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Una lectura en diagonal Consecuencias de un reencuentro

Barcelona

Por Patricia Heffes
Una lectura en diagonal Consecuencias de un reencuentro | Letra Urbana

Qué lugar le otorgamos a la biologia cuando pensamos cómo se constituye lo verdaderamente humano, es una pregunta central de este trabajo. La respuesta es una lectura en diagonal que parte de la Teoria del Apego pasando por la de El Trauma, mientras va dando cuenta de los distintos referentes que hacen lugar a lo más propio del hombre.

Situación
Mi reencuentro con John Bowlby, provocado por una contingencia académica en una universidad española, ha sido significativamente diferente a aquella primera lectura en mis épocas universitarias en Buenos Aires. Fui invitada a hacer una lectura crítica de la teoría y de ello surgió una extenso trabajo del que ahora extraigo sólo algunas reflexiones que supongo válidas para esta comunicación.

La teoría del apego es un intento de entender porqué los seres humanos tienden a formar vínculos específicos y duraderos con otras personas y porqué las interrupciones y los conflictos en esas relaciones pueden dar lugar a trastornos.

John Bowlby (1907-1990) psiquiatra y psicoanalista británico, formó parte de la dirección de la Clínica Tavistock e integró el área de salud mental de la OMS. Sostenido en su formación psicoanalítica y articulando conceptos de la teoría del desarrollo, de la biología, de la etología, de la cibernética y del procesamiento de información formuló los principios de base de la Teoría del apego. Trabajó con Mary Ainsworth, psicóloga norteamericana (1913-1999), su principal colaboradora, con quien desarrolló sus métodos de investigación En 1944, llevó adelante una investigación basándose en el estudio de la biografía de un grupo de jóvenes delincuentes cuyos resultados le llevaron a afirmar que las relaciones tempranas caracterizadas por el desamor tienen un alto grado de incidencia en la configuración psíquica. A raíz de ello investigó las consecuencias que la institucionalización tiene sobre el desarrollo psicológico de los niños (Bowlby,1951), observando que aquellos niños que habían sufrido una seria privación desarrollaban los mismos síntomas que había observado en los ladrones juveniles carentes de afecto.

La teoría del apego es un intento de entender porqué los seres humanos tienden a formar vínculos específicos y duraderos con otras personas y porqué las interrupciones y los conflictos en esas relaciones pueden dar lugar a trastornos.

La situación de prematuración del humano en el momento de su nacimiento es un hecho indiscutible. La necesidad de cuidados y de atención por parte de Otro es indispensable para la supervivencia y la humanización del viviente. A partir de este acuerdo fundamental, las teorías y las prácticas psi se acercan o se distancian según la idea que subyace en su propia concepción de sujeto humano.

Establecer acuerdos no parece sencillo a la hora de ver el “mapa” de las distintas corrientes clínicas que se desarrollaron en occidente. Sin embargo, no estaría nada mal promover el debate en pro de mejorar la eficacia de nuestras prácticas en beneficio de la civilización, tan convulsionada por cierto.

El relieve
El punto quizás más polémico y de mayor actualidad podríamos enunciarlo así: ¿Qué lugar le otorgamos a la biología cuando pensamos la constitución de la subjetividad? ¿Estamos de acuerdo con que el hombre no es más que un eslabón en la cadena de la evolución? ¿Es el hombre solamente un ser más evolucionado o existe una diferencia insalvable con el resto de las especies? Los biólogos especializados no dejan de sorprendernos día a día con sus hallazgos y sus técnicas desafiantes. La filosofía se ocupa desde hace mucho tiempo en buscar respuestas a estas preguntas. No obstante, tenemos la obligación de tomar posición respecto de estas cuestiones. Considerar al hombre como el punto más evolucionado de la escala zoológica o como una ruptura en esa escala tiene consecuencias determinantes en la interpretación de sus dichos y de sus actos.

Por otra parte, sobresale otra cuestión que da base a toda la polémica y es el concepto de lenguaje que sostenemos para situar nuestra perspectiva. Si consideramos al lenguaje como mero instrumento de comunicación basado en la función cerebral que le da origen nos mantendremos en el desarrollo biológico de las especies zoológicas analizando los fenómenos comunicacionales según el nivel de desarrollo alcanzado. Sin embargo, entender el lenguaje humano como un aparato singular, formado por significantes que reclaman significación haciendo de la lengua un elemento fundamental para a través de ella hallar los sentidos cristalizados para cada sujeto, nos sitúa en una posición notablemente diferente.

Quizás sea la noción de trauma (que la Teoría del apego considera especialmente) la que permita enlazar los dos puntos anteriores partiendo de una revisión de lo propuesto por Freud, actualizada según los trabajos de J. Lacan y aportaciones posteriores.

Es preciso revisar la clínica de hoy con sus innegables rasgos de violencia y descontrol, otorgando al concepto de angustia un lugar destacado como brújula que permita interpretar los modos particulares de relación con el Otro y con los objetos que hoy presentan una consistencia bastante más lábil y difusa.

Vayamos punto por punto.

¿Ciencia o sujeto?
Últimamente llama mi atención el esfuerzo con el que los teóricos contemporáneos intentan borrar la evidencia de un orden humano que se distinga del resto de las especies vivientes. Sobretodo, me sorprende la “convivencia” pacífica entre teorías que están en uno y otro polo de este debate. Por otra parte, nuestra actualidad teñida enteramente del color de la tecnología y en la que la máquina es soberana, hace del mecanismo el eje de comprensión y explicación del comportamiento humano. No obstante pareciera no advertirse que el mundo mismo de la máquina es el mundo simbólico, la máquina está hecha precisamente por un sistema de símbolos pero carece de eso que llamamos subjetividad.

No obstante pareciera no advertirse que el mundo mismo de la máquina es el mundo simbólico, la máquina está hecha precisamente por un sistema de símbolos pero carece de eso que llamamos subjetividad.

Las instancias simbólicas funcionan en la sociedad desde su origen mismo y sufren modificaciones en sus rasgos según dicha sociedad va cambiando. Captar la subjetividad de la época es un requisito ineludible cuando se pretenda realizar cualquier tipo de abordaje de lo humano Se trata específicamente del universo simbólico que acoge al humano desde su proyectada existencia. Lo universal es una categoría que supone leyes formales que valen para todos. Y lo que es común a todos pertenece al orden genérico, en ese caso tenemos las características de una especie como ejemplo. La función del símbolo es precisamente la de universalizar en sentido formal.

Así, el “hombre neuronal” – expresión acuñada por Jacques-Alain Miller y el “hombre máquina” se disputan hoy el podio de la verdad de la ciencia. Un individuo-hibris que haga posible la identificación de todos a través de un rasgo estadístico. Sin embargo, al mismo tiempo que las clasificaciones de masas se amplían, los nuevos síntomas insisten en hacer escuchar que no hay comunión posible entre el cuerpo y el sujeto que habla, a pesar de los esforzados intentos de universalización.

El hombre es el único ser que se piensa a sí mismo, es el único ser que posee autoconciencia y éste es el punto en el que se articula la diferencia. Ni siquiera las formas del yo marcan tan firmemente esa diferencia. Hoy, las máquinas también pueden decir “yo” y responder a las preguntas formuladas por otro.

El hombre es el único ser que se piensa a sí mismo, es el único ser que posee autoconciencia y éste es el punto en el que se articula la diferencia.

La clínica psicoanalítica verifica que un cuerpo habitado por el lenguaje es una multiplicidad de piezas sueltas a las que se debe encontrar una función, y la práctica de lectura del inconsciente hace escuchar que en el lugar de no relación entre el sujeto y su cuerpo, el síntoma cumple una función de anudamiento.

John Bowlby parte en la construcción de su teoría de un reconocimiento a su filiación psicoanalítica freudiana. Sin embargo y por otra parte, considera un obstáculo separar el psicoanálisis de las ciencias naturales. Aquí está la paradoja o digamos mejor, la aporía. Lo particular, llamémoslo los detalles, son lo que se revela como demostración de que el sujeto es inasible a través del método científico y que su singularidad sólo puede ser alcanzada por la vía de la palabra y no de la universalización de la conducta.

En la historia de la psiquiatría, para citar un caso, la clasificación ocupa un lugar preponderante. Como dice Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje , las clasificaciones no vienen pegadas a las cosas sino que son el resultado de, por ejemplo, tensiones históricas (tomemos nota del momento actual). Clasificar, entonces, no es una operación ontológica o ,digamos, real. Clasificar, es poner cada cosa en su lugar.

Tomamos rasgos que ordenamos en una clasificación, actuando como bricoleurs, haciendo una ciencia de lo concreto y tratando de traducir la estructura en una práctica que pueda ser percibida por los agentes. Son los datos sensibles que percibimos en la experiencia los que se constituyen como rasgos que -esta es la discusión- pueden ser clasificados. ¿Qué saber se construye entonces?

Lo particular, llamémoslo los detalles, son lo que se revela como demostración de que el sujeto es inasible a través del método científico y que su singularidad sólo puede ser alcanzada por la vía de la palabra y no de la universalización de la conducta.

Nombrar al psicoanálisis como una experiencia , tal como lo hace Lacan, funda y sostiene el debate con el saber científico. Se trata de mostrar cómo lo necesario de la estructura y lo contingente del acontecimiento determinan la experiencia.

Cuando relatamos casos clínicos, experiencia que forma parte de nuestra rutina, podemos tomar las contingencias para demostrar la lógica que ordena esos elementos de modo necesario, es decir de acuerdo con la estructura. Sin embargo, también se puede convertir lo contingente en necesario a posteriori y así borrar el detalle singular que orienta el caso y lo convierte en uno más dentro de la clasificación universal.

Los (únicos) seres del bla-bla-bla
El lenguaje ya está ahí cuando cada sujeto hace su entrada. El lenguaje ya está allí y es una experiencia particular el modo en que se introduce en él, ¿cómo el sujeto hace del lenguaje la lengua que habla?. ¿Cómo se establece la relación de la palabra con lo que refiere?, relación sumamente lábil ya que no es unívoca. Para decirlo rápidamente, esta relación frágil es la que permite que se cuelen efectos , que se constituyan significaciones nuevas, que se sobredetermine la significación de un significante y también hace posible la formación de síntomas. El significante, por lo tanto, se relaciona de modo fundamental con la estructura del sujeto y del inconsciente.

Tal como lo dice J.Bowlby en una expresión plena de rigor : “Una de las más nobles características propias del ser humano es el lenguaje” El lenguaje como “característica noble” le otorga su justa importancia ya que será aquello que por su propia condición no traicionará, será la herramienta con la cual podremos abordar todas sus modulaciones sin ambages como lo es en el terreno de los sentimientos y emociones de los cuales somos concientes a través del mismo.

Es innegable que los animales en determinado nivel de la escala disponen de conciencia en tanto hay recepción sensorial, por ejemplo hay percepción del peligro. Pero el hombre adquiere la visión de ese reflejo desde el punto de vista del otro, “¿Qué me quiere hacer?…me veo en peligro”, podría decir aquel que se encuentra en esa situación.

Qué otra cosa es la conciencia sino el espejo en el que se reflejan las imágenes de la relación intersubjetiva que es la que funda tanto las conductas como las acciones y las pasiones. La conciencia es eso que se produce cada vez que tenemos posibilidad de acceder a la representación de una imagen generada por dicha relación. El sujeto dice ser conciente de algo cuando lo reconoce, cuando dispone de esa representación y puede nombrarla en cierta medida. La conciencia es conciencia de sí ligada a algo absolutamente contingente, la existencia de nuestros sentidos. Es innegable que los animales en determinado nivel de la escala disponen de conciencia en tanto hay recepción sensorial, por ejemplo hay percepción del peligro. Pero el hombre adquiere la visión de ese reflejo desde el punto de vista del otro, “¿Qué me quiere hacer?…me veo en peligro”, podría decir aquel que se encuentra en esa situación. Es en tanto responde a la pregunta que determina su posición respecto del otro y calcula – en el mejor de los casos- su respuesta o interpreta su relación. La conciencia es autoconciencia en el sentido que implica la idea de verse-verse.

Dado que la conciencia es el efecto de lo que se refleja en el espejo que es el otro, y que lo que se lee depende fundamentalmente de lo que se interpreta, es probable obtener una respuesta ilusoria o deformada. De allí que sólo sea en el campo discursivo que pueda contrastarse y/o rectificarse lo dicho.

Una inquietante familiaridad
En El Apego, la cuestión del trauma merece un lugar destacado. Voy directamente al punto que considero central : lo que Sigmund Freud subrayó de la noción de trauma fue la sorpresa y la extrañeza. Cómo lo inesperado para el sujeto se hace trauma, algo irreconocible que resulta ajeno e inexplicable se convierte en un instante en algo traumático. No depende de la violencia del acontecimiento, a diferencia de lo traumático para la medicina.

Lo extraño en sí mismo no inquieta, no incomoda; lo que sí inquieta es que esté familiarmente ligado. Existen circunstancias desagradables en las familias con las cuales conviven a diario que no inquietan al sujeto.

Lo que caracteriza a la noción de trauma es una inquietante familiaridad, es un acontecimiento que deja perplejo al sujeto ante lo extraño que lo sorprende porque aparece en el marco de aquello tan conocido que podemos denominar: lo familiar. Lo extraño en sí mismo no inquieta, no incomoda; lo que sí inquieta es que esté familiarmente ligado. Existen circunstancias desagradables en las familias con las cuales conviven a diario que no inquietan al sujeto. El trauma es algo familiar que se ha vuelto extraño en el encuentro con un acontecimiento exterior. El sujeto mismo es quien dice: para eso no tengo explicación. Desde esta concepción del trauma qué otra cosa sino el lenguaje en su relación con lo real podría ser su fundamento.

La separación madre-hijo en la primera infancia es un hecho indudablemente penoso pero no necesariamente traumático.

Desde la perspectiva en que me sitúo para la lectura considero que la noción de trauma da consistencia a la teoría del apego pero no en su aspecto clasificatorio y universalizante sino en lo particular de una terapéutica que pueda situar las significaciones que el desamor ha tenido para el sujeto en su relación con el Otro a través del decir sobre su padecimiento.

Reflexión de las reflexiones
Cuanto más recorro los textos nuevos puntos de interés surgen que merecerían ser tratados, debatidos y comentados. No es la ocasión, ni el lugar. Sin embargo, el esfuerzo por entender lo que se dice en otro lado no es vano. Abandonar el soliloquio e intentar un diálogo hace existir al sujeto que lo es siempre en relación al Otro.

Lo que entiendo da sentido a la teoría del apego como tal es la relación del sujeto con el Otro significativo y la constitución del sujeto como consecuencia de esa relación. En este tiempo de debilitamiento de la autoridad, de individualismo a ultranza, de violencia sin medida, donde el control que ejerce el poder amenaza con borrar lo más ricamente humano, los lazos sociales adquieren un peso decisivo. Debatir es una manera de hacer lazo, de servirse del lenguaje para hacer circular deseo o promoverlo si es posible.

Bibliografía
•Bowlby,J., "El apego y la pérdida". El apego. – 1", Barcelona, Piados, 1998.
•Crittenden,P.M., "Nuevas implicaciones clínicas de la teoría del apego", Valencia, Promolibro, 2002.

Artículo por:

Patricia Heffes

Psicoanalista, Barcelona, España. 

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