Incluido en: , Edicion:

Resistencia de lo Orgánico en un Mundo Virtual

Miami

Por Gisela Savdie
Resistencia de lo Orgánico en un Mundo Virtual | Letra Urbana

La biología humana, como ha sido concebida tradicionalmente, se volvió obsoleta. Hoy contamos con una cantidad de avances científicos que ofrecen variedad de opciones para corregir y optimizar los clásicos límites del organismo: el envejecimiento, la enfermedad, la muerte. ¿Es posible vivir una vida evadiendo las fallas del cuerpo? ¿El sueño de la razón, produce monstruos? ¿Cómo resiste lo orgánico ante las nuevas tecnologías?

La publicación “Reflexiones Post-virtuales” en la edición No. 10 de Letra Urbana, produjo una gama de inquietudes que me llevaron a profundizar sobre el papel que cumple el organismo humano en un mundo que evoluciona cada vez más hacia la virtualidad. Retomo principalmente la lectura de “El Hombre Post-orgánico” de Paula Sibilia, quien analiza precisamente los cambios cualitativos que se produjeron en el ser humano, no solo como ente social, sino también a nivel individual, desde la época de la Revolución Industrial hasta la llegada al capitalismo post-industrial y globalizado caracterizado por la tecnología científica y la modificación genética.

El sueño del ser humano de sobreponerse a las limitaciones que su cuerpo le impone, ha subyugado a la humanidad a través de los siglos. Desde que el ser humano es conciente de la inminencia de su destino final, se han documentado históricas búsquedas de lo que se conoce como el elixir de la eterna juventud.

El sueño del ser humano de sobreponerse a las limitaciones que su cuerpo le impone, ha subyugado a la humanidad a través de los siglos. Desde que el ser humano es conciente de la inminencia de su destino final, se han documentado históricas búsquedas de lo que se conoce como el elixir de la eterna juventud. Las culturas primitivas están plagadas de mitos y creencias como la momificación en la cultura Egipcia, el mito del Grial entre los Cristianos, la sangre de ciertos animales en las culturas Indígenas, la teoría del aliento, la Piedra Filosofal, el mito del Dorado durante el Renacimiento, las técnicas alquimistas que devinieron luego en técnicas químicas, son solo algunas de las teorías en las que se ha basado la historia, hasta llegar finalmente a las modificaciones genéticas actuales impuestas por la tecnología científica.

En “El Hombre Post-orgánico”, la autora denuncia el atropello que sufre el cuerpo con la aparición de la tecnociencia y la informática, haciendo desaparecer el “hombre máquina” u “hombre hardware” que trató de imponer la Revolución Industrial y reemplazándolo por el “hombre software”, invocando los circuitos cerebrales que se registran bajo resonancia electromagnética. El cuerpo que de por si ha sido sometido a innumerables cambios a través de los siglos en su proceso de evolución, se transforma hoy día en un instrumento de laboratorio que pretende ser corregido por la ingeniería genética para ser refinado y depurado, produciendo en ultimas un individuo perfecto, aséptico y purificado, cuyos órganos podrían, ¿por qué no?, ser clonados y utilizados eventualmente como reemplazo ante la presencia de enfermedad. A pesar de los intentos que se hicieron en un comienzo por detener el progreso de la investigación sobre modificaciones genéticas, dado los inconvenientes políticos y humanísticos que representaban, esto no fue posible. Toda investigación, una vez iniciada, toma rienda suelta y sigue su propio curso con las ventajas y desventajas inherentes a la misma.

La perturbadora novela de Kazuo Ishiguro “Never Let me Go”, muestra la triste realidad y el deterioro moral y físico que sufre un grupo de niños clonados cuyos organismos una vez desarrollados, empiezan a ser utilizados como donantes. A pesar del carácter inhumano de los clones, se sobreponen elementos como el arte, el amor, el dolor y finalmente la muerte como salvación final, dejando entrever lo intrínseco que resultan tales elementos ante cualquier intento de reproducir vida.

Si bien la sociedad industrial se caracterizó por un particular manejo de los cuerpos para servir al desarrollo de la sociedad capitalista, concepto que Michel Foucault denominó “bio-politica” y que Deleuze deriva en lo que llama “sociedades de control”, la tecnociencia contemporánea pretende, con los nuevos conocimientos, adentrarse aun más allá. Permeando las grietas que dejó el proceso de industrialización hoy se implementan controles más complejos que apuntan a un nivel de perfección absoluto. El cuerpo máquina, propio de la sociedad industrial, que guiaba los requerimientos de la producción, ha evolucionado hacia otro cuerpo manejado por la informática y orientado hacia el consumismo y el mercadeo. También, se abre la posibilidad de fabricar organismos vivientes, reprogramar códigos genéticos, prolongar la vida, desviar sus derroteros, compensar sus deficiencias. A nivel social, ello significaría la posibilidad de modificar especies y bajo el concepto de “biopolitica”, alterar los mecanismos y leyes que regirían su mercado.

Pero si unas grietas se cierran, otras se abren, y en este intento por sobreponerse a lo orgánico y tratar de disociarlo de la muerte el fantasma permanente de la imperfección intrínseca del organismo, siempre retorna.

En la época actual la dicotomía cartesiana que otrora separaba el cuerpo de la mente se vuelve a hacer manifiesta bajo una perspectiva diferente: inmortalizar la mente y superar el espacio físico con ayuda de lo virtual. Pero si unas grietas se cierran, otras se abren, y en este intento por sobreponerse a lo orgánico y tratar de disociarlo de la muerte el fantasma permanente de la imperfección intrínseca del organismo, siempre retorna. No es casual entonces que, mientras la ciencia promete controlar el dolor, eliminar las arrugas, perfeccionar y programar la genética para evitar dolencias como la obesidad, la depresión, el Alzheimer o la diabetes, resultemos inmiscuidos en una sociedad que finalmente nos deja victimas de tantos nuevos tipos de padecimientos como la depresión, los ataques de pánico y los déficit de atención, como ya lo mencionaba Foucault al referirse al Prozac y las prótesis como consecuencia de la mercantilización.

¿Es posible existir sin cuerpo? La pregunta puede parecer anacrónica en el vertiginoso mundo contemporáneo, por sus inefables ecos cartesianos, gnósticos y metafísicos. No obstante, la respuesta afirmativa parece ser una de las propuestas de la nueva tecnociencia. Paula Sibilia, remarca el cuño fáustico de esa contestación y dice que “lo sensible persiste e insiste: el hombre parece estar enraizado hasta la medula en su estructura de carne y hueso. Al menos –tal vez haya que agregar- por el momento”. Si bien es evidente que el cuerpo ha sido objeto de transformaciones significativas a través de los siglos, que la evolución hacia la posición erecta y el uso de la mano como herramienta dieron un vuelco fundamental hacia la posibilidad de dominar y modificar no solo su entorno sino el cuerpo mismo, pasar a considerar su eliminación en miras de convertirlo en ente abstracto, resulta un sofisma. Y volviendo a la literatura como espejo del drama social, cabe mencionar la obra de Saramago “Las Intermitencias de la Muerte”, donde la muerte se personifica precisamente en el amor y la perspectiva de disociarse de la vida no es más que el deseo de algo absolutamente inadmisible.

Cuando dentro del contexto de la virtualidad confrontada con lo orgánico aflora además el pensamiento, y con este las sensaciones de amor, sexualidad, deseo y sufrimiento, el panorama se vuelve aun más complejo y por ende más difícil de controlar y modificar. Antes mencionaba cómo la novela de Ishiguro deja entrever este aspecto pero, también se podría citar el libro de Isabel Fonseca, “Attachment”, donde la protagonista al asumir la personalidad de su marido intentando descifrar la identidad de una “supuesta” amante del mismo, termina experimentado los efectos de un orgasmo virtual.

Es sabido que las computadoras funcionan como funciona el cerebro, pero no viceversa. La concepción simplista de un cuerpo y de una mente que podrían aislarse y actuar de manera independiente, se ve entonces velada con los matices del pensamiento y de lo mental incorporados intrínsecamente a un cuerpo imperfecto. Como lo explican Deleuze y Guatari en “Que es la Filosofia?” citados por Sibilia, sería imposible ubicar el centro de los sentimientos de la misma manera que se ubican otras funciones orgánicas; estarían localizados en “lo más profundo de las grietas sinápticas, los hiatos, los intervalos y entretiempos de un cerebro inobjetivable, donde penetrar para buscarlos seria crear”. Es así como Foucault en sus tratados de la bio-política habla del alma como prisión del cuerpo en contraposición a la creencia cristiana del cuerpo como prisión del alma.

La concepción simplista de un cuerpo y de una mente que podrían aislarse y actuar de manera independiente, se ve entonces velada con los matices del pensamiento y de lo mental incorporados intrínsecamente a un cuerpo imperfecto.

Es probable que el concepto de eternidad se logre a través de ciertos niveles superiores, léase producción literaria, arte y descubrimientos científicos, que perduren como agentes históricos en la memoria de la humanidad, pero no como prolongación indefinida de vida, porque a pesar de aferrarnos a ella llegará el momento en que resultaría inconveniente, como se puede inducir en “Las Intermitencias de la Muerte”. La transformación del individuo post-moderno, capaz de cruzar fronteras otrora inadmisibles trae innumerables interrogantes que atentan contra la esencia misma de la humanidad. Ya lo mencionaba Francisco Goya en el siglo pasado en su famosa y controvertida frase “el sueño de la razón produce monstruos”.

Bibliografía
• Gilles Deleuze y Felix Guattari, Que es la Filosofia?, Barcelona, Anagrama, 1997.
• Isabel Fonseca, Attachment, U.K., Chatto & Windus, 2008.
• Michel Foucault, Vigilar y Castigar, Buenos Aires, Siglo XXI, 1989.
• Kazuo Ishiguro, Never Let Me Go, Vintage Books, New York, 2005.
• José Saramago, Las Intermitencias de la Muerte, Alfaguara, 2005.
• Paula Sibilia, El Hombre Postorgánico, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.

Imágen destacada a partir de imágen por Ryan Somma http://www.flickr.com/photos/ideonexus/7322302338/sizes/m/in/photostream/

Artículo por:

Gisela Savdie

Gisela Savdie
Bachelor of Fine Arts, USA. Master of Arts, USA. Escuela de Bellas Artes, Colombia.Doctor en Odontología, Colombia. Autora del libro "Neurofisiología de la Oclusión", declarado texto oficial por la OMS. Actualmente reside en Miami y se dedica a la fotografía y la escritura. Expuso su trabajo fotográfico en Colombia, Argentina, Shanghái y distintas ciudades de los Estados Unidos. Continúa participando en exhibiciones individuales y colectivas dentro del país y a nivel internacional. 

Tus comentarios nos ayudan a crecer. Gracias!