Vargas Llosa en la feria del libro de Buenos Aires

Por
Mario Vargas Llosa

La presencia de Mario Vargas Llosa en la “Feria del Libro” de Buenos Aires ha sido tan controversial como efusivamente aclamada. 

En un marco con destacadas personalidades del ambiente literario dio su conferencia de apertura de la feria y el público lo recibió con aplausos y demostraciones de deferencia.
El ganador del premio Nobel ha expuesto su conocimiento de la sociedad latino-americana al comentar los problemas que la aquejan en este momento. Lejos de retroceder ante el rechazo que algunos grupos intelectuales del país manifestaran ante su presencia, el escritor habló con libertad y elocuencia sobre lo que preocupa a la sociedad argentina en el momento presente y sus palabras han contribuido a consolidar un sentimiento de optimismo respecto al futuro de la América Latina.
A continuación reproducimos la  conferencia magistral de Vargas Llosa que se publicara por gentileza de la editorial Alfaguara.

21 de abril de 2011, 18:30Sala Jorge Luis Borges
La  libertad    y  los  libros”, por  Mario Vargas  Llosa
Agradezco a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires honrarme conla invitación a ocupar esta tribuna el día de la inauguración. He tenido ya ocasiónde participar en ella hace algunos años y me alegra saber que ha ido creciendo yatrayendo cada vez a más editores, libreros y lectores hasta convertirse en una delas ferias de libro más importante mes en todo el ámbito de nuestra lengua.No me extraña nada que haya ocurrido así. Desde la primera vez que pisé BuenosAires, hace de esto cerca de medio siglo, advertí que esta ciudad y los libros teníanuna afinidad recóndita, comparable a la que sólo había advertido antes en París, yque, al igual que esta última, Buenos Aires era una ciudad de librerías -modernas yanticuarias-, de cafés literarios, de escribidores y lectores, donde todo letraheridose sentía inmediatamente en su casa. No es por eso nada raro que uno de los másgrandes creadores de nuestro tiempo, Jorge Luis Borges, fuera un porteño y que sepueda decir de su extraordinaria obra que toda ella es como la exhalaciónimaginaria emanada de una biblioteca, institución en la que Borges, recordemos, enuno de sus más bellos textos, materializó el Paraíso.Agradezco también a los organizadores de este certamen haber resistido laspresiones de algunos colegas y adversarios de mis ideas políticas, paradesinvitarme. Y extiendo mi agradecimiento a la Presidenta, señora CristinaFernández de Kirchner, cuya oportuna intervención atajó aquel intento de veto.Ojalá esta toma de posición en favor de la libertad de expresión de la mandatariaargentina se contagie a todos sus partidarios. Este episodio, me parece, más allá delo anecdótico, plantea un asunto interesante y actual al que no me pareceinadecuado abordar en el marco de este certamen con una breve exposición que sepodría titular: “La libertad y los libros”.Manuscritos, impresos y, ahora, digitales, los libros representan la diversidadhumana (mientras no sean expurgados, claro está). A condición de que puedanparticipar en ella sin discriminación, cortes, sin censura, los libros de una Feria delLibro son, en pequeño formato, la humanidad viviente, con lo mejor y lo peor queella tiene: sus creencias, sus fantasías, sus conocimientos, sus sueños, sus amoresy sus odios, sus prejuicios, sus pequeñeces y grandezas. Ningún espejo retratamejor a esa colectividad de hombres y mujeres que conforman las diversastradiciones, culturas, etnias, lenguajes, mitos, costumbres, modos y modas delfenómeno humano. Esa extraordinaria variedad desaparece cuando, abandonandola superficie, gracias a los libros nos sumergimos en lo profundo hasta llegar aaquellas raíces o denominadores comunes de la especie, pues allí descubrimos loque hay de solidario y semejante por debajo de aquella frondosa variedad: unacondición, unos sentimientos, unos anhelos, unas alegrías y unos miedos queestablecen una identidad recóndita sobre las diferencias y distancias que la historiaha ido forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos eideológicos entre los pueblos y las personas y a descubrir que, por encima o pordebajo de las fronteras regionales y nacionales, somos iguales en el fondo, que los “otros” somos en verdad “nosotros” mismos. Gracias a los libros viajamos en elespacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día en ochentamundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos que, con todos sus matices yvariantes, la humanidad es una sola y compartida.Podemos comparar el mundo de los libros que en estos momentos nos rodea conun bosque encantado. Ellos están allí, quietos, inertes, silenciosos, como los árbolesy las plantas de las fantásticas historias infantiles, esperando la varita mágica quelos anime. Basta que los abramos y celebremos con sus páginas esa operaciónmágica que es la lectura para que la vida estalle en ellos convocada por lahechicería de sus letras y palabras, y un surtidor de ideas, imágenes y sugestionesse eleve del papel hacia nosotros nos impregne, arrebate y traslade a otra vida, amenudo más rica, coherente, intensa y entretenida que la vida verdadera, en la quea menudo las rutinas embrutecedoras cotidianas nos dejan apenas resquicios parala exaltación y la felicidad.La vida de los libros nos enriquece y nos transforma. Nos hace más sensibles, másimaginativos y, sobre todo, más libres. Más críticos del mundo tal como es y másempeñados en que cambie también él y se vaya acercando a los mundos queinventamos a imagen y semejanza de nuestros deseos y sueños.Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de lavida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear mundos de fantasías y avolcarlos en ficciones para poder tener aquello que la vida que vivimos no nos da.El viaje al corazón de ese bosque encantado de los libros no es gratuito, un paseodivertido y sin secuelas. Es un viaje que deja huellas en el sentimiento y lainteligencia del lector, la comprobación de que el mundo real está mal hecho puesno basta para colmar nuestros anhelos. ¿Para qué inventaríamos otros mundos sicon éste nos bastara? Es imposible no salir de un buen libro sin la extrañainsatisfacción de estar abandonando algo perfecto para volver a lo imperfecto yempezar a mirar el entorno con cierto desánimo y frustración. Nada ha hecho queel mundo progrese tanto desde los tiempos de la caverna primitiva hasta la era dela globalización como ese viaje a lo imaginario que acompaña a hombres y mujeresdesde su más remoto pasado y del que da testimonio inequívoco el mundovertiginoso y laberíntico de los libros.No es sorprendente, por ello, que los libros hayan despertado, a lo largo de lahistoria, la desconfianza, el recelo y el temor de los enemigos de la libertad, dequienes se creen dueños de las verdades absolutas, de todos los dogmáticos yfanáticos que han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de lacivilización.La Inquisición lo vio clarísimo: los libros deben ser examinados y purgados porcensores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y nose deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlosprosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo deheterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos múltiples a lasverdades canónicas. Esta mentalidad llevó a decidir que todo un género literario -lanovela- fuera prohibida durante los tres siglos que duró la colonia en todas lasposesiones españolas de América. Durante trescientos años no se pudo editar niimportar ficciones en las colonias americanas. El contrabando se encargó de quemuchas novelas circularan en nuestras tierras, felizmente. Pero una de lasperversas -o tal vez felices- consecuencias de esta prohibición fue que, en AméricaLatina, como la ficción fue reprimida en el género que la expresaba mejor -lasnovelas-, y coma los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se laarreglaron para contaminarlo todo -la religión, desde luego, pero también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y,  por supuesto, la política-,con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanostengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y realidad. Esoha sido muy beneficioso en los dominios del arte y la literatura, pero bastantecatastrófico en otros, en los que sin una buena dosis de pragmatismo y de realismo-saber diferenciar el suelo firme de las nubes- un país puede estancarse o irse apique. Los comisarios políticos han reemplazado en la vida moderna a losinquisidores de antaño.Vez que se ha apoderado de un gobierno un fanático religioso, ideológico o uncaudillo megalómano que se cree dueño de la verdad absoluta, los libros se hanvisto sometidos a purgas, recortes y vejaciones para tratar de evitar que lo queellos encarnan mejor que nadie -la diversidad humana, la variedad de ideas,creencias, puntos de vista, costumbres y tradiciones- se divulgue y contradiga lavisión dogmática, excluyente y autoritaria entronizada. Nazis, fascistas,comunistas, caudillos militares o civiles enceguecidos por los espejismos de lasverdades absolutas han tratado a lo largo de toda la historia y en todas lasgeografías del planeta de domesticar y embridar el espíritu creativo, insumiso ycrítico -que ha sido siempre el motor del cambio-, pero, por fortuna, siempre hanfracasado. Dejando, eso sí, en el camino una miríada de víctimas – torturados,encarcelados y asesinados- que, pese a la represión y a las persecuciones,mantuvieron siempre viva aquella llama de libertad que anida, como un almasecreta, en el corazón de los libros.Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros quequeremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores nicomisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras conque ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los libros a ser libres esdefender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene yrenueva.Una de las mejores tradiciones de la Argentina ha sido ser un país de libros,escritores y lectores. Yo lo recuerdo muy bien, pues en mi infancia y miadolescencia se nutrieron de revistas y libros (y, añadiré, películas y canciones) quese producían y editaban en este país y se difundían por todos los rincones deAmérica. Por ejemplo, llegaban puntualmente a Cochabamba, la ciudad bolivianadonde viví hasta los diez años. Recuerdo muy bien la llegada periódica de Leoplánpara el abuelo, el Para ti que leían mi madre y m abuela y en Billiken que yoesperaba como maná del cielo. Más tarde, de universitario en San Marcos, en Lima,conocí la literatura más renovadora y moderna, (de Faulkner a Thomas Mann, deJoyce a Sartre, de Camus a Forster, de Eliot a Hemingway, gracias a lastraducciones que editoriales como Losada, Sudamericana, Emecé, Sur y otraspublicaban y distribuían por todo el continente. Como innumerables jóveneslatinoamericanos de mi generación puedo decir por eso que debo buena parte de miformación literaria a esa pasión por los libros que anida en el corazón de la culturaargentina.Hago votos porque esa hermosa tradición se renueve y fortalezca y que sea lamejor expresión de ello esta Feria del Libro de Buenos Aires.Muchas gracias.
Mario VARGAS LLOSA
Buenos Aires, abril 2011
Gentileza Editorial Alfaguara

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