Edición
44

¿Somos todos Pedro el Rojo?

Brasilia
Naturaleza humana es una categoría que se presta a todo tipo de abusos. Explica casi todo, desde amar hasta matar. Es parte del conjunto de tendencias o instintos inherentes que regirían el comportamiento humano. Este término anuncia una matriz biológica de la subjetividad que mantendría una verdad original y final sobre la condición humana. ¿Es eso necesariamente así?
Марьян Блан

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      ¡Oh, burla de la santa naturaleza![1]

      F. Kafka

 

¿Somos, los humanos, una burla de la naturaleza? ¿Somos, en la expresión de nuestra sexualidad, una broma de la naturaleza soberana?

Kafka, en su cuento Informe para una academia, trae a la luz, de manera cautivadora, una idea muy poderosa y de gran alcance en la que vivimos, aún hoy, sumergidos hasta la cabeza.

El cuento de Kafka narra la historia de un mono que se convierte en una persona. Trátase del relato de Pedro el Rojo a un grupo de académicos sobre su experiencia transformadora después de ser capturado por cazadores. En cautiverio, encuentra como única salida convertirse en un hombre como sus carceleros, dada la imposibilidad de volver a su naturaleza de mono -moriría si lo intentara. Obligado por la supervivencia, se humaniza: aprende a hablar, beber, fumar y comportarse como los hombres, estudia hasta llegar al nivel medio europeo y trabaja en un teatro de variedades.

Pedro el Rojo está tan alejado de sus orígenes que ya no puede alcanzar la vieja verdad simia; pero no duda de su existencia, aunque le esté perdida para siempre. Supone, además, que deba haber conocido la libertad en su condición de mono. Así indica su sueño del paraíso perdido.

El cuento de Kafka es portavoz de una cierta forma de pensar que prevalece en el Occidente moderno. A saber: hay una naturaleza desde donde se parte; de donde parte toda subjetividad, toda ciencia, toda verdad.

Sus noches están llenas de compromisos agradables: banquetes, reuniones en sociedades científicas, encuentros sociales. Y finalmente, cuando llega a casa, ¡se divierte con su chimpancé semi amaestrada, a la manera de los monos! Durante el día no quiere verla, porque no puede soportar la locura del perturbado animal amaestrado que ella lleva en la mirada. En otras palabras: la naturaleza del mono habla más fuerte en la sexualidad de Pedro el Rojo. En ninguna otra manifestación -por ejemplo: en la forma en que trabaja, cómo aprende, cómo se relaciona- la referencia a la naturaleza está tan presente. En estas situaciones, los dictámenes de la cultura se aceptan más fácilmente sin que la naturaleza reclame su puesto de capitán.

El origen, “le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles.» Y es en la sexualidad que parece picar más. El cuento de Kafka es portavoz de una cierta forma de pensar que prevalece en el Occidente moderno. A saber: hay una naturaleza desde donde se parte; de donde parte toda subjetividad, toda ciencia, toda verdad. La afirmación de que «todos somos Pedro el Rojo» está ampliamente respaldada por esta idea. La matriz de la subjetividad sería su naturaleza biológica, su condición animal, que la aculturación distorsiona a expensas del proceso civilizador, para la alegría de algunos y el lamento de otros.

El dualismo naturaleza versus cultura es fuente de las disputas más fervientes, solo basta ver a Rousseau y Voltaire. Ambos se aferran a la idea de la naturaleza como origen y verdad. La diferencia es que, para Rousseau, la naturaleza humana es esencialmente buena, corrompida por el proceso civilizador, y para Voltaire, por el contrario: el hombre es un animal de rapiña que necesita ser controlado y la naturaleza, entonces, es corregida por la cultura a favor del proceso de civilización. Para uno, la civilización tiene una función opresiva; para el otro, de domesticación. A pesar de la oposición, ambos parten de la misma premisa: la primacía de la naturaleza humana y su oposición a la cultura. Para Rousseau, la cultura distorsiona la naturaleza y para Voltaire la corrige -en la represión necesaria para la evolución de la civilización, lo que implica un dominio de las pulsiones hacia el autocontrol. Los efectos de este proceso aparecen en las diferentes situaciones de la vida diaria, desde el comportamiento en la mesa hasta el gestual, el modo de hablar, de comportarse etc.

Para Lacan, el campo de la cultura y el lenguaje siempre ha estado ahí para nosotros, lo que enturbia cualquier conjetura sobre una subjetividad natural, ya sea biológica, animal, o instintiva. El hombre nace por el lenguaje.

Lacan[2] combate este dualismo al ofrecer una otra forma de concebir la subjetividad y la sexualidad. Para él, la sexualidad hace un agujero en la verdad de la armonía de la naturaleza. Veamos a Pedro el Rojo: hace todo, paga sus impuestos, trabaja, disfruta de la convivencia en sociedad, incluso se divierte con su monita pero no soporta encararla. Pedro el Rojo encuentra en la sexualidad ese agujero que le revela no ser ni mono ni hombre. Para Lacan, el campo de la cultura y el lenguaje siempre ha estado ahí para nosotros, lo que enturbia cualquier conjetura sobre una subjetividad natural, ya sea biológica, animal, o instintiva. El hombre nace por el lenguaje. Siguiendo esta concepción, el buen salvaje sería también, entre muchas otras, una ficción lenguajera; y no una primacía de la verdad de la armonía de la naturaleza humana corrompida por la cultura. La verdad, para Lacan, existe porque hay lenguaje; ella no está planteada por la naturaleza -o por Dios como ya se ha creído- y no puede pensarse fuera del campo del lenguaje. (¡Como si fuera posible pensar cualquier cosa fuera de este campo!)

Que la sexualidad concierna a la naturaleza, es solo una idea. Que la naturaleza le confiera un modelo es solo una idea. Que la verdad humana resida en su naturaleza biológica, es solo una idea. Y no digo ‘solo’ en referencia a su dimensión -en ese sentido, tal idea es gigantesca. Me refiero a su condición de ser: ¡una idea! Una idea tan arraigada en la tradición del pensamiento occidental que parece prescindir del trabajo de pensar un poco más sobre ella. Así suele acontecer: reflexionamos sobre cosas que no dominamos lo suficiente. Aquellas ideas que imperan tienen fuerza de verdad y se establecen como esenciales. Y cuando se llega al «es de la cosa»[3], no se tiene más dónde ir, no se tiene que buscar nada más, pensar nada más. Punto final. La naturaleza como punto de partida y de llegada es un pensamiento longevo, insistente y eficaz en sus efectos – tales como los mitos del buen salvaje, del paraíso perdido y del ideal eugenésico. Olvidar que se trata de una idea tiene sus consecuencias, pone a dormir la razón . Y su sueño engendra monstruos.

Notas:

[1] F. Kafka. Informe para una academia.Ediciones Akal, S.A., 2015.
[2] Jacques Lacan (París, 13 de abril de 1901- 9 de septiembre de 1981) fue un médico psiquiatra y psicoanalista francés conocido por los aportes teóricos que hizo al psicoanálisis moderno, incorporando a su vez elementos del estructuralismo, la lingüística estructural, la matemática y la filosofía.
[3] Título de un poema de Clarice Lispector

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