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“Necesitaba una sensación de pertenencia y me la dio el laberinto urbano y sus múltiples sorpresas”. Entrevista a Juan Villoro.

Stanford
El escritor observa, testimonia y reflexiona sobre “el caos entrañable y eterno” de Ciudad de México.

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Fundadora y Directora de la revista digital Letra Urbana. Psicoanalista. Lic. en Psicología, Argentina. Master of Science in Psychology, USA....
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Juan Villoro es siempre un escritor interesante, sea cuando crea su maravillosa ficción, cuando ofrece sus ensayos, cuando se ocupa del futbol, cuando hace narrativa para niños y también cuando se vuelve cronista de su ciudad.

En esta conversación, a propósito de su último libro El vértigo horizontal, nos deja con una idea clara de que la ciudad no es un conjunto de calles, edificios y paisajes fuera de nosotros; sino que cada uno de los espacios que habitamos y los trayectos que recorremos nos constituye en quienes somos.  A la vez, la ciudad tampoco es cerrada y fija, es un espacio que se transforma en cada momento por quienes habitan allí, de manera permanente o transitoria.

Juan Villoro porta las marcas que le han dejado crecer y vivir en Ciudad de México donde, entre sus intenciones y el azar, fue encontrando la forma de unir ciertos puntos de llegada con sus puntos de partida, para finalmente construir y compartir una singular estampa de esa ciudad. Pero por sobre todo, para fundar en el contexto urbano un registro de su propia presencia y la de los otros en cada situación que describe o rememora.

Una ciudad siempre responde a los diversos modos de percibirla. De las muchas Ciudad de México que existen, ¿cuál es la tuya?

Como todos, experimento una ciudad del recuerdo, de cosas que ya no están ahí. La Ciudad de México ha crecido en forma avasallante y destructora. Cuando yo nací tenía 4 millones de habitantes, ahora tal vez tiene 18 o 20.

Los zapatistas habían demostrado que el tema indígena no pertenecía al pasado, sino que debía formar parte de la agenda de la modernidad. Me pregunté en qué medida el mundo en el que yo vivía tenía que ver con ese legado.

Nunca antes en la historia de la humanidad las ciudades se habían expandido de ese modo. Ser testigo de esa experiencia obliga a recordar no sólo la ciudad que está ahí, sino la que estuvo ahí. Ese espacio de la memoria es tan importante como el que nos consta a diario.

¿Cuál fue el contexto, desde tus experiencias personales y desde lo urbano, que te movieron a escribir sobre tu ciudad?

Uno de los pasatiempos favoritos de los capitalinos consiste en criticar la ciudad, hacer planes para ir a otro sitio y permanecer ahí. Me intriga nuestra capacidad de reconciliación con un entorno que sabemos complicado. Es como estar enamorado de la Mujer Barbuda del circo; no es la más hermosa, pero es la que despierta tus pasiones.

Tu padre fue un filósofo que pensó el sentido de la vida en México relacionado a lo indígena. ¿Retomaste algo de la inquietud de tu padre en este libro?

El primer texto que escribí sobre la Ciudad de México tuvo que ver con la nueva manera de ver el país que trajo el levantamiento zapatista de enero de 1994. En marzo de ese año me pidieron un texto sobre la ciudad. Los zapatistas habían demostrado que el tema indígena no pertenecía al pasado, sino que debía formar parte de la agenda de la modernidad. Me pregunté en qué medida el mundo en el que yo vivía tenía que ver con ese legado.El resultado fue una indagación del metro en clave de simbología prehispánica. “La ciudad es el cielo del metro” fue el primer “capítulo” de un libro que aún no pensaba escribir.

Adentrarte en sus misterios seguramente te permitió entender más a la ciudad de México, ¿qué encontraste como más remarcable?

Lo más sorprendente son los habitantes mismos y su capacidad de resistencia. Vivir en la ciudad es un deporte extremo. Vila-Matas dice que Barcelona es “la Madame Bovary de las ciudades”, por ser una ciudad nerviosa, si eso es así, México es “la Janis Joplin de las ciudades”. En México el Apocalipsis coexiste con el Carnaval y se requiere de un temple muy especial para acomodarse a esos extremos que ocurren de manera simultánea.

Cuando en el libro articulas tu infancia a la ciudad nos cuentas que esa fue tu peor época. ¿Cómo saliste de eso, de qué te serviste para hallar un nuevo sentido tu vida?

Mi infancia no fue terrible porque no pasé por la guerra, el hambre, la enfermedad o el exilio, pero fue una zona gris, a causa de situaciones personales. Mis padres se divorciaron muy pronto y tuve una familia rota, estudié en el Colegio Alemán, donde siempre me sentí ajeno.

En México el Apocalipsis coexiste con el Carnaval y se requiere de un temple muy especial para acomodarse a esos extremos que ocurren de manera simultánea.

Era miedoso y tímido en extremo. Todo cambió cuando descubrí la ciudad. Con un amigo del barrio empecé a colarme de “mosca” en los tranvías y a viajar como polizón en una camioneta repartidora de leche. Eso me permitió adentrame en un mundo que me excedía, un territorio desconocido y atractivo. Decidí ser de la ciudad, como si no lo fuera antes. Necesitaba una sensación de pertenencia y me la dio el laberinto urbano y sus múltiples sorpresas.

En El Vértigo…compartes con tus lectores el recuerdo de cuando tu madre te hizo la maleta para echarte de casa, y dices que esa fue la lección literaria más fuerte que recibiste. ¿De qué te diste cuenta entonces?

La parte literaria del asunto tuvo que ver con un detalle. Ella empacó toda mi ropa sin que yo creyera que en verdad me corría de la casa. ¿Cómo me iba a expulsar si me quería tanto? Luego fue a la cocina y tomó un frasco de hierro del que yo tomaba una cucharada todas las mañanas. En cuanto el frasco entró a la maleta, entendí que eso era real. Ese detalle preciso, casi absurdo, hizo que yo creyera todo. Desde entonces, en las escenas que narro trato de incluir algo que no debería estar ahí y sin embargo está ahí: el “frasco de hierro”.

De niño viviste un cierto efecto de figura-fondo con el lenguaje. Cuéntanos un poco cómo fue que el alemán es la lengua que te ha permitido apreciar el español.

Durante nueve años llevé todas las materias en alemán, salvo Lengua Nacional. A los cuatro años me hicieron un examen que no recuerdo y que me situó en el grupo de los alemanes. A los seis años sabía leer y escribir, pero sólo en alemán. Esta lengua impuesta hizo que el español se convirtiera, por contraste, en un espacio de libertad. Iván illich criticó con sagacidad la ensañanza escolarizada y encomió la forma en que durante siglos se aprendieron las lenguas vernáculas. Yo me escolaricé en alemán y aprendí espontáneamente una lengua vernácula, en la que ahora escribo.

Tu sensibilidad y tus intereses también se entraman con lo colectivo y te llevaron a participar en el borrador de la constitución de la Ciudad de México, que da un estatuto legal a los habitantes de la ciudad. ¿Cómo llegaste a pensar quién califica para ser un chilango?

Lo más importante de esa Constitución fue decidir quién califica como habitante de la ciudad. Participé, junto con otros 27 ciudadanos, en la redacción de la Propuesta que luego los diputados constituyentes convirtieron en ley. Decidimos que cualquier persona, por el solo hecho de estar en la ciudad, califica como su habitante. Puede haber llegado hace una hora, pero el espacio que lo rodea le confiere derechos. Nuestra ciudad fue fundada por migrantes y quisimos honrar eso, pero también nos propusimos demostrar que la ciudad es un espacio civilizatorio. Estar ahí es distinto a estar en otra parte.

Me encanta cuando dices que una ciudad se llena de significado cuando puede ser exagerada. ¿Cómo es exagerar a la mexicana?

Hay cosas que se entienden por exageración. La Ciudad de México es tan barroca y compleja que a veces necesitas categorías extremas para definirla. ¿Cómo entender, si no, nuestra pasión por divertirnos con cosas que hacen daño?

A los seis años sabía leer y escribir, pero sólo en alemán. Esta lengua impuesta hizo que el español se convirtiera, por contraste, en un espacio de libertad.

De pronto, los parroquianos de una cantina se toman de las manos para recibir toques eléctricos. Esta variante de la tortura se convierte en diversión por nuestra peculiar manera de cortejar lo que no nos conviene.

Y cuando afirmas que un chilango pone en juego su ser patriótico si no es capaz de soportar la llamarada del chile en su estómago, ¿es parte de esa exageración?

Lo mismo sucede con nuestra ingesta de chile. No ha nacido el mesero que diga que lo que ofrece es muy picante. Enchilarse otorga sentido de pertenencia. Hay guisos muy sabrosos que incluyen chile, pero el mexicano pasa con facilidad del hedonismo al calvario que confunde con un hedonismo superior y sólo deja de comer chile cuando las gotas de sudor le escurren por la coronilla o cuando se le perfora el duodeno.

También has observado que el chilango se puede instalar en la mitología, ¿cómo percibes la relación del chilango con los mitos y las creencias?

En México la representación de la realidad es más fuerte que los hechos, algo lógico en un sitio donde el mundo tangible no está a la altura de nuestras ilusiones. No hay pruebas precisas de que la Virgen de Guadalupe apareció en el Cerro del Tepeyac, la estatua que veneramos como Tláloc, Dios de la Lluvia, en realidad es un monolito abstracto, y el Ángel de la Independencia en realidad es la Diosa Niké. Sin embargo, creemos en estos símbolos y no hay modo de que las investigaciones fácticas los estropeen. Cuando el trayecto de un barrio a otro puede durar de tres a cuatro horas, no necesitas un GPS sino una cosmogonía. En la Ciudad de México hasta el desplazamiento es un acto de fe.

El habitante de una ciudad suele soñar con estar en otro lugar y evadirse de la contaminación cotidiana. Pero, muchos siguen ahí a pesar de los caprichos de la ciudad. ¿Tú mismo no te has tentado con quedarte a vivir en Alemania o en USA, donde la vida cotidiana es ordenada y el tránsito fluye?

Viví tres años en Berlín Oriental, pero no tenía posibilidades de integrarme al “socialismo realmente existente”. He pasado temporadas dando clases en Yale, Princeton y ahora en Stanford. Las burbujas académicas, aisladas de la realidad, tienen su atractivo por un tiempo, pero nunca me han parecido territorios para vivir a largo plazo. Mi estancia de tres años en Barcelona fue diferente.

No ha nacido el mesero que diga que lo que ofrece es muy picante. Enchilarse otorga sentido de pertenencia.

Mi padre nació ahí y esa ciudad ha significado mucho para mí en el plano personal y laboral. Luego, durante diez años alterné estancias en Barcelona y la Ciudad de México. Espero en el futuro repartir tiempo entre México y España, pero al único lugar al que regreso de verdad, el único al que pertenezco al grado de temerle a la policía como sólo puede temerle un lugareño, es la Ciudad de México.

¿Cuáles son los miedos y caprichos que desafía y soporta permanentemente un chilango?

La ciudad es insegura, tiene un tráfico insportable, está contaminada y permite encuentros con personas ventajosas, dedicadas al oficio de perjudicar al prójimo. Al mismo tiempo, es un sitio de enorme creatividad, con un pasado portenso que se reinventa a diario y una naturaleza sorprendente, que incluye las tormentas de Indochina, los pájaros con los que hablaba San Francisco, el destello lila de las jacarandas en primavera y, unos cuantos días al año, la aparición de los volcanes.

En un momento de tu vida fuiste un enardecido seguidor del beisbolista norteamericano Sandy Koufax ¿Cómo fue que esta admiración se cruzó con tu vida?

Koufax era judío y se negó a pichar en Yom Kipur. Como yo estaba en el Colegio Alemán, me cautivó que el mejor pícher fuera un judío. Entré al Colegio en 1960, cuando las historias de la Segunda Guerra Mundial estaban frescas. Muchos de mis maestros habían luchado para el Tercer Reich. Celebré que un pícher judío triunfara de ese modo con los Dodgers e imaginé que ponchaba a cada uno de mis maestros.

En el libro cuentas que ves a la basura de la ciudad como un elemento que sirve para interpretar quiénes somos. ¿Se te movió el “suelo “cuando hiciste un atento análisis sobre lo que llamas el 1m² de tu país?

El último texto del libro es una letanía sobre el terremoto de 2017.

Cuando el trayecto de un barrio a otro puede durar de tres a cuatro horas, no necesitas un GPS sino una cosmogonía. En la Ciudad de México hasta el desplazamiento es un acto de fe.

Comienza con la frase: “Eres del lugar donde recoges la basura”. Resulta fácil identificarte con el equipo de una ciudad que gana un campeonato o con las fiestas que ahí se celebran, pero la verdadera señal de pertenencia consiste en hacerte cargo de los desperdicios.

También observas que la basura puede volverse ornamento…

En México nada se tira, todo se guarda “por si acaso”. Tenemos una gran cultura de la precariedad. Lo que ya no funciona puede convertirse en un adorno. La cabeza que se le cayó a un muñeco acaba en la palanca de velocidades de un taxista. El reciclaje estético es nuestra principal artesanía popular.

Nunca se degrada tu estilo literario cuando escribes sobre futbol, y de hecho eso inspiró a algún hincha que terminó siendo lector porque te conoció a través del deporte. Ahora haces la crónica de los lugares y personajes de tu ciudad, ¿crees que esa narrativa puede tentar a alguien a conocer, permanecer o regresar a México?

“Somos los libros que nos han hecho mejores”, dijo Borges. Esta estupenda frase sólo es cierta si alguien tiene la voluntad personal de mejorarse a través de los libros, pues hay gente culta absolutamente insoportable. Mi libro puede ayudar a que alguien vaya a México o se quede ahí, siempre y cuando esto entronque con lo que el lector o la lectora quiere que le digan (y con lo que opine su pareja).

¿Qué saldo te va quedando de El vértigo horizontal? ¿Qué aprendiste recorriendo la ciudad, escribiendo este libro y articulando tu propia historia a los espacios que habitas?

Empecé en 1994 y hace unos ocho años sentí que ya tenía suficientes textos para planear un libro. Lo decisivo era darle cierto orden a un material que se parecía mucho al paisaje mismo de la ciudad. Las cuartillas dispersas tenían que ser reunidas con un sentido urbanístico. Por eso me pareció atractivo organizar el libro como un mapa del metro. Hay seis líneas temáticas y el lector puede seguir cada una de ellas, o leer el libro de principio a fin. Aprendí, pues, a ordenar mi manera de ver un paisaje que durante sesenta años me ha desafiado y estimulado en idénticas dosis.

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