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El reto del cine tradicional frente al Streaming

Miami
Un debate que cobra fuerza en época de pandemia. Los cambios líderados por la tecnología y el COVID-19
Je Shoots

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La experiencia social de ir al cine y la sensación que produce el instante en que las luces se apagan es un placer que los amantes del séptimo arte nos negamos a perder, a pesar de que el streaming se viene apoderando cada vez más de ese espacio sagrado.

Esta discusión, que se venía dando antes del encierro obligado que estamos viviendo por el Coronavirus, va a tener un vuelco significativo debido a los marcados cambios que operan en este momento, que dejarán huellas indelebles no sólo en el cine sino a nivel de cualquier actividad social.

Si bien volver a la normalidad va a tomar mucho tiempo, es muy probable que cuando despertemos de la pesadilla, la norma ya será algo muy distinto de lo que estábamos acostumbrados. Nos habremos dado cuenta de que la tecnología puede reemplazar, en forma permanente, muchos de los sistemas tradicionales de funcionamiento, tanto en el campo de la economía y la educación, como en la política, los deportes y las artes en general.

Haciendo un recuento histórico, podríamos afirmar que desde principios de este siglo Internet y la tecnología nos han ido cambiado la vida en más semblantes de los que imaginábamos. La economía no ha sufrido un cambio tan abismal desde la Revolución Industrial, e Internet constituye hoy día lo que la máquina representó en ese entonces.

Si bien Internet existe desde los años 1990s, la cantidad de usuarios que se han sumado en el siglo XXI, que abarca gente de todas las edades y estratos sociales, hace pensar que la humanidad entera está conectada, y más aún hoy después de las imposiciones implementadas por la pandemia.

Si bien volver a la normalidad va a tomar mucho tiempo, es muy probable que cuando despertemos de la pesadilla, la norma ya será algo muy distinto de lo que estábamos acostumbrados. Nos habremos dado cuenta de que la tecnología puede reemplazar, en forma permanente, muchos de los sistemas tradicionales de funcionamiento, tanto en el campo de la economía y la educación, como en la política, los deportes y las artes en general.

Pero este tipo de conexión, más virtual que corporal, tiene sus requisitos, uno de los cuales es la necesidad de una imagen que reemplace la presencia física. Para ello, debemos escoger un perfil, que por lo general no nos representa con autenticidad. Resulta más bien una idealización de nosotros mismos, y mantenerlo se vuelve cada vez más complicado. A medida que se perpetúa este comportamiento nos vemos obligados a responder a esa falsa apariencia, que ni siquiera sabemos si la hemos escogido de manera consciente.

Víctimas de nuestro propio invento nos convertimos entonces en esclavos de La sociedad del espectáculo, de la que hablaba el filósofo Guy Debord, donde escondidos detrás de una pantalla habilitamos “el lugar de la mirada engañada y de la falsa consciencia”, provocando esa insoportable y permanente careta de felicidad.

Terminamos construyendo una especie de “mundo invertido”, un reflejo torcido de nuestra propia imagen, que no permite mostrar lo verdadero porque ya lo verdadero se ha convertido en “un momento de lo falso”, como menciona Debord.

Susan Sontag, en su libro On Photography, afirma que “la necesidad de confirmar la realidad y dilatar la experiencia mediante fotografías es un consumismo estético al que hoy todos son adictos. Las sociedades industriales transforman a sus ciudadanos en yonquis de las imágenes: es la forma más irresistible de contaminación mental”.

Ya en el año 1979 la misma Sontag notaba que la fotografía se empezaba a transformar en “una diversión casi tan cultivada como el sexo y el baile, lo cual significa que la fotografía, como toda forma artística de masas, no es cultivada como tal por la mayoría. Es sobre todo un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder”.

Esta conexión permanente ha llevado a que las necesidades de consumo sean resueltas también de otra manera, mucho mas inmediatista y con su componente virtual. De ahí las propuestas que han resultado en campos como el del transporte, la telefonía, la hotelería, la medicina, los deportes y las artes.

Como pasa con cualquier cambio sustancial, las empresas tradicionales empiezan a tambalear debido a la incertidumbre que se crea. En cuanto al transporte por ejemplo, la entrada de Uber, Lyft y otros servicios similares, hizo que el negocio de los taxis se afectara radicalmente. Hubo  suicidios entre los taxistas de NY que se vieron imposibilitados de cumplir con las deudas adquiridas para la consecución del famoso medallion; en Francia hubo huelgas y manifestaciones; y en otros países simplemente se negaron a dejar entrar lo que pronto sería inevitable.

El surgimiento de Airbnb tuvo un efecto similar con la industria del turismo, el eBook con la impresión de libros, y en el área de las comunicaciones y las artes los cambios han sido tan rápidos que no alcanzamos a acostumbrarnos a una plataforma cuando ya nos están introduciendo otra nueva.

En el campo del cine la transformación ha sido muy rápida, y no sólo influenció la parte de filmación que se convirtió en digital, sino la manera de presentación y el formato. Esta controversia nos lleva de vuelta a los planteamientos que un día se hiciera el filósofo y crítico de arte Walter Benjamin quien, viendo la posibilidad de reproducción de la fotografía como obra de arte, consideraba que ésta perdía su autenticidad y su encanto. “En la época de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que decae y empequeñece es el ‘aura’”, afirmaba Benjamin en 1936.

Es lógico que el aspecto masivo que adquiere el streaming y el tamaño de la pantalla que puede reducirse a un simple teléfono celular, le quitan el aura a la presentación disminuyendo la posibilidad de apreciación artística. Si no experimentamos una cinta en la pantalla gigante, nunca podremos evaluar su cinematografía o la música.

Otro aspecto relacionado al tema, también tratado por Benjamin, es el de la “memoria colectiva”. El alcance masivo del streaming, aunque sea a través de un celular, hace que una misma película pueda llegar a miles de personas en distintas partes del mundo, dejando un efecto grabado en la memoria de esas masas.

el aspecto masivo que adquiere el streaming y el tamaño de la pantalla que puede reducirse a un simple teléfono celular, le quitan el aura a la presentación disminuyendo la posibilidad de apreciación artística. Si no experimentamos una cinta en la pantalla gigante, nunca podremos evaluar su cinematografía o la música.

Por último, además de las consideraciones sociales y artísticas, viene el aspecto de fondo y tal vez el más determinante que es el comercial, y que da para un análisis separado. Teniendo en cuenta que las plataformas digitales ya no sólo reproducen y distribuyen la película, sino que empiezan también a producirla, desafiando el concepto del estudio de cine tradicional, la diferencia en costos de producción resulta abismal.

El punto más álgido de esta discusión se dio tal vez en el Festival de Cine de Cannes de 2017 cuando la Selección Oficial aceptó dos películas, Okja, de Bon Joon-ho, y The Meyerovich Stories, de Noah Baumback, de Netflix, que irían directo a streaming sin cumplir los requisitos de pasar cuatro meses en salas de cine como lo estipula la ley en Francia. Los titulares de las noticias empezaron a anunciar, aun antes del inicio del festival, la polémica Netflix vs Cannes.

Pedro Almodóvar, presidente del Jurado en ese momento, declaró en rueda de prensa que “estas plataformas digitales, estas nuevas formas, no deberían sustituir a otras existentes como las salas de cine. En ninguna circunstancia, deben cambiar los hábitos de los espectadores. La única solución que se me ocurre es que acepten y obedezcan las reglas que ya son adoptadas y respetadas por todas las cadenas existentes. Creo que ésta es la única manera de que sobrevivan porque, personalmenteno concibo dar la Palma de Oro o cualquier otro premio a un filme que no se pueda ver en una pantalla grande”.

El año siguiente salió Roma, de Alfonso Cuarón, producida por Netflix, que después de escasas tres semanas en teatros fue directamente a streaming. La idea de que una película de este nivel se presentase en pantallas de televisión resultó un insulto para los amantes del cine tradicional, que esperaban cumpliera el tiempo reglamentario en la pantalla gigante. A pesar de eso, la película terminó ganando el León de Oro en Venecia y Oscar a Mejor película en idioma extranjero, además de innumerables nominaciones y premios.

Con respecto a esta polémica, el mismo Cuarón contestó afirmando que por lo general no muchas películas artísticas como ésta, en blanco y negro y sin actores conocidos, pueden llegar a la pantalla gigante; y si llegan, es por muy poco tiempo, mientras que las plataformas digitales las hacen accesibles a un mayor público.

“Justo ahora es incuestionable que tienes a todos estos cineastas, directores interesantes, haciendo cine con distintas plataformas porque esas plataformas no temen hacer estos filmes y como Roma, espero que muchos otros tengan un estreno en cines, más grande que el que yo tuve”, comentó Cuarón.

El desafío actual que experimenta la industria cinematográfica se equipara a lo que sucedió en otros campos mencionados anteriormente, donde la imposición de la tecnología va siendo absorbida e introducida de tal manera que las empresas se ven obligadas a reinventarse para que los dos formatos se hagan vigentes. Así ha sucedido con el periodismo, las editoriales, el transporte y con el turismo.

Otras consideraciones tal vez mas superficiales, pero perfectamente válidas que favorecen el streaming sobre la experiencia colectiva de la pantalla gigante son la facilidad de acceso, el factor tiempo, la posibilidad de subtítulos, o simplemente la ley del menor esfuerzo. Además, la gran pantalla no siempre es garantía de que vamos a tener la experiencia artística buscada, dado que muchas veces nos vemos enfrentados a una audiencia poco respetuosa, que conversa en voz alta, manda mensajes de texto y hace ruidos molestos con la comida en la mitad de una presentación.

Entonces hoy día nos preguntamos si el streaming será realmente el fin de la experiencia cinematográfica tradicional, así como sucedió con la entrada de la televisión que hizo pensar que el cine se terminaría. Pero sorpresivamente en ese entonces pasó lo contrario; hubo un surgimiento de nuevas técnicas de sonido e imagen que provocaron un renacer en el campo del cine.

El desafío actual que experimenta la industria cinematográfica se equipara a lo que sucedió en otros campos mencionados anteriormente, donde la imposición de la tecnología va siendo absorbida e introducida de tal manera que las empresas se ven obligadas a reinventarse para que los dos formatos se hagan vigentes. Así ha sucedido con el periodismo, las editoriales, el transporte y con el turismo.

Si bien en este momento nos encontramos confinados en un encierro obligatorio que impone al streaming como fuerza mayor, el atractivo de la gran pantalla con el placer del silencio colectivo y las luces que se apagan para transportarnos a otra realidad nunca morirá. Por eso, como lo mencionó Alfonso Cuarón “creo que las plataformas digitales y las salas de cine deberían trabajar juntas”.

Alejandro González Iñárritu comentó también, en entrevista con el New York Times, que “De verdad he estado defendiendo el hecho de encontrar un punto medio en el que los cines puedan llevar esas experiencias a sus localidades sin perder dinero, y Netflix puede organizar eventos con algunas de sus películas en los que, mes y medio después, se estrenen en televisión.”

 

Es muy probable entonces que después de la crisis que estamos viviendo muchas cosas cambien, y como decíamos, las normas serán otras. Nos habremos dado cuenta de que mucho más de lo que imaginábamos se puede hacer desde el confort de nuestra propia casa, y la adaptación tendrá sus repercusiones a nivel económico y social.

 

Pero si hay algo que con seguridad estaremos extrañando después del encierro es la posibilidad de compartir la experiencia colectiva de una buena sala de cine, donde por dos horas y aislados de la realidad que estemos viviendo, se nos permita soñar.

Notas:
Benjamin, Walter (1968). Hannah Arendt (ed.). “The Work of Art in the Age of Mechanical Reproduction”, Illuminations. London: Fontana. (Publicación original, 1935)
Buchanan, Kyle (2019, Mayo 16). Alejandro González Iñárritu Has Words for Hollywood, New York Times
Debord, Guy (2008). La Sociedad del Espectáculo, Editorial Doble J, S.L. Aracena, España. (Publicación original, 1967)
Sippell, Margeaux (2019, Enero6). Alfonso Cuarón Defends Netflix Following ‘Unfair’ Question at Globes, Variety.
Sontag, Susan (1977). On Photography, Penguin Books, London

Un comentario

  1. Excelente artículo. Me han impactado especialmente, las palabras de Susan Sontag y Guy Debord acerca de los cambios que se acercan a nuestra sociedad actual, en la fotografía y la necesidad de una imagen, nuestra imagen, la que escogemos y que “no nos representa con veracidad”. Trasmite una angustia que nuestra imaginación lleva a un futuro inmediato.
    Gracias

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