TDAH adulto: cuerpo, historia y neurodiversidad más allá del diagnóstico.

Entrevista a María Garau Rolandi
Una propuesta de abordaje para el TDHA Adulto que no se reduce a una lista de síntomas ni a un lóbulo frontal en pausa. Una trama donde entre el cuerpo, la historia emocional, la química y el contexto es la integración que devuelve complejidad y dignidad a la experiencia.

Existen libros que se escriben desde la distancia del experto y otros que nacen del pulso de quien conoce el territorio porque lo camina a diario. María Garau Rolandi, psicóloga y neuropsicóloga, autora de TDAH Adulto: Una vida sin frontal, pertenece a esta segunda categoría. En sus páginas, no se nos ofrece un manual de instrucciones para arreglar lo que el sistema etiqueta como defectuoso; más bien se nos invita a abrir un arco de posibilidades para volver a mirar el trastorno.

Bajo la premisa de que el lóbulo frontal —ese centro de mando que gestiona la atención y la conducta— a veces se va de paseo, la autora desarma la rigidez del diagnóstico para devolvernos la humanidad; y con la honestidad de quien escribe en primera persona, nos habla del TDAH no como un límite, sino como un funcionamiento que requiere, ante todo, una mirada ética y compasiva.

En esta entrevista con María Garau Rolandi, nos alejamos del reduccionismo clínico para explorar la complejidad de la vida real: el cuerpo, la historia emocional, la invisibilidad de las mujeres en la neurodiversidad y la posibilidad de transformar el error en una experiencia legítima. La ciencia y la sensibilidad se encuentran aquí para rearmar aquello que el estigma suele fragmentar.

Sostienes en el libro que la idea no es cambiar a la gente, sino abrir posibilidades para no quedar encerrado en un diagnóstico y has elegido escribir en primera persona. ¿Cómo fue ese proceso de elegir lo literario para condensar tu propia historia?

Tenía claro que si escribía un libro sería sobre TDAH y sobre mi propia vivencia. Al explicar tu historia, el otro recibe mejor la información; se genera una comunidad o clan. Entender que si a esta persona le ha pasado lo mismo que a mí, permite comprender mejor la sintomatología. El libro busca potenciar la comprensión porque eso aporta paz. En las personas con TDAH hay mucho conflicto interno; entenderme me permite esa paz. Mi historia es solo un vehículo para ese objetivo. Pero al final, usar términos «de a pie» para explicar tecnicismos ayuda a identificar lo que nos pasa en el día a día.

Mientras el mundo de la salud mental tiende a dar una visión reduccionista del TDAH, vos abrís una complejidad que tiene que ver con lo humano. ¿Qué sentís que fuiste agregando para ampliar esa mirada que muchos profesionales reducen tanto?

Siempre se ha hablado del TDAH como algo puramente cognitivo en función de la atención, y la planificación, y también conductual, relacionándolo con la impulsividad. Pero el impacto real interfiere en cómo me relaciono con mi pareja, con mi jefe, en cómo me alimento o en mi tendencia al sedentarismo.

El diagnóstico a menudo quita la humanidad, y yo busqué devolverla con un abordaje integral. No solo damos estrategias de organización; trabajamos la emocionalidad, el autoconcepto y el sistema de creencias. Entender cómo funciono me da paz, y esa paz es la que permite que la intervención no sea una exigencia más, sino un proceso de autoconocimiento.

En el libro hablás del diagnóstico como algo que tranquiliza, pero ¿puede generar lo opuesto? ¿Cómo conviven esas sensaciones?

Hay dos sensaciones clave. La primera es el alivio cuando tengo una explicación de que no soy vaga, ni tonta, ni poco implicada; sino que hay una base química y neurobiológica. Pero también aparece el miedo a la etiqueta y a la incertidumbre. Como profesionales, debemos ser éticos, el diagnóstico es una explicación, pero jamás una justificación. No es una excusa para decir que tengo TDAH y por eso te hablo mal, porque soy impulsivo. El diagnóstico es el punto de partida para aprender a convivir de forma amable con uno mismo, revisando qué podemos hacer para que la sintomatología interfiera lo menos posible.

¿En qué fallan los terapeutas actualmente al abordar el TDAH?

Fallamos en el diagnóstico y en la intervención. En el diagnóstico, falta formación específica, toda persona con TDAH tiene fallas atencionales, pero no todas las fallas atencionales son TDAH. El estrés, la ansiedad, la depresión, incluso la menopausia o el embarazo alteran la atención. Hay que saber discernir qué es un estado transitorio y qué tiene un origen neurobiológico. En la intervención, el error es no ser integrales. Podemos diseñar una rutina perfecta y sin embargo los pacientes fallan, recuerdo a una paciente que se auto boicoteaba porque de niña había vivido una hiperexigencia materna vinculada a los horarios, acá es donde la neuropsicología se queda corta.

Hay que indagar en el propósito de la conducta y preguntarnos de qué me está protegiendo la procrastinación. Hasta que no se elabora eso desde la psicoterapia, las herramientas conductuales no sirven de mucho. Como buen clínico hay que discernir, hoy en día parece que cualquier distracción es TDAH, pero no es así. La atención es la función cognitiva más sensible, se altera por el estrés, por la ansiedad, por una mala microbiota o incluso por procesos hormonales como la menopausia. Es responsabilidad del profesional hacer un buen diagnóstico diferencial para no etiquetar erróneamente un estado pasajero como si fuera un trastorno del neurodesarrollo.

Me gustaría que nos detengamos en el ejemplo de tu paciente que mencionaste. Me parece que ahí se ve clarísimo cómo el síntoma no es solo una falla de atención, sino que tiene una historia detrás. ¿Podrías ampliar qué pasó con ella?

Es un caso que recuerdo con mucho cariño porque ilustra perfectamente el límite de las pautas tradicionales. Teníamos una paciente con la que trabajamos la estructura y las rutinas. Habíamos diseñado un horario precioso, con muchos colores, todo muy visual y organizado. Ella lo veía y decía, «Venga, va, perfecto, lo veo claro». Parecía que teníamos la solución técnica en la mano. Sin embargo, pasaba la semana y cuando llegaba a sesión, me decía: «María, no he hecho nada de lo que me has dicho, ¿qué pasa aquí?». Desde una visión reduccionista, uno pensaría que le falta voluntad o que la agenda no estaba bien diseñada. Pero al indagar más allá de la superficie, descubrimos algo profundo, ella había crecido con una madre extremadamente exigente con los horarios. El incumplimiento de esas rutinas en su infancia había tenido consecuencias incluso físicas y de mucho dolor emocional.

Entonces, el horario no era solo una herramienta, era un disparador de su historia personal.

Exactamente. Ella auto boicoteaba la planificación porque en su inconsciente, el orden y la rutina estaban ligados a una figura de control y opresión. Para ella, ser organizada era volver a someterse a esa exigencia traumática. Hasta que no procesamos eso desde la psicoterapia, hasta que no hubo un reprocesamiento de toda esa situación de su pasado, ninguna estrategia de neuropsicología iba a funcionar. Ahí es donde entendemos que la conducta tiene un propósito. A veces, la procrastinación o el desorden funcionan como una estrategia protectora. Ella se protegía de revivir el trauma de la exigencia a través del caos. Por eso digo que hay que indagar cuál es la función que tiene este síntoma en ti, de qué te está protegiendo. Si solo atacamos el síntoma con una alarma o una lista de tareas, estamos siendo ciegos al mundo interno de quien consulta.

Mientras la ciencia tradicional se ha dedicado a desmembrar al sujeto, separando el cerebro del resto de la existencia, vos te sentas a rearmarlo. Nos recordás que no somos solo una cabeza que piensa, sino un cuerpo que late y habita una red compleja.

Hemos sido muy «cerebro centristas» y el cuerpo es igual de importante. La impulsividad puede llevar a atracones o a ir al supermercado sin criterio, lo que altera la microbiota. Hoy sabemos que existe una relación directa entre la salud intestinal y la regulación de neurotransmisores como el GABA o la serotonina, que impactan en nuestro estado de ánimo. Lo mismo ocurre con el sedentarismo,

la actividad física es un neuroprotector que potencia la proteína BDNF, ayudando a crear nuevas conexiones neuronales. No somos solo emoción o conducta; somos un sistema integrado.

El subtítulo de tu libro es Una vida sin frontales. Es muy potente porque pone el foco en esa parte del cerebro a la que siempre se le dio tanta importancia. Además, incluís viñetas sobre tus propios olvidos como por ejemplo las llaves o la moto. ¿Qué buscás transmitir con eso?

El lóbulo prefrontal es el que gestiona la atención, la concentración y la conducta. En el TDAH, ese frontal se va de paseo. El objetivo de esas viñetas es normalizar el error. Nuestra sociedad nos enseña que errar es fracasar, pero en realidad aprendemos por ensayo y error. Quiero mostrar que, aunque lleve 15 años estudiando esto, sigo teniendo fallos atencionales porque no es una cuestión de voluntad o de echarle ganas. Hay que trabajar sobre la aceptación y la compasión, no sobre la eliminación del síntoma, porque el síntoma no va a desaparecer. Se trata de generar una buena relación con todas tus partes.

Mencionas que la meritocracia no es un buen socio. ¿Qué otras ideas dominantes pesan sobre los consultantes hoy en día?

Existe una tendencia dañina a relacionar el éxito laboral con la valía personal. Como dice Gabor Maté, creemos que somos merecedores porque logramos cosas, cuando en realidad somos merecedores y por eso logramos cosas. El valor está dentro. Pero el entorno también sufre, convivir con alguien con TDAH es complejo si no se entiende que olvidarse de algo por tercera vez no es falta de interés, sino un fallo en la gestión conductual. Entender el cerebro del otro mejora la convivencia.

¿Hay una diferencia real en cómo se investiga y se manifiesta el TDAH en hombres y mujeres?

Históricamente, el patrón descrito ha sido el masculino, niños movedizos e inquietos que hacen mucho ruido y por eso se detectan temprano. En las niñas, la sintomatología suele ser de inatención, son niñas «empanadas», muy responsables y complacientes que pasan desapercibidas porque se nos educa culturalmente para no molestar. Sin embargo, estamos viviendo una evolución muy importante en el conocimiento.

Hoy, gracias a la divulgación y a una formación más específica en trastornos del neurodesarrollo, el diagnóstico en mujeres ha avanzado muchísimo. Ya no solo nos fijamos en la conducta disruptiva, sino en la sintomatología internalizada, mujeres que llegan a la consulta con altos niveles de ansiedad, estrés crónico y una autoestima muy dañada por haber intentado compensar sus dificultades en silencio durante décadas.

Entonces, esa invisibilidad está empezando a ceder espacio a la palabra y al reconocimiento.

Totalmente. Ahora las mujeres consultan más porque se ven reflejadas en la información que circula en redes y en la ciencia actual. Entienden que su cansancio extremo o su sensación de no llegar a todo tiene una raíz neurobiológica. Aunque en la adultez los síntomas de hombres y mujeres se unifican más, predominando la inatención y la disfunción ejecutiva, la experiencia de vida es distinta. La mujer ha estado más acostumbrada a convivir con el dolor hacia adentro, a cuidar de otros antes que de sí misma. Pero el camino que estamos recorriendo ahora en las aulas y en la clínica es esperanzador, estamos aprendiendo a mirar ese patrón femenino para que ninguna niña crezca pensando que es menos solo por procesar el mundo de otra manera.

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