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Maria Thereza Negreiros, Una Ofrenda a la Vida

Barranquilla

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Maria Thereza Negreiros, Una Ofrenda a la Vida | Letra Urbana

Para entender la Serie Amazónica hay que saber un poco de mi vida, nos dice la artista plástica brasileño-colombiana María Thereza Negreiros. Sus obras monumentales surgen del centro de la tierra y hablan la lengua del artista latinoamericano. Letra Urbana conversó con ella con motivo de la inauguración de la exposición Offerings en el Frost Museum de FIU.

Yo no diría que el afán experimentador de Maria Thereza Negreiros ha sido, exactamente, una pasión por estar en la vanguardia, tanto de la nueva imagen como del uso de distintos materiales. Diría, mas bien, que ese anhelo tuvo todas las veces la misma motivación; decir algo importante y profundo que ampliara el registro visual del público y le permitiera el acceso a un nuevo territorio imaginario.

Metro a metro su obra es ya, efectivamente, un gran territorio. Lleva su nombre, pero también su impronta; cálida, sensual, oscuramente desasosegada, inconforme.
Marta Traba (2), Washington –  Mayo 1982

Maria Theresa Negreiros

El 25 de enero se inauguró en el Patricia & Phillip Frost Art Museum de FIU (Florida International University – Universidad Internacional de la Florida) la exposición Offerings – Ofrendas – de la pintora brasileño-colombiana María Thereza Negreiros.  Letra Urbana tuvo la oportunidad de conversar con ella poco días antes  de la apertura de esta muestra, cuya curaduría estuvo a cargo de Francine Birbragher y Adriana Herrera.

Ofrendas forma parte de la Gran Serie Amazónica que la artista empezó en 1979 después de pasar casi cinco años en el Amazonas tras la muerte de su padre, cuando tuvo que ponerse al frente de los negocios familiares.

Conversar con María Thereza es sentir que la poesía puede transformarse en pintura.  De sonrisa franca y abierta, de hablar pausado,  conserva un leve y encantador acento del portugués, su lengua natal.

Se describe a sí misma como una jovencita viejísima de 81 años de edad.   Su pequeña figura contrasta contra el fondo de sus obras monumentales.  Aunque ha elaborado ocasionalmente obras de pequeñas dimensiones, prefiere esa cosa inmensa, un formato grandees como si el infinito todo está a tu disposición.

Una jovencita viejísima de 81 años de edad. Su pequeña figura contrasta contra el fondo de sus obras monumentales.

Sin lugar a dudas Negreiros ha sido una de las figuras principales y de vanguardia del movimiento artístico colombiano y referencia fundamental de la comunidad artística de Cali, donde fundó junto con los hermanos Lucy y Hernando TejadaJan Bartelsman el llamado Grupo del Taller.

En cuanto a su técnica y estilo casi nunca pinta en un caballete, al cual considera un adorno. Ubica la tela sostenida sobre cuatro tarros de pintura apoyados en el suelo y, aun hoy, trabaja inclinada sobre el lienzo en esa exigida posición. Prefiere las manos al pincel como herramienta de trabajo: el pincel es un vehículo, en cambio con la mano la idea  pasa de la cabeza al corazón y de allí a la mano rápidamente. Uso pincel pero uso muchísimo más los dedos. 

Es como si el infinito todo está a tu disposición…

María Thereza Negreiros nació en Maués, un pequeño pueblo en pleno corazón de la amazonia brasilera en 1930.  Creció en la finca familiar, y terminó sus estudios secundarios en Río de Janeiro donde también estudió Bellas Artes en la Escuela Nacional de Bellas Artes de la Universidad de Brasil. Allí conoció a Ernesto Patiño Barney un joven colombiano, estudiante de Arquitectura.  Apenas se graduaron, se casaron y se trasladaron a Colombia para establecerse en la ciudad de Cali.

Ya empezaba lo que se llamaba en esa época el Premio del Viaje Europa, y, dentro de mi grupo, yo era quien posiblemente lo ganaría. Pero el matrimonio me interrumpió y me vine a Colombia. Como buena brasilera creo en el destino. Ha sido muy benéfica mi venida a Colombia porque mi esposo fue una persona muy especial, muy amplia, muy generosa, con una mentalidad muy abierta. Yo digo que tuve el privilegio de pintar sin pensar que tenía que vivir del arte. Él siempre estuvo presente en cualquier momento, yo debo muchísimo a él.

¿En qué momento descubriste la pasión por la pintura?

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Desde niña. Yo creo que el entorno en que me crié fue muy importante.  Mi madre murió y yo me quedé con tres años. Fui una niña fuerte y muy rebelde. Nosotras éramos cinco hermanas y nos criamos en la casa de mi abuela. Una tía política que quedó viuda y sin hijos en la misma época que enviudó mi padre,  me llevó con mi niñera a una de las muchas fincas de nuestra familia. Me acuerdo que me fascinaba el río que quedaba enfrente a la casa, pasaba horas mirándolo desde la baranda.

Mi hijo me preguntaba, “mamá cuando usted era chiquita ¿qué era lo que usted vio?”. Yo le decía, mi amor, si  miraba delante miraba el río, si miraba para arriba miraba el cielo y si miraba pa´ trás miraba la selva. Eso me marcó mucho. Yo vivía dibujando en papelitos todo lo que pasaba. Mirando el río, la selva, aprendí  un principio de vida, ese amor por la naturaleza, el sentir esa fuerza natural que lo pone a uno en su puesto, lo vuelve chiquito.

Y eso no se siente en una ciudad como Cali…

No, en ninguna ciudad. Las ciudades dan otra dimensión en las obras y en el ser humano. Cuando iba a cumplir 9 años me fui a estudiar a Manaos, la capital del Estado de Amazonas, como interna en una institución de Hermanas Doroteas.  Ahí conocí a una monja que sabía de pintura y me ayudó desarrollar mis facultades. Ella fue quien me incentivó para que estudiara la carrera de Bellas Artes.

¿En algún momento te sentiste influenciada por una ciudad? ¿Cali por ejemplo?

Mirando el río, la selva, aprendí un principio de vida, ese amor por la naturaleza, el sentir esa fuerza natural que lo pone a uno en su puesto, lo vuelve chiquito.

Cali, por supuesto pero, más que todo por el valle. A mí me emocionaron mucho las montañas que sirvieron de inspiración para la Serie Magia en la Montaña, porque en Brasil no tenemos esa magnitud de montañas, sobre todo yo que vengo del norte adonde  el paisaje es más bien plano. En la finca familiar me gustaba caminar en los atardeceres y ver ese cielo que se volvía de todos los colores. Por eso hay cuadros de esa época que son azules, que son casi de noche y el verde del valle, otros son rojos y violetas. Después de esa serie, en 1962,  pinté Girasoles, que es la obra que se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Esa serie es totalmente en color amarillo y abstracta.

Dices, esta serie es abstracta. ¿Cómo definirías tú el arte el arte de María Thereza Negreiros? 

Yo siempre digo que mi arte, mi pintura en mi forma de expresión, está ligada íntimamente a mi vida. Mi carrera empezó en 1969 hasta 2012 he tenido varias épocas, entonces claro he tenido varias etapas también. En una entrevista hace muchos años me preguntaron por qué yo había tenido tantas etapas distinta, les contesté que tal vez porque tuve el “privilegio” de que mi vida no fuera una línea recta, mi vida ha sido llena de zigzags.

Pero cuando terminé mi carrera en Río de Janeiro había un cierto choque entre el arte figurativo y el arte abstracto. Cuando llegué a Colombia yo estaba definida: quería el arte abstracto porque pensaba que una artista tan joven como era en ese momento debería hablar con el lenguaje de su tiempo.

Además del tamaño monumental, uno de los elementos que llama más la atención en tu obra son los colores.  ¿Qué significa el color en tus pinturas?

Las ciudades dan otra dimensión en las obras y en el ser humano.

Bueno, yo creo que los colores es una calidad que el artista tiene o no tiene, es como el virtuosismo con cierto material. Yo toda la vida he sido muy colorista. Cuando era estudiante  tenía un profesor de pintura que era blanco, des pigmentado y la pintura de  él era igual. Él llegaba hasta mi caballete y raspaba lo que yo había pintado;  me quedaba mirando y cuando él se volteaba yo volvía a pintar con mis colores.  Tuve que cambiar de profesor porque con ese descolorido no pude.

En mi obra el color ha ido cambiando. Cuando empecé a pintar, en 1961, en la finca había muchas mariposas, unas mariposas bellísimas. Entonces comencé a estudiar las alas de las mariposas.   Ha sido una permanente en mi obra una gran traslucidez en los colores – siempre pasa un color por el otro.

Después de Alas de Mariposa vino la Serie Magia en la Montaña inspirada en la montaña de Colombia, como te comenté. Entonces, en 1963, después de ver una exposición de artistas informalistas españoles que me impactó muchísimo, principalmente la obra de Tapias,  sacrifiqué el color por la materia para hacer la gran serie de Génesis, que para mí fue como el principio, la nada.  Comencé a usar arena, piedras, el color era muy sobrio. Mucha gente pensaba que la fuerza de mi obra era el color, entonces era como ponerme a prueba si podía expresarme sin los elementos que me caracterizaban. Y lo pude hacer y además lo sentí.

Después vino una época experimental muy importante al pensar en las corrientes artísticas de la década del 60 y 70. Comencé a interesarme por la nueva figuración, por la figura humana, pero una figura humana distinta. La solución me la dieron unos muñecos de trapo que destrozaba y los armaba arbitrariamente. Lo mismo hice con mis Ángeles, que de ángeles no tienen nada.

En esa época investigué muchísimo sobre técnica ayudada por el Dr. George Kloetzner, un  químico alemán que me ayudó a usar nuevos materiales que han permitido que las obras se mantengan intactas a pesar del paso del tiempo.

Mi pintura en mi forma de expresión, está ligada íntimamente a mi vida.

Por entonces enfermó mi padre y tuve que irme al Brasil y ponerme al frente de las fincas de guaraná. Yo estaba en la gerencia. Imagina una artista de capataz de los grandes guarananzales de mi padre.  Me tocó la dictadura militar de Brasil, una de las más duras de Latinoamérica.   Incitados por un sindicato subversivo los colonos se rebelaron contra nosotros y, para asustar, para meter pánico, me tocaron candela dos veces en la hacienda de mi papá. Fue la experiencia más terrible  que he tenido en mi vida. Yo nunca había sentido que tenía un precio y fue durísimo para mí sentirlo. Y estaba pagando mi  precio.

Después de sentarme muchas veces a mirar el río y preguntarme a mí misma cuál es el verdadero lenguaje de un artista latinoamericano en el fondo de un río regresé a Bogotá en diciembre del ‘78, después de casi cinco años que estuve en el Amazonas, tal vez la época más difícil de mi vida que tuve que enfrentar.

Venía de Brasil desecha, había dejado de creer en muchas cosas. Me reuní con Adalbert Meindl, dueño de la galería que me había representado, y le dije Yo no creo en nada… mi mundo se derrumbó. Me siento como si fuera una guaca desbaratada, tengo que volver a unir pedazo por pedazo de mi misma. Me destrozaron mi mundo, yo voy a construir otro con los materiales más nobles para que nadie lo desbarate.

Meindl era una persona que sabía muchísimo de arte y me dijo María Teresa eres una gran pintora, pinta el Amazonas.

Mucha gente pensaba que la fuerza de mi obra era el color,  entonces era como ponerme a prueba si podía expresarme sin los elementos que me caracterizaban

Empecé la Gran Serie Amazónica en 1979. Entonces dejé todos los materiales que hasta entonces había dominado, volví al óleo sobre lienzo y comencé a pintar de manera que era testigo de una región, de mi mundo que me habían arrancado de mis entrañas. Yo quería dejar un testimonio de eso… me encerré en mi taller y no quise que nadie entrara,  quería digerir mi mundo, que nadie metiera la cuchara allí.

Ese encierro duró 20 años.

Los críticos dicen con respecto a la gran Serie Amazónica que se trata de una obra política…

Muchas veces los críticos dicen eso porque mi familia siempre fue política.  Cuando yo estaba en la cima de la vanguardia, tuve el coraje de hacer lo que mucha gente pensó que era un retroceso: volver a la naturaleza, volver al principio.  Algunos critiquetos – como yo llamo al crítico que no respeto – consideraron que me había vuelto loca, que estaba inventando paisajes. Pero no eran paisajes, era la esencia de la naturaleza.

Hablemos en particular de esta muestra, Offerings, en el Frost Art Museum.  Cuando entramos a la galería me explicabas que, de la forma en que está montada la muestra, de un lado se representa la vida del otro la muerte.

Entonces dejé todos los materiales que hasta entonces había dominado, volví al óleo sobre lienzo y comencé a pintar de manera que era testigo de una región, de mi mundo que me habían arrancado de mis entrañas.   Yo quería dejar un testimonio de eso…

Bueno, esta muestra es parte de la Gran Serie Amazónica. El primer cuadro de esta serie que pinté es los Igapós. El igapó para mí tiene un significado profundo porque está íntimamente ligado a mi infancia.  El igapó es cuando el río se mete en la selva y crea un ambiente mágico, donde  tú  ya no sabes si estás arriba o abajo, se confunde todo. Eso se ve mucho en mis cuadros, puedes voltearlos de todos lados, es ese principio amazónico, no tiene principio y no tiene fin. Entonces me encerré en mi taller solo con la Sinfonía de la Selva de Villalobos, partiendo del principio que si Villalobos fue capaz de hacer su sinfonía habiendo estado apenas seis meses en el Amazonas, mucho más yo podría llevar el Amazonas a la pintura porque él, está en mi sangre.

La memoria de mi sangre para mí era muy importante. De ahí lentamente fueron saliendo los cuadros y como el Amazonas es tan vasto, como un ser humano, tiene esa parte más suave hasta la violencia. Dividí la Serie Amazónica en sub series: los Igapós, las Selvas, los Ríos, los Incendios que ya es violencia y ahora las Selvas Floridas.

Para entender la Serie Amazónica hay que saber un poco de mi vida. No está hecha por  alguien que se puso a pintarla ahora que todo el mundo habla de ecología. Esta serie la inicié en 1979 pero seguí volviendo al Amazonas, porque hasta hoy no hemos acabado de resolver nuestros problemas.  Creo que mientras esté con eso dándome vueltas en la cabeza, estaré pintando lo que estoy pintando.

Hace un momento te describías como una jovencita de 81 años. ¿Cuál es el secreto?

Bueno, las fincas de mi padre en Amazonas eran de guaraná. Hay una leyenda muy bonita del guaraná que dice que es el elixir de la longa vida y de la eterna juventud. Tal vez eso también me ayudó un poco.

Marta Traba Taín (Buenos Aires, Argentina, 25 de enero de 1930 - Madrid, 27 de noviembre de 1983) fue una crítica de arte y escritora argentino-colombiana, conocida por sus importantes aportes en el estudio del Arte latinoamericano. Analizó la obra de varios artistas latinoamericanos, entre ellos Alejandro Obregón, Fernando Botero, Leopoldo Richter, Guillermo Videmann, Eduardo Ramírez, Edgar Negret, Feliza Bursztyn y Antonio Roda. También estudió el mundo del Arte Pop y del Arte Conceptual (http://es.wikipedia.org/wiki/Marta_Traba)

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Clarita Spitz

Clarita Spitz
México – Colombia – USA. Magister en Educación con énfasis en Estrategias Educativas para Biblioteca y Salón de Clases, Vermont College - Norwich University. Diplomada en Promoción de Lectura. Docente, bibliotecaria. Autora de numerosos artículos y de libros de cuentos infantiles. Premio XVI Concurso Nacional de Cuento Infantil de Comfamiliar del Atlántico (2008). Actualmente dedica su tiempo a escribir y trabajar en consultoría y liderazgo de talleres de Promoción y Animación de la Lectura. Vice Presidenta de la Regional Latino Americana del Consejo Internacional de Mujeres Judías (ICJW). 

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