Edición
48

Una vida alrededor de la escritura. Entrevista a Isabel García Cintas

Miami
Migración y resiliencia son los temas que se relanzan en El recado de la mujer holandesa, una novela de misterio con un background histórico y un toque de lo paranormal.

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No me imagino sin libros y sin un teclado donde volcar lo que pienso. Todo esto ha sido parte de mi vida desde niña. Desde que aprendí a leer, escribir fue parte de la ecuación. No hubo ni hay una cosa sin la otra. Y cuando digo escribir, no es sólo con los elementos que he usado físicamente, el lápiz, la lapicera, el teclado de la máquina de escribir y luego el de la computadora. También, y especialmente, es cuando escribo y corrijo borradores en mi cabeza. Algunos pasan al papel y otros muchos, los más, no.  Estoy escribiendo y corrigiendo cuando en casa hago tareas domésticas o manuales. Porque siempre hay una idea, una noticia, un libro, un poema, que me ha impresionado y sigo dándole cuerpo en mi mente a la respuesta escrita que le haré o le haría. Escribo y reescribo en mi mente una carta, un comentario periodístico, una charla que tendría, si pudiera, acerca del tema. Pero en particular algún nuevo cuento, o trozos de una novela que está siempre dando vueltas y aparece sin falta, para que siga trabajándola antes de pasarla al papel.

Quien así nos habla es Isabel García Cintas, periodista, escritora y miembro del equipo editorial de revista Letra Urbana. Apasionada de la literatura y la escritura autora de una obra que ha sido galardonada en diversas oportunidades. Su más reciente novela, El recado de la mujer holandesa (2020) recibió la medalla de bronce como Best Novel – Mystery en los premios International Latino Book Awards 2021.


¿Desde cuándo supiste que querías escribir?

Creo que toda la vida quise escribir. Siempre estaba haciendo algún tipo de escritura. Cuando estaba en la escuela primaria, en casa se compraba Mundo Infantil y Billiken, dos revistas para niños que traían una sesión de Correpondencia Epistolar. Allí enviaban sus datos personales quienes querían tener amigos y cartearse con ellos. En esa época de poca comunicación a distancia entre la gente de nuestra edad, para mí fue una puerta al mundo, y mis padres me alentaron a que lo hiciera. Así, por muchos años, cultivé una serie de amigos y amigas de mi edad, de distintas provincias y ciudades del país. También, por un par de años, una maestra de una escuelita rural de un pueblo de Uruguay que ahora no recuerdo el nombre. Ella me contactó para intercambiar noticias y cosas interesantes con sus alumnos. El cartero de mi barrio se sorprendía con tantas cartas, ya que no existía el junk mail y los niños no recibían tanta correspondencia personal. Fue una experiencia lindísima ya que, si bien a muchos les perdí el rastro para la época de la secundaria, hubo dos amigas con las que llegamos a visitarnos ocasionalmente de adultas.

lo que nosotros vivimos no es un documento, no está grabado y filmado lo pasamos, a veces inconscientemente, filtrando las experiencias y vivencias.

Mi madre se dio cuenta de que me sería difícil vivir sólo de la escritura y que debía tener una base para sobrevivir. Siempre nos decía que no esperáramos a casarnos sino prepararnos para vivir una vida en la que tendríamos que trabajar.

Estudié periodismo que era lo más parecido a escribir que había, pero lo ejercí sólo tiempo después, tras haber vivido tres años en Australia y de recorrer Europa durante algunos meses. Después seguí escribiendo, hacía notas y otras cosas, pero nunca ficción. Empecé a escribir ficción seriamente cuando llegué a Miami y me reencontré con mi idioma y pude escribir otra vez en español.  Fue todo un aprendizaje porque escribir para un diario es una cosa y escribir ficción es totalmente distinto

Hablemos un poco de esas primeras experiencias en Australia, de tus inicios y trayectoria en el periodismo.

Nací en Córdoba en el centro de la Argentina.  Estudié periodismo y fotografía en Buenos Aires, pero era muy difícil que alguien que recién empezaba tuviese un puesto de periodista. Trabajé en oficinas como secretaria y apenas nos casamos se presentó una oportunidad de trabajo para Tomás, mi esposo, y nos fuimos a Australia. Éramos aventureros, queríamos viajar, conocer afuera y ésa fue una forma de vivir esa experiencia. Y, por primera vez, por tres años, fui una inmigrante.  La gente de Australia es descendiente de ingleses; es un poco como Argentina, una mezcla de muchas nacionalidades y eso era muy interesante.

Dejamos Australia y volvimos a la

Argentina zigzagueando por Europa. Conocer todo manejando, parando donde quieres, dialogando con la gente en algún idioma u otro, dio para muchas aventuras graciosas e interesantes. También pudimos visitar algunos a

migos y familiares en distintas ciudades. Adriana mi hija fue gestada en Australia, paseó por toda Europa conmigo durante el embarazo y nació en Argentina poco después que llegamos.

De regreso en nuestro país nos ubicamos en Bariloche.  Unos seis meses después que llegué, Carlos Fontanarrosa, un periodista de Buenos Aires, abrió El Diario, aunque era un semanario, donde trabajé los nueve años que estuve en Bariloche y tuve oportunidad de entrevistar a muchos pioneros que habían llegado de Europa. Colaboré con LRA30 Radio Nacional y el diario Rio Negro y trabajé también en entidades comunitarias, fui cofundadora del Foto Club Bariloche y de la ahora desaparecida Asociación Contra la Violencia a la Mujer.

Volví a hacer periodismo cuando llegamos a los Estados Unidos, en 1987, hice algunas colaboraciones cuando vivíamos en el norte en Ohio y al llegar a Miami tuve la felicidad de poder participar en esta revista, Letra Urbana, y hasta este momento colaboro con ella.

¿Cómo se reflejan estas experiencias de vida en la temática que tratas en tus obras y, muy específicamente, en El recado?

 Nosotros somos, sin duda, un filtro de lo que hemos vivido. Entonces cuando vamos a pasarlo al papel nunca, nunca lo podemos escribir tal cual sucedió, porque lo que nosotros vivimos no es un documento, no está grabado y filmado lo pasamos, a veces inconscientemente, filtrando las experiencias y vivencias.

Uno de los temas centrales de la novela son los inmigrantes que escapan obligados a salir de su tierra durante la Segunda Guerra Mundial, y la resiliencia, esa capacidad de recuperación de la gente.  El ser humano existe por esa capacidad y flexibilidad de rehacerse y recrearse. Yo siempre digo, el hombre salió de África y caminó y caminó y tiene que haber vivido experiencias tremendas, pero las superó y siguió adelante y pobló todo el planeta. Esto quiere decir que hay una capacidad de rehacerse, de sobrevivir. ¡Todo eso me merece tanta admiración!

Una de las de las cosas interesantes es poder decirlo, poder contarlo, referirlo. El que pinta o el fotógrafo o el que escribe puede pasar a los que vienen esa experiencia para que no se pierda. Soy feliz escribiendo, sé que estoy transmitiendo algo.

Yo viví en un barrio de inmigrantes. Mi padre era español, mi madre, hija de italianos. Me impresionaba el fenómeno de esta gente que había tenido que huir de Europa, que había llegado bien, pero no querían hablar.

Papá sí hablaba de Europa. Él nació en España y lo trajeron a Argentina cuando tenía cinco años. Había coleccionado una serie de papeles y siempre volvíamos a eso.

El recado de la mujer holandesa es una novela de misterio con un background histórico y un toque de lo paranormal, donde pude poner cosas que me inquietaban y me siguen inquietando. Como por ejemplo la experiencia que los europeos tuvieron antes de llegar a mi país, Argentina, y fue la Segunda Guerra Mundial y todo el fenómeno de invasión y de ocupación, de destrucción, de tratar de destruir toda una colectividad, que por fortuna no lo lograron y ese fenómeno para mí fue tan crucial.

Leí El diario de Anna Frank cuando tendría unos doce años. Fue el primer libro que me golpeó y me hizo ver lo importante que había sido ese fenómeno.  Fue una cosa que directamente me marcó emocionalmente porque sólo ahí me di cuenta de muchas cosas.  Le preguntaba a mi madre cómo es que no hacían nada desde acá mientras pasaba todo eso, me costó entender que no sabían bien lo que estaba pasando. Con los años uno vive otras experiencias y entiende.

¿Escribiste alguna vez un diario de tu vida?

Yo escribía desde muy jovencita. Escribía no ficción, cuentitos, cositas y escribí un diario por muchos años. Estaba en una caja en el departamento de mamá. Cuando me fui a Buenos Aires a estudiar, recuerdo que volví un día a casa, me lo saqué de la caja y lo incineré cuaderno por cuaderno. Me veo tirándolo por el incinerador. Ahora me digo qué tonta, como no lo guardé, porque ese era el documento de mi adolescencia. Ni lo leí de nuevo, directamente no le di valor no pensé que tenía algún valor. Simplemente estaba viviendo en Buenos Aires, quería darle más espacio a mamá, me pareció que estaba estorbando.

¿En qué te inspiraste para escribir esta novela?

El cuento literario me gusta mucho. Leo y escribo cuentos. Y precisamente esta era una historia que surgió de un cuento de unas 15 páginas. Quedó archivado por mucho tiempo, como tantos otros cuentos cortos que he escrito. Creo que estaba esperando el momento adecuado para seguir trabajándolo y por alguna razón lo volví a tomar, lo amplié y lo convertí en un manuscrito.

Con esta novela tardó más tiempo la madurez que ninguna otra historia anterior.  Es como que se quiso quedar ahí en el cajón del escritorio bastante tiempo porque no quería ser un cuento.

Esta novela refleja mi admiración por los inmigrantes, sus historias, y la capacidad del ser humano de rehacerse, de sobrevivir.  Al cuento original le había puesto una pequeña dedicatoria, algo así como “…a todas las aves Fénix de la historia que han renacido de las cenizas de otra tierras”.

El que haya un diario en tu historia, ¿tiene que ver aún con la forma en que te marcó el de Ana Frank?

No lo pensé, pero ahora que me lo dices puede ser, porque uno, aunque no piense en ellas por años, las cosas que ha leído y lo han marcado emocionalmente, o le han interesado, están latentes. El fenómeno de escribir es una cuestión muy interesante, tú lo sabrás porque escribes, uno se sienta y de pronto salen cosas y sale el tema y sale el diálogo y, a veces, uno mira de nuevo lo que escribió y una misma se encuentra viéndose como lector de uno mismo.

Esta novela refleja mi admiración por los inmigrantes, sus historias, y la capacidad del ser humano de rehacerse, de sobrevivir. 

Ese hecho de esta niña que vivía en Ámsterdam a mí me marcó y creo que por eso la ubiqué a Tessa, la protagonista, en Ámsterdam.

Tenía que encontrar una vía por la cual nos acercáramos a una persona que había pasado lo que pasó esta gente que huía. El cuento original nació porque yo quería darle la palabra a una de las personas que había sufrido el tener que huir. Creo que es un tema más universal que el tema de la segunda guerra mundial.

Quería que la voz de esa mujer se escuchara.  Para hacerla escuchar sin contar una novela histórica necesité algo que la trajera al presente y fue el diario. Al encontrar el diario la protagonista se va enterando de lo que pasó.

La protagonista no tiene nombre, pero todos los demás sí lo tienen.  Ella es una narradora. No tiene nombre, pero, además, no se autonombra porque está escribiendo un diario y, cuando uno escribe un diario no pone el nombre de uno.

Cuando escribes, ¿sabes desde el principio para dónde va la historia, a dónde vas a llegar? ¿o dejas que la historia te lleve y se vaya contando?

La mayoría de las historias que escribí creo que sabía más o menos para donde quería ir, pero muy vagamente. No tengo una escaleta, dejo que la historia, los personajes me lleven, excepto cuando escribí el libro de la familia, Del Mediterráneo al Plata (2011), una historia de inmigrantes, de mis abuelos, que escribí con material documental que había recabado con anterioridad. Tenía el tema, sabía de qué se trataba y cómo seguía, lo que tenía que darle era el cuerpo y le tenía que dar la ficción a los personajes para que pudieran moverse, hablar e interactuar.

En Incidente en la Patagonia también sabía lo que quería decir, porque la protagonista de esta novela es una periodista que ha estado en Bariloche, como he estado yo, y ha vivido ahí durante la época del proceso militar. Es todo ficción, a mí no me pasó nada parecido, pero tiene que ver con yo viviendo ahí, conocer el lugar, el paisaje, la gente, cómo se mueve todo cómo funciona y lo hermoso de ese lugar.

Me dejé llevar por cómo iba saliendo, cómo iba madurando. Los cuentos son así, yo me siento, tengo vagamente el tema, y la historia sale.

¿Qué sigue ahora?

Ahora mi misión es traducirlo al inglés, porque notarás que yo tengo traducido dos de mis otros libros. Yo misma los traduzco para después darlos a revisar y corregir.  El inglés no es mi lengua materna, y una siempre necesita al lector, la opinión del lector.

Trabajo sola. Aparte de darle a leer a alguien yo armo el libro, diseño la tapa, pienso en la estructura.  Desde que escribí la historia de los abuelos sabía que no podía esperar a que viniera una editorial grande a publicarme el manuscrito. Me fui como independiente. Yo misma presento mis obras a concursos.

Y por supuesto, sigo escribiendo. Tengo unas cuantas carpetas con material ya escrito, al que vuelvo a trabajar, dándole forma y a veces de ahí surgen cosas interesantes

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