Edición
48

Parásitos. Ese olor que cruza la línea [1]

Buenos Aires
Una lectura de la película Parásitos en tiempos de pandemia relaciona a los organismos que viven a expensas de otro y al virus que nos deja sin aire. No hay vida sin respiración, pero al respirar necesariamente olemos.

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Hago una especie de cronología de mis últimos escritos desde diciembre del 2019 y me encuentro con una línea de continuidad a la vez que, de preocupación por el porvenir de una humanidad, en la que las desigualdades sociales vienen empujando al ser humano hacia un final trágico.
El primer escrito meses antes de los Óscar 2020, fue un análisis de la película El Joker en la que el protagonista, el Guasón, un habitante del submundo oscuro y sórdido de NY, que padece un trastorno mental, es víctima de un sistema de salud que lo excluye, lo violenta. Lo había titulado” El crimen del joker” donde con el genitivo del dejaba abierto el interrogante acerca de quién era la víctima y quién su victimario².
Ya en plena declaración de la pandemia del COVID, la película Parásitos, vuelve a atraparme. Nuevamente las desigualdades, ricos – pobres. Haber puesto en contexto la película con la situación mundial de la pandemia, no fue meramente un hecho fortuito, en la medida en que la metáfora del Parásitos, su idiosincrasia es la de que para vivir depende de absorber la savia del otro hasta secarlo.
Me había centrado en el síntoma del virus, que ataca mortalmente a la función vital de la respiración. Si la del Parásitos es que chupa la sangre hasta secar, la catástrofe del COVID nos deja sin aire para vivir. En Parásitos lo parasitario tiene una doble lectura: la familia pobre – los Kim – parasita a la familia rica – los Parker – pero la familia rica no vive sin la dependencia de la pobre.  Dialéctica del Amo y esclavo, patéticamente igualados, pero en la muerte, un callejón sin salida hacia la catástrofe. Aunque bajo la forma de una fantasía o final abierto, parece poner en el esclavo una promesa de redención.
Esta vez voy a centrarme en lo que el director del film eligió como la idea rectora: el tema del olor, idea que, llevada al punto máximo en esta ficción, devino un acto político, en la medida en que por medio del olfato logró traspasar esa distancia que separa a ricos de pobres. Valiéndose de esa delgada línea, de oposición ambigua Yo/Otro, Adentro/Afuera, como una banda de Moebius, por un recurso sutil como es el olfato, hizo que se acercaran, que se olieran.
Maestría del director a quien se le ocurrió atravesar esa oposición precisamente a partir de poner a jugar la idea de infiltración, como la vía para hacer visible aquello que nos incomoda.
En nuestra sociedad ricos y pobres rara vez se cruzan, viven en zonas distintas. El director con ese recurso de infiltración se propuso romper con esas líneas que parecen paralelas, hacer que se toquen, llevando al máximo la tensión hasta hacerlas colapsar. Función política del arte, la de concientizar haciendo pasar lo imposible, lo indecible, el horror.
El objetivo de Bong Hoon-Ho, su director, era desenmascarar las desigualdades existentes en Corea del Sur debido a – como él mismo analiza – un crecimiento económico bestial que al mismo tiempo desestimó las libertades civiles. Esto no se diferencia en nada con respecto al panorama mundial, que concentra poder en unos pocos y obliga a la supervivencia parasitaria al resto.
Privilegio el del arte, el de hacer pasar vía el relato, lo prohibido, de profanar lo imposible de profanar – como dice Agamben en su libro Profanaciones al considerar que profanar es hoy una práctica olvidada pero que es necesario recuperar – privilegio del arte con su poder de denuncia y que también puede ser performativo de subjetividad.
En este último sentido, probablemente por estos tiempos de confinamiento o quizás por mi gusto por el cine, vengo registrando en las últimas producciones de cine, al menos las que me atraen, ya sean de oriente o de occidente, que hablan de lo mismo: de un sentimiento renegatorio hacia el semejante, un rechazo a quien está privado, despojado, cuya imagen hay que evitar, porque constituye una amenaza a la propia identidad, ésa que precisamente se construye expulsando lo abyecto.
Estas películas que voy a citar brevemente, si bien hablan de lo mismo, muestran algunas diferencias por el modo en que esas privaciones, afectan a los sujetos. Puse en relación con Parásitos las siguientes:

  • Better days³, director Derek Tsang, transcurre en Hong Kong, la problemática del bullying en alumnos que están preparando el examen de ingreso a la universidad, es en realidad secundaria, la trama verdadera es la que muestra una sociedad altamente competitiva, con un sistema de hiperexigencia, culto al esfuerzo que excluye a los débiles y que marca entonces la diferencia entre los que son útiles a la sociedad y los marginados. Familias ricas tan violentas y abusivas como los que viven en condiciones humildes y una práctica de exclusión que naturaliza consecuencias tales como el suicidio o crimen.
  • Nomadland, ganadora del Oscar 2021 a la mejor película. Su directora: china estadounidense Chloé Zhao, el tema: cómo es sobrevivir en la América del Norte – más precisamente en los Estados Unidos – del siglo 21. Otra muestra de los que quedan marginados, porque ya no les sirven al sistema, crean una comunidad que opera como un soporte afectivo, no intentan luchar contra esa injusticia, asumen esa forma de vida nómade conformándose con vivir felices, en comunidad, con otros. La solución opone al sobrevivir el Vivir dignamente. Es un grano en el american way of life.

Vengo registrando en las últimas producciones de cine, al menos las que me atraen, ya sean de oriente o de occidente, que hablan de lo mismo: de un sentimiento renegatorio hacia el semejante, un rechazo a quien está privado, despojado, cuya imagen hay que evitar, porque constituye una amenaza a la propia identidad, ésa que precisamente se construye expulsando lo abyecto.

Es decir que, ante una similar problemática, la de la exclusión, se pueden observar soluciones subjetivas diferentes, las que van desde sujetarse, es decir, engancharse parasitariamente como lo hizo la familia Kim, y que terminan en violencia, otras que se someten a las exigencias y llevan al suicidio⁴, mientras otras se sublevan, y en lugar de sujetarse recuperan la dignidad del sujeto.

¿Qué me interesó de estas producciones? Que ya sean de países asiáticos, o estadounidense, denuncian lo mismo.
En la ceremonia de los Óscar, Joaquín Phoenix, el ganador 2020 a mejor actor por Joker pronunció este discurso en total sintonía con la película ganadora Parásitos:
“Considero que el mejor regalo que me han dado muchas personas [de la industria] es la oportunidad de usar nuestra voz para dársela a aquellos que no la tienen. He estado pensando en algunos de los grandes problemas a los que nos enfrentamos como sociedad. Sin embargo, veo aspectos en común, al estar hablando de desigualdad de género, de racismo, de derechos para el colectivo LGBT, de los derechos de los indígenas, de los derechos de los animales, estamos hablando de la lucha contra la injusticia, de luchar contra la creencia de que una nación, un pueblo, una raza, una etnia, un sexo o una especie tenga el derecho de dominar, controlar, manipular y explotar con total impunidad”.
Me quedo con este último significante impunidad. De la incesante y fecunda lectura que hacen los intelectuales en todo el mundo, sobre el drama actual de la sociedad, subrayo la vigencia que tiene la interpretación que hace el filósofo italiano Roberto Espósito, quien en su libro Inmunitas Comunitas habla de un mecanismo de pensamiento que atraviesa en la actualidad todos los campos, todos los cuerpos de la sociedad, biológico, social, educativo, jurídico, político, y que nombra como el paradigma inmunitario. Se trata de un mecanismo de defensa contra un peligro exterior: puede ser un cuerpo extraño, como el COVID, o un virus electrónico, o inmigrantes, y que consiste en una medida de protección, como el levantamiento de un muro, una barrera, un antivirus, inmunidad diplomática, etc. Inmune viene de munus, significa exento del pago del munus⁵. La cuestión es que este paradigma inmunitario alude a un exceso de inmunización que hace que fracase en su función de protección. De este modo explica la catástrofe actual:  la Inmunidad fracasa cuando es sin comunidad. En lugar de inmunidad hay impunidad. Pongo en serie:
Inmunidad – Impunidad – Inmundo
Ese deslizamiento que va de la protección contra un peligro exterior, la inmunidad, se muta en poder de control, dominio y explotación, se torna impune, es decir sin punición, y procede abyectando lo inmundo. ¿Y quienes están en esta categoría de lo inmundo?  los marginados, las mujeres, las trabajadoras sexuales, los presos, los discapacitados, los judíos, los negros, los pobres son in-mundus, abyectos.
Este concepto de lo abyecto lo voy a desarrollar tanto en relación con su función relevante en el origen del sujeto, así como en su dimensión cultural. Por mencionar algunas de sus manifestaciones en lo social tenemos la xenofobia y el antisemitismo.
Patéticamente estremecedor cómo Hitler usó el asunto del olor en un escrito como argumento para llevar a millones de judíos al exterminio: El olor de esa gente en caftanes me hacía sentir mal…
Sin embargo, con respecto a lo inmundo, no es la ausencia de limpieza o de salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas.

Paso a leer el diálogo entre el Sr Park y su esposa:

Dong-ik: Espera un momento. ¿De dónde viene ese olor?
Yeon-kyo: ¿Qué olor?
Dong-ik: El olor del Sr. Kim.
Yeon-kyo: No sé a qué te refieres.
Dong-ik: ¿En serio? Debes haberlo olido. Ese olor que emana por el coche, ¿cómo se describe?
Yeon-kyo: ¿El olor de un anciano?
Dong-ik: No, no, no es eso.
Yeon-kyo: ¿Qué es? ¿Como un rábano viejo?
Dong-ik: No. ¿Sabes cuándo hierves un trapo? Huele a eso. De todos modos, aunque siempre parece estar a punto de cruzar la línea, él nunca lo hace. Eso es bueno. Le daré crédito.
Yeon-kyo: Sí.
Dong-ik: Pero ese olor cruza la línea. Se desplaza hasta el asiento trasero.
Dong-ik: No lo sé. Es difícil describirlo. Pero a veces lo hueles en el metro. Hace años que no tomo el metro. La gente que viaja en metro tiene un olor especial.

Ese olor que perturba una identidad, un sistema, es en este caso el olor a pobre que cruzó la línea. Olor de esa familia que vive en el subsuelo, a cuyo frente de la casa van a mear los borrachos, y que después de la lluvia está inundada de aguas fecales.

Entonces, una lectura de lo abyecto pasa por el origen de la cultura. Si nos remontamos a su origen, en las sociedades primitivas la abyección permitió al hombre desmarcarse del mundo amenazador del animal o de la animalidad, concebida como lo instintivo del sexo y del asesinato. En este sentido, ya Freud había considerado ese punto de ingreso del sujeto a la cultura. Al ubicar al pudor y al asco como antecesores de la represión originaria, los llamó diques morales frente a lo pulsional en tanto constitutivos del sujeto.

Lo inmundo, no es la ausencia de limpieza o de salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas.

Ahora bien, en cuanto a lo abyecto en el origen del sujeto, hemos de remontarnos a la confrontación con nuestros intentos más arcaicos, primarios, de diferenciarnos de la madre. Para ilustrar esa asociación con lo materno ¡qué mejor que evocar lo que nos produce la nata!, en una descripción que hace la psicoanalista y escritora Julia Kristeva⁶.

“La náusea me retuerce contra esa nata, esa película de superficie lechosa, que crispa el cuerpo, un espasmo de la glotis o aún de más bajo, del estómago del vientre, de todas las vísceras (…) me separa de la madre”. Por eso, con el vómito me separa de lo inmundo, para dar a luz un yo: yo me expulso, yo me escupo, yo me abyecto.  Aquello que la vida apenas soporta, esos humores, orinas, sudores, flujos, menstruaciones, olores, de esta impureza, esta mierda – dice – “me encuentra en los límites de mi condición de vivientey que el yo descarta permanentemente para vivir.

Así, vemos cuán necesaria es la abyección, en el proceso de separación de la madre para dar lugar al sujeto del lenguaje y del deseo.

En cuanto a lo abyecto en el arte, en literatura. Si bien el arte abyecto tiene sus raíces desde tiempos remotos, con sus temas de los cuerpos y sus secreciones, la sangre, el cadáver, etc., en la actualidad hay performances como defecar u orinar en público, más cercanas al poder del horror. ¿Cómo explicarlas?

El director de Parásitos nos admite que se siente un poco sádico “me gusta que el público sufra mientras se divierte”.

Si bien se puede deducir que lo abyecto cumple una finalidad catártica, en el sentido que permite al artista protegerse de lo abyecto, al experimentarlo. Eso se entiende desde el artista, pero cuando me pregunto cómo explicarlas insisto en preguntarme: qué de la época actual pide esas abyecciones en el arte.

¿Será como dice Koyeve que el retorno del hombre a la animalidad no es una posibilidad por venir sino como una certeza ya presente?

¿Cómo conjugar el mundo de ese arte con la cuestión de la pandemia en la que nos vemos rodeados de abyección? Por mencionar una muy angustiante como es en algunos lugares pobres del mundo el olor de la putrefacción de los cadáveres apilados.

Por de pronto la película Parásitos me conecta con lo abyecto en ese olor a pobre, así como con lo abyecto que es también el virus COVID, ese real que como dice Kristeva, me encuentra en los límites de mi condición de viviente. Porque este virus afecta mortalmente a la función vital de la respiración.  Y no sólo porque, además – ironía del destino – el virus tiene como uno de los síntomas característico la pérdida del olfato, que incluso en algunos queda como secuela.  Conclusión: No hay vida sin respiración y al respirar necesariamente olemos.

En este sentido resulta interesante diferenciar al olfato de los otros sentidos, porque según los estudios, el sentido del olfato es el más exitoso para vincularse con la memoria, los sentimientos y experiencias pasadas.⁷

Ahora bien, me pregunto si el COVID nos privará de la memoria. ¿Nos hará olvidar nuestras historias y sentimientos? Estas expresiones artísticas como la de Parásitos, que llevan el relato a esos límites que amenazan con la desaparición del sujeto, ¿conmoverán, despertarán la responsabilidad del ser humano respecto del rol que le cabe ante la amenaza de la destrucción de la Tierra debida a la mutación climática?

Cómo no asociar las desigualdades que plantean estas producciones del cine, del arte, con la pandemia. Ya que la pandemia también hace patente las desigualdades, las radicalizaciones llevando al límite el conflicto entre economía y salud.

Como dice Orwell en Rebelión en la granja: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

 

Notas:
[1] Conferencia ofrecida en Espacio Abierto Cine Debate, Madrid 25/6/2021
[2] Publicado en Página 12
[3] Nominada a mejor película internacional, aunque no muy difundida por cuestiones políticas.
[4] Corea del Sur está entre los peores en ranking mundial de felicidad y salud mental. 1500 alumnos se suicidan anualmente por presiones en el estudio.
[5] Munus: como se denominaba el impuesto en la antigua Roma.
[6] Julia Kristeva. Poderes del Horror.
[7] Los olores son procesados primero por el bulbo olfativo que corre a lo largo de la parte inferior del cerebro y que tiene conexiones directas con otras dos áreas del órgano: el hipocampo y la amígdala, que son responsables de la emoción y la memoria. Lo que resulta interesante es que ninguno de los otros sentidos pasa por estas dos partes del cerebro.

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