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En un mundo que corre a un ritmo imposible, donde todo parece efímero y fugaz, Wisdom of the Century llega como una pausa necesaria. Es un proyecto que invita a respirar hondo y mirar a quienes ya caminaron largas décadas antes que nosotros. No es solo un libro—es un abrazo, un puente entre generaciones, una caja de tesoros llena de vidas que, con sus luces y sus sombras, nos recuerdan quiénes somos y hacia dónde vamos.
Este trabajo reúne las voces de 90 personas mayores de 90 años en Florida—cada una con una historia única, un ritmo propio, una forma distinta de entender el mundo. Son testigos de un siglo marcado por guerras, migraciones, pandemias, sueños cumplidos, injusticias profundas, pérdidas inevitables y avances que nadie habría imaginado. Cada uno trae una enseñanza, una frase, un gesto que puede cambiar la manera en que miramos la vida.
La semilla del proyecto fue simple pero poderosa: todo el mundo tiene una historia.
Como psicóloga, como mujer, como madre, siempre he sentido que la historia más valiosa es la que muchas veces pasa desapercibida. La que está en la casa de al lado. En el vecino que ya no camina tan rápido. En la mano arrugada que aún te sostiene con firmeza.
Quería saber qué habían aprendido, cómo sobrevivieron a lo impensable, qué aman, qué lamentan, qué quieren dejar en este mundo; y sobre todo, cómo podemos nosotros —los más jóvenes— honrar ese legado en la vida diaria.
Cada entrevista me transformó. Cada rostro, cada silencio, cada carcajada inesperada me recordó que la belleza está en lo simple, en lo que dura, en lo que no necesita artificios.
El libro es un viaje, un recorrido por más de veinte países, acentos, comidas, costumbres, músicas y duelos. En sus páginas convivimos con inventores, músicos, médicos, maestras, artistas, sobrevivientes del Holocausto, secretarias, ingenieros, empresarios, activistas, madres, padres y abuelos que levantaron familias enteras con lo poco que tenían.
Uno de ellos, Victor Billig, comenzó como piloto militar y terminó diseñando tecnologías que llegaron al espacio. Su trabajo ayudó a conectar a comunidades enteras en regiones donde la comunicación era imposible. Cuando habla de su vida, lo hace sin grandiosidad, con una humildad tal, que uno entiende, de inmediato, por qué impactó tanto a otros.
Y luego está la Dra. Enid Pinkney, que creció en una Miami profundamente segregada. Dejó el sur buscando libertad, pero la vida —cruda y sincera— le mostró en un solo gesto que el racismo también existía en el norte. Ese día, con un plato servido en una cesta mientras sus compañeras blancas comían en vajilla, entendió que su lucha no dependía del lugar, dependía de ella. Volvió a Miami para educar, para preservar la memoria cultural de su comunidad y para abrir caminos donde antes solo había puertas cerradas.

Detrás del libro, un equipo que se convirtió en familia. Tuve la bendición de tener un equipo que entregó su tiempo, profesionalismo y amor al proyecto. Merle R. Saferstein, quien logró que cada historia sonara como su protagonista, sin adornos innecesarios y con una sensibilidad excepcional. Pipe Yanguas, que viajó con su cámara por Florida y capturó miradas que dicen más que mil palabras. Jenny Menzel, cuya creatividad convirtió este proyecto en una obra visual que invita no solo a leer, sino a contemplar.
Cada uno aportó algo único, pero todos compartían un mismo propósito, honrar vidas que merecen ser contadas.
Para los más jóvenes del equipo, este proyecto fue revelador. Pipe lo resume así:
“Ser viejo es un concepto mental. Muchos de ellos viven con más energía que personas de mi edad.” Jenny, por su parte, encontró un pasado:
“Escuchar a estas mujeres hablar de sus granjas y sus infancias me conectó con mis abuelos, con quienes nunca pude compartir esas historias.” Y para mí… aún estoy procesando todo lo que aprendí. Para mí personalmente, estas son solo algunas de las muchas lecciones que me acompañan después de caminar junto a estos hombres y mujeres extraordinarios:
Conocer a estos nonagenarios y centenarios ha sido un privilegio que transformó mi vida. Incluso aquellos con quienes no pude sentarme personalmente me enseñaron tanto a través de sus palabras. Hace poco leí una frase que me atravesó:
“Hay algo increíblemente humilde en una persona que comparte su sabiduría con las manos abiertas en lugar de con los puños cerrados.” Esa frase resume a todos nuestros participantes. Su generosidad, su entrega, su manera suave pero firme de enseñar. Y por eso, les estaré eternamente agradecida.
Wisdom of the Century es una invitación a hacer una pausa, a mirar a los ojos, a escuchar sin prisa, a recordar que nuestros mayores son bibliotecas vivas, que su tiempo es sagrado, que su sabiduría puede ser —si la dejamos entrar— un faro para navegar lo que viene.

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