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¿Qué era y qué es un libro?

París

Por Silvina Chmiel

¿Qué era y qué es un libro? | Letra Urbana

Roger Chartier habla del lugar de la verdad en el mundo digital. Cuando las herramientas se vuelven también la máquina más poderosa para producir falsificaciones, errores y verdades alternativas.

Conversamos con el Profesor Roger Chartier, uno de los más prominentes especialistas en la historia del libro y las ediciones literarias, heredero de la tradición historiográfica de la Escuela de los Annales. Director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Profesor del College de France y de la Universidad de Pensilvania. Con sus lúcidas observaciones nos condujo  entre procesos, instituciones y estructuras sociales que atañen a los libros, a través de las rupturas y continuidades que hilvanan la historia de la cultura escrita, ayudándonos a encontrar la novedad y los desafíos que nos proponen estos tiempos de la textualidad electrónica.

La primera pregunta a un historiador de los libros es ¿Qué es un libro?

Si abrimos el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, se ve que la primera definición es que el libro es una serie de hojas dentro de la misma encuadernación. De esta manera se define por esa cierta materialidad, que es la materialidad del libro impreso, tal vez del codex manuscrito antes, pero que lo concibe como cuaderno, con hojas, encuadernación, un objeto diferente a otros de la cultura escrita como puede ser una revista, un diario, un cartel. Libro también es una obra literaria o científica que tiene una cierta extensión pero que puede aparecer sobre cualquier soporte. Cuando un texto es publicado como un libro electrónico, entonces el concepto se refiere a una clase de discurso.

Este, además de tener cierta extensión, supone que por detrás de la inscripción hay una organización, una coherencia y arquitectura que define el libro como opuesto al artículo, a la carta. Entonces toda la discusión de qué es un libro, se ubica dentro de esta tensión entre considerarlo como un objeto específico o como un discurso particular.

Es rara esta discusión antes del mundo contemporáneo. Durante el Siglo de Oro se hablaba del libro como que tiene un cuerpo y un Alma. El cuerpo era la materialidad de la encuadernación y el Alma el discurso que se presenta en esta materialidad. Hay un texto famoso de Kant, “La Doctrina del Derecho”, que se preocupa de quién es el propietario de un libro. Si éste se define como un objeto que está en el mercado el propietario es la persona que lo ha comprado, si se define como un discurso el propietario es el escritor que lo ha compuesto. Esta doble naturaleza del libro es una cuestión recurrente.

en el caso del mundo digital, esta relación entre parte y totalidad es mucho más complicada porque hay una tendencia a una lectura fragmentada, de apoderarse de la parte dándole una forma de autonomía. Si vamos a la situación contemporánea, la cuestión es también doble: el libro impreso es todavía la forma en la cual la mayoría de los textos aparecen. Todas las estadísticas en el mercado del libro muestran esta presencia dominante, solo un 8% del mercado está en libro electrónico; en los Estados Unidos alrededor del 20%, pero sin un crecimiento en los 2 últimos años, e inclusive con una pequeña disminución. Entonces, la pregunta que deberíamos hacernos es cómo esta presencia dominante del libro, como aquel objeto impreso que conocemos, puede mantenerse en un mundo totalmente digitalizado en el cual todas las otras relaciones se dan en forma digital.

¿Cómo aquello que llamamos libro se transforma en tiempos de la cultura digital?

Aquello que entendemos como libro es una arquitectura particular del discurso y según esta arquitectura se ubica el fragmento dentro de la totalidad. Así un capítulo, un párrafo, una parte son siempre lo que hay ubicado en un momento, en un lugar de la narración, donde la demostración y la forma material del libro impone la lectura de cada página y la percepción de esta totalidad en la cual se ubica el fragmento elegido. Pero en el caso del mundo digital, esta relación entre parte y totalidad es mucho más complicada porque hay una tendencia a una lectura fragmentada, de apoderarse de la parte dándole una forma de autonomía. Todos los diagnósticos a propósito de la lectura, sobre todo de los lectores más jóvenes, muestran que esta fragmentación viene derivada de un estilo original de los textos breves de las redes sociales, práctica trasladada sobre la lectura de los libros, y esto puede producir el efecto de alejar la percepción de la obra en su totalidad, el discurso en su coherencia, a favor de una segmentación que transforme finalmente las obras que fueron concebidas con una arquitectura global en una serie de fragmentos textuales que pueden ser comunicados, apropiados, utilizados, separadamente y sin relación con la totalidad.

Entonces todas las discusiones del presente se vinculan con esta doble naturaleza del libro como discurso y como objeto. Éstos serían los dos desafíos del mundo digital tanto para una forma material que todavía está dominante pero que, por qué no, podría desaparecer, y el desafío del mundo digital, para una forma de discurso que todavía está presente, que se ha introducido en el mundo digital, pero que las prácticas de lectura fragmentaria no permiten finalmente que se reconozca como tal.

¿Cuál es la originalidad de la revolución escrita de nuestros tiempos?

Es una revolución radical por varias razones, potenciada por la simultaneidad de transformaciones que antes se habían dado desvinculadas. Por un lado, como en el caso de Gutenberg, es un trastoque técnico de inscripción, transmisión y recepción de los textos. De la prensa de imprimir a la pantalla digital. Pero al mismo tiempo es un cambio mucho más radical que la invención de la imprenta, porque se transforma la morfología del soporte. En este sentido se podría decir que lo podemos comparar con la aparición del libro codex -el libro como cuaderno + hojas + encuadernación de los primeros siglos de la era cristiana- que era también un cambio morfológico muy profundo, porque el lector de la antigüedad leía rollos y a partir de los primeros siglos de la era cristiana lee códice.  La revolución de la lectura hoy en día se vincula con un cambio morfológico radical, de soportes que no se vinculan de manera permanente con lo que soportan o lo que transmiten, sumado a una revolución técnica. Pero más allá de esta comparación posible, que me parece más justificada que aquella con Gutenberg, se crea otra dimensión porque por  primera vez hay una separación entre el soporte y el contenido de éste: un libro es un objeto que contiene un texto, una obra, y un rollo también. En cambio, la pantalla que utilizo para hablar con usted es también una pantalla que va a recibir lo que quiero leer, lo que he escrito, el correo electrónico, el Skype, la lectura de un texto digitalizado del siglo XVI, y los ensayos o artículos que estoy escribiendo. Ya no hay una continuidad del soporte en relación con lo que soporta y esto es una novedad absoluta.

Existieron antes revoluciones de la lectura, pero a largo plazo, lentamente. La conquista de la capacidad de los lectores de leer visualmente en silencio, sin la necesidad de leer en voz alta o baja para entender un texto, es un movimiento que cruza toda la Edad Media hasta los tiempos de la época Moderna. La revolución de la lectura del siglo XIX es más sociológica: nuevos sectores, los niños tanto dentro como fuera de la clase, las mujeres, los obreros, también son revoluciones de las prácticas de lectura pero que se ubicaron dentro de una estabilidad técnica y morfológica. La revolución de la lectura hoy en día se vincula con un cambio morfológico radical, de soportes que no se vinculan de manera permanente con lo que soportan o lo que transmiten, sumado a una revolución técnica. Esta simultaneidad es una razón para hacer hincapié en la radical diferencia.

Además, es novedoso que antes no todas las personas podían poseer una prensa de imprimir y a partir de Gutenberg hubo una distinción entre lo impreso, que puede ser monopolizado o controlado, y la comunicación escrita, manuscrita, más libre pero sin la forma de transmisión que le otorga el libro impreso. Hoy en día cada uno puede más o menos tener una, dos, tres pantallas para todo el día y de esta manera las prácticas de la escritura-lectura vinculadas con lo cotidiano cambian. Sin embargo, la originalidad profunda radica en que no es sólo la discusión sobre el libro u otros géneros como el diario o las revistas, sino que esto se inscribe dentro de un cambio en la totalidad de las relaciones humanas. La imprenta podía procurar una nueva técnica de reproducción de los textos, podía transformar algunas prácticas con los formularios, las indulgencias, todo lo que se imprime en un taller tipográfico más allá de los libros, pero era limitado, marginal. Hoy en día es el libro lo que se transforma en algo marginal dentro de la digitalización de todas las áreas y de todas las relaciones.

la originalidad profunda radica en que no es sólo la discusión sobre el libro u otros géneros como el diario o las revistas, sino que esto se inscribe dentro de un cambio en la totalidad de las relaciones humanas. También los conceptos que designan las relaciones se ven transformados. Hablamos de amistad, de intimidad, de identidad, pero la dimensión digital de estos conceptos ha cambiado. Usted puede tener dos mil amigos, puede jugar con su identidad fragmentada, escondida, escindida, multiplicada, dividida. Es una transformación no solamente de los gestos y de las prácticas de las relaciones, sino también de los conceptos que las designan. Estamos frente a una transformación fuerte que se oculta un poco porque estamos todavía, y no sé hasta cuando, en un mundo de la coexistencia. Estoy escribiendo de mano, tengo frente a mis unos libros impresos, y entonces, el mundo digital que disfrutamos ahora se ubica en coexistencia pacífica con otras formas de inscripción y transmisión de los discursos. No debe ocultar esta observación lo radical de la mutación digital.

Vivimos en un ecosistema digital que abarca a todos los discursos y las prácticas, que no era el caso en el mundo de lo impreso, en el mundo de la comunicación manuscrita o el de la sociabilidad experimentada en el encuentro. Aquí tenemos un sistema que impone una forma única para todos estos elementos: publicación de libros, revistas y diarios, pero también relaciones del mercado, con las instituciones y entre los individuos.

¡Claro! Y esto nos lleva a preguntarnos ¿qué pasa actualmente con las figuras y los lugares de la “autoridad del saber”?

¡Oh! La autoridad del saber evidentemente es una preocupación aguda porque el mundo digital puede estar al servicio de una democratización del conocimiento, de construcción de un espacio público tal como lo soñaba Kant, la idea de que esta ilustración traería un espacio en el cual cada individuo pudiera participar como lector y como escritor. Pero también el mundo digital muestra que puede ser la máquina más poderosa para producir falsificaciones, errores y verdades alternativas. Y los historiadores pueden decir “sí, había también falsificaciones en el siglo XVI y falsas noticias en el siglo XVIII”, y es verdad, pero aquí tenemos el problema de la diseminación de lo falso, que puede ser por un error o una manipulación. En el mundo de lo impreso, había como un orden que permitía esperar un grado de verdad diferente en relación con el género -libro académico o enciclopedia o artículo de revista de quiosco- en función de la fama o la reputación de las editoriales. También existía el lugar del encuentro en la biblioteca o librería, que tenía esta reputación de hacer una selección y que podía mostrar un trato diferente de conocimiento que se podía esperar de tal o cuál libro o con la editorial de tal y cuál género. las nuevas tecnologías tienen esta capacidad de dotar de la misma apariencia, en el mismo soporte de lectura, a aquellos que son discursos de autoridad científica y los que son discursos de diseminación de falsificaciones, de falsas noticias y verdades alternativas.En este sentido, no quiero decir que no había errores en los libros académicos y en las revistas de quiosco populares, pero globalmente el lector podía identificar esta diferencia de credibilidad en relación con todos estos actores. Evidentemente frente a las pantallas todo esto desaparece porque el discurso científico y el discurso de falsificación aparece más o menos en las mismas formas y sin los elementos que permiten inmediatamente la discriminación y ahí las nuevas tecnologías tienen esta capacidad de dotar de la misma apariencia, en el mismo soporte de lectura, a aquellos que son discursos de autoridad científica y los que son discursos de diseminación de falsificaciones, de falsas noticias y verdades alternativas. Entonces, el peligro más fuerte está en la vulnerabilidad del mundo digital para la transmisión de lo que consideramos como falsificaciones y lo hemos visto en las campañas políticas electorales.

Además, las encuestas sobre los lectores más jóvenes muestran que hay tres características de su lectura: la primera una lógica de la aceleración, la impaciencia de la lectura que quiere ir directamente a la conclusión, al desenlace, como si hubiera una lectura y una apropiación impaciente. El segundo elemento, que algunos estudios de ciencia cognitiva lo han mostrado, se refiere a una reducción del tiempo posible para una atención fuerte, que se limita a un lapso muy breve en favor de una atención más dispersa e hipertextual. La tercera característica es la indiferencia en relación con los criterios que permiten discriminar los discursos en función de su autoridad de saber y la idea que cuando se encuentra un enunciado en una pantalla, cualquiera sea la lógica de éste, puede adquirir la característica de enunciado verdadero y que se puede copiar, transmitir o citar. Entonces tanto la práctica de lectura como la forma de inscripción de todo lo que definimos como engaño, trampa, falsedad, es más fuerte en el mundo digital y de ahí la toma de conciencia de muchos en cuanto a la necesidad de la biblioteca de ser el lugar donde se aprende más o menos cómo se construye la manera de discriminar entre tipos de discurso y con este criterio que usted ha utilizado de “autoridad del saber”.Pero la paradoja es que develar las falsificaciones del mundo digital se hace normalmente en diarios y revistas impresas que los usuarios de la red no necesariamente leen.

De esta manera es una preocupación muy seria, no porque sea una práctica novedosa ya que también ocurrió esto en el pasado y de hecho la historia de las falsificaciones es una parte importante de la historia intelectual. Pero la palabra falsificación existe solamente si fue descubierta la realidad como tal. Si no se percibe, entonces no hay una falsificación, es una información. Esto nos habla de un desafío profundo.

¿Qué opinión le genera a un historiador el concepto de posverdad, que estuvo tan de moda y que fuera la palabra más citada en el año 2016?

Yo no creo en la posverdad ni en la verdad alternativa. Muchos historiadores, empezando con Carlo Ginzburg, creemos que no hay criterios de verdad que sean absolutamente transhistóricos, que a cada momento los criterios de la prueba pueden modificarse, pero que siempre existe un discurso que podemos calificar como aquel del conocimiento, del saber, en el que hay una adecuación entre lo enunciado y el objeto que es “su objeto”. La posición escéptica de la posverdad, donde todos los discursos se asumen equivalentes, es una opción que no me convence. todas las instituciones de la cultura impresa que estaban alrededor o en relación con el libro impreso, atraviesan un periodo de incertidumbre. La verdad del trabajo histórico es de un mismo orden y de un mismo régimen de verdad. Me parece que debemos en sociología, en historia y por qué no en crítica literaria, pensar que existen criterios de establecimiento del análisis que son abiertos al control por una comunidad de saber donde hay que respetar operaciones técnicas. Me parece un peligro enorme la idea de posverdad o de verdad posmoderna o de verdades alternativas porque conducen a lo que hemos visto como una forma de banalización, de falsificación o de la idea de que no hay criterio que permita reconocer claramente, que se había introducido en la historiografía esta idea de la narratividad como único criterio de discriminación entre los textos históricos. Me parece que va a un callejón sin salida, porque lo importante es comprender cómo los criterios de producción de un saber controlado son movilizados y se hacen operativos.

¿Como se entrecruzan en la textualidad electrónica, las palabras y las imágenes?

Como historiador diría que hay como una transformación de la relación imagen- texto que podría ligar con dos paradigmas sucesivos: el primero, de la primera Edad Moderna, siglos XVI, XVII, es la idea de que son diferentes lenguajes que pueden expresar la misma cosa, es decir que el mismo enunciado o el mismo contenido semántico puede estar transmitido por una forma u otra, es una idea de la equivalencia que dominaba toda la primera modernidad; después a partir del siglo XVIII, la idea de la diferencia y el suplemento, donde las imágenes muestran lo que el discurso no puede enunciar, de esta manera hay más un modelo a la medida del suplemento del discurso, la razón por la cual tenía sentido L’Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, porque puede mostrar inmediatamente y en una dimensión sincrónica, lo que el discurso debe enunciar de una manera secuencial.

Hoy en día la transformación fue introducida por las imágenes móviles a través del cine y después la televisión. Entonces, la relación imágenes-textos en el mundo digital, tiene una forma absolutamente nueva y original que no corresponde a las imágenes-sin-texto. Hay pocas cosas escritas, tal vez subtítulos para la traducción de una versión original, algunos elementos de escritura sobre la pantalla, pero son objeto-para las imágenes. La novedad de la pantalla del mundo digital es este entrecruzamiento permanente entre imagen y texto. En un diario hay un video que puede remitir a un discurso, entonces es algo intrincado, una mezcla indisociable entre imágenes y textos, y no sé que efectos produce sobre la mente del usuario esta articulación permanente, pero hay algo que es completamente nuevo. El mismo soporte, de nuevo, para imágenes y textos, y una presencia permanente de la imagen dentro de los textos y al revés, por ejemplo las revistas, los diarios, los libros, que pueden tener imágenes móviles. pensar que hay cosas que se pueden hacer para que este mundo esté más del lado de la universalización del conocimiento y de la construcción de un espacio crítico, que del lado de la producción y multiplicación de las formas de control y alienación o de imposición de falsas verdadesEl resultado sería una forma nueva, la facilidad de una creación multimedia, porque evidentemente esta vinculación puede ser aprovechada para una demostración científica o para una creación estética por la fluidez entre la relación de una y otra. Pero lo único que puedo asegurar es que esta es otra ilustración suplementaria de la radicalidad de la novedad.

¿Cuáles considera que son los grandes desafíos que nos propone el mundo digital?

Los primeros desafíos pueden vincularse con la presencia de todos los objetos de la cultura impresa en este nuevo ecosistema, y aquí hoy en día, todos los diagnósticos son un poco contradictorios o inciertos. Por un lado, como lo hemos comentado, el libro impreso sigue siendo dominante en el mercado del libro. Por otro lado, las instituciones que acompañaban El Progreso están todas con dificultades, crisis e incertidumbre. Pienso en las librerías que se han reducido de una manera drástica; leía en Le Monde de ayer que en París desde el año 2000 al 2018 entre 30 y 40% de las librerías que existían no existen más. Hay una reducción del número de librerías y no solamente por la competencia de Amazon y otros comercios online, hay otras razones como ser la dificultad de mantenerlas con el precio del alquiler en una ciudad como París, pero es una institución del mundo del libro que está con una crisis seria. Hemos visto como los diarios, que son parte de la cultura impresa y que se vinculaban con el libro porque eran el lugar de las reseñas o de la publicidad, también tienen dificultades y no todas por la competencia electrónica, porque también está la reducción de los anuncios publicitarios. Sumado a que hay menos lugares de venta, el resultado es que hay diarios impresos que han abandonado la forma papel y esto también es un elemento del ecosistema de lo impreso que desaparece. Y finalmente las bibliotecas que algunas veces fueron seducidas por la tentación de la digitalización de las colecciones, de la relegación y en los peores casos la destrucción de los objetos impresos con el pretexto que existía el texto en alguna otra forma que lo conservaba. Entonces todas las instituciones de la cultura impresa que estaban alrededor o en relación con el libro impreso, atraviesan un periodo de incertidumbre. El desafío es ¿puede resistir la forma impresa del discurso a un mundo en el que cada vez más hay una desaparición de las instituciones que pertenecen al mismo ecosistema? Pienso que es una pregunta legítima y que debe evitar el discurso a la Umberto Eco que decía “el libro no puede morir” como una forma de wishful thinking. El primer desafío es ese y el segundo desafío está en relación con el orden del discurso, Walter Benjamin nos mostraba como una técnica depende para su sentido de lo que hacen las instituciones, o los poderes o los usuarios; de esta manera no hay una fatalidad, un inexorable destino de esta tecnología, pero hemos visto que la ambivalencia entre su dimensión democrática al servicio del público y del espacio común, o su utilización para plasmar fuertes propagandas utilizando las falsas noticias o la falsificación pura y simple es una característica del mundo digital. Hemos visto también que había una ambivalencia entre un instrumento al servicio de la difusión del conocimiento y este mismo que puede ser monopolizado por los intereses económicos más fuertes, todo esto para decir que los análisis de este mundo deben tener en cuenta esta profunda ambivalencia y pensar que hay cosas que se pueden hacer para que este mundo esté más del lado de la universalización del conocimiento y de la construcción de un espacio crítico, que del lado de la producción y multiplicación de las formas de control y alienación o de imposición de falsas verdades (y aquí el oxímoron tiene sentido), conduciendo a los ciudadanos a ser ciegos de la realidad del tiempo que experimentan. Entonces es un desafío, pero no algo inexorable, no una postura de rechazo sino solamente que hay que indicar que existe esta contradicción, o serie de contradicciones, que olvidan tanto algunas veces los que piensan que con este mundo digital entramos en un mundo de competencias múltiples, de accesos libres y de forma democrática y algunas veces no reconocen suficientemente los peligros. Y al revés los que están convencidos que el mundo digital es el diablo, ya que puede ser un elemento poderoso al servicio de una democratización de la cultura, de una forma distinta de transmisión del texto. Esta posibilidad existe y debemos recordar que no hay equivalencia, se puede comprar un libro por Amazon sin la destrucción de las librerías y se puede, como yo, utilizar para leer un texto del siglo XVI o uno contemporáneo frente a las pantallas, pero siempre pensando que no estoy leyendo como leía aquel lector del pasado.

Entonces leer la prensa en la forma electrónica no debe destruir la posibilidad de leer el diario de una forma impresa porque finalmente son dos lógicas diferentes. El mundo de lo impreso corresponde a una lógica topográfica: la página del diario es un territorio, la librería un espacio único, un universo con varios continentes, en el libro impreso hay una inmediatez de la relación entre el fragmento y la totalidad. La lógica digital es una lógica jerárquica: de tópicos, temas, rúbricas, de palabras claves que permiten encontrar rápidamente lo que se busca, pero dentro de este orden que se organiza según una jerarquía de los temas y la temática. Y si se acepta esta idea de que son lógicas diferentes ¿por qué sería un progreso o una ventaja sustituir a la primera lógica por la segunda? Y si se acepta esta idea, evidentemente son decisiones de los poderes públicos, se pueden hacer protecciones de las bibliotecas o de las colecciones de las bibliotecas y de las librerías, pero lo más importante será convencer a los jóvenes lectores de la complementariedad de éstas.

Y también dotarlos, darles herramientas para que puedan moverse.

Exactamente. Es la tarea de la escuela, de la universidad, de las bibliotecas y de los medios… ¡Y de su revista!

¡Bueno, la verdad, es un gran desafío!

Artículo por:

Silvina Chmiel

Silvina Chmiel
Graduada en Historia, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se especializó en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural. Ex Docente en la carrera de Sociología (UBA) e investigadora del Instituto Gino Germani donde, bajo el auspicio de becas UBACyT, participó de congresos y público en numerosos libros sobre problemáticas de jóvenes y ciudad, discriminación y constitución de identidades nacionales. Se trasladó a Miami en el año 2002 y allí co-dirigió la cátedra de “Análisis Cultural y Sociología de la Educación” en el ILAJ (Miami Beach) y dictó la cátedra de “Historia Universal” del San Ignacio College (Doral). Actualmente es miembro de la “Cultural Studies Asossiation”. 

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