Edición
49

El juego, el jugar y el juguete en las infancias actuales

Ciudad de México
El juego en la infancia es una actividad seria. ¿Qué se juega en el juego?
Leo Rivas

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Los niños no constituyen una comunidad aislada, sino que son parte del pueblo y de la clase de la que proceden. Esto significa que sus juguetes no dan testimonio de una vida autónoma, sino que son un diálogo mudo basado en signos entre ellos y su pueblo.

Walter Bengamin, Juguetes.

 

Kafka y la muñeca perdida

El escritor Paul Auster¹ relata la historia de otro escritor, Franz Kafka. Auster nos cuenta acerca de la vida, la muerte, la infancia, las historias, las pérdidas y una renuncia. Con este relato comenzaremos el texto.

-Vale. Cuénteme ya esa historia.

-De acuerdo. Esa historia. La historia de la muñeca… Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de los años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en la primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación en la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.

Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. ¿Y tú cómo lo sabes?, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo”. Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?

Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se encuentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver el mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por lo tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más), para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa.  Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en el que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un fin satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado algo a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas le han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen.

Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir…

Jugar a las escondidillas por ejemplo, es aparecer donde no se espera. Lo que nos remite a subrayar la ausencia y la presencia. Entonces, jugar es otorgarle presencia a lo que no está, es ofrecerle existencia a la inexistencia misma que nos circunda. Jugar es una alteración de lo más bendecido para transformarlo en una experiencia divertida

Infans significa el que no habla, el que no palabrea, aquel que sólo hace gestos. Esto, suele angustiar a los adultos, quiénes no saben o ya no recuerdan esas señas y ese silencio. Como en el cuento de Auster, la infancia se presenta como suposición de una pérdida en cierto lugar. Si la infancia es silencio, entonces puede también dar lugar a las palabras.

Durante la infancia se buscan las palabras para tejer nuevas realidades. La muñeca perdida que Kafka recupera -a través de su cuento-, que inventa para una niña, hace de su circunstancia, la amiga de trapo perdida. Para ser más precisos: Kafka articula -por medio de las palabras- otra posibilidad para esa niña, armando otra historia, que no está más lejos ni más cerca, está ahí.

Estamos habituados a relacionar las infancias con el juego, y más aún, con los juguetes. Como si esa etapa de la vida nos autorizara la ficción de la realidad, llevando al espacio del juego (lúdico), una de las cuestiones más atesoradas de nuestra existencia, los lazos sociales. Porque las infancias hacen de lo sagrado (de lo inexplicable, de lo inalcanzable, de lo inevitable) algo divertido (lúdico, del latín ludus, humorístico) y también gracioso (jocoso, de jocus). Es decir, transforman lo más valioso en algo del uso común, de la comunidad. Esta transformación, a la que le llamamos juego, implica una profanación de lo sagrado; hace alcanzable lo inalcanzable, para que el juego, al alterar el orden del tiempo, pueda destruir y rearmar la conexión entre pasado y presente. El juego se asemeja a un velo que re-cubre algo que no está, una ausencia para simular que está. La infancia entonces propone un juego, evocando el tiempo indefinido.

Jugar a las escondidillas por ejemplo, es aparecer donde no se espera. Lo que nos remite a subrayar la ausencia y la presencia. Entonces, jugar es otorgarle presencia a lo que no está, es ofrecerle existencia a la inexistencia misma que nos circunda. Jugar es una alteración de lo más bendecido para transformarlo en una experiencia divertida. El niñx, a partir de este evento llamado juego, logra hacer de lo útil algo inútil, haciendo un trueque con otro orden y con otro valor. En este sentido jugar es recrear lo in-útil.

Los niñxs juegan una y otra vez a lo mismo, lo cual no significa que se reproduzca un escenario, por el contrario, se produce algo nuevo­; entendiendo que no es lo mismo reproducir —traer el afuera al adentro— que producir. Puesto que, en la repetición, en el “una y otra vez” del jugar, aparece la diferencia que subraya lo divertido como inédito. Esta diferencia hace chocar las leyes del tiempo y del espacio. Eso es lo que llamamos producción.

Hoy en día, y muy especialmente ante la situación que vivimos con la pandemia, podemos advertir que los niñxs utilizan las pantallas para jugar con otros, y romper su estar en soledad, acompañándose también de ella, de su soledad. De alguna manera, pueden prescindir de los espacios en los que solían jugar, como la calle, el parque, la escuela o la misma casa, encontrando otros sitios en los que también es posible habitar: videojuegos, redes sociales, tablets, etc., lugares que representan otras formas de juego y lazo social.

 

Notas:
¹ Auster, P., Brooklyn Follies, Anagrama Editorial, Barcelona: 2007, p.159-161.

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