural, literaria, de conversación entre los libros que he ido escribiendo: Zarco, Paula y Luz debían protagonizar una trilogía. Tres personajes principales cuyas voces se dosifican armónicamente en tres libros que, a su vez, se articulan en torno a tres partes cada uno. Con estos tres libros yo quería trazar un fresco de la violencia sistémica y de cómo esa violencia se cuela en todos los rincones de nuestra vida cotidiana en forma de comportamientos racistas, clasistas, machistas, mezquinos. Es decir, quería activar literariamente la máxima de Kate Millet de que “lo personal es político”.  A la vez, con cada novela, se hace una crítica a ciertos géneros literarios bestsellerizados que han perdido su pegada testimonial y política porque han rutinizado, serializado, mercantilizado sus formas clientelizando a los lectores y lectoras que dejan de ser considerados sujeto intelectivo para reducirse a sujeto consumidor. Luego hay una razón que se vincula con algo que a menudo se olvida: quienes escribimos vivimos en un tiempo y en un espacio que nos suscita preguntas, malestar, conformidad, estupor.

En los tiempos del bulo y la devaluación no solo de lo verdadero sino también de lo real, es muy probable que tengamos que recuperar la verdad como utopía poética.

En este sentido, yo estoy muy preocupada con el rebrote de la ultraderecha en España que, por una parte, sintoniza con el autoritarismo neoliberal y sus procedimientos falaces de propaganda, y por otra parte conecta con la parte más triste y rancia de nuestra peculiarísima historia nacional, nuestro aislamiento de Europa durante el siglo XX, nuestra moral y nuestra sexualidad represiva, nuestra falta de democracia y de una libertad que no se reduce solo a la de comprar y vender. Por eso, ahora es el momento.

Volviendo a la trilogía, ¿qué función tiene esta última novela? ¿Cuál es la pieza que viene a agregar?

La de proponer un nuevo pacto de lectura. El coro de las mujeres muertas y los niños perdidos proponen “lea despacio”… Leer despacio, con la conciencia de que el lenguaje nunca es neutral, con la conciencia de que las mentiras se construyen a través del lenguaje y de que el lenguaje se roba y se compra y se vende, con la conciencia de que leer un libro implica asumir el riesgo de reformular nuestros prejuicios y de que escribir literatura nada tiene que ver con repetir frases hechas y lugares comunes, ese pacto de lectura resulta bastante subversivo en la época del pensamiento rápido, débil, de la repentización acrítica de consignas. También he pretendido sacar la literatura de la memoria del lugar del sentimentalismo lacrimógeno o de la solemnidad: cuento ciertas tragedias desde un sentido del humor, insecticida y vitriólico, donde se mezclan la cultura popular y la “alta cultura”, donde los muertos aprenden idiomas de los brigadistas internacionales fusilados, y los fantasmas hablan y gritan porque necesitan ser oídos, descubiertos, reivindicados en una sociedad construida a partir del silencio connivente con la represión y el miedo. La voz y el silencio están muy presentes en esta novela. Igual que Juan Rulfo, Jim Thompson, Hammett, Vázquez Montalbán, Francis Bacon, Hitchcock o mis admiradísimas Toni Morrison y Marguerite Duras.

Es importante encontrar el nombre de los asesinados y tirados a las fosas. “La literatura puede servir para contar la verdad”, ¿es esta una tarea de la literatura?

En los tiempos del bulo y la devaluación no solo de lo verdadero sino también de lo real, es muy probable que tengamos que recuperar la verdad como utopía poética. La verdad es una manera de decir, el intento de siluetar algo que está en el espacio de lo real, a través del lenguaje y la imaginación literaria. Yo intento contar esa verdad, acercarme a ella. Hay un axioma muy interesante –“La ficción es verdad”- que da lugar a dos posicionamientos políticos y literarios diferentes: el borgeano, en el que todo es relativo, y la ciencia tiene validez en tanto en cuanto es un discurso hermoso, y otro discurso en el que decir que la ficción es verdad implica que hay que tomársela muy en serio porque la metabolizamos y forma parte de nuestro cuerpo y nuestras sinapsis cerebrales.

No hay cicatriz sin herida. No hay amnesia ilusionada, sino resquemor, sospecha, pesadillas nocturnas…

Me parece que la acepción de Borges puede llegar a descomponer las realidades y las verdades de una manera un tanto frívola, mientras que la otra acepción sugiere que lo literario y lo ficticio apuntan directamente hacia una incuestionable realidad, forman parte de esta incuestionable realidad, y desde su corporeidad pueden visibilizar y transformar lo que está mal hecho. Hay algo precioso y optimista en esa forma de lucidez literaria que, sin embargo, a menudo, enfoca hacia los ángulos muertos y las zonas más oscuras de lo real.

En el libro también te ocupas de los herederos de los herederos, que “afianzan posesiones, sin castigos ni impuestos”. ¿Cómo en imaginas una justa reparación de esas faltas? ¿Sería de una manera particular para España, o aplicaría igual para reparar, por ejemplo, lo que se viene haciendo con la comunidad afroamericana en otros países

Las sociedades construidas sobre la explotación de los sectores de población más débiles deberían ser transformadas de arriba abajo y de abajo arriba. En todos los rincones del planeta. Concretamente en el caso español, habría que estudiar de dónde proceden los capitales de las grandes fortunas, los terrenos y los privilegios de los caciques rurales, porque algunos provienen de la delación y la complicidad con mecanismos de poder, corruptos y deleznables, que condenaron a la pobreza a los vencidos y vencidas. Sin embargo, en los estados neoliberales se nos pretende convencer de que esa acumulación de riqueza es fruto del esfuerzo, el trabajo, la puesta en práctica de una épica del emprendimiento y de una noción del “self made man” que, por ejemplo, Stiglitz deconstruye completamente. Porque parece bastante evidente que la “igualdad de oportunidades” no es una realidad en nuestro mundo.

Las sociedades, y cada una de las personas, venimos de lo que nos antecede. Margarite Duras dice algo así como que el olvido y el vacío son la verdadera memoria. Y agrega que cuanto más oscuro y doloroso es lo que sucedió, será más difícil de que sea visible, será menos recordable. Hay un costado del olvido que permite sobrevivir al dolor…

Solo se puede olvidar cuando se ha sabido. Solo el conocimiento de las realidades más terribles nos permite olvidarlas. No se olvida lo ignorado. Lo ignorado se teme y despierta una duda. No hay cicatriz sin herida. No hay amnesia ilusionada, sino resquemor, sospecha, pesadillas nocturnas… El Alzheimer es una terrible enfermedad personal que, cuando se convierte en colectiva, solo produce miedo e inseguridad. Las frases de Duras son las de alguien que ha sufrido muchísimo, demasiado, y necesita el bálsamo de los cuentos de hadas. Pero la dignidad solo es posible cuando se mira al monstruo de frente y se le pone nombre. La memoria genera un conocimiento que, a priori, podía parecer triste, pero es el único mecanismo para alcanzar la felicidad desde la lucidez. El relato de la memoria, desde sus múltiples perspectivas, pero con el horizonte de verdad siempre activo, es lo que nos permite que el horror no vuelva a repetirse y nos permite tener confianza en el futuro. A mí no me gustaría vivir en un mundo de lotófagos anestesiados ni en un lugar en el que una nostalgia, siempre publicitaria, convierte en mejores los tiempos pasado y clausura la posibilidad de un futuro que se presenta incierto, distópico y amenazante. Creo que, desde la conversación literaria, la filosofía, la educación, las artes, el humanismo podemos aspirar a un futuro que no sea exclusivamente una película de zombis.

Cuando con las palabras se evoca y se nombra,¿crees que se debilita lo que ocurrió? 

Depende de las palabras que se elijan. Las palabras pueden tachar, difuminar o convertir lo real en un punto incandescente. A mí me interesa la incandescencia.

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