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47

El pensar ¿debe ser un juego?

Tucumán
¿Qué valor tiene el pensamiento, el juego y los rituales en la época del Big data?

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Los dos rasgos esenciales que definen la condición humana son la capacidad simbólica y la vida en sociedad. Sin los símbolos, sin lenguaje articulado y sin la pertenencia a una comunidad, seríamos solo bestias. Algo está pasando en la cultura contemporánea de Occidente que necesitamos volver a esto que Aristóteles señaló hace ya mucho tiempo.

El pensador coreano Byung-Chul Han trae una mirada novedosa en su libro La desaparición de los rituales, donde sostiene la deshumanización del sujeto hoy por la pérdida de su capacidad simbólica. Los rituales, dice, son simbólicos y sirvieron para cohesionar a la comunidad. Si bien en el origen fueron ritos de carácter religioso, ahora podemos reconocer rituales sociales, como la cortesía, que están desapareciendo. Dado su carácter esencial, sin ellos –metidos hoy en las redes sociales, imbuidos de un narcisismo peligroso– perdemos nuestra capacidad de pensar, soñar, hacer arte o imaginar; de ser nosotros mismos.

Los rituales hacen al mundo habitable y dan la ilusión de lo permanente, al tiempo que acrecientan nuestra condición gregaria. Su desaparición genera una profunda sensación de contingencia, de fragilidad y abandono contra el cual siempre han luchado los seres humanos; por ello, para remediarlo, las culturas arcaicas recurrieron a la religión y la ilusión de eternidad que ella otorga. Esos gestos formales, que se repiten con exactitud e intensidad –y esto es lo importante– convocan a la comunidad.

En el título acabo de plantear una pregunta a la que decididamente respondo sí. Debería ser un acto lúdico el pensar con libertad, con imaginación, lejos del puro cálculo, sumergirnos en la meditación. Nos hace falta recordar esto porque vivimos en la era de una digitalización, siempre en ascenso, que debilita el vínculo comunitario que nos hace personas y nos transforma en productores de nosotros mismos. El joven actual se vende, quiere ser único, se ofrece en las redes y desconoce la comunidad que sostiene su vida. En esta línea se alerta sobre la diferencia entre consumir y usar las cosas del mundo. El sujeto del neoliberalismo que hoy domina las civilizaciones del orbe consume a velocidad vertiginosa solo para seguir consumiendo. Su objetivo es producir, hacer, consumir; no gozar, no detenerse en la meditación, en el disfrute estético o el recogimiento religioso.

Los rituales hacen al mundo habitable y dan la ilusión de lo permanente, al tiempo que acrecientan nuestra condición gregaria. Su desaparición genera una profunda sensación de contingencia, de fragilidad y abandono contra el cual siempre han luchado los seres humanos; por ello, para remediarlo, las culturas arcaicas recurrieron a la religión y la ilusión de eternidad que ella otorga. Esos gestos formales, que se repiten con exactitud e intensidad –y esto es lo importante– convocan a la comunidad.

Se crea una distancia insalvable entre una vida activa de pura producción y la vida contemplativa en la cual los rituales y lo lúdico regresan. El mundo actual desconoce el valor del silencio, de la quietud, de la fiesta como el momento de unión con los otros y con los dioses. Segmentar el tiempo del trabajo, poner en pausa la producción por un corto lapso, es el sentido de las fiestas como celebración. Y la fiesta hoy solo es ruido y soledad narcisista.

El hombre es un jugador infatigable –interesante idea de Han– porque jugar significa arriesgar, vivir en plenitud, disfrutar del ocio, incluirse en una comunidad, ser libre. Hoy el sujeto no juega, no es dueño de su libertad, aunque se cree libre. Estamos en una sociedad que no goza, que no lee poesía, porque en el poema el lenguaje juega, rompe sus reglas, es puro sonido intenso y misterioso, posee significantes sin sentidos unívocos. Sirva de ejemplo –y esto no lo dice Han– una frase de Borges que, en un alarde de perfección, pone en evidencia esta idea de juego y de misterio del lenguaje poético: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche” (Las ruinas circulares)

Hoy se desconoce ese valor lúdico del lenguaje y se cree que la verdad es la suma de los datos que el algoritmo ofrece. Una poesía, un rezo, un ritual, no tiene verdad, es inútil, no sirve para producir nada. El hombre cede la producción del saber, que era su fortaleza, a los macrodatos. Ahora el saber es sobre todo cálculo, producido por máquinas y ese Big data no es comprensible para nosotros, solo son cifras y cifras. En algún momento esa comunicación precisa y perfecta de cifras coincide con la vigilancia, lo que es alarmante porque permite manejar la psique humana. Todos hemos tenido la experiencia de buscar datos, por ejemplo de un viaje a determinado lugar, e inmediatamente recibir en nuestros dispositivos cantidades de ofertas.

Nuestra condición de hablantes nos hace dueños de un relato, de una narración que da sentido a la vida: narraciones sobre padres, amigos, sobre mí mismo, sobre la sociedad, la educación y también sobre el tiempo, los dioses y la eternidad. En esos relatos, que son puro juego, se refugia el pensar. El paso del pensar al dataismo, al puro calculo, nos anula. El pensar debe ser lúdico, para hacer libre a los hombres y mujeres de este planeta. La pérdida de los rituales y, en consecuencia, del carácter lúdico del pensar y de una comunidad que nos incluya, condena a nuestro tiempo a una decadencia inevitable. Y eso es una mala noticia.

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