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Basilea, a orillas del Rin

Basilea
Ciudad de encanto, de tesoros que permanecen, de lugares que esperan al viajero, que reclaman su historia.

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La última ciudad que visité antes de la pandemia fue la cuna de uno de los mejores jugadores de tenis de la historia. Como buen aficionado a este deporte sabía que Roger Federer había nacido en Basilea, ese lugar dentro de Suiza cerca de la frontera con Francia y Alemania. Allí está enterrado el humanista Erasmo de Rotterdam. Dos personajes únicos con cinco siglos de diferencia, en esa urbe bañada por el Rin, desconocida por muchos y alabada por bastantes, entre ellos quien escribe.

Llegué a la ciudad un día a finales de febrero, eran las nueve de una fría mañana de invierno, al descender del tren confirmé lo que había comenzado a ver a través de los cristales: ¡estaba nevando! Para un malagueño es un acontecimiento, intuí que sería una estancia gratificante. Apenas duró unos minutos, los suficientes para sentir los pequeños copos en mi cara e imitar a gran parte de los viajeros fotografiando el momento.

Mi reserva en el hotel Rochat me ofrecía gratuitamente la posibilidad de utilizar el transporte público así que cogí el bus que me dejaba cerca, me registré, dejé el equipaje en consigna y me obsequiaron con la BaselCard que utilicé durante mi estancia también en el tranvía y en algunos museos. Pero eso fue más adelante. Las primeras horas dieron bastante de sí a pie: desayuné cerca de Markplatz, dominada por el Ayuntamiento, con su fachada roja, las alegres pinturas y la torre colorida, continué hacia la catedral. En su cripta se halla el sarcófago del obispo Rodolfo II y destaca los frescos románicos de los siglos XIII y XIV.

Sin duda, el Kunstmuseum, es el que no se puede dejar de visitar. Delante de la entrada, fuera de uno de los edificios, se encuentra el célebre grupo escultórico de Rodin: Los burgueses de Calais. Dentro, alberga la colección de arte público más grande e importante de Suiza

Tiene dos únicas torres reconstruidas -eran cinco-, y dos claustros añadidos tras el terremoto de 1356: arcos góticos, losas de tumbas de personajes ilustres y también, dos grandes mesas del mercado, una con frutas, verduras y flores, y la otra con un poema y, al lado, un tambor y una calavera, grupos escultóricos de bronce de Bettina Eichin de 1986 que se ubicaron en el actual lugar en este siglo tras una polémica con la compañía Sandoz por el gran incendio en Schweizerhalle y el desastre ambiental en el Rin. Por cierto, en la catedral están los restos de Erasmo de Rotterdam.

A espaldas de la seo se encuentra la plaza Pfalz, desde la que se disfruta de unas fantásticas vistas. Es parte del encanto de Basilea, encontrar tesoros como éste. Desde allí tenemos una panorámica del codo de los puentes del Rin y Kleinbasel. Permanecí un buen rato mirando la ciudad en aquel mirador. Era una buena visión, no había dudas, el buen presagio se estaba cumpliendo, me estaba encantado y tuve la sensación de que el tiempo se detenía.

Siguiente parada: St.Alban-Tor, parte de la tercera muralla de la ciudad. Bajo su arco hay un gran portón de madera y unos pesados postes que hacían descender en épocas de peligro para bloquear el acceso a la ciudad. A partir de ahí se entra en su barrio, típico medieval.

La puerta más importante de las tres fortificaciones de la ciudad de hace siete siglos es Spalentor: torre principal cuadrada, dos torres redondas en las esquinas y su parte exterior decorada con tres figuras en relieve del siglo XV (la Virgen y dos profetas). La vi justo antes del almuerzo.

Me quedaba la tercera, St.Johanns-Tor, la más lejana del centro. La visité antes de acabar la jornada, por la noche. Utilicé el tranvía, te deja justo a su lado. Es el símbolo del barrio del mismo nombre, el más moderno. La observé, la fotografié y escribí unas palabras en mi cuaderno: “tres torres, tres emblemas, tres monumentos. Lugares que permanecen, lugares que esperan al viajero, lugares que reclaman su historia”. Cumplí a lo largo del día con todas ellas.

 

Pero entremedias visité la Iglesia de Santa Isabel, la patrona de la ciudad. Neogótica, tres naves, torre frontal y coro poligonal. Un espacio reservado a diversos eventos. Al entrar había unos cuantos espectadores disfrutando de un interesante concierto de un joven pianista. En su interior también hay un pequeño bar. Permanecí unos minutos observando su arquitectura y oyendo la música. Está situada junto al teatro y a la fuente Tinguely, una piscina con diez personajes de hierro creados por el artista suizo en 1977, movidos gracias a los chorros de agua que generan un movimiento constante.

No muy lejos de allí me encontré con el museo de juguetes, Spielzeug Welten. Había oído que merecía la pena, que era el mayor de su clase en toda Europa y que su colección de osos de peluche te conquistaba. Así que entré para una visita corta que se alargó porque tenía varias plantas con numerosas vitrinas: muñecas de porcelana, tiovivos, casas de muñecas, sin olvidar todo un piso para una exposición de bolsos.

Pero, sin duda, el Kunstmuseum, es el que no se puede dejar de visitar. Delante de la entrada, fuera de uno de los edificios, pero formando parte de su ámbito, se encuentra el célebre grupo escultórico de Rodin: Los burgueses de Calais. Dentro, alberga la colección de arte público más grande e importante de Suiza: Miró, Magritte, Gauguin, Van Gogh, Manet. Yo me fijé en los cuadros de mi paisano Picasso, sobre todo por la historia que leí hace unos años, El Milagro de Basilea. En 1967 sus ciudadanos, principalmente los estudiantes, se echaron a la calle para impedir la salida de la ciudad de dos obras del pintor malagueño. El movimiento consiguió la cantidad suficiente para comprarlas gracias a una colecta popular, y a grandes donaciones de la industria farmacéutica local. Cuando Picasso se enteró de lo ocurrido se emocionó y agradeció el gesto con cuatro donaciones. Actualmente se ha llegado a la decena de sus obras en el museo.

Quise cruzar el río, lo hice por el Mittlere Brücke, puente inaugurado en el siglo XIII, el más emblemático. Al otro lado del Rin está la zona más moderna de Basilea, aunque debo confesar que apenas la recorrí, preferí descansar de mi agotadora jornada en una excelente cafetería: Confiserie Beschle. Grande, acogedora y con gran variedad de pasteles. Siempre me ha gustado los lugares tranquilos y este, la tarde en la que estuve, había una quietud que me inspiraba, aproveché para redactar algunos de estos párrafos que ahora leen.

Deben saber que en Basilea hay que levantarse a las siete. Al menos si duermes cerca de iglesias cercanas como fue mi caso. Después del desayuno recorrí la parte cercana a la Universidad, antes de despedirme de esta ciudad tan entrañable admiré los frescos murales, vidrieras y el órgano de Peterskirche. También las enormes columnas, el techo de madera y la pila bautismal de Predigerkirche. Rodeé sus calles, pasé junto a una guardería, allí, en una de las ventanas una niña se quedó observándome un buen rato ¿qué opinaría de mí? Me acordé de ella en el trayecto hacia el Aeropuerto. Pensé en que me había visto fotografiar a Janus, la estatua de Otto Charles Bänninger, la que tiene dos caras y que tanto me gustó pero era imposible porque estaba frente a la iglesia de los Predicadores, junto a la parada del tranvía 11. Quizá había sido mientras captaba uno de los mosaicos de Invader, el artista francés que también ha dejado sus Space Invaders en algunas de las paredes de esta ciudad pero eso fue la tarde del día anterior. Llegué a mi destino con estas elucubraciones y fue entonces cuando me percaté que en todo mi recorrido no había visto ni una mención, ni un cartel, nada que recordara que Federer era de Basilea. Lo buscaría en mi próxima visita. Ya saben que siempre hay que dejarse por ver o por hacer algo para regresar a los sitios que merecen la pena, y esta ciudad es uno de ellos.

2 Comentarios

  1. He de decir que Antonio siempre me sorprende sobre la forma de redactar sus vivencias como viajero. En esta ocasión con Basilea no ha sido para menos. El halo romántico de su descripción dibuja una ciudad europea muy singular, de ambiente sereno, sosegado y atractiva históricamente, tan singular como es el país helvético al que pertenece. Verdaderamente es una terapia de sosiego y quietud su lectura, y más aún, el vivirla y disfrutarla. Una vez más, mi enhorabuena por acercarnos a través de otra ventana o mirada a este bello rincón suizo. Espero conocerla algún día y su país.

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