Florence Foster Jenkins.Mucho más que la historia de una cantante

Por Alejandra Czarny
FlorenceFosterJenkins

 

 

Mucho más que la historia de una cantante

 

Hace unos días se estrenó Florence Foster Jenkins, un film dirigido por Stephen Frears, con Meryl Streep y Hugh Grant en los roles protagónicos, y ni bien tuve ocasión, me dirigí al cine más cercano para poder verlo.

La película se centra en la historia real de una cantante desafinada, poseedora de poco talento, poco oído y una cuantiosa fortuna, que allá por los años ‘40 en New York, se propuso actuar en el Carnegie Hall.

Florence no sólo cuenta con el dinero suficiente como para emprender su ambicioso proyecto, sino que también tiene un representante (que es además su marido), un pianista talentoso que la acompaña y un maestro de canto con quien entrena a diario.

Hasta aquí una versión resumida de la trama. La película nos deja entrever que Florence no tiene talento, pero tampoco tiene la suficiente capacidad de autocrítica como para calibrar la concreción de su deseo y, en todo caso, cancelar su proyecto o mejorarlo.

A todos nos debe resultar más o menos familiar lo difícil que resulta lidiar con nuestro crítico interno en las diferentes etapas de cualquier proceso creativo. Ese aspecto implacable de nosotros mismos que muchas veces nos detiene por un tiempo, y otras para siempre, o controla el fluir de nuestra producción y de nuestras ideas.

Pareciera ser que una de las posibilidades de la producción creativa se encuentra en esa zona de oscilación entre un deseo muy profundo y la necesaria autocrítica. El primero posibilita, abre, y la segunda frena, modela, revisa.

En Florence, según mi punto de vista y de audición, prevalece esa fuerza del deseo, en su versión más primitiva, más visceral. Y si lo que vamos a analizar es el producto final, ya sea una obra musical, la veracidad de un estudio científico, la belleza de una poesía, la armonía de un movimiento, etcétera, pues entonces la ausencia de la autocrítica pone en juego el producto final.

Pero si en cambio estamos pensando en la creatividad como una manera de vivir y de ser más felices, Florence estaba yendo por el camino correcto.  Su único problema fue cuando en la escena final de la película se encuentra, a pesar de los denodados esfuerzos de su marido por evitarlo, con la columna del crítico del New York Post que destroza su actuación.