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Los filósofos contemporáneos y la técnica

Entrevista a Josep M. Esquirol
Tucumán

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Los filósofos contemporáneos y la técnica | Letra Urbana

Josep M.Esquirol, profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, director de la Fundación Epson y del grupo de investigación Ética de la ciencia y la tecnología, conversó con Letra Urbana acerca la compleja relación entre la condición humana y el tecnouniverso –construido por nosotros mismos- en que habitamos.

En el libro Los filósofos contemporáneos y la técnica. De Ortega a Sloterdijk, Josep M.Esquirol hace un interesante recorrido sobre el sentido de la técnica y el papel que juega en nuestras vidas, a través de un conjunto de pensadores contemporáneos que se han ocupado del tema. Las reflexiones se inician con el clásico y hasta entrañable texto Meditación sobre la técnica de Ortega y Gasset que, junto a Heidegger, marcó el inicio de las miradas críticas del siglo XX sobre el fenómeno tecnológico y los riesgos que acarrea a su propio artífice, el hombre. Con solvencia y claridad expositiva el autor recorre el pensamiento sobre el sistema tecnocientífico, que ya está entre nosotros, desde Ortega pasando por Heidegger, Patocka, Arendt, Jonas, Ellul y Habermas para terminar con el polémico Peter Sloterdijk. El libro quiere dar cuenta de la radical transformación del mundo por obra de la técnica, lo que, como es natural, vuelve sobre el hombre mismo transformándolo.

La tecnología es, hoy por hoy, una nueva “naturaleza” que define no sólo los mecanismos de la vida en el planeta, sino los modos de curar,  de pensar, de hacer política,  de ejercer el poder. La técnica es omnipresente en la vida cotidiana del siglo XXI en desmedro de otras experiencias esencialmente humanas, como el diálogo, la solidaridad, el pensar, la ética. La biotecnología es, solapadamente,  poder y ese poder se está utilizando ya para modificaciones de la vida misma que harán al futuro de los individuos, como las intervenciones sobre el genoma humano.

El filósofo conversó con nosotros acerca la necesidad de trabajar desde ahora para evitar que las técnicas actuales avancen en la dirección a una deshumanización y marcó  con agudeza la distancia entre el pensamiento informatizado y el pensar simbólico, propiamente humano, que va quedando a la saga. Mientras el pensar técnico trabaja en extensión, es la pura abstracción, el pensar simbólico de lo auténticamente humano lo hace en intensidad. “Extensión” e “Intensidad” son dos categorías en el pensamiento de Esquirol con las que concreta su propuesta con un fuerte acento ético y humanista.

Josep M.Esquirol hace un interesante recorrido sobre el sentido de la técnica y el papel que juega en nuestras vidas.

Josep M Esquirol es profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, director de la Fundación Epson y del grupo de investigación “Ética de la ciencia y la tecnología”. Autor de numerosos estudios sobre filósofos y temas contemporáneos, tanto su anterior libro publicado  como éste sobre el respeto y la mirada atenta revelan su actual interés por enraizar la reflexión filosófica en las vivencias y actitudes más fundamentales de la persona humana.

Hoy vivimos un tiempo tecnologizado al extremo. Teniendo ya esta experiencia, ¿podemos considerar a la técnica como un signo de progreso?

Hay progreso científico. Hay progreso tecnológico, el poder que tenemos entre manos es absolutamente inédito. Nunca se había dispuesto de un potencial similar de comunicación, de manipulación de la materia, de intervención sobre la vida… Otra cosa distinta es hablar de progreso en sentido general, es decir, de progreso “humano”. Una de las expresiones del ingente potencial tecnológico continúa siendo la bélica y destructiva; está luego toda la cuestión relativa a la sostenibilidad, etc. Creo que hoy hay que hablar de “sistema tecnocientífico” y pensar detenidamente tanto en la lógica de este sistema como en la ubicación del hombre en su seno.

Usted se detiene a observar que la técnica está interviniendo en producciones propias de lo viviente. ¿Realmente considera que la invasión de lo tecnológico ha terminado con la intimidad y lo afectivo?

La espectacular sofisticación de la tecnología de la información conlleva una enorme capacidad para controlar la vida de todos nosotros. Quedan, sí, espacios de privacidad y de intimidad, pero cada vez menos y más reducidos. Se puede saber lo que una persona come, donde va, con quien habla, cual es su historial médico, sus aficiones, sus “virtudes” y sus “vicios”…
¿Lo afectivo? Esto es otra cosa. La tecnificación de la vida social, laboral, personal, comunitaria, incluso familiar, ¿lleva a una mayor madurez de nuestros afectos? Por un lado parece que uno puede incrementar el radio y el número de sus relaciones por las redes sociales, pero esta mayor extensión puede que implique a su vez menor intensidad. Claro que puede haber relaciones afectivas “a distancia”, pero creo que toda distancia vive finalmente de la “proximidad”.

La espectacular sofisticación de la tecnología de la información conlleva una enorme capacidad para controlar la vida de todos nosotros.

Dado que la técnica se enfoca en reducir todo a operatividad, ¿nos vamos alejando del pensar?

Autores como Heidegger o Ellul han subrayado la diferencia entre el proceder operativo de la tecnociencia y el carácter simbólico del pensar. Para pensar nuestra condición (el sentido de la vida y de la muerte, del sufrimiento y de la esperanza, de la memoria y de la política…) hemos recurrido siempre a un lenguaje rico en imágenes y en figuras simbólicas que no suponen una perfecta claridad sobre todos los asuntos sino una manera de hablar de lo que a la vez se muestra y se nos oculta, de lo que sólo podemos indicar, pero no apresar. Y, efectivamente, esto poco tiene que ver con el lenguaje informatizado y el lenguaje científico, en donde los términos deben de estar perfectamente fijados.

¿Podría afirmarse que la esencia de la técnica no es técnica sino humana, en tanto desenvolvimiento del deseo de poder?

¿Cuál es la esencia de la técnica? Lo que he intentado hacer en mi libro es presentar la respuesta que cada uno de los ocho filósofos escogidos da a esa pregunta. No hay coincidencia, pero lo dicho por cada uno de ellos es muy sugerente.

…me preocupa es como trabajar ya ahora por una cultura que no tenga nada que ver con el dominio…

¿Comparte con Sloterdijk la idea de que las nuevas formas de amansamiento serán a través de la biotecnología actual? En tal caso, ¿cómo podríamos presumir ese fenómeno?

¿Quién sabe? Pero sí estoy de acuerdo en que esa es una posibilidad, o una amenaza, que está ya aquí. La biotecnología es poder y ese poder podría ser altamente eficaz para controlar, dominar o “amansar” la fiera humana.

Sin embargo, me parece que, antes de entrar en este tipo de especulación, habría que cuestionar la tesis de Sloterdijk según la cual el humanismo no es sino una antropotécnica; una técnica a través de la cual unos pocos de nosotros han dominado a los demás. Me parece que aunque algo pueda haber de eso, también hay momentos del humanismo europeo en los que la intención más profunda ha sido muy otra y relativa, precisamente, a la libertad y a la fraternidad.

¿Cómo imaginaría usted los nuevos códigos antropotécnicos con los que se construirán las culturas del futuro?

La principal característica del futuro es su opacidad. Hay ya mucha gente dedicada a las predicciones, pero yo no tengo ni capacidad ni interés para ello. Lo que sí me preocupa es como trabajar ya ahora por una cultura que no tenga nada que ver con el dominio. Si han de llegar códigos antropotécnicos, por lo menos que encuentren resistencia.

Según Sloterdijk –hasta ahora– el amansamiento del ser humano lo ha conducido a la conquista del poder sobre todo lo existente. Para el hombre de hoy, ¿sería posible pensar el fin de esa voluntad de poder? ¿Qué papel juega en ello la información?

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Heidegger considera que la era de la técnica coincide con el extremo del subjetivismo moderno, es decir, con la voluntad de poder. Y por eso mismo intenta desarrollar una filosofía en la que, para responder a ese final de la metafísica, remonte a un tipo de situación en la que el hombre ceda su protagonismo al ser. A mi modo de ver, el cese del afán de dominio y de poder ha de venir, como decía antes, de lo más genuino de la tradición humanista, y ni Heidegger ni Sloterdijk se sitúan en ella. En esa tradición, una de las palabras clave es diálogo, no información. Mal asunto si la información relega el diálogo: la palabra, el esfuerzo de la escucha, el camino compartido, el día a día del “logos”… Pero tal vez la información podría, en cambio, estar a su servicio.

Heidegger nos enseño que el lenguaje es la “casa del ser”. El lenguaje actual informático y de los genes –que dominará nuestra cultura- será de otra índole y conformará lo que usted llama una casa poshumanista. ¿Será posible todavía la libertad de  interpretación en este lenguaje?

Como decía antes, sólo el lenguaje simbólico es susceptible de interpretación. El diccionario orweliano ya no tiene que ver con el lenguaje humano. El lenguaje es la casa del hombre. ¿En qué sentido? Tanto el lenguaje de las bellas letras como el coloquial son simbólicos, intentan establecer un puente entre nosotros y el mundo y de nosotros a nosotros mismos. Dicho sea de paso, precisamente por eso, la palabra que ayuda a mejor entender la técnica es ella misma no técnica; no forma parte de la constelación de la técnica; pensar la técnica requiere de la “exterioridad” del lenguaje ordinario, de su riqueza, de su tradición, de su vinculación simbólica con el mundo. Hay por suerte una resistencia a la desaparición de las palabras tras las cuales late la existencial búsqueda de sentido. Y la libertad forma parte del regalo de dicho lenguaje.

A mi modo de ver, el cese del afán de dominio y de poder ha de venir, como decía antes, de lo más genuino de la tradición humanista…

Usted sugiere una idea interesante: ve el  pensar como  un doble movimiento, de extensión y de tensión. El de extensión es el tradicional acumulativo, abstractivo que aplana todo a nuestro alrededor; el de tensión, en cambio, es la reflexión crítica, pensar de fondo, que  pone en evidencia nuestra finitud. Preguntamos, ¿qué tendría este movimiento del pensar que fuese distinto del que imaginó Heidegger?

Sí, se inspira en Heidegger, pero hay diferencias muy importantes. Creo que la virtud de interpretar la experiencia del pensar como ese doble movimiento es que de ningún modo se requiere afirmar que el conocimiento progresivo de la ciencia y el metadiscurso sobre dicho progreso sean ilusiones o algo de un nivel inferior. Ésta es la primea corrección de la tesis heideggeriana: no es que la ciencia “no piense”, es que la ciencia y el tipo de filosofía que se identifica con este movimiento de extensión suponen sólo una  parte de la experiencia del pensar. No es cuestión de niveles ni de superioridades, sino de tensión. El movimiento de intensión no deja de poner de relieve la finitud que somos; el de extensión, en cambio, se sitúa en el camino del progreso y de una especie de ilimitación. El primer movimiento nos muestra estando siempre en el mismo “sitio”, en la misma condición, y pudiendo, sin embargo, ser conscientes de ello o estar dispersos. El segundo movimiento, el de la ciencia, nos muestra recorriendo un camino y conociendo cada vez más. Son movimientos distintos, pero no incompatibles. La ausencia del pensar intensivo es indicativa del empobrecimiento y la reducción de la experiencia del pensar; revela, en definitiva, que no hay ninguna tensión, es decir, que sólo se da el movimiento de extensión. Todas las variantes del positivismo coincidirían con este movimiento único. Y hoy circula una nueva ideología que está al servicio de esta reducción. A veces es como si se nos dijera que la tensión que nos revela en el mismo sitio y condición es sólo un momento o una fase ya superada del movimiento más amplio de extensión, es decir, de progreso.
Pero hay una segunda corrección a la tesis heideggeriana; apenas insinuada en el libro. El camino del pensar intensivo no tiene que ver sólo con la proximidad con las cosas y el “cuarteto del mundo”, sino también y prioritariamente con los otros, con el prójimo. A la proximidad heideggeriana le falta la amistad.

¿Le parecen fructíferos los términos de Sloterdijk Alotécnica y homeotécnica como nuevos modos explicativos del fenómeno humano?

En general, me parece que Sloterdijk es muy agudo y sabe encontrar planteamientos y terminologías muy llamativos. Es verdad que, en el estadio actual, la tecnología se muestra ya no frente a la naturaleza sino como en continuidad con ella. Por otra parte, lo minúsculo está siendo uno de los frentes más poderosos del desarrollo tecnológico, por ejemplo, todo lo relativo a la nanotecnología. La conjunción de estos dos elementos, continuidad y pequeñez, es lo que hace oportuna la expresión “homeotécnica” para referirse a la tecnología actual, a diferencia de las técnicas antiguas (“contra natura”). En realidad, detrás de la idea de continuidad está una nueva forma de “naturalismo”, muy en sintonía con esa ideología muy difusa pero enormemente eficaz ligada al cientificismo contemporáneo.

… pensar la técnica requiere de la “exterioridad” del lenguaje ordinario, de su riqueza, de su tradición, de su vinculación simbólica con el mundo.

¿Podemos sostener aun que el esfuerzo por comprender nuestra situación en este mundo dominado por la tecnociencia sigue siendo de naturaleza ética?

Sí, absolutamente. Esta es, por lo menos, mi convicción. El esfuerzo por comprender es, junto con la fraternidad, lo más precioso de lo que el hombre puede ofrecer y ofrecerse. No se trata del interés de la teoría pura, si es que algo así cabe  pretender luego de las lecciones de la Teoría Crítica, ni de la pretensión de escudriñar los últimos principios de la realidad, ni de querer explicarlo todo, sino de la necesidad de orientarnos mejor, de encontrar un camino para lo humano. La indiferencia, con la que uno se muestra ajeno al otro hombre, tiene mucho que ver con la ausencia del esfuerzo por  comprender, por encontrar sentido y orientación en una situación que no los da de antemano o, si los da, hay que revisar críticamente.

Artículo por:

Dra. Cristina Bulacio

Dra. Cristina Bulacio
Doctora en Filosofía. Profesora Titular Consulta Universidad Nacionl de Tucumán.Investigadora, Ensayista. Presidenta de la Academia de Ciencias morales, jurídicas y políticas de Tucumán. Profesora de Seminarios de Posgrados en universidades argentinas y extranjeras. Directora de Tesis doctorales y de Maestría. Miembro de Honor de la Universidad San Pablo Tucumán. Autora de libros: Como el rojo Adán del Paraíso (ensayo de Antropología filosófica) Antropología y arte, Los escándalos de la razón en J.L.Borges,De Laberintos y otros Borges,Dos Miradas sobre Borges (Bulacio-Grima). Compliadora de libros y autora de numerosos artículos en Revistas nacionales y extranjeras. 

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