Edición
43

La Posverdad. Entrevista a Roberto Aparici y David García –Marín

Madrid
Una nueva palabra en la realidad sociotécnica para señalar el viejo fenómeno de la manipulación. ¿Qué pasa cuando lo que aparentemente es verdad se vuelve más importante que los hechos?

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El tema de la posverdad circula cotidianamente sin que sepamos exactamente qué es lo que esta nueva palabra nombra. Hay una cierta idea de que la Posverdad tiene que ver con la distorsión deliberada de una realidad donde se apela menos a los hechos que las emocionines  para influir en la manera de pensar y decidir de la opinión pública.
Entre los intelectuales aun cuesta que se pongan de acuerdo sobre cómo definirla, a qué apunta, de qué asunto habla. A menudo se confunde posverdad con fake news o con mentiras. Queda a la vista que las dificultades que plantea la reflexión que puede hacerse sobre el tema dan cuenta de un asunto complejo, que nos fuerza a interpretar las variables que intervienen desde distintas perspectivas.

Para ello conversamos con Roberto Aparci, director del Máster de Comunicación y Educación en la Red,  profesor de la UNED y director del Máster de Periodismo Transmedia con la Agencia EFE; y con David García-Marín, investigador y docente en la UNED especializado en comunicación y educación. Ambos catedráticos vienen pensando el tema junto a colegas de distintos países y recientemente volcaron ese análisis en el libro La Posverdad. Una cartografía de los medios, las redes, la política, editado por Gedisa.

¿Hablar de la posverdad no nos exige, antes de hacerlo, investigar qué se entiende por verdad?

R.A.: Sí, ese fue nuestro punto de partida y, para ello, tuvimos en cuenta una conferencia que el filósofo Jacques Derrida ofreció en Buenos Aires en los años 90, a la que pude asistir, donde planteaba que toda mentira tiene una historia y había que indagar en ella. Lo que nosotros hicimos fue tener en cuenta el planteamiento de Derrida para aplicarlo al término posverdad que se convierte en palabra del año en Gran Bretaña en el 2016. A su vez, una serie de acontecimientos que vienen ocurriendo en los últimos años vinculados a los medios de comunicación y al tratamiento de la información nos llevó a plantearnos un libro poliédrico que abordara este tema desde el campo de los medios de comunicación.

D.G.M.: Efectivamente, nosotros enmarcamos el término posverdad dentro del ámbito mediático y su conexión con la política y las redes. Es un hecho que la verdad periodística es difícil de lograr, ya que generalmente los medios tienen demasiadas hipotecas que pagar, substanciadas en intereses políticos y económicos. Históricamente, cada medio siempre observó la realidad desde un marco diferente, de acuerdo siempre a su línea editorial.

Hablar de posverdad utilizando ese prefijo pos nos coloca en la tesitura de reflexionar sobre la verdad y sobre cómo definimos las nuevas formas de manipulación y control ejercidas en el contexto digital…

La diferencia con la nueva era digital estriba en la multiplicación de las plataformas y de los productores de contenidos, así como la aceleración del hecho comunicativo e informativo. Hablar de posverdad utilizando ese prefijo pos nos coloca en la tesitura de reflexionar sobre la verdad y sobre cómo definimos las nuevas formas de manipulación y control ejercidas en el contexto digital, que mantienen lógicas diferenciales con respecto a la mentira tradicional. Usar ese prefijo sirve para situarnos en una era diferente a la anterior pero que aún no ha encontrado un concepto radicalmente nuevo para definir este nuevo contexto.

¿Aceptaremos que la verdad se enmarca en la vieja definición aristotélica de la “concordancia entre lo que se dice y aquello sobre lo cual se dice algo”?

D.G.M.: En términos generales, la verdad tiene que ver con la adecuación entre lo que sucede y lo que se cuenta. En el campo mediático existe un problema de raíz: es imposible representar todo lo que sucede, por lo que la primera acción que ha de realizar un medio o un periodista es la selección de los hechos que van a formar parte de las páginas de un periódico o de la emisión de un informativo en radio o televisión. Ahí se establece una primera manipulación, relacionada con los temas que son incluidos en la agenda mediática y que, automáticamente, se transfieren a la opinión pública. La posibilidad de manipulación a partir de procesos de selección no termina ahí: cuando un asunto ha sido seleccionado para formar parte de un informativo, el editor puede presentarlo desde una perspectiva plural que refleje las diferentes formas de entender tal asunto o puede, por el contrario, ofrecer una visión única sobre el tema. O puede situar el tema en una de las múltiples perspectivas desde la que la realidad puede ser mirada. La elección de esa mirada, que siempre obedece a unos intereses dados sirve para construir la realidad de un modo determinado y no de otro.

R.A.: Toda información es una construcción y ¿a qué tipo de construcciones asistimos a diario? ¿Hasta qué punto no debemos considerar que los telediarios, los periódicos, los medios de comunicación en su conjunto, ficcionalizan la realidad de acuerdo a los intereses de empresas y políticos?

Desde Nietzsche sabemos que inevitablemente hay un juego entre texto y contexto; todo acontecimiento de la realidad es interpretado de modo diferente en cada tiempo y lugar. No existe la realidad desnuda, incluso la ciencia hace interpretaciones. ¿No será la posverdad una nueva palabra para viejos asuntos?

R.A.: Este es un viejo asunto que toma otras características, otros formatos y otras potencialidades a partir de los escenarios y las tecnologías digitales. Es importante destacar que este tema, desde otra perspectiva, fue abordado ya en los últimos treinta años del siglo XX cuando se hablaba de manipulación en los medios. En ese sentido, creo que es importante destacar la obra Manual de autodefensa comunicativa de Hellmuth Benesch. En estos últimos años del siglo XX, era un tema que preocupaba, pero no a muchos sectores de la sociedad, en ningún momento adquirió la relevancia que tiene en nuestros días. En el caso de España, la actuación más destacada en este campo fue llevar a los tribunales a Radiotelevisión Española por un caso de manipulación sobre la huelga general de 2003. Este tema, los asuntos relativos a la manipulación, quedó silenciado o invisibilizado en estos últimos años hasta que los episodios relacionados con el Brexit y la elección de Trump abren de nuevo el debate.

es novedosa la fortaleza de las redes para la segregación de la sociedad en bandos, su capacidad para la reclusión en burbujas ideológicas mediante procesos de tribalización 2.0 y, sobre todo, su potencialidad para la radicalización de los usuarios.

D.G.M.: En este contexto, el término posverdad sirve para hablar de procesos de manipulación que en el ámbito digital adquieren naturalezas y dimensiones diferentes a las tradicionales. Es una palabra nueva para hablar de procesos nuevos, similares a los desarrollados en otras épocas, pero con matices diferenciales decisivos e inherentes a la nueva realidad sociotécnica. Por ejemplo, la capacidad de verosimilitud que ofrecen las tecnologías aplicadas a las deepfakes, – vídeos manipulados donde un personaje aparece ofreciendo un discurso o ejecutando acciones que realmente no llevó a cabo -, presenta una capacidad manipuladora inédita hasta el momento. Tampoco tiene precedentes en la historia la velocidad con la que la información, y la desinformación, se propaga, ni la ubicuidad de los instrumentos y plataformas que utilizamos para producir y recibir la información. También es novedosa la fortaleza de las redes para la segregación de la sociedad en bandos, su capacidad para la reclusión en burbujas ideológicas mediante procesos de tribalización 2.0 y, sobre todo, su potencialidad para la radicalización de los usuarios. Aunque en este punto, es necesario establecer un matiz. En realidad, las burbujas informativas e ideológicas siempre existieron: en la era analógica, cada lector de periódicos elegía la cabecera que mejor conectaba con sus ideas y la misma lógica aplicaba cuando tenía que escoger la emisora de radio que escuchar, el canal televisivo a través del cual informarse, etc. Desde siempre, las decisiones humanas han tenido cierto componente endogámico. La novedad de nuestros días no es la presencia de estas burbujas, sino su mayor capacidad para la radicalización.
El consumo televisivo o la lectura de la prensa son actividades que se realizan de forma privada, en la soledad del hogar; mientras que la información que nos llega a través de las redes viene envuelta por una cascada de opiniones de usuarios que piensan como nosotros, lo que refuerza nuestras ideas y nuestros prejuicios. La era de la posverdad es también la era de la radicalización y la polarización de las posiciones.

La posverdad tiene una carga afectiva muy fuerte, por eso es operativa. El sujeto escucha lo que armoniza con sus creencias y actitudes. ¿La posverdad es similar a la ideología? Pienso la ideología, como una idea fuerte, una creencia inconsciente que tonaliza todas ideas del sujeto sin que sea evidente para él mismo; por tanto, no puede pensar fuera de esos parámetros; cree ver los hechos tal cual son.

D.G.M. y R.A.: La posverdad es un fenómeno multidimensional. Tiene causas político-sociales, económicas, tecnológicas, epistemológicas y también psicológicas. Lo que indicas en tu pregunta tiene que ver con esta última dimensión. Es difícil abstraerse de nuestros sesgos cognitivos y de la exposición selectiva hacia los medios. La exposición selectiva -concepto con larga tradición en el estudio de los medios- ya fue teorizada por Katz y Lazarsfeld a mediados del siglo XX. Afirma que tendemos a consumir aquellos medios e informaciones que más se alinean con nuestra ideología y nuestra forma de ver el mundo. Del mismo modo sucede en las redes: tendemos a seguir a aquellos sujetos con los que sentimos algún tipo de afinidad. Pero, ¿qué sucede cuando una información produce una disonancia cognitiva; es decir, cuando no se alinea con o contradice nuestra ideología? En tales situaciones, siguen operando nuestros sesgos cognitivos en forma de lo que los psicólogos denominan “razonamiento motivado”, que consiste en la construcción artificial de una explicación para adecuar la realidad – la información que nos llega- a nuestras visiones del mundo. El razonamiento motivado es una forma de corregir las disonancias cognitivas. La multiplicación de canales informativos que han florecido desde la llegada de la Web 2.0 provoca que estos procesos -acción de los sesgos cognitivos y razonamiento motivado- estén presentes de forma constante en nuestro día a día. El narcisismo es el gran metarrelato del hoy, nuestras pantallas no solo son escaparates donde nos mostramos constantemente; también son espejos donde nos vemos reflejados cuando, recluidos en nuestras burbujas, observamos a los que son iguales que nosotros.

La mentira es intencional; queda claro que el mentiroso conoce la verdad y la oculta a sabiendas. Posverdad y mentira no son lo mismo. ¿Cómo diferenciarla?

R.A.: En nuestro libro La posverdad. Una cartografía de los medios, las redes y la política, Gedisa, 2019, afirmamos que la historia de la mentira no es la historia de un error. No debemos hablar de errores, sino de mentiras intencionadas. Existen diferentes conceptos que pueden asociarse a la mentira, pero no son exactamente sinónimos de mentir. El error, el fraude, la astucia, la invención política, la construcción de una historia ficticia no son equivalentes a la mentira.

Es muy difícil encontrar en la Red la voz de los desposeídos, de las minorías. La Red ha democratizado poco nuestras sociedades. Los relatos hegemónicos siguen coincidiendo con los de las clases dominantes, mientras muchos grupos y colectivos continúan formando parte de los olvidados, de los invisibles, de “los otros”.

El problema viene cuando todas estas dimensiones aparecen, de alguna forma, mezcladas de tal manera que resulte imposible diferenciar cada una de ellas. La posverdad construye un relato coherente, convincente y con un marcado carácter emocional que va a afectar a los públicos. Un estudio realizado en 2018 por el MIT confirma que los relatos falsos se expanden más fácilmente y llegan más lejos en las redes que la verdad, y quienes expanden estas falsedades somos los propios usuarios que les damos, a su vez, un carácter aún más emocional.

D.G.M.: En este sentido, en nuestro libro, Leonardo Murolo, profesor de la Universidad de Quilmes, Argentina, establece una propuesta de análisis sobre el concepto de posverdad en su articulación con la idea de las noticias falsas. Afirma que posverdades son los marcos de pensamiento o ideas generales que se transmiten y/o son generadas en la población a fin de hacer más creíbles las noticias falsas que asientan o substancian tales marcos. Por ejemplo, en un clima de indignación general ante las hipotéticas prácticas corruptas de la clase política, independientemente de si tales existen o no, es mucho más fácil asentar determinadas informaciones falsas sobre corrupción vinculadas a un dirigente en concreto. La posverdad crea un determinado estado de opinión desde el que la mentira penetra mejor, se establece de forma más efectiva y resulta más creíble.

Ustedes dicen que hoy por la multitud de medios de comunicación a nuestro alcance nos sentimos empoderados, sin percibir la falsedad del asunto; en realidad otros deciden por nosotros. ¿Tiene este panorama alguna salida?, ¿puede alguien –por tener conciencia de esto– librarse de esta situación?

D.G.M.: Internet nació como una posibilidad de democratización y empoderamiento para aquellos que no disponían de voz para formar parte del discurso público. Sin embargo, década y media después de la llegada de la Web 2.0, observamos cómo aquellos planteamientos no son más que el incumplimiento de una promesa. Aparentemente, el ciudadano participa en los entornos digitales, crea contenido, forma parte de los relatos. Pero en un entorno con tanta sobrecarga de información, la clave no está en tener voz, sino en ser visible para tener influencia. En este sentido, observamos cómo en la Red la visibilidad y la relevancia están desigualmente repartidas: las redes y plataformas sociales reproducen la estructura de influencia – o lo que es lo mismo, la estructura de poder- propia de los espacios offline. Aquellos que logran tener influencia con su participación online forman parte de las oligarquías que ya estaban empoderadas antes de la llegada de los espacios digitales. Es muy difícil encontrar en la Red la voz de los desposeídos, de las minorías. La Red ha democratizado poco nuestras sociedades. Los relatos hegemónicos siguen coincidiendo con los de las clases dominantes, mientras muchos grupos y colectivos continúan formando parte de los olvidados, de los invisibles, de “los otros”.

R.A.: En el campo académico, se sigue diferenciando entre medios analógicos  -tradicionales -, y redes sociales, espacios virtuales supuestamente gobernados por la acción de los usuarios que proponen temas alternativos a los que podemos encontrar en los mass media. La distinción entre ambas esferas es errónea por una cuestión fundamental: los medios tradicionales – radio, grandes periódicos, TV-, también forman parte de las redes y se erigen en ellas como actores de influencia esenciales.

El mundo no era más objetivo hace 50 años. Era tan poco veraz como lo es ahora. El hecho de tener más medios y más información no significa que estemos expuestos a relatos diferentes, sino que estamos enfrentados a una misma voz múltiples veces, repetida por múltiples altavoces.

Si revisamos en este momento cuáles son los temas más comentados en Twitter, trending topics, ¿cuántos proceden de los medios tradicionales, sobre todo de la TV, o de otros actores que forman parte del establishment? ¿Y cuántos derivan de la acción ciudadana? Con el actual modelo algorítmico bajo el que está asentada la Red, dando más visibilidad a aquellos contenidos que reciben más enlaces y estableciéndose así un evidente sesgo de popularidad, las posibilidades de influencia y empoderamiento del ciudadano medio son escasas.

Insisto, ¿creen ustedes que haya alguna posibilidad de evitar ser víctima de la posverdad y su relativismo, su falsedad? ¿Cómo serían esos mecanismos, qué recursos se podrían poner en práctica?

R.A.: Esta cuestión que plantea ya fue objeto de análisis y de prácticas con los medios de comunicación convencionales. Desde finales de los años 60 del siglo XX, surge un movimiento con diferentes nombres en el mundo anglosajón y en el contexto latinoamericano que tenía como objetivo convertir a los usuarios en lectores críticos de los medios. En el mundo anglosajón, este movimiento se denominó Media Literacy y Media Education; en el campo latinoamericano adoptó el nombre de Educomunicación; mientras que en el español específicamente se denominó Educación Mediática. Estas acciones tuvieron gran fuerza, por un lado, en el Reino Unido, Australia y Canadá. En el caso europeo, se centraron en Francia, Italia y España. En Latinoamérica, los focos fueron México, Ecuador, Brasil, Uruguay, Chile y Argentina. Este movimiento fue intenso y preocupó en un primer momento a los gobiernos. Pero, no se llegó a institucionalizar en los sistemas educativos. Al no instalarse en la vida de las escuelas como el hecho de aprender a leer y escribir o ser un aspecto fundamental en los exámenes de acceso a la universidad, salvo en el caso del Reino Unido, la formación en comunicación terminó invisibilizándose.

Creo que la única posibilidad para la Educomunicación, Media Literacy o Educación Mediática es articularla a través del estudio de la posverdad, no solo en el campo informacional, sino en la reflexión sobre cómo está presente en el mundo del deporte, de la moda, de la música o de la empresa. Sin embargo, tengo serias dudas que los gobiernos realicen algo en este sentido porque, de alguna manera, en muchos casos los propios gobiernos son cómplices de la posverdad junto con corporaciones, empresas y diferentes plataformas. Todo este sistema de posverdad a escala global se articula y distribuye a través de las redes y requiere de la complicidad de todos. Si no hacemos algo a nivel ciudadano, la posverdad va a terminar ocupando todos los espacios de la sociedad y transformándose en “la verdad”.

D.G.M.: En efecto, aquí la educación tiene mucho que decir. Pero debe ser una educación crítica sobre los medios que se aparte de muchas de las actuaciones que se están llevando a cabo en este momento. De forma errónea, se sitúa el foco de la solución en la enseñanza de instrumentos tecnológicos y software específico que ayude a detectar las mentiras, la manipulación de imágenes, la propagación de hashtags, etc. En realidad, el centro del problema está en aprender a leer los medios de forma crítica. La capa tecnológica puede servir como apoyo, pero es mucho más importante desentrañar los procesos ocultos que guían la producción del contenido mediático que nos llega a diario, así como los intereses y los relatos que subyacen bajo tales contenidos.

R.A.: Esto sería lo ideal y lo urgente, pero no creo que los gobiernos lo pongan en marcha de manera inmediata. Esto significa que es imprescindible y necesario concienciar a los políticos y las ONG sobre la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos sin una información veraz en cualquier campo. En la situación actual, estamos condenados a vivir en falsas democracias.

 

Los medios masivos son los que nos proveen de información al tiempo que nos enseñan a cada uno cuál es la “representación de la realidad”. Ahí reside la clave del asunto. ¿Hay o habrá otro modo de vivir y recibir información que sea más objetiva?

R.A.: Creo que no es apropiado hablar de objetividad. Las diferentes empresas informacionales venden la realidad a su medida. Lo han hecho siempre. El mundo no era más objetivo hace 50 años. Era tan poco veraz como lo es ahora. El problema es que ahora la expansión informacional tiene unas magnitudes como nunca las tuvo y el alcance es más global y reiterativo. El hecho de tener más medios y más información no significa que estemos expuestos a relatos diferentes, sino que estamos enfrentados a una misma voz múltiples veces, repetida por múltiples altavoces.

D.G.M.: En relación con lo que indica Roberto, el gran triunfo del sistema neoliberal es el convencimiento de que no hay alternativa, de que otro mundo no es posible. Caer en esa trampa es un error. Claro que otro Internet es posible, igual que hay posibilidad de construir un sistema de medios diferente. De hecho, el actual momento de posverdad y auge de la desinformación debe ser una excelente oportunidad para que los medios de calidad reivindiquen su papel en las sociedades democráticas, para que apuesten por un periodismo más factual y menos emocional y para que se rebelen contra las dinámicas de aquellos actores que pretenden extender la falsedad con aviesas intenciones.

 

Aparece como uno de los efectos de la era de la posverdad la incerteza en la que vive el sujeto social y sus efectos: desconfianza y debilidad institucional. ¿Puede alguien con vida normal vivir en la incerteza? ¿No será esa incerteza, y la angustia que produce, lo que favorece el cultivo de los fanatismos políticos y religiosos y, como consecuencia, el terrorismo?

D.G.M.: La incerteza de nuestro tiempo fue magistralmente teorizada por Bauman a través de la metáfora de la liquidez que él aplicó a los diferentes órdenes de la sociedad, el trabajo, la educación, la economía, las relaciones sociales, etc. El individuo medio ha pasado de tener una vida razonablemente anclada a un espacio y a una identidad sólida, configurada a través de su empleo, sus relaciones personales, etc. que se mantenían casi inalterables durante toda su vida, a tener que reinventarse cada cierto tiempo debido a la velocidad de cambio de nuestra era. El individuo se ve abocado a una constante adaptación que genera evidentes tensiones, inseguridades e incertezas que en ocasiones desembocan en una falta de confianza en las instituciones encargadas de proporcionar esa seguridad perdida. Sin embargo, la falta de credibilidad en los medios como institución esencial para las sociedades democráticas es la consecuencia de un claro trabajo disfuncional de los propios medios que, en lugar de constituirse como actores de vigilancia de los poderes, se han aliado con ellos dejando desprotegidos a los ciudadanos. El desprestigio de la profesión periodística es un catalizador de los procesos de posverdad: si los ciudadanos dan la misma credibilidad a los medios de comunicación profesionales que a cualquier información que circule por la Red, es decir, si se coloca al mismo nivel la información contrastada y de calidad que la manipulada o inventada, la ciudadanía se convertirá en presa fácil de la mentira.

R.A. En cuanto a la acción de los medios, uno de los aspectos centrales de los últimos años es analizar cómo han fomentado y acrecentado el mundo de los fans. En las producciones de películas o de series, una parte del presupuesto está dedicada a incentivar el compromiso y posterior consumo de los usuarios más dedicados a las empresas de la industria cultural. Incluso, hay fans que son parte de la producción que crean contenidos que terminan monetizando las marcas. A su vez estos fans que forman parte de la producción, de alguna manera, intentan ser los modelos para el resto de fans de la misma marca. Así como en un periódico se creaban falsas cartas al lector, aquí se crean evangelizadores de las grandes corporaciones, que son los formadores del resto de miembros y fans de esa comunidad.

Sobre la cuestión del terrorismo a la que se refiere, disiento de su planteamiento. Pienso que los propios medios actúan como terroristas comunicacionales, no que generan terroristas de diferentes nacionalidades. El terrorismo está dentro de los propios medios. No ponen bombas, no ametrallan a un pueblo, ni incendian ciudades. Hacen algo más feroz: comen conciencias y cercenan el pensamiento crítico y disidente. Cada medio potencialmente actúa como un terrorista de la comunicación. Su objetivo es el espectáculo, el entretenimiento, el engaño y ofrecer algo de información para no hacer demasiado evidente la acción que están ejecutando sobre nosotros. Este no es un punto de vista apocalíptico, sino una perspectiva sociocrítica acerca de lo que estamos viviendo y lo que está por venir.

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