Una de las películas que más revuelo ha causado en el Festival de Cannes es La bola Negra, la nueva producción de Javier Calvo y Javier Ambrosi, cuya proyección fue recibida con cerca de 20 minutos de aplausos y que ya se perfila como posible candidata a los Premios de la Academia.
La película se presenta como un testimonio profundamente conmovedor que articula varias historias distintas pero íntimamente conectadas, situadas en diferentes periodos de la historia de España. Desde la antesala de la Guerra Civil hasta el presente contemporáneo, la obra propone una reflexión sobre la repetición de la historia y sobre la lentitud con la que los cambios sociales logran arraigar. En palabras de sus propios creadores, el cine puede convertirse en una herramienta fundamental para que las nuevas generaciones comprendan ese pasado que todavía resuena en el presente.
El origen del proyecto se encuentra en la obra teatral La piedra oscura, de Alberto Conejero, que narra la historia de Sebastián y Rafael. Aunque los directores ya estaban familiarizados con el texto, su relectura bajo una perspectiva cinematográfica permitió articular una propuesta más ambiciosa, en la que el hallazgo de una obra inédita de Federico García Lorca —asesinado durante el franquismo— actúa como eje simbólico y narrativo.

La trama se despliega en varias líneas temporales. En una de ellas, situada en 1932, seguimos a Carlos (Milo Quílez), un joven que lucha contra su identidad sexual mientras intenta ser aceptado en un exclusivo casino donde las votaciones se realizan mediante bolas blancas y negras, un sistema que se convierte en metáfora de exclusión y juicio social.
En paralelo, la película nos traslada al contexto de la Guerra Civil, donde Sebastián (Guitarricadelafuente), un soldado del bando franquista, desarrolla una relación emocional compleja con Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), un prisionero al que debe custodiar en medio de un contexto marcado por la violencia y la represión.
La historia encuentra su eco en el año 2017, donde Alberto, un folklorista español (Carlos González), recibe la noticia de la muerte de su abuelo materno junto a una enigmática herencia. Este acontecimiento desata una investigación personal que pone al descubierto secretos familiares largamente reprimidos, así como la figura ausente de un abuelo cuya historia condicionó profundamente a las generaciones posteriores, incluida su madre (Lola Dueñas).
Lejos de una narración lineal, La bola Negra adopta una estructura de collage en la que se entrelazan no solo diferentes épocas, sino también diversos lenguajes artísticos. Literatura, poesía, danza y música se integran en una propuesta sensorial que rompe con el realismo clásico y se acerca a una experiencia más emocional y evocadora.
Desde el punto de vista formal, la fotografía se convierte en un elemento clave en la construcción de este discurso. Las escenas ambientadas en la Guerra Civil presentan una paleta desaturada y una iluminación contenida que acentúa la dureza y la represión emocional de los personajes. En contraste, las secuencias contemporáneas se caracterizan por una luz más limpia, aunque no necesariamente más reconfortante, sugiriendo que las huellas del pasado siguen presentes, aunque transformadas.
Especialmente destacables son los momentos en los que la película introduce elementos performativos como la danza o la representación teatral. En estas secuencias, la imagen se estiliza y se aleja del naturalismo, adquiriendo un carácter casi onírico que sitúa la experiencia más cerca de lo simbólico.
La música y el diseño sonoro refuerzan esta dimensión sensorial. La presencia de elementos folclóricos funciona como un puente entre épocas, evocando una memoria cultural compartida. En muchos momentos, la música actúa como sustituto de la palabra, expresando aquello que los personajes no pueden verbalizar por la represión emocional y social.
En términos temáticos, la película amplía el enfoque del cine de memoria histórica en España al incorporar de manera explícita la dimensión de la identidad sexual y la represión de los afectos. Si bien otras películas han abordado la violencia política y la guerra desde distintas perspectivas, La bola Negra pone el acento en historias íntimas y silencios heredados, especialmente aquellos relacionados con el deseo y la identidad.

En este sentido, la inclusión de actores abiertamente gais en los tres personajes principales refuerza el compromiso de la película con la representación y la visibilidad. El reparto combina intérpretes consagrados como Penélope Cruz y Glenn Close con actores no profesionales que se enfrentan por primera vez a la cámara.
En conjunto, La bola Negra se configura como una obra ambiciosa y emocionalmente compleja que no solo revisita el pasado, sino que lo reinterpreta desde el presente. A través de su estructura fragmentaria, su riqueza visual y sonora y sus historias íntimas, la película propone una reflexión profunda sobre los mecanismos de la memoria, los silencios heredados y la necesidad de confrontar aquello que aún permanece oculto.