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44

VIENA

Viena
Una ciudad para saborear en todos los sentidos.

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Con su millón ochocientos mil habitantes, Viena, al pie de las primeras estribaciones de los Alpes, es conocida por el Danubio, por la Musikuerein y su concierto de Año Nuevo, por sus palacios imperiales, sobre todo el Schönbrunn, por las obras de Klimt. Pero, también por la noria gigante del Prater o por su famosa Sacher, tarta de chocolate típica de Austria, tan rica como polémica por las disputas de su receta. Son muchas las actividades y los lugares que visitar en esta ciudad centroeuropea, teniendo Viena en su haber la catedral de San Esteban, uno de los símbolos de la ciudad o monumentos barrocos como la Iglesia de San Carlos Borromeo, o El Belvedere.

Comenzaré por El Belvedere, interesante para verlo por fuera y pasear por sus jardines de tres niveles, con grandes fuentes y que está formado por dos edificios, el Alto y el Bajo Belvedere. Lo cito en primer lugar porque cuando lo visité en 2016, se exhibía la exposición itinerante del artista chino Ai Weiwei que ya había contemplado el año anterior en Málaga, en el CAC. Una muestra que me impactó en su día y que casualmente volví a disfrutar en Viena, pero en un marco incomparable. Fuera de las paredes del museo, las cabezas de bronce adornaban la que fue residencia de verano del Príncipe Eugenio de Saboya enlazando con las que el escultor se inspiró, los animales del zodiaco chino que antaño adornaron otro retiro imperial en Beijing.

Mi intención no era recorrer El Belvedere por dentro porque ya había estado años antes y de su interior palaciego apenas queda nada, pero sí paré en el Bistro del Palacio para tomarme un tentempié antes de continuar el recorrido. Me despisté en la salida y, en unos minutos, me vi frente a una de las obras maestras de la pintura, El Beso, de Klimt, custodiada por un enorme guardia jurado que impedía acercarse a la obra. Ahí me percaté que me había colado de forma errónea, así que aproveché la equivocación para hacer fotos en la sala contigua donde una copia del cuadro se exhibía para la ocasión. También disfruté del resto del Museo, principalmente de los impresionistas Renoir, Monet y Manet.

Podemos perdernos en ellos sin prisas, cualquier rincón vale la pena por sus esculturas, fuentes, un bosque y los laberintos. Difícil resumir la enormidad y las maravillas que lo componen: El Gran Parterre, la Fuente de Neptuno, el Manantial, las falsas Ruinas Romanas, la Fuente del Obelisco, el Kronprinzengarten, la Orangery

No se puede estar en Viena sin visitar Schönbrunn. Si hay un poco tiempo recomiendo hacer el recorrido más corto del palacio para de este modo centrarse en los preciosos e impresionantes jardines. Podemos perdernos en ellos sin prisas, cualquier rincón vale la pena por sus esculturas, fuentes, un bosque y los laberintos. Difícil resumir la enormidad y las maravillas que lo componen: El Gran Parterre, la Fuente de Neptuno, el Manantial, las falsas Ruinas Romanas, la Fuente del Obelisco, el Kronprinzengarten, la Orangery, el Invernadero de Palmetas, la Casa del Reloj de Sol y por último, la Glorieta en la cresta de la colina, desde donde se observan las perspectivas de los jardines, el  palacio, inclusive la propia ciudad. Allí arriba, en su cafetería, descansé saboreando una cerveza, escuché los sonidos de mi viaje, sentí energía y entusiasmo pensando en las horas transcurridas y en las venideras atractivas experiencias me estaban reservadas.

A veces pienso ir sin rumbo fijo a algunos de mis viajes, pero las reflexiones se quedan ahí en meros propósitos. Así que ya tenía previsto varios lugares a los que acercarme para compararlos con la visión de aquel joven que visitó la ciudad en 1985, cuando cumplí los veinte años. Me desilusionó entonces el Danubio a su paso por Viena, quizá porque antes había estado en Budapest y ya se sabe que las comparaciones son odiosas. Sin embargo, este viaje hizo que cambiara la impresión que tenía. Comí junto al río, en The View,  con vistas de la ciudad nueva, gozando del fresco del lugar en el día más caluroso del viaje. El río estaba lleno de embarcaciones y en sus orillas proliferaban terrazas, algunas con hamacas y música en directo.

Cerca del río hay una enorme iglesia que más bien parece un castillo. No es de las más turísticas pero merece la pena acercarse para ver su preciosa y extraordinaria fachada. De apenas un siglo de existencia y de estilo románico, se encuentra en MexicoPlatz y su nombre es San Francisco de Asís, con tres torres de azulejos rojos.

Próximo a la zona del Prater me dirigí para pasar unas horas en su parque de atracciones, el más antiguo del mundo, y fotografiar su noria gigante de más de sesenta metros de altura, uno de los emblemas de la ciudad, que además aparece en películas como Alta tensión, una de las de James Bond. Yo, sin embargo, como buen cinéfilo, rememoraba el film de Orson Wells: El tercer hombre

Viena es también ciudad de cultura. Numerosos museos pululan por el centro. La primera noche comencé mi recorrido por el barrio de los Museos, una zona donde pasear respirando sabiduría entre edificios emblemáticos, entre jóvenes divirtiéndose en medio del Leopold Museum y el MOMOK. De ahí pasé a Maria-Theresien-Platz, con los dos Palacios gemelos enfrentados, el Museo de Historia Natural y el Museo de Historia del Arte, y en el centro el monumento a la emperatriz. A estos lugares volví al día siguiente, esencialmente para visitar La Albertina y sus fondos de Alberto Durero.

La verdad es que me ha venido muy bien regresar a Viena porque la recordaba más sombría, quizá la lluvia que me recibió treinta años antes junto con el cansancio acumulado incidieron en mi estado de ánimo. Ahora una apasionada inquietud conmociona mis sentidos mientras recorro sus calles, me dirijo a Karsplatz, allí se erigen numerosos monumentos capitaneado por la iglesia de San Carlos Borromeo con una enorme entrada de estilo barroco, una gigantesca cúpula y dos columnas del exterior con decoración en espiral que se refleja en el agua de la gran fuente que la preside. Continuo por la plaza Beethoven, hago una parada en Stadpark sin olvidar fotografiar la estatua dorada de Strauss, pasear por sus jardines y contemplar el Kursalon. Al llegar al centro entré en la Iglesia de San Pedro donde presencié el ensayo de una coral, uno de los momentos inesperados del viaje.

Antes de irme de la capital austríaca tenía pendiente probar su famosa tarta y qué mejor lugar que en el café Sacher, que da su nombre. Al llegar, un camarero en frac me ofreció sentarme en la terracita de fuera, lo rechacé amablemente dirigiéndome al interior y allí, en un ambiente clásico, junto a un cuadro de la emperatriz Sissi, me sirvieron la tarta Sacher acompañada de nata montada, a lo que yo uní un café con leche. Mientras comía el bizcocho relleno de mermelada de albaricoque y recubierto de chocolate negro pensé en Viena, una ciudad para saborearla en todos los sentidos.

2 Comentarios

  1. Indudablemente la ciudad austríaca es para no dejar de disfrutar. No la conozco pero sí la tengo agendada y pese a no saber cuándo, más aún, por la situación actual, sé que no deberá de tardar tanto. Esperemos que la nueva normalidad y la seguridad nos lo permita. Estoy seguro. Un auténtico recreo sensual y del paladar a través de tu relato. La repetición de los lugares no son tales porque cada vez los vivimos de forma diferente, y los disfrutamos o mejoramos de forma nueva pese a creer conocerlos si antes ya hemos estado. Nunca se conoce un espacio del todo, y eso es motivo para volver a disfrutar ese lugar. Fenomenal narración amigo Antonio, como siempre. Un abrazo.

  2. No cabe duda de que este artículo es un buen punto de partida para animarse a visitar Viena y descubrir sus encantos arquitectónicos, culturales y gastronómicos. Enhorabuena Antonio.

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