La nueva película del director rumano Cristian Mungiu, ganador de la Palma de Oro en 2008 por 4 meses, 3 semanas, 2 días, regresa al Festival de Cannes con una historia que, fiel a su filmografía, aborda temas profundamente incómodos y complejos.
Su cine invita a reflexionar sobre las múltiples aristas de los problemas sociales contemporáneos, recordándonos que las respuestas rara vez son simples o absolutas. En Fjord, Mungiu explora la intolerancia y cuestiona el arraigo de las creencias religiosas cuando estas se convierten en costumbres culturales y normas incuestionables.
La historia comienza cuando una familia de fundamentalistas cristianos se traslada a una isla noruega de valores liberales. La pregunta que articula el relato es directa pero inquietante: ¿qué ocurre cuando un sistema de creencias conservador entra en conflicto con el liberalismo de las sociedades occidentales, que, aun siendo laicas, también pueden derivar en formas de dogma?
Mihai (Sebastian Stan) y Lisbet (Renate Reinsve), una pareja con raíces rumanas y noruegas, respectivamente, se instalan junto a sus cinco hijos —desde adolescentes hasta un bebé— en esta nueva comunidad. Hasta entonces habían vivido en Rumanía, donde los niños fueron criados bajo una estricta educación religiosa que incluía prácticas disciplinarias como las palmadas.
En un primer momento, la integración parece fluida: los padres encuentran trabajo y los hijos se adaptan al entorno escolar. Sin embargo, todo cambia cuando una profesora sospecha que los moretones de la hija mayor, Elia (Vanessa Ceban), podrían ser indicios de abuso doméstico. Aunque podrían explicarse por juegos o peleas entre hermanos, o por las prácticas de lucha libre en el colegio, decide activar el protocolo y denunciar el caso.
A partir de ahí, la situación se transforma en una compleja red de tensiones que involucra a docentes, amigos, abogados y trabajadores sociales. En nombre del bienestar infantil, las autoridades terminan separando a los hijos de sus padres, incluido el bebé, como medida de protección.
La experiencia resulta devastadora para los padres, incapaces de comprender las normas sociales de su nuevo entorno. Mientras que para la sociedad liberal la disciplina física es inaceptable, ellos la consideran una parte legítima de la educación. Esta colisión de valores desencadena una serie de situaciones límite en ambos lados.
La película, con sus historias paralelas, amplía su foco para abordar cuestiones como el papel de la amistad en la comunidad, los dilemas éticos en torno al derecho a la muerte, la influencia de las redes sociales y el peso de la iglesia evangélica. En su segunda mitad, centrada en el proceso judicial que puede recordar a Anatomy of a Fall ganadora de la Palma de Oro en 2023, Fjord confronta los extremos a los que pueden llegar tanto el fundamentalismo religioso como el liberalismo llevado a la rigidez.
En un contexto global marcado por el auge de los radicalismos políticos y religiosos, la película adquiere una particular vigencia. Mungiu deja al espectador con una pregunta incómoda: ¿hasta dónde debe llegar la tolerancia en una sociedad que se define a sí misma como tolerante y liberal?
Y finalmente cabe destacar la fotografía con las maravillosas imágenes de los glaciares y sus desprendimientos, que funcionan como una potente metáfora visual de la avalancha emocional y social que atraviesa la familia y su entorno.