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Los nómadas de hoy

Editorial
Miami

Por Mónica Prandi
Los nómadas de hoy | Letra Urbana

La facilitación que otorgan los medios tecnológicos es tan vasta que el mundo se ha ensanchado dando lugar a un nuevo tipo de desplazamiento y migración. Este empuje a la expansión conforma una cultura global y la posibilidad de conectarse y pertenecer a la distancia, incide en el modo de estar en el mundo y en la manera de vincularse entre las personas.

Muchas de las grandes capitales del mundo tienen tradición multicultural, pero el cosmopolitismo, la convergencia de las distintas nacionalidades en una misma ciudad es un fenómeno social y demográfico en expansión en este nuevo milenio. Cuando se visita Nueva York la pregunta que se impone es dónde están los norteamericanos, cuando se pasea por Londres, tampoco es fácil ver a un londinense. Las razones que desarraigan del lugar de origen continúan en progresión y, la expansión misma parece ser hoy un estilo de vida.

En esta perspectiva, cuando a los jóvenes les llega el momento de capacitarse se los alienta a que lo hagan en universidades extranjeras, el espectro de búsqueda de trabajo se amplia a la escala global y se fomentan los intercambios comerciales transnacionales. Las migraciones de nuestros días, más allá de las clásicas situaciones de falta seguridad o estabilidad económica que se vuelven cada vez mas graves como producto del sistema-, hoy llevan la marca de una voluntad de expansión.

Fue otro el momento histórico donde existían el arraigo y fundamento, por entonces eran muy sólidos los lazos naturales al lugar donde se nacía y a la gente que allí habitaba. Hubo una época en la que se acostumbraba a echar raíces, a ver crecer de cerca a los hijos y a los nietos, a no cambiar profesión y a recibir una medalla por haber permanecido toda una vida en el mismo trabajo. Pero en nuestros días, esos lazos se han diluido porque el nuevo contexto para el desarrollo y el progreso impulsan a la expansión.

No es la primera vez que la historia asiste a un movimiento de extensión y crecimiento de esta índole. Fue extraordinario el impacto que tuvieron en su momento los tendidos de redes ferroviarias y aperturas de rutas para que la gente se desplace y también hay que destacar el acontecimiento que implicó la instalación de las líneas telefónicas. Todas ellas eran vías que tenían la función de unir dos puntos alejados, de integrar y, a través de las cuales se continuaban los vínculos, los lazos sociales.

Sin embargo, hoy ocurre que la facilitación que otorgan los medios tecnológicos es tan amplia, el mundo está tan ensanchado, tan extendido que la función de enlace toma un matiz diferente: se disuelve.

Ya no se trata de disponer de un camino para unir un punto con otro, lo que permite ir y regresar directamente, sino que la oferta de posibilidades ha comenzado a tejer una trama donde después de la partida nunca hay un punto fijo de llegada, solo está el próximo lugar al que se trasladaran. Las personas generalmente están o viven ¨entre¨ dos puntos y muy pocas veces se trata de regresar al lugar de partida – sobre todo si las cosas funcionan.

Los jóvenes parten a estudiar o a iniciar sus experiencias laborales en diferentes países, estados o ciudades, y esto suele ser el punto inicial de un entramado que se ira tejiendo por cada uno de los puntos por los que va pasando.

Las posibilidades de preparación, los desafíos laborales y los hasta los encuentros amorosos -que terminan haciendo hablar en idiomas distintos a los nietos y sus abuelos- hoy están atravesados por el movimiento de expansión.

Pero, en toda esta movida ¿adonde quedan los lazos sociales? Quedan sostenidos por la tecnología. La gente permanece unida por las comunicaciones telefónicas, por la Internet o por los aviones que cada vez se incorporan más a la rutina de las personas, pero es precisamente esto lo que le da un matiz diluido a los lazos. Estar en contacto es posible pero a distancia y tomar un avión de regreso para el reencuentro, exige que coincidan demasiadas condiciones.

Lo real del tiempo y del espacio se trastoca, todo comienza a existir lejanamente, sin el cuerpo, y ello incide tanto en las relaciones como las comunidades.

Advienen las sociedades globalizadas que se tejen con los hilos de lo multicultural, mientras que las tradicionales comunidades nacionales se tejen con un solo y mismo hilo. Las ciudades cosmopolitas presentan a sus habitantes las aristas de la diversidad, se visten de una heterogeneidad, de una combinación de identidades que afectan la identidad. Al decir de Scott Lash en su libro Critica de la Información, el multiculturalismo es cultura a distancia, es una cultura singular dada y expandida a la distancia pero, a la vez, permite el encuentro con diferentes culturas antes distanciadas.

Quizás haya que señalar precisamente allí la particularidad de estas comunidades globalizadas, su rasgo es la multiplicidad, la pluralidad. Lash ha puesto de manifiesto que ya nunca más será posible hacer lugar a la clásica formulación ¨crisol de razas¨, sino a una originalidad conjunta porque la idea de integración a la que esa expresión apostaba queda absolutamente sobrepasada por la complejidad de las diferencias.

Estas nuevas sociedades globalizadas no alojan lo uniforme, ni sus habitantes comparten lo mismo y mucho menos, las tradiciones. Los residentes de una cosmópolis provienen de diferentes países, pero hay que señalar también que en ocasiones, pueden ser de acá y de allá al mismo tiempo porque se cohabita con más de una ciudadanía a la vez, tal como la suma de sus pasaportes puede demostrarlo en muchos casos. Esta pluralidad de ciudadanías producen un desgarro insuperable porque, aun siendo ciudadano del lugar se es un extranjero.

Estos fenómenos muy propios de la posmodernidad dan lugar a estas nuevas formas de cultura y también acarrea derivaciones políticas.

Tan sólo para introducir algunos ejes del aspecto político de la cuestión, señalamos como los movimientos migratorios actuales ponen de relieve los problemas de frontera, lo que introdujo necesarios y constantes debates acerca de la tolerancia y el multiculturalismo.

Ha llegado el momento en que las fronteras no contienen lo suficiente frente a la expansión posmoderna. Estados Unidos comenzó a llevar a cabo permanentes esfuerzos en el Congreso para detener el flujo de indocumentados, propuso un muro en el límite con Méjico y aun se enreda en los vaivenes que presenta pensar en una nueva ley de inmigración; mientras que Europa el año pasado comenzó a implementar duras políticas antimigratorias.

Estas respuestas dadas a la renovada configuración del multiculturalismo, nos dejan saber que no es bien alojada la diversidad cultural.

Se abre un nuevo campo de conflicto donde lo diferente, lo extranjero, lo otro se vuelve amenazante e intenta ser anulado. Pero, por este rechazo a la diversidad entendida cómo peligro, lo que retorna es segregación. Al decir de Slavoj Zizek, estas tensiones culturales, estos conflictos étnicos- religiosos son la nueva forma de lucha que corresponde al capitalismo global.

En el articulo El choque de Civilizaciones en el fin de la Historia, Zizek dice que ésa es la razón por la cual “el choque de civilizaciones” es el mal de Huntington de nuestros tiempos y, sosteniendo la idea de Samuel Huntington, afirma que al final de la Guerra Fría, la “cortina de hierro de la ideología” ha sido reemplazada por la “cortina de terciopelo de la cultura“.

El multiculturalismo soportado en el empuje a la expansión, tiene un núcleo que no determina solo problemas de radicación y territorio, sino que también afecta al modo de estar y vincularse de las personas.

Los individuos posmodernos se mudan con frecuencia, abandonan su suelo, su familia, sus tradiciones y en muchos casos en este movimiento también se renuncia a la lengua materna. Se descubren otros lugares, se conocen a otras personas, se involucran en diferentes proyectos, se encaran nuevos retos y se nutren de conocimiento y experiencia.

Se comienza a pertenecer a las redes internacionales de trabajo, de formación académica y de amigos. La amplia gama de objetos tecnológicos están a disposición para mantener el lazo al punto de origen y a todos aquellos puntos por donde se va transitando y con los cuales se desea mantener alguna permanencia.

Hoy es posible conservar el contacto con culturas y personas que antes estaban lejanas, sin embargo, esta identificación plural de los individuos dúctiles y dispersos supone un vínculo más liviano con una cultura en particular. Podemos decir que hay una cierta des-identificación que no refuerza el arraigo y se vuelve propicia para una subjetividad emancipada que como tal, es nómada, independiente y bastante solitaria.

Si los lazos se mantienen tibios y a distancia y, si por la oferta de opciones ningún lugar se vuelve suficientemente especial como para detenerse, ¿pondrá todo esto quedar al servicio de un destino errante?

Al hombre de este tiempo se le impone un contexto donde aun le queda por pensar como se construye algún referente, un punto de amarre, para que la posibilidad de expansión no condene al extravío, a la dispersión y al desasimiento. Para que, como bien lo indicara Nietzsche, el hombre libre no se consuma en una peligrosa curiosidad y un ilusorio sentimiento de dominio sobre las cosas.

Artículo por:

Mónica Prandi

Mónica Prandi
Fundadora y Directora de la revista digital Letra Urbana. Psicoanalista. Lic. en Psicología, Argentina. Master of Science in Psychology, USA. Licensed Mental Health Counselor, en el Estado de la Florida. Se dedica a la práctica clínica privada en la ciudad de Miami. Actualmente investiga y divulga las ideas y teorías que contribuyen a entender las transformaciones que observamos en el hombre contemporáneo, bajo los efectos de la globalización. 

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