Edición
46

Avignon, ayer y hoy

Avignon
Ciudad de los papas, Patrimonio de la Humanidad, inmortalizada por su famoso puente, su Festival de Teatro y de Danza, esta ciudad, sobre las márgenes del Río Ródano, cautiva con su cultura, arquitectura, basílicas, leyendas e historia.

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Cuando visité Avignon me impresionó el puente Saint-Bénezet, los palacios del Papa, el Petit Palais, la Catedral de Doms, la aguanieve de aquel día de febrero, la luz plomiza del invierno de la Provenza. No sabía cómo plantear el artículo y pensé que sería interesante dirigirlo a la índole de Patrimonio de la Humanidad sin olvidar lugares con encanto como la Rue de Teinturies o el Claustro de Saint-Louis.

No mucha gente sabe que Avignon tiene un canal no muy lejos de su centro viejo. La ciudad de los papas está enfocada últimamente a explotar los monumentos que la UNESCO ha hecho más famosos, aunque lugares como la Rue de Teinturies son dignos de conocerse, y por ahí paseé justo después de desayunar en la Brasería del Teatro, frente a la Oficina de Turismo, unos papalines y unos calissons. En la Calle de los Tintoreros hay una serie de molinos de agua, concretamente cuatro (hace un siglo se superaba la veintena) que caracterizan este riachuelo. Esta calle de las ruedas de madera tiene un encanto especial, una atmósfera que se multiplicaba mientras contemplaba estas paletas grandes totalmente congeladas por el frío de febrero. Había bares y restaurantes cerrados por la hora y la época.

En la ciudad se respira espectáculo, famosa por su Festival de Teatro que se celebra en julio desde 1947, en febrero se organiza el Festival de danza contemporánea, Les Hivernales. El año que la visité había finalizado hacía unos días y conmemoraban su 40ª edición, aún permanecían algunos de sus carteles en plazas y calles. En la Plaza del Reloj pasé frente al Teatro Nacional y de la Ópera, con fachada grecorromana, dos pórticos superpuestos y varias esculturas. Al verlo pensé que me hubiera gustado disfrutar de alguna función de cualquiera de esos festivales.

La ciudad de los papas está enfocada últimamente a explotar los monumentos que la UNESCO ha hecho más famosos, aunque lugares como la Rue de Teinturies son dignos de conocerse

Aunque el mejor sitio para hacerlo sería dentro del Palacio Papal. También en él se celebran exposiciones culturales. Sí, el principal reclamo como Patrimonio, al menos el más famoso, es esta enorme construcción entrecruzada por dos edificios: el Palacio Viejo centrado en un claustro y el Palacio Nuevo con edificios auxiliares que hacen un complejo muy fortificado flanqueado por altas torres. Es digno de visitarse. Al comprar las entradas ofrecen una pequeña Tablet junto con las audioguías permitiéndote viajar en el tiempo. apreciando la decoración en su época de máximo esplendor y comparar salas de gala, claustros y los frescos de los apartamentos privados.

Al salir a la enorme Plaza nos dirigimos a la Basílica Notre Dame Des Domes, del siglo XII, estilo románico, renovada hace unos años después de la modificación en los siglos XV y XVII. Fachada imponente, en el interior destaca el mausoleo del papa Juan XXII, obra maestra de la talla gótica del siglo XIV. Pero lo que más impresiona es la majestuosa Virgen dorada que se eleva en la catedral.

Frente a ella se encuentra el Museo Petit Palais, al final de la Plaza. Antiguo palacio con un fondo pictórico de la Edad Media y del Renacimiento italiano y con esculturas medievales. No muy lejos de estos edificios se encuentran Las Murallas. Iniciadas en 1355 por Inocencio VI y terminadas en 1370 por Urbano V, su función principal es la defensiva, pero también tiene la importancia de proteger las crecidas del Ródano.

Efectivamente, allí está el gran río francés, tan necesario y a la vez destructivo. En años de inundaciones demolió el otro gran monumento de Avignon: el Puente Saint Benezet, construido en el siglo XII unía a las dos orillas pero fue destruido por el Ródano varias veces y en el siglo XVII se dejó de utilizar. Actualmente es un puente incompleto, una pasarela con una historia llena de leyendas y que actualmente solo tiene cuatro arcos de los 22 originales y la capilla dedicada a San Nicolás. Al realizar la visita conocí la popular canción infantil que yo ignoraba: “Sobre el puente de Avignon…” y de la creación de la Hermandad de la Obra del Puente que inició la construcción del puente gótico que ahora vemos en parte sobre la estructura del anterior. Mereció la pena fotografiarlo desde la ribera por las instantáneas del monumento sobre el Ródano justo cuando empezaba a nevar. A veces hay momentos irresistibles que permanecen en la memoria, fue una sensación deliciosa observar aquel lugar mientras la aguanieve mojaba mi cara.

Después de disfrutar de los elementos que se inscribieron en el Patrimonio Mundial de la Unesco en 1995, continué callejeando por la zona medieval, comprando alguno que otro souvenir, visitando iglesias como la de San Didier o San Pierre, entrando en el Mercado donde probé productos de la Provenza (la aceituna picholine y el salchichón de Arlés).

Antes de salir de la ciudad, de camino a la estación entré, casi de casualidad, en un lugar magnífico que resultó ser el Claustro Saint-Louis, con una larga historia desde su construcción a finales del siglo XVI: noviciado de los jesuitas, convento, una de las sucursales del Hôtel des Invades de París, hospital civil. Actualmente, espacio donde se organizan eventos culturales y un hotel con encanto, lugar aconsejable para tomar algo mientras contemplas la original fuente del claustro.

Ya en el tren, de camino a Marsella, repasé los lugares de esta ciudad que los obispos de Roma hicieron famosa en el siglo XIV. Pensé en la construcción del Palacio de los papas durante 70 años, en la riqueza de los frescos, de los tapices, de las obras de arte, en Clemente V o en Gregorio XI y los comparé con el actual pontífice, Francisco, y vi la diferencia de los que vivieron en esta ciudad hace unos 700 años, con unos enormes lujos y el Papa argentino, que ni siquiera se va de vacaciones a Castel Gandolfo, a pocos kilómetros del Vaticano. Imaginé al cardenal Bergoglio en una Avignon intemporal paseando por la Rue de Teinturies. En esa escena se encontraba a un tintorero tiñendo la ropa y otro artesano trabajando el cuero, los saludaba, los bendecía, se agachaba para descalzarse los zapatos rojos que él había eliminado al llegar a su pontificado y se los ofrecía, no ya como símbolo del poder, sino como sangre de los mártires. Después, descalzo, continuaba por esa calle adoquinada hasta perderse detrás de uno de los molinos de agua.

Me atrae viajar, me gusta escribir, inventar historias. Es una suerte compaginar estas aficiones para desarrollar artículos como el presente. Poder volver a un invierno de hace unos años en el sur de Francia. Ahora que no podemos viajar es un privilegio gratuito y catártico.

7 Comentarios

  1. Excelente, Antonio, como todos los que escribes. Le pones atención, entusiasmo, y mucha alma. Los preparas muy bien, entras en detalles y regresas a través de la historia al momento actual. Este me ha gustado mucho porque me ha recordado una encantadora y atractiva ciudad que visité en 1980. Ahora que se puede viajar menos de forma física, es el momento de hacerlo bajo la ensoñación de una buena pluma y un buen gusto como tú tienes.

  2. Al leer tus líneas y observar las fotos te puedes hacer una idea de la magia de Avignon.
    Me ha encantado tus palabras y seguro que volveré para verlo con otra mirada.
    Gracias

  3. Me ha gustado mucho tu relato de Avignon, Antonio, y las fotos estupendas.
    Como ya hace ya tantos años que estuve allí, tenía entonces veinte, mis recuerdos no son tantos como tu completa y perfecta exposición, pero sí son nítidos algunos como la luz, diferente porque fui en pleno verano.
    Volveré a releer esa mirada tuya de la ciudad que ha hecho que desee volver a Avignon, deseo al que tu estupendo artículo ha contribuido.

  4. Verdadero lugar nostálgico, mágico y cultural e históricamente sumamente rico. El paso del Ródano y sus crecidas ancestrales lo dota de unos paisajes de ribera maravillosos. Agua, verde, luz, quietud y sosiego se respiran en su territorio. Particularmente significa mucho para mí esta ciudad de la Provenza, de lavanda, eclesiástica y de huella romana en sus alrededores. Fue el hogar de mi tío Frasco y que fue acogido como un francés natural más cuando marchó como tantos españoles allá por la década de los sesenta en busca de trabajo y una nueva vida abierta a la libertad. Orgulloso de su ciudad gala y que pude conocer y disfrutar ya hace años gracias a él. Precisamente este año, regresó a su querido y siempre presente Alhaurín el Grande para ya descansar en paz. Por eso Avignon para mi, y a través de tu relato, es evocar a una ciudad “familiar”, cercana, querida y entrañable con una riqueza visual y sensorial digna de destacar. Espero volver. No sé cuando pero quisiera regresar a la Rue François Rabelais que tanto significa para mí y disfrutar, con otra mirada, especialmente los Palacios de las Papas, entre otras de las maravillas arquitectónicas y culturales que posee. Gracias autor.

  5. Inspirador al máximo!!! 😍
    Apuntado en mi agenda, en la hojita color verde, “Sitios que no me quiero perder “ .
    Gracias por este regalo!!

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