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Notas acerca del mito

Buenos Aires

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Notas acerca del mito | Letra Urbana

¿Por qué aún hoy ocuparnos de los mitos? Miles de años pasaron desde que los relatos míticos tuvieron origen y funcionaron como referentes de ciertas creencias. Los mitos, tejidos con el lenguaje, fueron las respuestas que se construyeron para lo enigmático e inexplicable de otras épocas. Pero, el valor del mito es estructural, es una operación que cada sujeto necesita hacer en su vida para apropiarse de su historia.

Osiris sacó del salvajismo a los egipcios y los llevó a la civilización. Les enseñó como cultivar los campos y establecer las leyes, no por las armas sino por la elocuencia y el canto.

La mitología egipcia y su simbología, ya sea del origen del cosmos, de la sucesión real del trono y el viaje del sol durante la noche, refleja el modo de pensamiento de los antiguos egipcios, sus miedos y esperanzas así como las desventuras e infortunios, en el devenir de la vida de los hombres.

Inscriptos en tumbas, templos y papiros, sus relatos constituyen desde hace 4300 años, un rico y asombroso despliegue de imágenes visuales y textos escritos, leídos a veces como exóticos galimatías.

Según ellos el poseedor del trono de Egipto, será por filiación descendente del dios Sol creador, estableciéndose así una transición directa entre el mito creador y el de la realeza. Como hijo mayor de Geb (dios de la tierra) y Nut (diosa del cielo) Osiris hereda el derecho de gobernar las tierras de Egipto, junto a su hermana y esposa, Isis.

Idílicas escenas muestran a los reyes de Egipto, Isis y Osiris, benevolentes y triunfantes, gobernando en una verdadera edad de Oro, hasta que su hermano Set, rival de Osiris, usurpa el trono, trayendo la violencia, el caos y el horror. Para aflicción y llanto de Isis, Osiris sufre un ataque “cayendo de costado” sobre la ribera del Nilo y Set triunfante se erige en gobernante de Egipto (“Texto de las Pirámides”).

Como decíamos al comienzo de estas notas, 4300 años nos separan de esta maravillosa leyenda mítica. Ya como poesía o como relato épico, el mito resguarda el lugar para alojar alguna creencia.

Según la versión de Plutarco, escritor griego (40 a 120 a.C.) Osiris sacó del salvajismo a los egipcios y los llevó a la civilización. Les enseñó como cultivar los campos y establecer las leyes, no por las armas sino por la elocuencia y el canto. Set (Tifón), nos relata Plutarco, trama un complot para destronar a Osiris.

En un banquete ofrece un valioso cofre a cualquiera que quepa en él. Cuando Osiris se mete dentro, aquél baja la tapa y lo cierra con llave, arrojando el cofre al brazo tanático del Nilo y es arrastrado hasta el Mediterráneo. Isis desconsolada, presa de un estado de angustia, abre sus alas y como un milano viaja sin rumbo en búsqueda del cuerpo de su amante esposo. Enterada del destino del cofre, llega hasta Biblos, en el Líbano y lo rescata con un ardid hasta que a su regreso, Set, encuentra el cofre, se apodera del cuerpo de Osiris y lo corta en 14 pedazos que esparcidos por todo el territorio, fundan laos santuarios en Egipto del dios mutilado, en 14 comarcas.

Según otra versión la diosa recorre volando todo el país en búsqueda de Osiris, con su amor recupera y unifica, recreándolo, el cuerpo de su amado y con un soplo de aliento de vida que sale de sus alas, lo revive de la muerte para poder recibir su simiente y hacerse fecundar. De este acto de procreación, nacerá Horus, quien luego vengará el asesinato de su padre en una lucha cuerpo a cuerpo con Set, convertido en hipopótamo, hiriéndolo y desmembrando su cadáver en 10 partes.

De esta manera, Horus, reinará en todo el país con la doble corona del alto y bajo Egipto, al que le sucederán los faraones venideros.

Osiris finalmente desciende al Dnat, a los infiernos y reina como señor de la eternidad. El milagro de la eternidad se ha producido, haciendo de Osiris el garante de la resurrección de los muertos y de la continuidad de la existencia para los egipcios más allá de la muerte.

Se habrá consumado así, el mito de la raleza.

El mito que nos ocupa en este caso, nos remite como una bella alegoría, al amor y su triunfo sobre el odio.

Como decíamos al comienzo de estas notas, 4300 años nos separan de esta maravillosa leyenda mítica.

Ya como poesía o como relato épico, el mito resguarda el lugar para alojar alguna creencia.

Creencia en la que una respuesta acerca de un enigma, se anticipa a lo inexplicable que la existencia de la condición humana plantea.

Desde este punto de vista, el mito, procura dar cuenta en su estructura de lenguaje, de cierto ordenamiento referencial, para aquellos temas que hacen a la dramática de dicha condición, conservando su vigencia hasta la actualidad.

Esta operación es siempre necesaria para la subjetivación de la historia, porque todo sujeto se soporta en alguna creencia mítica. El mito comporta un determinado enunciado pero como enunciado de lo imposible, de lo imposible de decir.

Allí donde la palabra encalla y se silencia, surge viviente el relato mítico acerca del origen, de un origen supuesto, ya que sabemos el origen esta irremediablemente perdido.

Hechas estas consideraciones podemos concluir que el mito, como creencia, transmite un saber y alcanza en su límite mismo, con su figuración ficcional, a tocar alguna verdad para el sujeto, sujeto sujetado al lenguaje que lo habita. El mito que nos ocupa en este caso, nos remite como una bella alegoría, al amor y su triunfo sobre el odio.

Decíamos que es necesario su lugar en la estructura pero como acontecer de la creencia deviene finalmente contingente, o sea, puede suceder que ese lugar no advenga.

De hecho la realidad de nuestros días se nos presenta cada vez cerca del horror y el arrasamiento tanto en lo social como en lo singular, olvidando, desmintiendo o directamente excluyendo que toda posibilidad de existencia subjetiva se alcanza y se sostiene si hay allí la presencia de un otro (del amor) a quien dirigirse.

A veces ocurre, que el sujeto exiliado del amor y desarraigado de su esencia no encuentra asidero en el Otro, ya porque este Otro no ofrece el lugar para alojarlo o bien en su manifestación última porque impera por sobre el amor, la destructividad y el odio apuntando a abolir al ser mismo.

De hecho la realidad de nuestros días se nos presenta cada vez cerca del horror y el arrasamiento tanto en lo social como en lo singular, olvidando, desmintiendo o directamente excluyendo que toda posibilidad de existencia subjetiva se alcanza y se sostiene si hay allí la presencia de un otro (del amor) a quien dirigirse.

¿No deberíamos, entonces, relevar de este mito milenario alguna ganancia?

Aunque más no sea, para la inmediatez de nuestras miserias cotidianas, ganancia que con su saber nos alcance para plantearnos una verdad, la misma que conlleva el único camino posible para dignificar nuestra condición humana.

Artículo por:

Alejandra Rodrigo

Psicoanalista, Buenos Aires. 

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