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Parricidio transferencial

Buenos Aires

Por Norberto Rabinovich
Parricidio transferencial | Letra Urbana

La relación con el psicoanalista llega a su final. ¿Cuáles son los signos del final del análisis? ¿Cómo se trabaja en el último momento?

Dentro del tema general de este Seminario titulado transferencia y fin de análisis, hoy tomaré el sesgo de lo que Freud denominó “liquidación de la transferencia” en su punto más álgido: “la liquidación del analista” en tanto sobre su persona recae la mencionada transferencia.

Aunque no son muchos los análisis que alcanzan esa meta, me parece fundamental que el analista no olvide que dicho desenlace está en el horizonte de la eficacia de un análisis.

El analizante se va despojando de las certidumbres imaginarias que han moldeado su ser y su deber ser…

Lacan solía repetir que el gran secreto que revela el psicoanálisis es que el Otro no existe. Este aforismo condensa varias significaciones, pero una de ellas es precisamente la concerniente al vaciamiento de la presencia imaginaria del Sujeto Supuesto Saber.

Pero sucede que la caída de la función del Sujeto Supuesto Saber, cuando eso sucede, lo que no es lo más común, no se produce de un día para el otro sino que es el fruto de un largo recorrido en el cual el analizante se va despojando de las certidumbres imaginarias que han moldeado su ser y su deber ser anudado a ese Otro fantasmático, que durante el análisis se plasma en el relación transferencial. Razón por la cual la pérdida de la consistencia imaginaria del Otro –“destitución subjetiva”– va de la mano con la pérdida de la consistencia imaginaria de la estructura narcisista -“des-ser”-. Tanta pérdida no puede sino experimentarse como un duelo.

El recorrido por el tramo final del análisis, adquiere habitualmente la forma de un duelo singular, algo parecido al contradictorio sentimiento que nos embarga antes de partir en un largo viaje. Junto a la alegría por alcanzar la meta deseada, se nos instala la tristeza de dejar atrás pedazos amados de nuestra vida anterior. Pero también se puede describir cada tramo del análisis en función de los mismos parámetros; la mayor diferencia es que el sujeto, cuando entra en la recta final, ya está advertido del costo a pagar. Alguna vez Lacan definió el final del análisis en función de estas coordenadas como “la asunción subjetiva de la castración”, del ser del sujeto y del Otro imaginario.

El tramo final del análisis, adquiere habitualmente la forma de un duelo singular, algo parecido al contradictorio sentimiento que nos embarga antes de partir en un largo viaje.

Como adelanté al comienzo, enfocaré el problema en una de las dos vertientes que señalé, la que se vincula a la caída del Sujeto Supuesto Saber, a la que relacioné con el acto parricida. Tal vez resulte paradójico que el mencionado parricidio fue situado por Freud como el punto de partida, y no de finalización, de la religiosidad de los hijos por el padre muerto. La figura del Otro que encarna el analista en la transferencia, es un sustituto del padre redimido que, en calidad de superyó o ideal del yo, pasó a ocupar el lugar de amo. La destitución del Sujeto Supuesto Saber sería equivalente a la muerte del Otro fantasmático, aquel que vino a obturar el desamparo dejado por el asesinato del padre primordial.

 

Pero entonces, ¿cual sería el estatuto lógico del Urvater? Según Lacan, el mito freudiano cierne en torno al padre primordial un real de la estructura, el Nombre del Padre. Este no es ni fue nunca un sujeto sino un significante. Al nombre no se lo mata, en el peor de los casos resulta forcluído, y en el mejor, el hijo se lo come, lo incorpora y termina inscribiéndose en el inconsciente. Lo que intentaré explicar hoy es que la eliminación de éste último –liquidación de la transferencia– no sólo no arrastra consigo el borramiento del Nombre del Padre, sino que por el contrario, posibilita al sujeto una apropiación diferente de su marca fundante.

 

Estas articulaciones teóricas no pueden ser comprobables a simple vista, puesto que son construcciones que resultan de la elaboración de los datos que aporta la clínica analítica. Por eso, a fin de transmitirles una aproximación a la problemática un poquito más viva, un poquito más aprehensible, decidí abordarla hoy a través del análisis de un sueño cuya interpretación revela lo que denominé parricidio transferencial.

A menudo, las primeras manifestaciones del desenlace transferencial, las aportan insignificantes actos fallidos por medio de los cuales el analizante falla a la cita con su analista.

Se trata de un sueño producido después de un año después de comenzar el análisis, período durante el cual no había pasado por la conciencia del analizante la idea de finalizarlo. Lejos de ello, se sentía muy comprometida con el análisis, y, como sucede habitualmente, experimentaba una profunda dependencia con su analista. Precisamente por esta razón, el deseo de sacarse de encima “la mirada invisible del analista que la acompañaba siempre”, como ella misma describió mas tarde, requirió eludir una poderosa censura para expresarse a través del sueño. A menudo, las primeras manifestaciones del desenlace transferencial, las aportan insignificantes actos fallidos por medio de los cuales el analizante falla a la cita con su analista. Estos fenómenos, que suelen ser leídos como manifestaciones de la transferencia negativa, deben ser tomados, por el contrario, como mensajes del sujeto al Otro de la transferencia, e interpretados como tales.

 

La historia que les voy a contar (suficientemente modificada para mantener en reserva la identidad de la soñante, pero conservando lo esencial del entramado lógico) es la de una mujer de aproximadamente 45 años que consultó a raíz de una crisis depresiva muy severa que la había llevado a una breve internación psiquiátrica. Esta mujer se desempeñaba descoloridamente como economista. En la época anterior a la crisis, el poco interés que sentía por esa profesión se transformó en agobiante, sumado al hecho que estaba terminando el período de mayor esfuerzo y abnegada dedicación en la crianza de sus hijos, cuyo crecimiento le iba dejando al descubierto un profundo y doloroso vacío.

 

En la tercera entrevista escuché, en medio de sus angustiantes quejas, un descuidado y casi escondido amor por la pintura. Pude enterarme de que ese interés tenía larga data pero, también, de que los ideales familiares le obstaculizaron avanzar con firmeza por ese camino. Con el paso de los años en vez de participar en reuniones de discusión sobre economía y política con sus colegas, prefería retirarse y recorrer las librerías del centro para hojear los libros de pintura. Desde hacia mucho tiempo no se animaba a ninguna otra aproximación a su deseo por la pintura que ésa. Esta fue la punta del ovillo por donde comenzó su análisis. A medida que avanzábamos se le hacía mas claro que, sin la pintura, su vida iba a quedar habitada por ese intolerable vacío que la había llevado anteriormente a la crisis. Luego de un difícil período del análisis al cabo del cual ya estaba encarando su formación en artes plásticas, trajo el siguiente sueño:

 

“Estoy en el cuarto piso de una hostería y tengo que bajar una camioneta por la escalera. Pedro (el marido) que está conmigo, me dice que tengo que atarla fuerte y me presta su ayuda. Le paso unas sogas pero la camioneta empieza a deslizarse hacia abajo y pierdo el control sobre ella. Me agarro a la puerta y me arrastra hacia abajo. Cuando llego a PB, que era como un bar, me doy cuenta que maté un montón de personas. Mi mirada se detiene en un mozo con levita tirado en el piso. Estoy espantada. Pienso que solo me queda suicidarme.”

 

Pese a que en el contenido manifiesto del sueño no figura nada relacionado con la pintura, la primera asociación que le pido con la frase pierdo el control la remitió a esa pasión tanto tiempo maniatada y que día a día se le imponía con mayor fuerza. “No se adónde podría ir a parar –había dicho en varias oportunidades– si me dedico a pintar”. En una primera aproximación podemos identificar a la camioneta del sueño que la soñante intenta dominar, como un representante de su deseo por la pintura. En el sueño se realiza esa temida decisión de dedicarse a la pintura. Eso está articulado en la frase: me agarro a la puerta y me arrastra hacia abajo, es decir “me dejo llevar por mi deseo”.

 

Observen la relación del “yo” con lo que pulsa desde el inconciente y que es realizado en el sueño. Con estos breves fragmentos podemos identificar el meollo de la cuestión: ¡Al fin se desata –en el sueño- el impulso largo tiempo contenido! Pero en vez de ser “yo” quien la conduce es “ello” que la arrastra hacia un goce sin límites. Solo la interpretación nos permite localizar de qué orden es el goce realizado en el sueño. Podemos, sin embargo, adelantar que es alcanzado más allá de los límites del Principio del Placer ya que tal satisfacción trae aparejado un evento traumático. De todas maneras en el contenido manifiesto del sueño la implicación subjetiva de tal realización del goce permanece camuflada; ella no se muestra responsable de transgredir las prohibiciones, aunque en la escena final se asume culpable de las consecuencias.

El deseo de pintar no era un deseo reprimido o inconciente, sino un deseo que en el momento del sueño y, desde mucho tiempo atrás, era perfectamente conciente aunque largamente postergado. Con respecto a la pintura se comportaba como si su deseo contuviera un oscuro peligro, detalle este que nos hace suponer que el deseo conciente de pintar estaba contaminado por algún elemento reprimido.

En un análisis, los sueños sirven de brújula porque sitúan el lugar adónde el sujeto podrá, o no, advenir al final. La realización de un acto se anticipa en un sueño precisamente porque el sujeto, en el momento del sueño, no está en situación de asumir su costo.

Lacan no emplea el concepto freudiano “deseo inconciente”, señala que lo reprimido es un significante que interviene como causa del deseo. Si el deseo, por definición, es algo causado por una carencia, resulta incongruente conjeturar que al inconciente le falta aquello que desea. El inconciente no es un ser provisto de intenciones, sino una especie de reservorio dentro del sujeto de algo real que pulsa hacia la superficie. Por ello prefiero emplear la fórmula “pulsación del sujeto” y no la de “deseo inconciente”.

Avancemos más en la interpretación del sueño. Pedro, su marido, figura allí ayudándola en la trabajosa tarea de asegurar esa camioneta. Pedro está conmigo, me dice que tengo que atarla fuerte y me presta su ayuda. Una de las preocupaciones que le traía conectarse con su deseo de pintar era el presentimiento que eso la iba a alejar del marido. Imaginaba que le absorbería un tiempo que compartía con él o, más aún, le restaría una dedicación, una atención, un interés que experimentaba como su deber. Llamativamente, no creía que algo similar podría sucederle con sus hijos. La incompatibilidad estaba ubicaba, en la época del sueño, en relación a su pareja. Un tiempo antes, había producido un sueño donde “le metía los cuernos al marido” y el análisis permitió reconocer en el amante a la mismísima pintura. Ella se comportaba en la vida como debiendo ofrecer su goce al marido. Obtenerlo en otro lado significaba fallarle y la hacía sentir culpable. Es necesario aclarar que toda esta imaginería se sostenía en gran medida por su fantasma. El marido, un poco cansado de la insatisfacción crónica y la depresión de su mujer, ponía genuino empeño en ayudarla a encontrarse con sus cosas. Ella lo sabía bien, pero de todos modos intuía que si hacia el amor con la pintura iba quebrar algún pacto que la unía a él.

Pedro no figura en el sueño como un déspota prohibidor aunque no por ello quedaba separado de esa función. Era colaborador y bondadoso con ella, tal como lo presenta el contenido manifiesto del sueño. Pero he aquí lo contradictorio, puesto que  el texto del sueño manifiesta que la ayudaba a controlar la camioneta, es decir, a refrenar su pasión por la pintura. ¿Acaso el amor por su hombre constituía un refugio que la protegía de ese otro goce, un goce que no hacía falta al Otro? Ella amaba a Pedro bajo la forma del amor narcisista a un padre protector. Por lo tanto, toda satisfacción estaría bien vista siempre y cuando respetase los límites de esa alianza implícita. De ahí resultaba que los gestos amables y colaboradores del marido eran, sin saberlo, incluidos en su fantasma en la cuenta de la prohibición del goce, de ese otro goce que pulsaba desde el inconciente. El goce, que en su realidad cotidiana permanecía en espera, es precisamente aquel que en el sueño queda fuera de control. El elemento nodal de la realización del sujeto está escenificado cuando la camioneta se suelta de las ataduras y “cae” (del fantasma) iniciando su trágico recorrido.

Señalé que la primera asociación ponía en equivalencia a la camioneta con la pintura. ¿Pero por qué una camioneta? ¿Por qué el significante camioneta –el significante y no la imagen– es el vehículo de la pulsación del sujeto. Cuando le pido asociaciones con la camioneta, recuerda un sueño repetitivo de su adolescencia donde se veía manejando una camioneta en situaciones de gran peligro. Esto condujo a otro recuerdo del mismo período: una propaganda que pasaban por televisión de una camioneta Chevrolet a la que llamaban “la Brava”. Las imágenes publicitarias mostraban cómo “la Brava” cruzaba precipicios, caía en fosas profundas, atravesaba arroyos y siempre salía indemne. Por consiguiente, en el sueño que estamos trabajando tanto como en el sueño repetitivo anterior, podemos establecer la relación metonímica entre el significante camioneta y el significante Brava. Quien se liberaba del control, como demostró el análisis del sueño, era “la Brava”.

El significante Brava trajo consigo otra serie de asociaciones que databan de la infancia. Brava era la marca, no solo de un modelo de camioneta sino también una marca del padre. Desde chiquita estaba acostumbrada a escuchar historias sobre las bravatas, bravuras o aún “barbaridades” de su padre, relatadas por él con ostensible orgullo. El significante bravo circulaba en el discurso familiar como una especie de apodo del padre y portaba ciertos atributos y privilegios de los que estaban excluidos los otros miembros de la horda.

Los caminos conducidos por el significante bravo se extendieron en sus recuerdos más allá de estos circuitos. Pero ya estoy en condiciones de identificar la insistencia repetitiva de brava o bravo como verdadero capitalista del sueño.

Este mismo significante pasó también a constituir el rasgo unario a nivel del Ideal del Yo del sujeto. Soñaba ser tan brava como papá y, muchas veces, desafiando la voluntad de su padre, se había comportado con bravura en situaciones infantiles y de la adolescencia. Pero no llegaba muy lejos en esta dirección. El Ideal no solo “exige ser como tu padre” sino que, parafraseando a Freud, también demanda: “así como tu padre no te está permitido ser”. Para ser amada por el padre, era necesario cuidar los deberes de hija. Precisamente esta lógica fantasmática resultó trasgredida en el sueño cuando “la Brava” rompe las ataduras con el Otro y sigue sola su camino. Pero este acto liberador tiene un costo subjetivo. No es un invento de los filósofos o psicoanalistas eso del “miedo a la libertad”.

Éste es un típico sueño que se desarrolla en medio de la angustia y que solemos llamar pesadilla. En el sueño, del mismo modo que en la vigilia, podemos distinguir lo que se corresponde con la angustia como “señal de alarma” ante un peligro inminente –presente en el primer fragmento del sueño cuando la soñante junto al marido trata de poner frenos al empuje del goce– y luego, lo que se llama, la “angustia traumática” que se produce cuando el peligro ya no es temido sino experimentado. La realización de ese goce es lo que se traduce como repetición traumática. Es lo que figura en la escena final en esa mirada de espanto ante el hecho consumado.

El sueño sigue así: Cuando llego a PB, que era como un bar, me doy cuenta que maté un montón de personas. La analizante no asoció nada con la identidad de los muertos salvo con uno: Mi mirada se detiene en un mozo con levita tirado en el piso. Podríamos suponer que los otros muertos son como las piezas que en un partido de ajedrez son perdidas por los jugadores. Todas las piezas menores son importantes, pero solo sirven de medio para alcanzar o evitar, el objetivo mayor del juego: mate al rey.

Se puede suponer que el mozo con levita ocupa en el sueño el lugar del rey, pero no del rey del contrincante sino el garante de la supervivencia del propio juego fantasmático de la soñante.

La realización del sujeto en el sueño no se presenta como el cumplimiento de algo deseado sino que está escenificada centralmente en el fracaso de sus deseos de cumplir con lo que manda el superyó. En el contenido manifiesto queda velada la significación liberadora del acto que la interpretación debe restituirle al sujeto.

Volvamos al texto del sueño. ¿Por qué el muerto es un mozo con levita? Pedí asociaciones de la palabra levita: evocó a los Levi, una de las tribus originarias del pueblo de Israel. Precisamente el día anterior había conversado sobre este asunto con una amiga judía quién le contó que los Levi eran los maestros, los encargados de transmitir el saber de la religión y la tradición. Precisamente había sido por intermedio de esa amiga, quien en ese tiempo estudiaba conmigo, que llegó a mi consultorio. Siguió  tirando del mismo hilo. Un par de años antes de pedirme análisis había acompañado a esa amiga a una mesa redonda sobre arte y locura en la que yo participaba. En aquella oportunidad pensó que si alguna vez se decidía a empezar un análisis me elegiría a mí, cosa que efectivamente cumplió. Llegado a este punto ella misma advirtió que el personaje con levita, el judío, el rabino, era yo, su analista y nuevamente fue invadida por la angustia. El sueño, pues, realizaba el asesinato de su analista.

Recién les relaté las circunstancias en que se precipitó su elección de analista. Ella no se debió a ninguna genialidad de mi discurso, sino a cierta singularidad de mi apellido. Es cierto que su amiga le había prestado la confianza que tenía en mí como psicoanalista. También es cierto que a raíz del tema de la mesa me supuso algún saber sobre cuestiones vinculadas al arte, que ya estaba acechándola. Pero hay algo más, algo que el sueño se encarga de repetir de diversas maneras.  Mi Rab articulado en Rabinovich entró en consonancia con su Brava. Rabi, como ella solía llamarme, le sirvió, sin saberlo, para establecer lo que Lacan denominó “significante de la transferencia” por medio de la cual el sujeto encuentra en el lugar del Otro, y como inaccesible, su propia letra de goce. Así como la imagen onírica de la camioneta permite hacer pasar el significante Brava, la imagen del mozo con levita en un “bar” es el puente que hace pasar la misma contraseña literal, ahora ligada a la persona del analista. Así suceden estas cosas del inconciente.

Hay un elemento del “mito del padre de la horda” que vale la pena interrogar: la incorporación canibalista del padre ya muerto. Si observamos atentamente los circuitos del inconciente que el análisis de este sueño abre, surge la evidencia de que el padre por lo menos está desdoblado en dos: la imago paterna, que se plasma en la estructura del Otro, y el Nombre del Padre, cernido en un reducido grupo de letras. De lo que se trata en la comida totémica es de comer el Nombre del Padre e incorporarlo en calidad de significante amo en posición de representar al sujeto. En el caso que estamos trabajando, no es el patronímico sino un apodo del padre que circulaba como un patrón familiar. Una vez que ese significante queda despojado de sus adherencias imaginarias y grabado como escritura inconciente, B.R.A en este caso, insistirá en reinscribirse de mil modos en cada acto del sujeto.

Llegamos a la pregunta que planteaba al inicio: ¿Qué significa esa formulación lacaniana de la destitución subjetiva o la caída del analista del lugar de Sujeto Supuesto Saber al final del análisis? En la medida que la persona del analista pasa a ocupar el lugar del padre, se reproducirá en el análisis la misma dialéctica que con aquel: detrás de la demanda de saber y la demanda de amor, anida la pulsación del sujeto por destituirlo del trono para reapropiarse de la corona literal que le transfirió.

A esa encrucijada, que desde un punto de vista teórico podríamos considerar resolutiva de la neurosis, llega este sueño. Y sin embargo por sí mismo, el sueño no resuelve nada, simplemente anticipa “simbólicamente” el final. En un análisis, los sueños sirven de brújula porque sitúan el lugar adónde el sujeto podrá, o no, advenir al final. La realización de un acto se anticipa en un sueño precisamente porque el sujeto, en el momento del sueño, no está en situación de asumir su costo.

Aproximadamente cuatro años después de este sueño, la analizante, después de difíciles períodos en los que fue atravesando el lento camino hacia la finalización de su análisis, trajo el siguiente sueño:

Estoy manejando un auto antiguo, pero era un auto de tela de arpillera que se movía de un lado para otro. Solamente el volante y el tablero eran los de un auto normal.

 Que el auto fuera de tela no presenta grandes dificultades al desciframiento. A los cuadros se les llama telas y el motivo desencadenante del sueño tenía que ver con su primera muestra de pintura en los próximos días. Dejo de lado otros detalles para subrayar la bella creación poética que produce este sueño. ¿Por qué ahora es un auto el que ocupa el centro enigmático de la escena? Pregunto sobre el significante auto y la primera asociación la llevó a la palabra “automatón”. Estaba preparando un artículo para una revista de economía, ya que entretanto se había revitalizado su interés por la profesión. El artículo trataba de ciertos automatismos presentes en el ámbito administrativo, y lo había titulado “Management and automaton”. Al llegar allí inmediatamente recordó la antigua historia de la camioneta y alegremente comentó que un “auto-matón” es un auto bravo. Nuevamente se la ve llevada por el significante “maitre”, pero a diferencia del sueño anterior, este no desencadena angustia, y ella misma figura como quien lo maneja, aunque no completamente, ya que el sueño dice que también se “movía” por su cuenta “de un lado al otro”.

El análisis de la transferencia, que no es otra cosa que el análisis de la neurosis, apunta a la eliminación del Sujeto Supuesto Saber como producto del análisis del inconciente. Pero esto no convierte al “yo” del analizante en el amo de la verdad, ya que nunca podrá curarse de la verdad inconciente. La consagrada fórmula de Lacan de que “la verdad que revela el psicoanálisis es que el Otro no existe”, no señala sino una cara del asunto. El psicoanálisis también revela que el “Uno existe”, que “existe al menos Uno” –el Nombre del Padre– donde el sujeto encuentra el fundamento real de su verdad.

Clase dictada en el Seminario “Transferencia y fin de análisis” organizada por el Centro de Estudiante de la Carrera de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en agosto del 2000.

Artículo por:

Norberto Rabinovich

Psicoanalista, Autor de Lágrimas de los real, El inconsciente lacaniano. La vía regia. Sueños a la letra en la clínica psicoanalítica. Buenos Aires, Argentina. 

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