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Leonardo Da Vinci y su genio incomprensible

Miami

Por Batia Cohen
Leonardo Da Vinci y su genio incomprensible | Letra Urbana

El sabio de todos los tiempos, el más conocido de todos los artistas; Leonardo da Vinci fue elogiado por sus contemporáneos, estudiado por los más renombrados historiadores del arte, y clasificado como el hombre universal. Hoy en día nos preguntamos cuál es la razón de tanto furor por un hombre demasiado inquieto para terminar muchos de sus proyectos e increíblemente lento para trabajar.

autoretrato_davinciPosibe Auto retrato.

Idealista y soñador Leonardo ideó una ciudad, jamás construida, planeada en desniveles para impedir que el olor de las cañerías de aguas insalubres llegara a los transeúntes; preparó planos inservibles para desviar el río Arno, tratando de evitar que el agua fresca llegara a los habitantes de Pisa; se entretuvo en el proyecto imposible de construir un puente sobre el estrecho del Bósforo; diseñó una escultura ecuestre tan grande que nunca pudo llevar a cabo su fundición y el modelo de arcilla de la misma fue usado como tiro al blanco por los soldados franceses; inventó cañones con propulsiones de agua hirviendo totalmente inservibles e imprácticos para el ataque; su boceto que propone una especie de tanque empujado por animales de carga resultó inútil así como también sus instrumentos para flotar en el agua, los trajes submarinos y sus mecanismos voladores; copió métodos de asalto de contemporáneos e ingenieros militares como Mariano Taccola, Roberto Valturio, y Giorgio Martini, y por mucho tiempo solo se dedicó a crear disfraces y escenografías para festivales y teatro; planeó sin éxito inundar el valle del río Isonzo para paralizar la invasión turca a Venecia y lo que es más, tan solo se le atribuyen trece obras pictóricas terminadas.

Nos preguntamos entonces, cuáles fueron las razones por las que Giorgio Vasari, uno de sus biógrafos lo señaló como un hombre excepcional de cualidades extraordinarias, de “genio divino”. Quisiéramos comprender al genio, al polímata, al inventor, en fin, al hombre…

Imaginemos la Florencia de Da Vinci, una ciudad pujante donde se escucha de nuevo a Sócrates, donde las plazas invitan a dialogar, el eco de la voz de Cicerón retumba en las paredes de los palacios de los Medici, el río Arno trae consigo las ideas de los filósofos de antaño, esas que habían sido enterradas bajo los escombros de la Edad Media y relegadas en los anaqueles de las bibliotecas de Bizancio. En la Florencia del quattrocento los teóricos consideran al hombre como la medida de todas las cosas y por ende el alcance de esta premisa renacentista, repercute en la ideología de los ciudadanos de esta metrópolis progresista. La bonanza, riqueza y autonomía en la que se vive permiten a las mentes creativas dar rienda suelta al poder del raciocinio, impulsan la individualidad y se logra desarrollar la idea de que lo que rodea al hombre es bello y digno de estudiarse. Brotan intelectuales por doquier, eruditos ávidos de saber que traducen manuscritos griegos, profundizan en los conocimientos romanos, desentierran los rompecabezas  matemáticos de Euclides y admiran las obras escultóricas de Fidias. Los estudiosos florecen, y como girasoles en verano viran sus corolas hacia el sol volviendo sus intelectos humanistas y neo-platonistas hacia oriente donde se habían preservado las fuentes originales del pensamiento lógico.

El hombre renacentista se convierte por primera vez en la historia de la humanidad en dueño de su propio destino y portador de una voz tan fuerte que traspasa los picos de los Alpes propagando sus ideas por el mundo entero. Leonardo da Vinci crece en esta Florencia, y se empapa con la lluvia de teorías y latinazgos que mojan el pavimento de la ciudad. Leonardo se mueve en medio de un torbellino de posibilidades que permean su piel y que lo hacen partícipe y propulsor de nuevas conclusiones.

monalisaMona Lisa, 1503-1506.

¡Cuántos han sido los escritores, científicos, historiadores y sabios que intrigados por la vida y obra de Leonardo Da Vinci se han lanzado a tratar de entender la naturaleza de su mente y su proceso intelectual! Poetas como William Yeats y Oscar Wild se interesaron por sus cuadros componiendo poemas y ensayos, otros como Freud se han atrevido a hacer conjeturas acerca de sus complejos asegurando que sus obras llevan implícitos símbolos que demuestran sus tendencias homosexuales, y todavía hoy un grupo de científicos italianos han comenzado el proceso legal para exhumar sus restos con el fin de verificar su físico. A pesar de estos esfuerzos es casi imposible comprender la magnitud de su intelecto y solo podemos hacer un burdo cálculo de la influencia que ha tenido Da Vinci en el desarrollo del conocimiento.

La imagen de la cara de Leonardo que tenemos es la que pintó su discípulo Francesco Melzi. Lo vemos como un viejo de ojos avispados y mirada benevolente, con su barba blanca que se antoja para acariciar, nos da ternura y quisiéramos escuchar de su boca la sabiduría que sus ojos destellan. Se nos olvida que Leonardo algún día fue niño, que fue bastardo y su padre siendo abogado se casó con otra mujer el mismo año en el que nació. Criado por sus abuelos paternos a la edad de trece años, comenzó su carrera artística en el taller del Verrocchio. Sin embargo, nunca tuvo una educación formal de universidad, fue autodidacta y nunca se casó.

Sus primeras pinturas fueron realizadas como complemento de obras de su maestro Andrea de Cione conocido como el Verrocchio.  Un rizo por acá, la pelusa mullida de un perrito blanco que escolta a Tobías, una granada, un clavel, un ángel que acompaña a Cristo en su bautizo, un rostro, una madona; poco a poco surge el talento dentro del estudio de su instructor y lentamente se independiza el genio; una pincelada aquí, un trazo allá y finalmente un cuadro para un altar y la composición completa de La Anunciación.

La trayectoria del artista se desarrolla gráficamente frente a nuestros ojos, pero ¿qué hay del hombre, del proceso creativo, de su vida cotidiana? No existe ningún otro artista de la época que haya escrito y anotado sus pensamientos con mayor detalle que Leonardo. Más de 13.000 documentos nos permiten hurgar en su vida personal. Leemos sus pensamientos, sus preocupaciones; somos observadores tras bambalinas y abrimos los cajones privados de su mente. Los ahora llamados códices son el conjunto de anotaciones, experimentos y bosquejos que nos invitan a adentrarnos en la curiosidad intelectual de Leonardo; analizamos sus notas de laboratorio, examinamos sus dudas científicas; sondeamos su vida diaria y miramos al hombre que apunta sus gastos domésticos, sus trifulcas familiares por la herencia y realiza ejercicios ortográficos para mejorar su latín, y por supuesto nos admiramos de su escritura, esa que ejecuta misteriosamente al revés y que solo con un espejo puede leerse.  “Despero…” escribe a los 30 años cuando cierra su taller y se muda a Milán.

Pero ¿cuál es el secreto que encierran sus obras? Da Vinci nos encanta con sutilezas mágicas, él sabe como observar los más mínimos detalles de las cualidades humanas. Nuestra contemplación se congela con la mirada intensa de la Monalisa, nos sentimos arrobados ante la explosión de emociones que plasma en La última Cena, sus imágenes parecen vivas, sus apóstoles reaccionan al escuchar la noticia de la traición y nos maravillamos del balance perfecto de la perspectiva que fluye en la escena; nos elevamos y aterrizamos con el arcángel Gabriel a su llegada frente a la Virgen cuando con la brisa que provocan sus alas mueve el césped a su alrededor. Al observar las obras de Leonardo nos convertimos en cómplices de idilios platónicos como el de Ginevra de Benci con Bernardo Bembo y somos cómplices de amores ilícitos como el de Ludovico Sforza con Cecilia Gallerani; en uno el junípero hermosea el fondo del cuadro haciendo gala de un juego de palabras con el nombre de la retratada, y el laurel y la palma reafirman la dedicatoria del admirador, mientras que en el otro, el armiño en los brazos de la amante  confirman el lazo entre el duque de Milán y la madre de su hijo bastardo.

leonardo_davinciAnunciación, 1472

Los enigmas y símbolos cristianos abundan en sus obras: el clavel, la granada y el cordero pascual nos remiten a la pasión de Cristo; el agua clara que corre en el fondo, el florero de cristal transparente y la blanca azucena se refieren a la pureza de la Virgen; incluso la perspectiva interpretada  como una revelación divina que lleva las líneas convergentes en un solo sitio, fuente de todo, es Dios; así mismo la  sección áurea de los griegos fue adecuada al cristianismo y fue rebautizada como La Divina Proporción. Por otro lado, los juegos de manos, las miradas y los gestos vinculando a los personajes en La Virgen de las rocas muestran la capacidad de Leonardo de plasmar con maestría y misticismo la sacralidad del acontecimiento; la Virgen extiende su manto protector cubriendo a San Juan, mientras posa su mano sobre la cabeza de Jesús, San Juan junta sus manos en posición de rezo dirigiéndose al niño Cristo y el arcángel Uriel señala la escena al tiempo que nos invita a presenciar la escena volteando hacia el espectador; todos los protagonistas se interconectan en un sinfín de niveles incluyéndonos a nosotros que estando fuera nos convertimos en partícipes. De esta manera nos damos cuenta que aunque se ha asegurado que Leonardo no era muy creyente, vivía dentro de una sociedad católica, con paradigmas intrínsecos a su sociedad y con estigmas específicos de la vida diaria de cualquier ciudadano florentino.

Leonardo no inventó la perspectiva lineal ni el contraposto utilizado por los griegos en sus esculturas para darle soltura al cuerpo, sin embargo, lo supo utilizar de manera novedosa en la Monalisa; usó el triangulo en sus composiciones como parte de la tendencia artística de su época sin aportar nada nuevo a la estructura de sus pinturas, no obstante, el equilibrio de sus obras como su Virgen con niño y Santa Ana fue imitado por sus sucesores; incursionó en la técnica del oleo que ya había sido perfeccionada por los artistas de Flandes, pero nunca antes ninguno había desarrollado el sfumato difuminando los contornos en un tono de ensueño; y como muchos de sus contemporáneos recurrió al redescubrimiento de la proporción áurea propuesta en la antigüedad, pero nadie con más sabiduría como lo vemos en La última Cena.

Su talento pictórico es indiscutible, pero además, su capacidad de observación y su curiosidad fueron magnánimas; dibujó cuanto se le presentó en frente como la ejecución pública de Bernardino di Bandino acusado de conspirar contra los Medici, un incendio, una tromba, una fuerte lluvia, un paisaje, el curso del río, el vuelo de un murciélago, las manos de un viejo, una lavandera restregando los trapos, caballos, perros, gatos; cualquier cosa que se le atravesaba y que merecía su interés era esbozada con minuciosidad. Su perfeccionismo lo llevó a tratar de entender el mecanismo de los músculos y a hacer disecciones exhaustivas del cuerpo humano; en su obra inconclusa intitulada San Jerónimo podemos observar la exactitud de la representación del cuerpo humano, y en los bocetos preparativos de La Adoración de los magos podemos apreciar su búsqueda de las distintas posturas de los personajes; pero Leonardo fue más allá de la pintura y trató erróneamente de explicar el coito, los órganos sexuales, la función de las lágrimas y hasta estudió un feto. Tal fue su avidez de conocimiento que no lo detuvo ni el Vaticano cuando fue acusado de necromancia.

Leonardo meticuloso pero a la vez atrevido no se detiene y explora nuevas prácticas, distintos pigmentos, incursiona en la encáustica descrita por Plinio en el fresco de La Batalla de Anghiari, y mezcla oleo con temple en La última Cena no midiendo las consecuencias. La pintura del mural en la Signoria de Florencia se escurre a medida que el maestro avanza en el proyecto, mientras que el del refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie se deteriora sin remedio apenas diez años después de terminado. A pesar de todo el poder de exploración de la mente del genio lo lleva a investigar, inventar y fantasear universos antes desconocidos.

Pese a su trabajar lento, a su perfeccionismo, a su mente demasiado curiosa, a sus litigios legales, a sus obras inconclusas; Leonardo abarcó todas las ramas del saber que estaban a su alcance: pintor, escultor, matemático, músico, geólogo, ingeniero, científico, anatomista, botanista, escritor e inventor, debió de haber sido una persona extremadamente sensible pues se sabe que trataba a sus sirvientes como amigos, amaba a los animales y liberaba a las aves de sus jaulas después de estudiarlas.  En contraposición vemos al Leonardo que, diseñó armamento, fortalezas y métodos de ataque para la guerra y que algunos de sus mecenas fueron hombres rudos como Ludovico Sforza y Cesare Borgia. Su vida y obra en un vaivén de vicisitudes, inconstante y a la vez fenomenal, nos legó un acervo tan vasto que abarca desde la Monalisa y La última cena hasta un croquis para un palacio real en Romorantin, Francia. Sus bosquejos, notas y documentos son objeto de gran admiración como el famoso dibujo de El Hombre de Vitrubio basado en una descripción antiquísima de la proporción humana, interpretada primero erróneamente por su contemporáneo Cesare Cesariano y reevaluada por Da Vinci o el códice Leicester comprado por más de treinta millones de dólares en 1994 por Bill Gates, fundador de Microsoft. El científico y artista nos ha dejado una herencia incalculable de saber, de capacidad emprendedora y creativa; nos ha obsequiado sus obras y muchos de sus pensamientos, hemos recibido sus madonas como son madres que miran con ternura a sus críos, sus apóstoles que saltan de sus sillas, sus retratos de mujeres inteligentes, sus estudios anatómicos, sus sueños de volar, flotar y sumergirse, y lo más importante… nos ha dejado inyectadas las venas con un mensaje energético de creatividad, ha plantado en nosotros la curiosidad y el dinamismo nunca inerte, nos ha enseñado a tener un ánimo siempre dispuesto a cuestionar, a indagar conceptos desconocidos y a experimentar nuevas vivencias.

No se sabe a ciencia cierta la localización de sus restos pero su espíritu está esparcido por todos los rincones del mundo. Leonardo Da Vinci murió en Amboise, Francia a la edad de 67 años pero nos queda su voz y su alma:
“La tierra es un ente viviente y el agua es la sangre de sus venas”.

Las imágenes contenidas en el presente artículos fueron obtenidas de Wikimedia Commons.

Artículo por:

Batia Cohen

Batia Cohen
México-Miami. Diseñadora Gráfica. Historiadora del arte. Doctora experta en Estudios Mesoamericanos. Ha escrito artículos en revistas especializadas e impartido cursos de arte prehispánico en Florida International University (FIU). Actualmente es profesora de arte en el instituto para adultos Osher (OLLI) en Miami. 

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