Twiteándonos – De Prosumers a Selfsellers

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La incidencia de Twitter en las formas de vivir y comunicar nuestras experiencias, y de mostrarnos al mundo.  ¿Por qué twiteamos? ¿para reafirmar nuestra presencia en el ciberespacio, para alcanzar al otro, para perfilarnos como productos?

Por tamaño y espesor intelectual, el tweet parece hecho para la confesión, el noticiero íntimo o el minidiálogo interior” nos dice Leonardo Tarifeño desde su artículo en La Nación, y con esta frase podemos definir la incidencia de Twitter en una nueva manera de comunicarnos; más aún, el medio puede ser perfilado como aquél que poco a poco nos ha tornado en personas-producto, perfiles casi publicitarios que en el intento de comunicar sobre nosotros mismos, nos hemos moldeado para el público, para el mercado.

Es interesante la definición que Tarifeño aporta sobre Twitter, comenzando con calificar a su mundo como el de la tiranía de lo cuantificable, no sólo por el hecho de ver reducidos nuestros pensamientos a un límite de 140 caracteres, sino también por el esfuerzo de los usuarios por conseguir followers y retweets para cada tweet, lo que también incide en nuestro Klout, esto es, el índice de la imagen o reputación construida a través de los propios tweets, la relación con los demás usuarios, y el alcance o difusión de nuestro mensaje.
A su vez, según el autor, “Twitter es un anfibio del mundo virtual, y quizás en esa hibridación haya que buscar el secreto de su encanto”. Es que este medio combina las formas digitales más populares adoptando lo mejor de cada una: el contacto permanente de las redes sociales, la exposición del yo que define a los blogs y la brevedad e instantaneidad del SMS. Y aunque no es un motor de búsqueda, permite compartir y profundizar temas a través de links, a su vez que con “etiquetas” o hashtags instala categorías a través de las cuales cualquier usuario puede encontrar información o aportar datos y opiniones.
Inevitablemente, entonces, se instala la pregunta ¿Internet estimula el libre acceso a información valiosa y útil o, por el contrario, promueve la nada generalizada?. Y es que en Twitter podemos encontrarnos tanto con noticias del momento, links a resultados de investigaciones, promociones y novedades de marcas comerciales y empresas, como tweets que parecen ser extracciones de un diario íntimo de las personas, exhalaciones de experiencias triviales con dudoso sentido útil, pero que para muchos se ha transformado en una manera de conectarse con el mundo, de afirmar su existencia en el ciberespacio diciendo “aquí estoy, éste soy yo”.
Yo twiteo. Por lo tanto, existo.
En un artículo de The New York Times Peggy Orenstein nos cuenta cómo Twitter ha influido en su manera de experimentar cada momento de su vida. Disfutando de una perfecta tarde veraniega con su hija se da cuenta de que, mientras años atrás hubiera estado atenta a cada minuto, con todos sus sentidos puestos en la vivencia, hoy, como usuaria de Twitter, no puede evitar que su mente se aleje de la escena, analizando cómo twitearla… más aún, discerniendo cuál sería la forma de redacción que mejor podría sintetizar no tanto sus propias impresiones sino la reacción que se imagina -y desea- que los demás tengan sobre ellas. Esta reflexión le hace preguntarse “¿qué tanto estaba moldeando mis contenidos en  Twitter y qué tanto Twitter estaba moldeándome a mi?”.
“Al procesar mi experiencia instantáneamente en Twitter, empaqueto mi vida mientras la vivo“, señala la escritora. “Lo divertido de Twitter, y sospecho que para todo el muno también, es su infinito potencial para conectarse, así como la oportunidad que brinda para la expresión propia. Disfruto de ello pero, cuando todos los pensamientos se exteriorizan, ¿qué ocurre con la perspicacia? Cuando publicamos nuestros sentimientos, ¿qué ocurre con la reflexión? Cuando los amigos se convierten en fans, ¿qué pasa con la intimidad? El riesgo de esta cultura del performance, del empaquetamiento de uno mismo, es que erosiona las mismas relaciones que debería crear, y nos aleja de nuestra propia humanidad.
En entrevista con Letra Urbana, Diana Sahovaler de Litvinoff destaca cómo los avances de la tecnología potencian la ilusión de que todo lo que se desea es posible ya que el ciberespacio puede considerarse, al mismo tiempo, refugio y escenario. En refugio porque favorece el ocultamiento de la persona y el anonimato; en escenario, porque ha permitido “un despliegue de fantasías y confesiones que en el universo virtual encontraron una vía privilegiada de expresión”. Es que nos encontramos en una época donde existe una presión social a “decirlo todo“, a “mostrarlo todo“.
Algo al respecto también nos aporta Mónica Prandi en su artículo de Letra Urbana, donde opina que hoy la mirada se volvió osada y llevó al centro de la escena lo que en otros tiempos perteneciera a la intimidad. Esto puede derivar de que nos acostumbramos a convivir bajo la estrategia de fascinación mientras el entretenimiento comenzó a ocupar la parte principal del tiempo que no se usa trabajando. El hecho de que el espectáculo se fue generalizando y volviendo cada vez más participativo ha dado lugar a que cualquiera puede aspirar a sus cinco minutos de fama, y el ser ad-mirado, se ha vuelto el modo de satisfacción contemporánea.
Para Prandi, dado que la sociedad del espectáculo convoca al voyeurismo-exhibicionismo, el sujeto despojado, se muestra ante la mirada de los otros. Así, los modos y costumbres de nuestro tiempo se sostienen de un estilo mediático y espectacular, se promueve mostrarlo y decirlo todo y a la vez se explotan las vivencias.
Reseñar nuestras experiencias a través de nuestro timeline puede ser nuestra manera de decir “¡presente!” al mundo, pero también puede definir, en nuestra redacción, en cada aspecto o experiencia elegida, y en cada “entonación” del mensaje, cuáles son nuestras necesidades, falacias y aspiraciones. Lo que está claro es que con cada tweet, alimentamos un perfil que se presentará a un público que -voluntariamente o no-ansiamos como target, y es en este almodamiento que nos transformamos en personas-producto.
Reputación: perfiles en la góndola
Volviendo al artículo de La Nación, Tarifeño nos señala una importante diferencia entre Twitter y redes sociales conocidas como Facebok u Orkut, y radica en que, a la inversa de estas últimas, este sitio de microblogging “democratiza el contacto a tal punto que cualquier usuario puede seguir a otro (convertirse en un follower ) sin pedir autorización”. Más aún, “Twitter devuelve una imagen en la que la persona pública y la privada se borran, en un movimiento que de paso equipara autenticidad con falsa sinceridad. En ese mundo, ¿quién resulta más creíble? ¿El escritor que se autopromociona o el que aprovecha para contar su gusto por la torta de chocolate? Todo depende de la coherencia con que se sigan las reglas marcadas por ese yo virtual, hecho a la medida de la mirada de los otros.”

La expansión de nuestro universo digital, aporta, asimismo, Orenstein en TNYT, “ha cambiado no sólo la manera como pasamos el tiempo sino también la forma en que construimos nuestra identidad“. El Yo se ha ido tornando más en una exteriorización manufacturada que en un desarrollo interno: una serie de perfiles esculpidos y refinados en respuesta a la opinión pública. Esos momentos en los que supuestamente deberíamos estar mostrando nuestra verdadera personalidad, se transforman en una actuación, una performance.

¿Cuántas notas se han publicado últimamente advirtiéndonos que cada opinión, anécdota, imagen nuestra publicada en la web podría afectar a nuestra reputación, si no hoy mismo, en un futuro cercano? Así, muchos representantes de empresas se cuidan de manifestar sus preferencias políticas o creencias religiosas pues no se sabe en cuánto podrían influir en la decisión de compra de un cliente; varios profesionales andan eliminando sus etiquetas en fotos de la última celebración, porque una imagen desprolija y demasiado festiva podría incidir en la busqueda de empresas para puestos de cierta responsabilidad; gran cantidad de académicos se esfuerzan por twitear o retwitear notas o artículos que mantengan o eleven su nivel de Klout…
Casi sin darnos cuenta, nos hemos transformado en perfiles dentro de una góndola virtual, diseñando día a día nuestro propio packaging, aquel que atraerá al público que queremos que nos (compre) siga y que, una vez que nos conozca, nos (venda) difunda. Hasta el tweet más impulsivo conlleva ya una intención, pues el formato y el contexto lo limitan y nuestros deseos, inconscientes o no, lo moldean. ¿Es que además de prosumers podríamos considerarnos selfsellers?   
  • Lea la entrevista completa a Diana Sahovaler de Litvinoff, en el art. de Letra Urbana “El sujeto escondido en la realidad virtual. De la represión del deseo a la pornografía del goce” aquí
  • Lea el art. completo de Mónica Prandi, “Mirada Ciega”, aquí.

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Letra Urbana

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