Edición
48

La experiencia de vivir en la abundancia informativa

Chicago
Un estudio de Pablo Boczkowski señala la relevancia de lo cultural en estos tiempos tecnológicos. ¿De qué modo los individuos de los países periféricos consumen y comparten la información circulante?

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Los tiempos en los que vivimos están signados por la presencia y el uso de la tecnología en muchísimas áreas. Ello habilita, para los individuos, nuevas formas de comunicación, generándose percepciones dispares de la realidad y cambios en la sociabilidad. Estudiar estos temas es siempre una inquietud para el equipo de Letra Urbana y, tratando de hacer sentido a todo esto, es que conversamos con el Profesor e Investigador Pablo Boczkowski, Doctor en psicología, Profesor Hamad Bin Khalifa Al-Thani del Departamento de Estudios de la Comunicación de Northwestern University, fundador del Center for Latinx Digital Media y cofundador del Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad (MESO).

Boczkowski tiene una mirada aguda, pluridisciplinaria y original sobre lo que implica vivir en un período de gran circulación informativa y ello lo ha volcado en su último libro Abundance: on the Experience of Living in a World of Information Plenty. editado en 2021 por Oxford University Press, donde rescata las herramientas culturales con las que cuentan los individuos para navegar en este mar de informaciones, y sustenta la importancia de incluir en el conocimiento y debate académico aquello que ocurre a la mayor parte de la población planetaria que no habita en los países ricos o centrales.

Parte de esta conversación la volcamos aquí, para reflexionar junto a nuestros lectores.

¿Por qué elegiste la noción de abundancia para describir la experiencia de vivir en este mundo de información plena?

Esto va directo al corazón del proyecto intelectual. Para mí, que nací en la segunda mitad de los 60, el mundo en el que vivo ahora es como de ciencia ficción. ¡Imaginar 50 años atrás que vos y yo podríamos estar teniendo esta conversación a miles de kilómetros de distancia, por un teléfono que no está conectado a ningún alambre! Pero este mundo en el que vivimos, una de las características que tiene es que nos tiene sumergidos en un mar de información. Respecto del mundo del 1970, la cantidad de contenido a la que tenemos acceso, la cantidad de mensajes… ¡Todo se ha multiplicado!

Entonces, desde el punto de vista de la experiencia de las personas, es esta sensación de vivir en un mundo pleno de información, donde esta circula muchísimo más que antes. Aunque no es la primera vez en la historia de las sociedades que esto ocurre: sucedió en la Antigüedad, en la Edad Moderna temprana, y sobre todo en el Renacimiento y el Iluminismo. Los contemporáneos y las élites intelectuales dan cuenta de este estado de situación.

Mi trabajo, pone el énfasis en lo cultural como una apuesta intelectual, frente a un contexto donde los modos de pensar dominantes son otros. Estos enfoques mayoritarios conllevan una postura política que, a la vez que exculpa a la gente de sus propias acciones, también les opaca la posibilidad de reconocerse como auto gestantes. No los interpela como sujetos históricos, sino como objetos históricos.

A partir del siglo XX y sobre todo en la segunda mitad, se empezó a estudiar esto bajo el concepto de lo que se llama la “sobrecarga informativa”, que en inglés es information overload. La idea madre detrás de esto es que hay una cantidad óptima de información que una persona puede procesar, en un contexto determinado, para tomar la mejor decisión posible, respecto de lo que sea para lo que está usando esta información. El problema se me hizo evidente cuando, haciendo esta investigación -que está basada en 158 entrevistas semiestructuradas con personas de Argentina, realizadas con un equipo entre marzo del ‘16 y diciembre del ’17-, surge que la gente no usa esta información para tomar decisiones que tienen una respuesta apropiada y todas las otras equivocadas: ¿Mirar cuatro episodios de esta serie, es mejor que mirar uno de esta otra? ¿Leer 20 noticias sobre esto, es mejor que retener dos titulares sobre aquello? Todo eso depende de la persona, de las circunstancias, del contexto. Porque esta información que la gente procesa cognitivamente, además le hace sentir cosas y lo afecta o está usada, en relación con los vínculos y los momentos entre los individuos. Entonces, la idea de la de “abundancia” refiere a un término mucho más ambiguo que “sobrecarga informativa”, es un término que dice que “relativo a otro momento histórico, otro contexto, otras tecnologías, etcétera” hay mucho más. Ahora, la experiencia de eso y el valor que tiene depende de la persona, del contexto, de los usos de la información. Y yo adopté la idea de la “abundancia” como una alternativa frente a la “sobrecarga de información” por estos motivos.

¿Cómo lo cultural influye sobre los modos en que los individuos consumen e interactúan con la información en la era digital?

Cuando se analiza este tema en la actualidad, se priorizan las capacidades tecnológicas por sobre lo cultural. En estas visiones, donde el énfasis está puesto en la omnipresencia de la tecnología, las fuerzas del mercado y el poderío de las grandes corporaciones, lo único que nosotros hacemos es estar sometidos a un estado de cosas que no podemos controlar. Pero mi trabajo, pone el énfasis en lo cultural como una apuesta intelectual, frente a un contexto donde los modos de pensar dominantes son otros. Estos enfoques mayoritarios conllevan una postura política que, a la vez que exculpa a la gente de sus propias acciones, también les opaca la posibilidad de reconocerse como auto gestantes. No los interpela como sujetos históricos, sino como objetos históricos. Entonces la mirada cultural obedece, a tratar de hacer sentido a lo que yo escuchaba en las entrevistas. Así, el libro tiene una apuesta política subyacente a convocarnos como sujetos históricos.

¡Estas rescatando el agenciamiento de estos actores que, en ciertas visiones, parecerían imposibilitados de generar nada nuevo!

Y esa es la narrativa que estamos acostumbrados a escuchar y aunque parece que nos da miedo, en cierto sentido nos tranquiliza, porque tampoco tenemos nada que hacer. Desempodera, pero al mismo tiempo exculpa. Y es la narrativa dominante porque es la forma más fácil: lo que hay que hacer es regular esto, cortar lo otro, y decir que todo es muy malo en las redes. La desinformación la ponen todos, los actores individuales y colectivos, mal o bien intencionados, que utilizan estas mismas herramientas para empoderar individualmente y a colectivos sociales, algunos de ellos que estuvieron altamente silenciados bajo otro régimen informativo. Yo no digo que no haya mucha desinformación en Facebook, o que esa desinformación no tenga consecuencias, todo eso es cierto, pero a la vez convive con un montón de prácticas emancipatorias.

También rescatas el tema de la edad como factor decisivo a la hora de consumir, de interactuar y de agenciar el uso de estos nuevos dispositivos y cómo esto repercute en las formas de pararse en el presente.

Sí. La edad tiene un rol no sólo muy importante sino que lo que muestro en el libro es que, en lo que hace al uso de las pantallas personales como por ejemplo los dispositivos móviles, la computadora y la televisión, las redes sociales y el entretenimiento mediatizado, en todos estos casos lo etario tiene un poderío, un rol de organizar y estructurar la experiencia de la vida cotidiana según la información, preponderante, mayor que la clase social o lo que se llama técnicamente el estatus socioeconómico.

El gran desafío no es salir de la soledad sino, gestionar la gran cantidad de sociabilidad que se tiene: todos los grupos de WhatsApp, todo lo que está y que se puede contactar vía Facebook, Instagram, esa es la dificultad, que estamos aquí y estamos, quizás, demasiado acompañados. El desafío es aprender a estar un poco con uno mismo.

Y eso tiene toda una serie de reverberaciones, tanto en la vida social misma, como en cómo la podemos pensar. Porque lo que sucede con las clases sociales es que son estructuras muy estables, la mayor parte de la gente nace, vive y muere dentro de la misma clase social. El tema con la edad es que todos envejecemos todos los días y eso le da una sensación de movimiento al tejido social, no abrupto pero constante, y ello tiene un efecto acumulativo muy desestabilizante para los seres humanos. Y yo creo que es un motivo que contribuye a creer, casi desesperadamente, en estas narrativas tan distópicas que te explican todo, con visiones totalizadoras, muy tranquilizadoras, que exculpan y nos explican lo que va a pasar, al igual que algunas religiones organizadas. Con estructuras similares donde a las personas se las involucra no como sujetos sino como objetos.

Otro de los puntos que marcas en el libro, para pensar de manera alternativa, es esta idea respecto de que no estamos tan solos en estos tiempos tecnológicos.

Una de las grandes temáticas relacionadas con el tiempo presente y el celular, es esta idea que todos estos dispositivos, al acercarnos a las personas y las situaciones que no están con nosotros en ese momento, con sus tecnologías y contenidos muy seductores, generan cierta adicción y nos alejan del aquí ahora, por ende, nos vuelven más solos. Hay como una suerte de ilusión de estar en muchos lados que, pareciera igual a no estar en ninguno. Esa es la narrativa dominante, esto es la metáfora de “together alone” donde cada uno está en la suya y vemos imágenes de familias sentadas cada uno en su dispositivo celular. Es cierto que al estar mirando el teléfono no estás mirando lo que pasa alrededor. Sin embargo, el gran desafío no es salir de la soledad sino, gestionar la gran cantidad de sociabilidad que se tiene: todos los grupos de WhatsApp, todo lo que está y que se puede contactar vía Facebook, Instagram, esa es la dificultad, que estamos aquí y estamos, quizás, demasiado acompañados. El desafío es aprender a estar un poco con uno mismo.

Eso no significa que no haya mucha gente sola ni desconexión, pero a mí lo que me parece es que buena parte de esos discursos, catastróficos, no encuentran la novedad positiva, ni ayudan a la gente a entender sus circunstancias. Por ejemplo, las personas y grupos sociales minoritarios de las sociedades, quienes tenían históricamente muchísima dificultad en encontrar gente con sus mismas inquietudes, intereses, gustos, pertenencias -lo que bien sabemos tiene un efecto muy fuerte de reconocimiento y empoderamiento, de bienestar-, hoy en día, online, encuentran gente como ellos, de todo tipo, y se organizan, se escuchan. Entonces me parece que hay que estar un poco atentos a esto sin idealizar ni demonizar.

¿Cuánto aporta al campo de los estudios de los consumos digitales, incorporar los análisis de caso de los países periféricos? ¿Cuál es el gran valor que aporta esto?

El libro está basado en datos sobre Argentina, pero publicado en inglés y pensado para un contexto internacional, sobre todo anglófono. Todavía no está en español, pero seguramente estará el año que viene. Que yo sepa, un estudio de alta escala, con muchos datos e información sobre temas de “sobrecarga informativa”, en el Sur Global no existe, este sería el primer estudio de estas características. La mayor parte de la literatura y la investigación que se ha hecho sobre estas temáticas, como suele suceder con otras tantas, se realizan en lo que se ha dado en denominar, últimamente, el Norte Global, que es, esencialmente, un conjunto de países con alto nivel adquisitivo y unas culturas de la vida cotidiana un poco más instrumentalistas e individualistas y con instituciones más fuertes, con un alto índice de credibilidad pero que, además, representan poblacionalmente el 14% del planeta. Por una cuestión de temas de inequidad y distribución de poder en la generación de saberes, conocimiento y demás, lo que ha pasado históricamente, es que lo que se ha producido, las investigaciones acerca de fenómenos en estos países no sólo predominan, sino que se terminan tomando como una suerte de default de lo que pasa en otras partes del mundo. ¡Y no es así! Es una situación históricamente curiosa y de bastante fácil explicación el por qué la minoría aparece como representando la mayoría, cuando en realidad lo que sucede con estos países es básicamente una excepción a la regla.

El contexto argentino representa, en cierto sentido, uno de los más de 100 países que están dentro del Sur Global, que es un poco cómo vive la mayoría del planeta y tiene algunas características, digamos particulares, que también las hemos encontrado en otros países, que son claves un poco para este libro: una tiene que ver con la extendida escasez material. Argentina es un país de ingresos medios para la tecnología del Banco Mundial y dónde hacerse de un teléfono celular móvil cuesta muchísimos sueldos de una gran cantidad de la población, en comparación con lo que sale en otros países, con lo cual el adquirir uno de esos teléfonos usados, etcétera, muestran un interés muchísimo mayor, lo cual saca un poco el foco de las explicaciones puramente economicistas y realza el valor de lo cultural. Lo mismo lo que hablamos de los cambios en los patrones de sociabilidad: una cosa es estudiar esto de la soledad, en países muy individualistas y con una cultura bastante instrumental del vínculo social. Sin embargo, Argentina brinda un contexto donde históricamente hay una fuerte cultura asociacional, que en realidad se parece mucho más a la de India que a la de Estados Unidos, por ejemplo. Hay otros países que tienen una tendencia más gregaria, más comunitaria y menos individualista. Y el tercer punto es que, respecto de la abundancia informativa, donde se habla de las noticias falsas, la desinformación, etcétera, el caso argentino ofrece un contexto donde históricamente ha habido mucha desconfianza dentro de un mundo que se está moviendo hacia la desconfianza. Entonces parte de mi planteo es que el caso argentino, en realidad, ofrece un contexto ideal para pensar esto, es una suerte de vanguardia lamentablemente. Entonces estas 3 características hacen que Argentina sea un contexto ideal, o digamos muy ventajoso si no se quiere considerar como ideal y, además, de vuelta a lo mismo que con la explicación cultural: es un poco una decisión política dentro de cómo se articulan los saberes sobre la cultura digital, qué es una cultura global, pero donde se suele pensar que lo que sabemos sobre ese 14% del mundo, es no sólo mejor sino válido para los otros países. Y yo quise mostrar que no, y que hay que saber, para comprender, de todos lados.

Además, a esto, que tiene un componente político, yo quería explicarlo desde una posición de fuerza. No intento decir que “la periferia es menos que aquello, pero que igual hay que conocerla porque el mundo es más grande”; sino que entiendo esto que analizo le deja ventajas a la Argentina: si vos querés entender Estados Unidos, vos no podés dejar de mirar esto que ocurre aquí. Entonces, fue eso un poco lo que a mí me costó, y creo haberle encontrado la vuelta. Yo no presento al trabajo como un texto de ideas, sobre un país exótico o como un estudio de caso. Este no es un texto para latinoamericanistas, sino para el campo en general.

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