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Narrar el Mal Una teoría postmetafísica del juicio reflexionante María Pía Lara

Mexico

Por Letra Urbana
Narrar el Mal Una teoría postmetafísica del juicio reflexionante María Pía Lara | Letra Urbana

Rethinking Evil, Narrar el Mal (Gedisa), es el título del último libro de María Pía Lara. En una entrevista la filosofa nos habla del problema del mal como uno de los más acuciantes conflictos del último siglo y de la importancia que adquiere el relato de la barbarie y el horror, para modelar el sentido ético.

María Pía Lara es profesora de ética y filosofía política en la Universidad Autónoma Metropolitana de México, acaba de publicar su nuevo libro Rethinking Evil, Narrar el Mal (Gedisa). En este trabajo desarrolla su concepción del juicio reflexionante inspirada en Emmanuel Kant y en Hannah Arendt para concentrarse en cómo cierto tipo de narraciones modelan nuestras nociones de lo que consideramos moral.

La obra de esta autora ha tenido amplia repercusión internacional y varios de sus libros se tradujeron al inglés. El pensamiento de Maria Pía Lara forma parte de la corriente de teoría crítica, cuyos orígenes corresponden a la Escuela de Frankfurt. Entre sus libros más recientes se encuentran Moral Textures (1998) y Rethinking Evil (2001) publicados en Estados Unidos e Inglaterra simultáneamente y que han sido traducidos al italiano.

En una entrevista desde Nueva York, conversamos acerca de algunos puntos sobresalientes de su trabajo con los que nos esclareció su modo de aproximación a la crueldad humana, los límites que tienen el abordaje conceptual del mal y la perspectiva de elaboración eficaz que propone a través del relato.

…esta dimensión moral queda mejor expresada con elocuencia y con modos de decir algo que capte lo inimaginable en una metáfora…

¿Cómo llega a ser necesario escribir este libro, Narrar el Mal?
Después de leer muchos textos sobre el tema del mal, pensé que me dejaban muy insatisfecha y que era una obligación comprometerme a escribir algo. Creo, como Hannah Arendt lo vaticinó, que el problema del mal es uno de los más acuciantes conflictos del último siglo.

En un trazo grueso, ¿para qué narrar el mal?
Porque necesitamos comprenderlo y pienso que no hay mejor manera que a través de relatos e historias que contengan muchos de los elementos y claves para hacernos ver cómo ocurrieron ciertas cosas. En mi opinión, esta forma de abocarse al tema es mucho más fructífera que leyendo libros de filosofía que intentan definir al mal y lo hacen mediante abstracciones y definiciones que pretenden abarcarlo todo.

En su pensamiento se destaca la relación entre moral y estética para construir un juicio que invite a la reflexión. ¿Puede decirnos más sobre ello?
Pienso que una forma ideal de explicar esta conexión la podemos hallar cuando decimos que alguien que narra un episodio sobre destrucción y muerte, lo hace con un objetivo moral, intentando ser fiel a la descripción del sufrimiento de quien lo padeció, o a la crueldad del perpetrador, o bien de ambas relaciones (entre el perpetrador y su víctima). Pero esta dimensión moral queda mejor expresada con elocuencia y con modos de decir algo que capte lo inimaginable en una metáfora, o con algún enunciado poético. Pienso en “La muerte y la doncella”, de Ariel Dorfman, y en cómo éste autor supo rescatar la música de Schubert, su título revelador y poético, para mostrarnos la forma en la que la tortura marca a la mujer y la convierte en una especie de esclava de su pasado (en una especie de muerte), que viene expresada en toda su contundencia con la música de Schubert que Dorfman utilizó como doble metáfora. El perpetrador escuchaba esa pieza cada vez que violaba a la mujer y esa pieza es la que le sirve a ella para reconocer, entre otras cosas, al perpetrador años después. Y también es la pieza la que los liga al final de la obra, cuando ambos se encuentran en la misma sala de conciertos y ella lo busca con terror y certeza y él se sabe de nuevo poderoso, porque sus acciones de crueldad quedaron impresas en la forma en la que esa música los retrotrae al momento horripilante del evento tortuoso.

Narrar-el-MalMaria Pia Lara, Narrar el Mal. Una Teoria posmetafisica del juicio reflexionante

¿Por qué la imaginación tiene que estar presente en el proceso de la narrativa del mal? ¿Qué aporta a la memoria?
Primero que nada, porque al narrar algo necesitamos hacerlo bien y esa tarea creativa requiere de la imaginación para poder buscarle palabras a las imágenes de horror. Luego, porque como decía Hannah Arendt, la imaginación debe servir para saber trasladarse a la mente de otros y poder relatar lo ocurrido como si fuéramos esos otros. Muchas de las personas que han padecido actos de horrorosa crueldad no pueden volver al episodio tranquilamente, o han perecido y no hay ya quién pueda dar cuenta de lo ocurrido, o muchas otras cosas pueden intervenir para que algo haya quedado sin su narrador principal. Lo importante entonces es rescatar la historia, tratar de ponerse en lugar de ese otro, intentar hallar expresiones que puedan mostrar (más que explicar) qué ocurrió y por qué es necesario comprender ese momento como algo para reflexionar colectivamente.

Con eso puedo ya adelantarte que es precisamente en el acto de reflexión colectiva como podemos permitir construirnos una memoria. La memoria es una construcción y a veces olvidamos sin querer y recordamos lo que no deseamos. Pero la memoria colectiva es mucho más peligrosa porque existen muchos elementos que se pueden manipular, como por ejemplo, cuando los puntos de vista provienen de los que han ganado y ellos no son necesariamente los que han sido destruidos o maltratados. Por eso pienso que los procesos colectivos que apelan a la memoria son más bien guerras en donde ciertas memorias –esgrimidas por diferentes puntos de vista—luchan por hacerse un lugar en el espacio público. Una parte importante de ese proceso de lucha y de llamar la atención a otros tiene que ver en cómo lo hacemos, y claro, aquí entra de nuevo la imaginación. Sin imaginación no podemos llamar la atención sobre por qué es necesario recuperar una historia particular.

Desde que terminó la Segunda Guerra Mundial y el conocimiento del Holocausto pasaron veinte años. ¿Qué dice de ese silencio?
No creo que haya sido silencio. Nada menos que Hannah Arendt, el historiador Raúl Hillberg, el filósofo Adorno, todos ellos intelectuales exiliados en Estados Unidos, estaban escribiendo mucho sobre lo que se empezó a escuchar una vez que los datos de los países aliados comenzaron a publicarse. Nunca hubo silencio. Lo que ocurre es que nuestras formas de ver esos eventos, de comprenderlos, han cambiado radicalmente y lo han hecho, especialmente, porque hay obras de historiadores, periodistas, novelas, memorias y autobiografías que han contribuido a mostrarnos dimensiones de ese episodio histórico. Es así que casi podemos decir que se ha convertido en un programa universitario de estudios y hasta en una especie de comercio.

Son otros los episodios que han tenido menos divulgación. Me refiero, por ejemplo, al genocidio armenio que los turcos se niegan todavía a aceptar y que en los últimos tiempos pasa a ser un tema recurrente de los mismos escritores turcos que ahora se niegan a continuar con el silencio y por eso son acusados por su gobierno de injurias. El caso de Orhan Pamuk es clave. O el evento de Nanking, un hecho histórico en donde las mujeres chinas fueron forzadas a servir como esclavas sexuales a los japoneses y ellos, los japoneses, se niegan a aceptar que dicho episodio ocurrió. Ambos son ejemplos en los cuales los ganadores son los perpetradores y por eso los silencios impuestos en su esfera pública. Y creo que los escritores e intelectuales siempre tienen un deber de no permitir que ese silencio oficial sea la última palabra.

…los escritores e intelectuales siempre tienen un deber de no permitir que ese silencio oficial sea la última palabra. 

Es muy interesante la lectura que hace de Hannah Arendt sobre el término banal, ¿cómo lo relaciona con la necesidad de pasaje a la esfera pública?
Pienso que una parte central del auto-examen en las sociedades que han tenido cierto tipo de conflictos como el que le tocó a ella vivir, los intelectuales tienen la obligación de sacudir a la opinión pública con esfuerzos por revisar sus creencias y su comodidad con respecto a nuestras opiniones. Arendt tuvo el privilegio de asistir en persona al juicio de Eichmann y era muy fácil caer en la actitud de intentar verlo como un monstruo. Arendt quiso comprender lo que Eichmann hizo considerando que era un ser humano y que su responsabilidad, no aparecía en ninguna de las respuestas que dio a sus jueces. Y cuando él no pudo darse cuenta de que su decisión llevó a millones de personas a perecer y no pudo dar razón alguna de ello, a ella le pareció que eso era lo que lo convertía en un ser banal, sin profundidad moral reflexiva, sin excusas que le permitieran justificar sus actos, etc. Y ella sabía que su condena legal no era sólo una medida más de parte de quienes lo juzgaban, era necesario dar cuenta de lo que este hombre era incapaz de reflexionar aún en aquellos momentos. Y por eso eligió una forma brutal de expresar la pobre opinión que él le merecía. Sólo en el debate de lo que dijo, en las subsecuentes discusiones sobre su significado, hemos llegado a comprender lo que ella quería decir. Y eso me parece esencial para la autorreflexión crítica de las sociedades.

El recorrido por la filosofía y la literatura que incluye en su último libro, da testimonio de cómo algunos intelectuales y escritores captan muy lúcidamente que el mal es una invariable, en cierta manera es constitutivo del ser humano, provenga de la nación que provenga e independientemente de la época en que viva. ¿Cómo situarnos frente a esta insistencia de lo propiamente humano?
Desde la perspectiva de que tenemos una obligación moral para combatir esas acciones que tienden a reaparecer en todo episodio histórico. Con la absoluta convicción de que comprender por qué hacemos lo que hacemos tiene que llevarnos a intentar evitar que hechos así se repitan. Y con la fuerza moral de saber que nada está determinado y que siempre hay posibilidades de poner e imponer formas de castigarlo y de imputar responsabilidad a quienes han cometido esas acciones. Y esa responsabilidad debe ser compartida por la comunidad internacional, más como un deber que como un acto de solidaridad.

…comprender por qué hacemos lo que hacemos tiene que llevarnos a intentar evitar que hechos así se repitan.

Que el mal sea reconocido y comprendido a partir de tomar un lugar en la esfera pública, ¿incide directamente para que el otro se vuelva el prójimo para quienes no lo han reconocido?
Los que no quieren reconocerlo, no lo reconocerán, pero es nuestra obligación evitar que sus actos queden en la impunidad. Es una obligación que se extiende desde la perspectiva de que nadie debe quedar fuera de la ley y de que toda forma de responsabilidad tiene que ser asumida como una rendición de cuentas. El hecho de que dictadores no puedan ahora salir de sus países y tengan miedo de correr la misma suerte de Pinochet en Inglaterra, es un precedente que debe servirnos para continuar con el reforzamiento de tribunales internacionales y de tratados de extradición donde todo criminal pueda ser perseguido por sus acciones.

Ud. precisa muy bien el punto de desconocimiento que tenían esos hombres ordinarios cuando cometieron las crueldades más extraordinarias de la historia. ¿De qué modo el juicio reflexionante contribuye a que se sientan afectados por lo que hicieron?
Creo que todo criminal tiene siempre una justificación para lo que hizo. Pero tanto la opinión pública, como los países que reconocen los tratados y las leyes internacionales, deben impedir que cualquier criminal pueda vivir una vida tranquila y apacible como lo hacía el propio Pinochet, quien se encontraba tomando tranquilamente el té con Margaret Thatcher cuando Garzón pidió su extradición. Nadie puede estar por encima de la ley y los países democráticos no pueden jugar a no reconocer los tratados internacionales y los tribunales sin menoscabo de su condición moral. Esa es la gran lección de lo que hizo Garzón y su esfuerzo ha tenido grandes consecuencias internacionales.

¿Considera que ya se hizo el trabajo de narrar el mal para lo ocurrido en Ruanda y Bosnia?
Nunca se ha hecho el trabajo de una vez y para siempre. Creo que las guerras de la memoria son como olas y mareas que regresan a sus playas trayendo nuevas historias y corrientes de generación de opinión. Lo importante es que existan las condiciones de apertura en la esfera pública para que esas nuevas corrientes puedan generar nuevas discusiones y auto-exámenes. Ni en Ruanda, ni en Bosnia han terminado y lo mejor es que con el tiempo, iremos aprendiendo cosas sobre esos episodios que nos permitirán comprenderlos de maneras más profundas y críticas.

Creo que las guerras de la memoria son como olas y mareas que regresan a sus playas trayendo nuevas historias y corrientes de generación de opinión.

¿Cuál es el límite que podría reconocerle a la operación de narrativa del mal?
Que siempre habrá nuevos retos sobre episodios que emergen y que no existe una seguridad de que podamos evitarlos sólo narrando historias.

El avance de la ciencia da lugar a un nuevo tipo de guerras, a serios dilemas de bioética que vuelven a poner en cuestión el respeto por la vida. Nos gustaría conocer su opinión en relación a ello.
Pienso que los seres humanos siempre encontramos maneras más rápidas y precisas de autodestruirnos. El que la tecnología haya avanzado hasta en eso y que ahora ponga serios problemas con los que tenemos que enfrentarnos, no debería sorprendernos. Lo importante es tener claridad de que sin acuerdos internacionales, sin soluciones globales, sin el compromiso de las sociedades que tienen influencia y poder, no podemos continuar aceptando que sea sólo el problema de algunos. Esto tiene que ver ahora con una responsabilidad global que nos atañe a todos por igual, aunque no todos podamos contribuir de la misma manera. Y creo que la responsabilidad será un gran tema a tratar en los siguientes años.

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Letra Urbana

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