Incluido en: Edicion:

Yasunari Kawabata y el mundo de los demonios’

Buenos Aires

Por
Yasunari Kawabata y el mundo de los demonios’ | Letra Urbana

El encuentro de un sujeto con la letra escrita produce en ocasiones investigaciones y simpatías que, lejos de ser causadas por las políticas que rigen el marketing universal, se producen porque algo particular ha sido tocado, puesto a andar, motor del deseo. Dejándose invitar, y en un acto de confianza, se comparte con nosotros un afortunado encuentro con la escritura de Kawabata que a la vez nos deja provocar por la narración de una buena experiencia, de esas que hacen de una existencia paradójica y vacía, algo maravilloso, factible y bello.

Se me ocurrió no hace mucho tiempo, revisar en Internet, la lista de los escritores que hubieran ganado el Premio Nobel de Literatura.La experiencia resultó de lo más sorprendente. Había nombres que jamás había oído mencionar. Seguramente este detalle no tenga otra explicación que mi propia ignorancia. Pero también es un hecho que hay escritores más “famosos” que otros. Escritores cuyos nombres son de dominio y uso públicos, incluso cuando podamos o no haber leído algo escrito por ellos. Escritores cuyo “nombre” supera a su propia obra, que si extremamos el planteo, opacan su obra a partir de su fama.Bien, no es al menos para mí el caso de Kawabata.Hasta hace poco menos de un año, la única referencia que tenía de la literatura japonesa era Mishima, y en el sentido mencionado más arriba: un escritor del que no había leído nada, pero cuyo nombre resonaba. Ignoraba hasta hace poco tiempo que ambos, Kawabata y Mishima habían compartido una amistad profunda y un estímulo creativo mutuo, plasmado sin atenuantes en la correspondencia que mantuvieron durante 25 años, publicada por Emecé.Bien, volviendo entonces a mi encuentro con Kawabata…. fue casi circunstancial.Una colega que me recomienda una novela corta de él: Mil Grullas. Sin ningún comentario al respecto. Solo:” Léela, te gustará“.Me aboqué a buscarla en las librerías que conocía de Santiago (no acudí probablemente a las mejores por desconocerlas aún: derecho de piso se suele decir, hacía poco que vivía en Santiago). No encontré Mil Grullas en ningún lado. Pero si encontré País de Nieve.

Se produjo en ese momento, un acercamiento sin retorno a una civilización desconocida para mí (la japonesa), mi asombro ante costumbres y ritos impensables en Occidente, pero por encima de todo, mi admiración por una escritura directa, limpia, pero a la vez cargada de alegoría. Me descubrí conducida a profundizar en un estilo crudo, duro a veces pero rebosante de sensaciones, en el que el erotismo juega un papel preponderante y una fuerte sensualidad, que evita el encuentro amoroso, nos arroja sin piedad a un abismo oscuro desde el que se vislumbra intuitivamente la fascinación por el vacío, por la perfección.

Debo decir que allí comenzó mi seguimiento de Kawabata. Antes de País de Nieve  no sabía quién era su autor. Luego de leerla (es una novela corta), me sentí lanzada a averiguar cosas sobre él. Allí fue que descubrí que había ganado el Premio Nobel de Literatura en l968. También supe entonces de su amistad con Mishima, quién había logrado muy hábilmente convertirlo en su mentor, como lo vemos en esta carta que le dirigiría:”Lejos de reprocharme la descortesía por haberle hecho llegar el otro día de improviso mi libro, por intermedio del señor Noda, usted me dirigió una carta muy amable que le agradezco infinitamente” (tarjeta postal dirigida por Mishima a Kawabata el 16/3/45).Se produjo en ese momento, un acercamiento sin retorno a una civilización desconocida para mí (la japonesa), mi asombro ante costumbres y ritos impensables en Occidente, pero por encima de todo, mi admiración por una escritura directa, limpia, pero a la vez cargada de alegoría. Me descubrí conducida a profundizar en un estilo crudo, duro a veces perorebosante de sensaciones, en el que el erotismo juega un papel preponderante y una fuerte sensualidad, que evita el encuentro amoroso, nos arroja sin piedad a un abismo oscuro desde el que se vislumbra intuitivamente la fascinación por el vacío, por la perfección.

Una infancia oscura, un país oscuro
De su vida sabemos que nació sietemesino, de salud muy frágil, el 11 de junio de l899, en Osaka, Japón. Cuando contaba solo con 2 años de edad muere su padre, y al año siguiente su madre. Es decir que con solo 3 años, ya era huérfano absoluto.Un detalle importante es que su madre había estado casada con anterioridad con el hermano mayor del padre de Yasunari. Vemos que algo de este difícil enlazamiento familiar se traslada luego a los triángulos amorosos y relaciones de tinte incestuoso que Kawabata describe en sus obras.En l906 pierde a su abuela que había sido su madre sustituta, y tres años después a su hermana. A los 10 años el niño Yasunari solo tenía con vida un abuelo muy enfermo, ciego… que morirá finalmente en l914. A los 15 años el mundo de Kawabata se había vaciado radicalmente. El comienzo de su arte data de esos años vividos al amparo “de la oscuridad” de la mirada de ese abuelo (“Diario de mi decimosexto aniversario“).A partir de entonces la muerte será una presencia permanente en su obra.En “Cartas a mis padres” de l932/l934 escribirá al respecto: “Padre y madre, que hicieron de mí el hijo de mi abuelo, ¿no me habrán transmitido una sangre demasiado pura? Nadie en el mundo más que ustedes me dio el don de sumergirme en el éxtasis de la nada” (…) “Han muerto sin haberle dejado a su único hijo ningún elemento para recordarlos”.A esta oscuridad subjetiva, parece corresponderle una oscuridad propia de la sociedad japonesa. Oscuridad en el sentido de la fascinación y el arrobamiento de los japoneses por la noche, y en consecuencia, el lugar de privilegio que tendrá la luna en ese marco fantasmal habitado por presencias misteriosas. Será ella la hacedora de imágenes enigmáticas donde es más lo que se sugiere y se imagina que lo que se ve (por ejemplo, la Festividad de la Luna llena).Así, dirá Mishima en su carta a Kawabata del 15 de abril de l946:” No se necesita el Elogio de la sombra de Tanizaki (otro gran escritor japonés) para saber que el Japón ha sido siempre, al pie del continente asiático, una llanura envuelta por al inmensidad de la noche, (…) No bien terminó su era, los dioses se replegaron en el corazón de la noche. Y nunca más improvisaron danzas exuberantes bajo el sol del mediodía“. Refiriéndose a la Edad Media, época muy prolífica en la literatura japonesa, dirá en la misma carta: “ese universo hace pensar en tinieblas encerradas en un estuche. (…) La estética profundamente arraigada en el corazón de los japoneses siempre le acordó a la “noche” un lugar casi primordial”. Y caracteriza a los japoneses con una tristeza que les es propia, y de la que Kawabata da muestras magistralmente, tiñendo de belleza esa “tristeza nocturna“.Sería esa misma tristeza nocturna la que “acompañaba” a Kawabata en sus noches de insomnio, de espíritus que no lograban acallar los somníferos, y que lo colmaban  de desolación (carta del 20 de febrero de l967).Aparentemente en permanente conflicto con el acto mismo de la escritura y su manera de encarnarlo, dice Kawabata a Mishima en una carta del 14 de octubre de l953:”Envidio cómo usted puede avanzar en su trabajo con tanta regularidad. A mí también me gustaría escribir cosas en las que pusiera toda mi energía, pero realmente no veo desde cuándo esto me será posible. En este momento estoy abatido por la melancolía“.Y el 20 de abril del 54 dirá: “Después de que haya terminado, bien o mal, un trabajo que es una verdadera tortura, y que me hace aumentar la desesperación, espero recobrarme pronto. (…) Me gustaría encontrar algún modo de cambiar mi manera de trabajar.”Esa oscuridad de su infancia, toma cuerpo en una escritura que logra plasmar cierta oscuridad y tristeza del japonés, pero a la vez, vuelve sobre Kawabata dejándolo abatido.

A los 15 años el mundo de Kawabata se había vaciado radicalmente. El comienzo de su arte data de esos años vividos al amparo “de la oscuridad” de la mirada de ese abuelo […] A partir de entonces la muerte será una presencia permanente en su obra.

Es su escritura como un extraño movimiento doble: parecería que sus obras “exorcizan” sus fantasmas privados, callados y seguramente bastante reprimidos, pero en el momento de plasmarlos en el papel, toman cuerpo nuevamente, apoderándose de su autor.Kawabata terminó sus días con un suicidio, acosado por dolencias físicas y morales de las que no logró reponerse (su suicidio ocurrió dos años después que el de Mishima, aunque con características muy diferentes el uno del otro), y sin dejar ninguna nota.

Una sexualidad indeterminada
No es excesivo plantear que adentrarse en las novelas y cuentos de Kawabata es hacerse testigo del despliegue de personajes que aunque sin aparentes conflictos al respecto, se manifiestan en determinados momentos con cierto grado de indeterminación sexual.Es posible notar esta característica común tanto en personajes hombres como en personajes mujeres. También es notorio que la crueldad suele estar del lado de las mujeres, en tanto los amores desdichados en hombres de cierta edad, que añoran años mejores y más intensos.Si bien no es habitual que se describan encuentros puramente sexuales o más propiamente genitales en sus obras, si lo es la presencia de corrientes eróticas cargadas de intensidad, dirigidas indistintamente hacia hombres o hacia mujeres, por unos o por otras, alternadamente. Su estilo ilumina parcialidades corporales, zonas, no cuerpos enteros.Esta característica de su obra quizás sea un problema y su solución a la vez, todo en uno.Quiero decir que el niño Kawabata creció desamparado prácticamente, en el sentido de las identificaciones mayores que puede tener un sujeto (su padre y/o su madre), dicho de otro modo, que creció sin modelos sexuales a los que identificarse. El mismo lo dice a su modo: “Normalmente, para todo ser humano, los padres deben ser la fuente más rica y más preciosa de recuerdos, pero para mí no hay nada”. Y podrían (es sólo una hipótesis) ser estas coordenadas las que hubieran generado esa indeterminación, esa ambigüedad que hace que pueda ponerle voz, sentimiento y deseo a una muchacha virgen, como a una geisha, o a un muchacho enamoradizo, o al padre de dicho muchacho, y todos ellos resulten igualmente creíbles y magistralmente delineados. Manifestaciones de sensaciones que incluso, yendo más allá del sexo, son muy difíciles de poner en palabras y de hacerlo bien.Pero es a la vez dándoles cuerpo a sus personajes, y haciéndolos atravesar por sus conflictos de deseos reprimidos, de impulsos sexuales transgresivos, y de una sensualidad que roza sus propios límites para vislumbrar la crueldad, que Kawabata sobrelleva su propia conflictiva.Es una dualidad entre la tristeza que lo agobia y lo vuelve melancólico, impidiéndole escribir, y una sensualidad desbordada, inespecífica, que va más allá de los seres sexuados, para arribar a ese punto sublime en el que todo cuerpo vivo es encarnación del milagro de la vida, y se vuelve por eso mismo, deseable.Pero paradójicamente allí el círculo vuelve a cerrarse, y el punto cúlmine del deseo es habitualmente el que conduce a la muerte.

“Lo bello y lo triste”
El título de este apartado es no casualmente, el de la última novela que Kawabata publicara en vida. Y como tal, se puede sostener que es una fina muestra de todo lo expuesto más arriba.Allí donde los deseos se vuelven crueles, donde el amor se convierte en odio, el velo que pone delante nuestro Kawabata es la belleza.La belleza como punto de pureza, de perfección, de elevación hacia lo divino.Belleza que queda “entredicha“, sugerida, eludida y aludida a la vez, y que enciende la imaginación del lector y lo vuelve cómplice. Operación con el lenguaje (de esa belleza nos ocupamos) que trasciende las traducciones, y vulnera los prejuicios.Y ¿por qué Kawabata produce esta operación con la belleza? Quizás porque alguna intuición profundamente mortificante para él le advirtiera desde muy temprano en su vida, que el ser humano no encuentra el ser por la vía del amor, como tampoco por la vía del deseo, ni incluso por la vía de arremeter contra el otro como cuerpo.Seguramente también estuviera advertido de lo más real que existe para el hombre: el tiempo.

Ese nudo entre belleza y tristeza que toma cuerpo en los personajes de Kawabata, es lo que los eleva, los acerca a lo sin límites del “vacío” oriental. Lo que los torna casi perfectos. Casi perfectos en tanto estén vivos. Perfectos por completo cuando dejen de estarlo.

De allí que le haga decir a Otoko, personaje femenino de la novela mencionada más arriba: “El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona.” (…) “Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes…“.Desde mi perspectiva es ese desencuentro radical el que Kawabata vela con la belleza.
El de la profunda soledad subjetiva y amorosa del ser humano.
La belleza es entonces signo del infortunio, de la desdicha, de la tristeza, incluso de la tragedia, y a la vez, su velo frágil y arrebatador.La belleza se vuelve de este modo “artificio” en términos de Mishima. Dice éste último en su carta del 3 de marzo de l946: “Tender hacia el artificio ¿no es, en el hombre, la ambición más pura, la menos mentirosa? ¿Y ésta no está en la naturaleza humana anclada con más firmeza que la simple voluntad de recrear la realidad?“.Ese nudo entre belleza y tristeza que toma cuerpo en los personajes de Kawabata, es lo que los eleva, los acerca a lo sin límites del “vacío” oriental. Lo que los torna casi perfectos.Casi perfectos en tanto estén vivos. Perfectos por completo cuando dejen de estarlo.En la carta que dirigiera Mishima recomendando a Kawabata para el Premio Nobel de Literatura (enviada en l961) dirá: “En todos sus escritos, desde su juventud hasta nuestros días, se encuentra, como una obsesión, el mismo tema: el contraste entre la soledad fundamental del hombre y la inalterable belleza que se aprehende intermitentemente en las fulguraciones del amor, como un rayo que de pronto pudiera revelar, en el corazón de la noche, las ramas de un árbol en plena floración“.Como una premonición tomamos lo dicho por Mishima, ya que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en l968, por considerar el Jurado que expresaba la idiosincrasia japonesa.En el discurso de la entrega del Premio, Kawabata decía lo siguiente, anticipando quizás el final de sus días:”Todo artista que aspira a la verdad, al bien y a la belleza como objeto último de su búsqueda, está fatalmente obsesionado por franquear el peligroso acceso al mundo de los demonios, y este pensamiento, sea explícito o disimulado, oscila entre el temor y el ruego“.Ruego que lamentablemente el 16 de abril de l972 se hiciera escuchar.Santiago de Chile,Octubre de 2004.

Referencias bibliográficas
• Kawabata, Yasunari. País de nieve. Ed. Emecé. Ed. 2003.
• Kawabata, Yasunari. Lo bello y lo triste. Ed. Emecé. Ed.2001.
• Kawabata, Yasunari/ Mishima, Yukio. Correspondencia (l945-l970) Ed. Emecé. Ed. 2003.
• Kawabata, Yasunari. Alocución con motivo de recibir el Premio Nobel de Literatura de l968. Pagina Web del

Artículo por:

Leonor Curti

Tus comentarios nos ayudan a crecer. Gracias!