Los viajes de la Mona Lisa

¿Por qué La Mona Lisa está en el Louvre? Un recorrido histórico y personal por los viajes, robos y exilios de la Mona Lisa. Desde Leonardo hasta París, la célebre obra revela cómo el arte, el poder y el deseo construyen su leyenda eterna.

La primera vez que la vi yo tenía dieciocho años recién cumplidos y ella más de cuatrocientos. Recuerdo que me cautivaron su sonrisa y su mirada, a veces pícara, otras nostálgica, depende de qué ángulo se la mirara. Mis padres habían tenido el placer de conocerla años atrás. En aquella época todavía no llegaban hordas de turistas al Louvre; estaba descubierta, en todo su esplendor, sin la urna de cristal a prueba de balas, que actualmente la protege.

Ella es Mona Lisa, pintada por Leonardo sobre un pequeño tablero de álamo, hace más de cuatro siglos. El nombre le fue dado por Giorgio Vasari, el gran historiador y pintor, en 1550. También se la ha llamado La Gioconda.

En 1503, el abastado mercader de sedas toscano, Francesco del Giocondo, encargó a Leonardo da Vinci, para festejar el nacimiento de su segundo hijo, que pintara a su joven y hermosa mujer, Lisa Ghirardini. Aunque diversas hipótesis se han generado en torno a la identidad de la modelo, esta es la más plausible, según testimonios de técnicos e historiadores a través de los siglos.

Años después de aquel día en que vi a la Mona Lisa por primera vez, mi curiosidad por conocerla mejor me incitó a visitar el lugar donde Leonardo vivió los últimos años de su vida. Allá en su atelier retocó su obra inúmeras veces, en más de treinta capas, con delicadas pinceladas casi imperceptibles, aplicadas de forma irregular, para que la textura de la piel pareciera humana y para conseguir la sonrisa más famosa del mundo.

Un hermoso domingo de sol, tomé un tren hasta Amboise, en el valle del Loire, con la intención de visitar el castillo du Clos Lucé, construido en 1471. Al pisar el mismo suelo que había pisado Leonardo, me estremecí de emoción. Me parecía sentir allí su presencia. La habitación donde murió, el 2 de mayo de 1519, estaba restaurada exactamente como era en la época en que él vivió allí, con su cama a baldaquino, cortinados de terciopelo color vino, su mesa de trabajo, grandes vigas de roble en el techo, una chimenea de piedra y una vista espectacular desde la ventana, por donde Leonardo se asomaba a mirar el vasto jardín y el castillo de Amboise, al que se podía acceder por un túnel de más de cuatrocientos metros de largo. Su atelier en el segundo piso, en perfecto estado, como él lo había dejado. En el sótano, había sido instalada una exposición de dibujos y modelos de artefactos creados por Leonardo, inclusive un helicóptero. En el jardín, en un museo al aire libre, se dispusieron varios artefactos, máquinas y hasta un puente giratorio, inventos del genio del Renacimiento.

En diciembre de 1525, Leonardo conoció en Bolonia al nuevo rey de Francia, François I, que recién había ganado a los Sforza el control de la ciudad boloñesa. El joven rey, gran admirador de Leonardo, lo invitó a mudarse a su país. Le ofreció su protección, una renta y un castillo.  En 1516, Leonardo, con sesenta y cuatro años de edad, dejó Roma para juntarse a la corte del rey francés. Llevaba en su equipaje algunos cuadernos de diseños, gran cantidad de aparatos y artefactos y tres de sus cuadros: Mona Lisa, La virgen y el Niño, con Santa Ana, y el San Juan Bautista. Viajaba acompañado de su discípulo, Francisco Melzi y de su sirviente, Batista.

El rey de Francia, científico, políglota y literato, le ofreció a Leonardo una pensión mensual de setecientos escudos de oro y el castillo de Cloux, hoy llamado Clos Lucé, En aquella propiedad el maestro florentino vivió hasta su muerte, en 1519.

Por algún motivo, Leonardo no había querido vender a Francesco del Giocondo la Mona Lisa.  Trabajó en la obra hasta los últimos días de su vida. Cuando falleció Leonardo, en 1524, su discípulo y asistente, Salai, heredó el cuadro y se lo vendió al rey por la suma de 4.000 escudos de oro. Al fallecer el rey, la obra fue a parar al castillo de Fontainebleau y, más tarde, Luis XIV ordenó que la colocaran en el palacio de Versailles. Durante la revolución francesa el cuadro fue llevado al Museo del Louvre. En 1800, Napoleón ordenó que lo colocaran en su dormitorio, en el palacio de las Tullerías. Durante la guerra franco-prusiana en 1870, la obra fue escondida en el Arsenal de Brest.

Pero Florencia estaba esperando a su Gioconda hacía siglos. Un caluroso día de agosto de 1911, en París, un carpintero italiano, llamado Vincenzo Peruggia, empleado del Louvre como cristalero auxiliar, entró al museo, vestido con su uniforme de trabajo como todos los días. Se dirigió hasta el lugar donde estaba colgada la Mona Lisa. Con facilidad descolgó el cuadro, le sacó su marco y lo envolvió en una tela. El hombre se quedó allá, en una de las salas del museo toda la noche. A la mañana siguiente, salió muy campante, con el cuadro escondido entre su ropa, mientras los guardias que lo conocían lo saludaban, sin percatarse de nada.

Al día siguiente, un pintor que se disponía a instalar su caballete frente al cuadro para copiarlo se percató de que la obra no estaba en su lugar. Le preguntó por la obra a un guardia del museo. Ambos pensaron que se habían llevado al cuadro para fotografiarlo, lo que era común en esa época. Cuando los responsables de la pinacoteca se dieron cuenta de que el cuadro había sido robado, cundió la desesperación. El hecho se transformó en un escándalo nacional; se comentaba sobre la falta de seguridad del Louvre. Se ofrecieron recompensas para quien diera pistas sobre la obra.

Inmediatamente, la policía comenzó la búsqueda y las investigaciones por toda París. Se tomaron las huellas dactilares de todos los empleados del museo, inclusive de los historiadores. Se llegó a detener al escritor Guillaume Apollinaire. Este acusó a Pablo Picasso, que fue llamado para interrogarlo. El pintor, por indicación de su amigo, había comprado dos estatuillas ibéricas a un ladrón belga que las había robado en el Louvre. Como consecuencia, ambos artistas tenían antecedentes en la policía. Los periódicos aprovecharon la ocasión para sacar a la luz la falta de seguridad del Louvre.

Tras la liberación de los dos artistas, los investigadores se encontraban sin pistas. Las huellas del ladrón habían quedado en el marco y, por increíble que parezca, la policía se olvidó de tomárselas a Vincenzo. Visitaron su mísera habitación, pero no miraron bajo la cama. Demasiadas coincidencias. Mona Lisa permaneció allí dos años, a un quilómetro del Louvre, sin que nadie la encontrara. Italia y el resto del mundo estaban conmocionados por el robo. La obra se había esfumado, como por arte de magia, sin dejar rastros.

En diciembre de 1913, semanas antes de Navidad, un comerciante de arte florentino recibió una carta, que leyó ensimismado e incrédulo: “tengo en mi posesión la obra robada de Leonardo da Vinci. Mi deseo es devolver esta obra maestra al país del que procede y que la inspiró. Pertenece a Italia, ya que el pintor era italiano.” El mensaje estaba firmado Leonardo, no por Vincenzo.

Días después, por la tardecita, un hombre de tez oscura, cabello negro, engominado y con un pequeño bigote retorcido, se presentó en la tienda del comerciante, que ya estaba a punto de cerrar. Dijo que se llamaba Leonardo Vincenzo, que estaba hospedado en el Albergo Trípoli-Italia, a tan solo una cuadra del Borgo San Lorenzo, donde cuatrocientos años atrás Lisa del Giocondo, posaba para Leonardo. El hombre le dijo al comerciante que, si iba al día siguiente a la pensión, podría mostrarle a la Mona Lisa.

El comerciante, estupefacto, inmediatamente avisó lo sucedido al director de la Galleria degli Uffizzi.  Al día siguiente, los dos hombres y el ladrón se dirigieron a la pensión. Antes de llegar, Vincenzo les pidió que le pagaran la suma de quinientas mil liras, aunque no se trataba de una cuestión de dinero, explicó, sino de restituir a Italia un tesoro que le pertenecía, robado por los franceses.

Los hombres entraron a la pensión. Vincenzo sacó una maleta que estaba debajo de la cama. En un doble fondo, había una tabla envuelta en seda roja; desenvolvió el paquete. La tabla era nada menos que La Gioconda, intacta. En la parte trasera tenía el número de inventario del Louvre. Los dos hombres se miraron asombrados, tratando de mantener la calma. Le dijeron a Vincenzo que era necesario hacer pruebas para comprobar la autenticidad del cuadro. El ladrón trató de convencerlos, pero finalmente asintió. Esperaría hasta el día siguiente, no más. Los dos hombres se despidieron y se dirigieron inmediatamente a la policía. Los carabinieri entraron a la pensión e irrumpieron en el cuartucho de Vincenzo, que no opuso, como si los esperara.

A partir de ese momento, se corrió la voz del insólito descubrimiento. Alguien entró corriendo al Parlamento gritando: “¡La Gioconda e tornata, tornata! (! ¡La Gioconda ha vuelto!). La gente se abrazaba por la calle, algunos lloraban, otros reían. Era una exaltación generalizada, como hacía mucho no se veía.

El supuesto Leonardo, llamado Vincenzo Peruggia, se volvió, de la noche a la mañana, un héroe en toda Italia.  Hasta Gabrielle d’Annunzio escribió: “Ël que soñaba con fama y honor, él, el vengador de los saqueos de Napoleón, la llevó de vuelta a Florencia a través de la frontera. Solo un gran escritor podría soñar un sueño semejante”.

Vincenzo, un héroe nacional, fue condenado a siete meses de prisión. El director de la Galleria degli Ufizzi y el anticuario, recibieron una suma considerable y fueron condecorados.

Más de treinta mil personas visitaron la Galleria degli Ufizzi para ver a La Mona Lisa, llevada en procesión solemne, enmarcada en nogal dorado, custodiada por carabinieri en uniforme de gala. El 20 de diciembre fue trasladada a Roma en el convoy real, donde la recibió el rey Vittorio Emannuele III, con todos los honores. Al día siguiente, en el Palacio Farnesio, sede de la Embajada de Francia, el rey entregó la obra al gobierno francés, en presencia del ministro de Cultura de aquel país y del Embajador, que habían intervenido junto al gobierno italiano para que el cuadro fuera restituido, ya que había sido adquirido por el rey Francisco I. En la Navidad de 1913, fue expuesta en la Villa Borghese. Días después, sería conducida a Milán en el convoy real. Donde pasaba era saludada y aclamada por una multitud, como una reina.

Pero el deseo de Vincenzo no se cumplió.  La Mona Lisa tuvo que dejar Italia y viajó en tren expreso, extremadamente custodiada, de Milán a París, el 31 de diciembre de 1913.

En diciembre de 1956, la Mona Lisa sufrió el ataque de un loco que le tiró una piedra, rompiendo el vidrio de protección y causando que la pintura del brazo izquierdo se dañara. En abril de 1974, cuando estaba siendo exhibida en el Museo Nacional de Tokio, una mujer la atacó con un aerosol de color rojo.

Aquellos no fueron los únicos viajes de la Mona Lisa. En 1963, Jacqueline Kennedy, entonces primera dama de Estados Unidos, francófila y admiradora de las artes, consiguió convencer al entonces ministro de Cultura de Francia, el escritor André Malraux, para que enviara el cuadro, en préstamo, a Estados Unidos. En diciembre de 1962, llegó la Mona Lisa a la capital norteamericana a bordo de la nave SS France, en una caja con temperatura controlada y sistema de seguridad. Fue expuesta en la National Gallery of Art. Días después siguió viaje a Nueva York, para ser admirada en el Metropolitan Museum of Art.

Casi dos millones de personas tuvieron la oportunidad de ver la obra maestra de Leonardo da Vinci en Estados Unidos, y otros tantos millones en el Louvre.

Hace tres años estuve en París y fui a verla, una vez más. Infelizmente, no fue posible. La aglomeración de turistas con celulares, sacando fotos frente a ella, era insoportable. Leonardo, al que no le gustaban las multitudes, seguramente habría inventado algún artefacto para protegerla.

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