Edición
47

Vida y espiritualidad en el arte haitiano. Una perspectiva curatorial

Miami
Una selección de obras de artistas haitianos autodidactas, descendientes de esclavos africanos, muestran la rica cultura caribeña, producto de la mezcla de raíces africanas y elementos indígenas, europeos y estadounidenses.

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La exposición Vida y espiritualidad en el arte haitiano, selección de la colección Betty e Isaac Rudman Trust rinde homenaje al rico patrimonio cultural y artístico de Haití. La muestra, que se presenta en el Museum of Contemporary Art (MOCA) de North Miami, incluye obras de reconocidos maestros del siglo XX pertenecientes a las primeras dos generaciones de artistas asociados con Le Centre d’Art de Port-au-Prince y algunos de sus contemporáneos y alumnos.

Es la primera vez que estas pinturas, pertenecientes a una colección privada, son expuestas conjuntamente. Se destacan obras de maestros como Héctor Hyppolite, Philomé Obin, Rigaud Benoit, Louverture Poisson, Jacques-Enguérrand Gourgue, Wilson Bigaud y Gérard Valcin. La muestra incluye también pinturas de Gesner Abelard, Adam Leontus, André Normil, Ernst Louizor, Gerda Louizor, Célestin Faustin, Guy F. Joachim, Roland Palanquet y Dieudonné Vital. Los cuadros muestran cómo era la vida cotidiana en Haití o cómo los artistas hubieran deseado que fuera. De igual forma, ilustran algunas de las prácticas culturales y religiosas inspiradas en una fuerte herencia africana que fueron fundamentales en la construcción de las identidades haitiana y caribeña, durante la segunda mitad del siglo veinte.

Desde la perspectiva de la historia del arte, la exposición replantea el rol de estos artistas en el desarrollo del arte moderno, no solo en Haití sino a nivel internacional. Los pintores, que anteriormente eran denominados “naïve” o “primitivos” por su falta de formación académica —términos que tienen una connotación peyorativa— jugaron un papel primordial en el desarrollo de un movimiento artístico internacionalmente reconocido y en la construcción de una identidad haitiana distintiva.

Las obras muestran actividades cotidianas en hermosas y coloridas imágenes realizadas a partir de experiencias vividas por los artistas, y constituyen importantes testimonios para el estudio multidisciplinario de la sociedad haitiana de mediados del siglo XX. La historia y las hazañas de sus héroes inspiraron a los artistas en aquella época y tienen vigencia hoy en día para quienes luchan contra la discriminación racial.

Denominadas conjuntamente “arte popular”, las obras dan cuenta del interés de sus creadores por transmitir experiencias vividas y representar una rica cultura caribeña producto de la mezcla de raíces africanas y elementos indígenas, europeos y estadounidenses. Más de treinta obras ofrecen una mirada a los diferentes estilos de la producción plástica que se desarrolló en la isla a partir de los años cuarenta, destacando las contribuciones de artistas autodidactas junto con las de varios pintores inspirados en movimientos europeos como el impresionismo y el surrealismo. Al respecto vale la pena destacar las obras de los impresionistas haitianos Ernst Louizor y Gerda Louizor, la única mujer artista incluida en la muestra, y el cuadro surrealista de Jacques-Enguérrand Gourgue, los cuales revelan como el modernismo europeo sirvió de inspiración a la vanguardia haitiana.

Todos los artistas incluidos en esta exposición fueron descendientes de esclavos africanos que habitaron las áreas rurales de Haití y desarrollaron sus prácticas como artistas autodidactas. La mayoría estuvieron asociados con Le Centre d’Art, fundado en 1944 bajo el liderazgo del acuarelista estadounidense DeWitt Peters, con el apoyo de varios intelectuales haitianos. Establecido cuando no existían galerías comerciales o escuelas de arte públicas en la isla, la institución proporcionó espacios de trabajo, materiales y posibilidades de vender sus obras a los artistas populares que no seguían las convenciones estilísticas occidentales. Entre ellos se destacan Héctor Hyppolite, Philomé Obin, Rigaud Benoit y Wilson Bigaud. Sus pinturas y las de sus contemporáneos y sucesores plasmaron vivencias, prácticas religiosas, ilusiones y sueños. Algunos representaron ambientes íntimos pero la gran mayoría optaron por pintar espacios públicos, especialmente los mercados donde no solo se realizaban intercambios de bienes sino donde además se fortalecían el sentido de comunidad y las relaciones sociales.

En una sociedad predominantemente rural —en los años cuarenta aproximadamente el ochenta porciento de la población haitiana vivía en el campo— la aldea tenía un papel primordial y por eso aparece representado frecuentemente. Hileras de casas de un solo piso pintadas en colores pasteles con techos a dos aguas hechas de materiales naturales, a menudo rodeadas por montañas o paisajes costeros tropicales, sirven como telón de fondo para la representación de actividades cotidianas. Estas incluyen ir a la escuela, vender productos en el mercado o simplemente andar de un lugar a otro a pie o montando a caballo o en burro, el medio de transporte más común en las áreas rurales. Algunos de los cuadros describen detalladamente actividades agrícolas como la ganadería, la siembra y la cosecha. Estas hermosas y coloridas imágenes, realizadas a partir de experiencias vividas por los artistas, constituyen importantes testimonios para el estudio multidisciplinario de la sociedad haitiana de mediados del siglo XX.

Los temas religiosos son frecuentes en las obras de arte haitiano como puede apreciarse en varias pinturas incluidas en la muestra. Aunque en algunos casos aparecen referencias al catolicismo, que es la religión oficial de la isla, en particular las iglesias o los símbolos bíblicos como el arca de Noé, la mayoría de las pinturas con referencias religiosas están inspiradas en vudú, la religión sincrética de origen afro-occidental practicada por un gran número de haitianos tanto en la isla como en la diáspora.
Muchos de los artistas representados en la exposición como Héctor Hyppolite, Rigaud Benoit y Célestin Faustin practicaron vudú o crecieron en el seno de familias practicantes e incorporaron sus creencias y conocimientos en sus obras. Algunos cuadros describen ceremonias, rituales y celebraciones en honor a los loas —espíritus que sirven de intermediarios— en los que sacerdotes y sacerdotisas llevan prendas especiales, accesorios, ofrendas e instrumentos musicales. Otros artistas son más sutiles y representan simbólicamente las cosmologías religiosas y el mundo de los antepasados en la flora y la fauna de escenarios naturales. De alguna forma, al presentar estas obras de carácter espiritual, la exposición sugiere al espectador abrirse a una visión ilustrada de una religión que a sido distorsionada e incluso vilificada especialmente por el cine hollywoodiense.

Finalmente, al incluir cuatro retratos de los padres de la patria realizados por Jacques-Enguerrand Gourgue (Toussaint Louverture, ampliamente conocido por poner fin a la esclavitud en la isla; Jean-Jacques Dessalines, líder militar que luchó con Louverture y dio al país el nombre de Haití; Henri Christophe, líder clave en la Revolución Haitiana y el único monarca del Reino de Haití; y Alexandre Sabès Pétion, primer presidente de la República), la curaduría destaca la importancia de ha historia de Haití, nación que en 1804 se convirtió en la segunda del hemisferio occidental en lograr la independencia y el primer estado moderno en ser gobernado por afrodescendientes. Su historia y las hazañas de sus héroes han sido fuente de inspiración durante siglos no solo para los artistas sino para quienes luchan contra la discriminación racial, un tema de gran actualidad.

Además de describir personajes históricos, escenas de la vida cotidiana e imágenes religiosas, las pinturas incluidas en esta exposición tienen un carácter narrativo acorde con la rica tradición oral con la cual se identifican sus habitantes dentro y fuera de la isla. Es importante anotar que la muestra está siendo presentada en la ciudad de North Miami donde aproximadamente el treinta porciento de la población es de origen haitiano, como parte integral del programa que promueve la directora del MOCA, Chana Sheldon, en el que se destacan exposiciones, charlas y eventos con los que la comunidad se puede identificar y enriquecer culturalmente. La exposición puede verse hasta el 14 de marzo del 2021.

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