Retratos de Pérez Celis

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Tamara Toma de Pérez, quien fuera la esposa del Maestro, presentará su libro El Jardín de los deseos- Destinos, auspiciada por el Centro Cultural Argentino y Books and Books.
En la tapa de la novela encontramos una pieza que formó parte de la exposición Retratos, conmemorativa de la AMIA.
A continuación compartimos el texto que escribiera para ese catálogo el dramaturgo Mario Diament.

Sábado 5 de agosto
18.30 pm
265 Aragón Ave, Coral Gables

 

 

Pérez Celis en la AMIA

Cuando mi padre murió, en 1988, dejó una extensa biblioteca de libros en idish. Como no sabía qué hacer con ellos, le pregunté a Pérez Celis si podía dejarlos en su casa hasta tomar una decisión. Celis vivía entonces con su segunda mujer, Iris, en una espléndida casona, en la calle Lima, que había refaccionado con un austero buen gusto. El viejo sótano había sido transformado en una bodega y ahí depositamos los libros. Bromeando le comenté que si en cien años alguien hacía excavaciones en el sitio y descubría los libros, concluiría en que Pérez Celis había sido un criptojudío.

En realidad, estoy convencido de que Celis es un criptojudío. También es un criptomusulmán y un criptonegro, porque su sangre está mezclada con todas las sangres.
Esto no es así por razones de ancestro (aunque tal vez lo sea) sino porque Celis pertenece a esa selecta raza refractaria al prejuicio, incapaz de distinguir en la gente otro color que el de su naturaleza.

Aunque es argentino hasta la médula, hincha de Boca a riesgo de bochorno, capaz de dejar plantado a un embajador, como lo ha hecho, para irse a mirar un partido, obsesivo en el punto que debe alcanzar el asado y en el condimento que debe acompañar a la pasta, hay en él, como en su obra, una sus-tancia que transita cómodamente entre los lenguajes y cultu-ras. Por eso ha podido vivir en lugares tan distintos como Caracas, París, Nueva York y Miami, sin ceder un ápice de su con-dición y, al mismo tiempo, absorbiendo el contexto como una esponja.

Por casualidad y privilegio, he compartido con Celis muchos de estos viajes y he sido testigo de la mutación de su arte como respuesta al entorno, con la libertad que solo se permiten los grandes creadores. “Todo estilo es una cárcel”, suele sentenciar y esto explica que su imaginación esté siempre en movimiento, sin importarle las convenciones ni los riesgos.

Lo visité cuando vivía en Connecticut, en una cabaña de en-sueño con el techo a dos aguas y la nieve apelotonada en las ventanas. En Nueva York, compartimos innumerables noches de conversación, tango y ensaladas macrobióticas regadas con vino mendocino en su estudio de la calle Broadway, en el Village. Una mañana lo llamé desde Nueva York a Grecia, donde pasaba unas vacaciones, para decirle que viajaba a Israel a cubrir una nota y por qué no me acompañaba.

Llegó por barco a Haifa, sin entender ni dónde estaba ni lo que le decían, pero comunicándose en el idioma universal de los que no necesitan palabras. Recordó Tel Aviv y Jerusalén con la fascinación del pibe de Liniers que en el fondo siempre ha sido, asombrado de haber llegado tan lejos. Le encanta contar la anécdota de su llegada a un hotel de Haifa, para descubrir, en medio del Babel de idiomas, que el conserje era argentino y peronista.

Nos reencontramos en Miami, donde llegó con Tamara, su tercera esposa, un regalo de los Cárpatos, llena de encanto y sabiduría, que solo merecen los privilegiados. He asistido al nacimiento de la mayoría de los retratos que integran esta muestra. Algunos, como el de Van Gogh y el de Berni, me provocaron el deslumbramiento que se siente ante una obra mayor, esa percepción de que la tela establece un nexo intenso entre la sensibilidad del artista y la del espectador, una introspección que es más profunda que las palabras y a la que solo puede aspirar la música.

No me asombra que la AMIA haya decido homenajearse con esta muestra. Pérez Celis es uno de los representantes de la Argentina que quiso ser, de la que aspiró a la trascendencia, del país que se nutrió de la fuerza de vida de la inmigración y prometió ser crisol de la diversidad. El atentado del 18 de julio de 1994 dejó más que 85 muertos. Levantó un espejo sobre nuestra cara más horrenda y nos obligó a reconocernos en ella. Pero el país posible no cede, por lo menos, en la ecuación de nuestra esperanza. Se alimenta de todos aquellos que nos hacen sentir orgullosos y humanos. Muchos habitan estos retratos. Pérez Celis, el artista, es uno de ellos.

Mario Diament
Miami, marzo del 2005