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Marsella, algo más que el Mediterráneo

Marsella

Por Antonio Villalba Moreno

Marsella, algo más que el Mediterráneo | Letra Urbana

Palacios, vistas y museos pero sobre todo los rincones de los barrios marselleses.

Las ciudades están ahí desde siempre, al menos desde que yo nací. Así que, a veces, tengo que crear yo mismo la necesidad de visitarlas ¿Por qué ir primero a Marsella que a Riga? ¿Por la cercanía, por referencias, por el idioma? ¿Llegaré a conocer Tiflis o Minsk? Habrá sitios donde nunca estaré, pero lo que sí tengo claro es que disfrutaré los que consiga visitar, en eso consiste viajar ¿no creen? Organizar, explorar, vivir, recordar.

Si lo que buscan es una guía completa de Marsella, olvídense del artículo, quizá pueda indicarles que deben probar la bouillabaisse, siempre que les vaya el pescado y el marisco, o visitar el castillo de If o la isla Frioul, o disfrutar de sus muchos museos (MAC, MuCEM, Cantini…), o advertirles del viento, ese mistral tan desagradable; pero lo que me interesa es contarles mi experiencia.

Llegué tarde un lunes desapacible de febrero. Mi hotel no estaba lejos del Centro Comercial Las Terrazas del Puerto, dejé las maletas en mi habitación y me introduje en él sin demora. Apenas había nadie, hacía frío en algunas de sus zonas, me encaminé hacia la parte posterior justo para disfrutar de los últimos momentos del atardecer en el Puerto Nuevo, frente a mí un enorme crucero partía hacia el Mediterráneo.Un lugar emblemático es la ferretería Maison Empereur, la más antigua de Francia, lo que más me gustó de ella fueron sus miniaturas.

El segundo día fue muy productivo. Me levanté temprano y comencé mi recorrido por el barrio Le Panier, uno de los más antiguos de la ciudad. Mereció la pena madrugar y disfrutar de la tranquilidad y el frescor de la mañana en un marco incomparable, deleitándome con sus fachadas pintadas de diferentes colores, sus plazas, Lenche, Treize Cantons, y su centro cultural Veille Charité, antiguo hospicio y actual conjunto arquitectónico con galerías, varios museos y una capilla con cúpula ovalada. Iba a desayunar en su cafetería, pero no abrían hasta las diez así que tengo que confesarles que la visité el último día. Me trasladé en tranvía a la zona alta de la ciudad.

Allí estaba, en el Palais Longchamp, impresionante, con La Chateau d´eau y sus dos museos, el de Historia Natural y Bellas Artes, que no visité. Preferí contemplarlo y fotografiarlo con y sin agua. La pequeña cascada que forma llega hasta las escaleras y a la fuente con esculturas, sin olvidar la zona verde y el estanque, una maravilla. También caminé por su parque, sus paseos, sus vistas, sus esculturas y, sobre todo, su particular zoológico. Allí vi un elefante rojo, un rinoceronte naranja o una jirafa verde y todos permanecían inmóviles ante cualquier visitante. Algo sospeché, no podían ser reales, eran de fibra. Resulta que allí hubo un jardín zoológico que fue cerrado a finales de los ochenta.

El transporte funciona muy bien, utilicé todos, tranvía, autobús, metro y ferry. También el tren, donde fui a Avignon y a Aix de la Provenza. Pero me centraré en Marsella, en su Puerto Viejo o en su Basílica de Notre Dame de la Garde, en lo alto de la Colina -aconsejable subir en bus, el número 60-, con una enorme estatua dorada de la Virgen sobre el campanario, la buena madre, “que contempla y protege a los suyos” según dicen los lugareños. En el interior de la basílica me sorprendió descubrir aviones, y sobre todo los barcos que colgaban del techo.

Son muchos los lugares a visitar en Marsella. En el Barrio de los Anticuarios compré sellos y descubrí la Iglesia de San Nicolás de Myre, con una decoración oriental apenas mencionada en las guías. Un lugar emblemático es la ferretería Maison Empereur, la más antigua de Francia, lo que más me gustó de ella fueron sus miniaturas.
La zona del MuCEM, en la explanada frente a La Noria y a la Catedral, es la zona moderna con museo, centro de exposiciones y puentes aéreos de hierro. Subí a la azotea a tomarme una cerveza y utilicé la famosa  pasarela para llegar al fuerte de Saint Jean desde donde vi, entre otros lugares, el Jardín y Palacio du Faro, ese fue el siguiente destino.

Llegué cansado, había contemplado Santa María la Mayor, solemne catedral neobizantina junto al mar. Rodeé el edificio y me senté en la escalinata del palacio. Apareció un anciano, saludó con la barbilla y se colocó a unos metros de mí, extrajo comida de su mochila y, de pronto, gorriones y palomas aterrizaron junto a nosotros, colocó unas cuantas migajas en la mano y comenzaron a picotear. Se notaba que aquel hombre había corrido mundo, imaginé que ya lo había visto en varias ciudades de las que había visitado recientemente: en la Plaza del Pilar de Zaragoza, en la calle Grodzka de Cracovia; que había subido conmigo los 500 escalones de la torre Asinelli de Bolonia y que se había fotografiado junto a la Sirenita en Copenhague.

Mientras divagaba sobre mis anteriores viajes, comenzó a hablarles a las aves, pero lo hizo en francés, por tanto no pude entenderle, y me sentí desplazado porque estoy seguro que los pájaros sí comprendían. Me levanté para continuar mi recorrido lo miré, me sonrió y exclamó:

Adieu, Antonio, à bientôt à Málaga.

Artículo por:

Antonio Villalba Moreno

Antonio Villalba Moreno
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga. Vive en Málaga y trabaja como Técnico de Gestión en la Gerencia de Urbanismo de la misma ciudad. Colabora escribiendo en algunos periódicos digitales locales y en la Revista El Reverso. 

3 comentarios

  • Ilde says:

    Muy bueno como siempre Antonio.
    Cuando viaje a Marsella ya tendré una guía especial y personal a la que echar mano.

  • ANDRES RUEDA says:

    Tengo que confesar que su lectura ha despertado mi interés por visitar algún día esta ciudad mediterránea francesa. Atravesé hace años la Provenza para visitar en Avignon a mi querido tío “Frasco”, emigrante en los 60 como tantos españoles, y que por cierto, deseo ir a verlo nuevamente. No me detuve en Marsella y recuerdo que tuve ganas de hacerlo. El autor ahora me ha despertado ese deseo. Es una gran desconocida para nosotros como vecinos, pese a la cercanía de España. Siempre pensamos en las grandes urbes o áreas a la hora de priorizar un viaje a un país determinado. Casi siempre dejamos de lado aquellos lugares, quizás por estar menos promocionados, por la falta de tiempo o el peso que suponga en nuestro conocimiento la información que tengamos para decidirnos. Todos los lugares desconocidos muestran su atractivo e incluso el más insospechado y que no figuran, a veces, en las guías, como bien indica nuestro autor. Por eso es de agradecer la descripción y la vivencia que realiza de esta hermosa ciudad de Francia. Espero conocerla en profundidad algún día. Enhorabuena a su autor.

  • Chikitosam says:

    Pues si, hace un tiempo vi un vídeo en YouTube sobre la ciudad, y con este artículo más curiosidad tengo de conocerla y patearme sus calles y plazas. Así que tomo nota Antonio. Enhorabuena!!

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