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La nostalgia en los textos de Héctor Bianciotti

Buenos Aires

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La nostalgia en los textos de Héctor Bianciotti | Letra Urbana

Genial escritor que llegó a atravesar el umbral de la Academia Francesa, se valió del lenguaje para crear intensas ficciones que le permitieron dejar atrás, y a la vez tener muy presente, la opresión de la llanura de sus orígenes. Cuando Bianciotti llega a saber que de la maleza extraordinaria de la lengua no habrá más palabras para desbrozar, perdió la semántica en los laberintos de la mente. Quedan sus libros y su rasgo de nostalgia que nos mueve por mundos que sólo la gran literatura puede recrear.

Quizá una palabra que aparece una y otra vez para explicarnos el sentido último de las novelas de Bianciotti sea precisamente: nostalgia. Una nostalgia presente en su vida que conforma la red infinita de narraciones sobre un yo transformado y refinado, pero siempre mirando hacia atrás, descontento con ese pasado y al mismo tiempo, anhelándolo.

Héctor Bianciotti, escritor casi secreto en Argentina, su país de origen, y de culto para unos pocos, en su país de adopción, Francia, es uno de esos autores complejos que hacen de su vida la materia de sus ficciones. Criado en el campo, en una zona denominada la “pampa gringa”, sus textos reflejan invariablemente ese mundo infinito, despreciado por él justamente por carecer de la sutileza y el refinamiento con que dotó su vida, irradiados también en  su estilo.

 El español entonces, es una lengua aprendida, sin conexión con la de sus ancestros, e imitada de aquélla que los padres, también en tren de aprendizaje, pudieron legar a sus hijos. Si no hay lengua materna, no hay vínculos estrechos con los espacios ni lazo alguno con la comunidad que los acoge…

Como la llanura que no ofrece refugio alguno, y a la que el niño teme de tal modo que marcará al adulto para siempre, impidiéndole realizar su obra en su país, la lengua materna no convida al festín de la palabra. Escribir desde la pampa parece ser una empresa imposible para el autor, todo es hostil y enorme, sin la medida humana. Como lo experimentaron ya otros escritores del pasado, no se puede escribir en la llanura, ni formar parte de la barbarie, mientras se asiste al espectáculo de la enormidad del desierto. Será preciso alejarse para construir una obra premiada y halagada por la crítica, pero con pocos lectores. Ese rechazo involucra también a la lengua española, objeto de diatribas y poseedora de una desmesura inigualable. “Decir soledad es referirme a algo vasto, universal…uno se siente un poco héroe… La palabra francesa solitude, en cambio, designa algo que sólo nos pertenece a nosotros… algo que está en nosotros, que basta con disimular para que nos dejen vivir”. (Sin la misericordia de Cristo, 37)

Hijo de inmigrantes del Piamonte, su lengua materna debió ser el italiano, que hablaban sus padres pero prohibían a los hijos nacidos en tierras argentinas por considerarla parte de un mundo muerto para ellos, y ajeno a la posibilidad de insertarse en una sociedad integradora y a la vez, expulsora. El español entonces, es una lengua aprendida, sin conexión con la de sus ancestros, e imitada de aquélla que los padres, también en tren de aprendizaje, pudieron legar a sus hijos. Si no hay lengua materna, no hay vínculos estrechos con los espacios ni lazo alguno con la comunidad que los acoge. Bianciotti proviene de la tradición europea y no puede desplazarse cómodamente en esa “cárcel sin límites”, por lo que desandará la travesía de los padres para crear su propio trayecto vital.

Variaciones-sobre-la-nostalgia

De ahí que el traslado de la lengua española a la francesa, presente a partir de la novela Sans la miséricorde du Christ, haya sido un camino esperado en la obra literaria de Bianciotti, y de ningún modo ajeno al vaivén natural de estar entre dos lenguas, traficando una que nunca será la propia.

Si pensamos el lugar que ocupa en el canon literario, debería sin duda adjudicársele el de extraterritorial, que, en palabras de George Steiner designa al escritor como huésped, desarraigado de su propia lengua y que se siente como en casa en distintos lugares (lenguas).

La civilización es la meta: mundos cargados de hábitos exquisitos y de gente mundana, reflejado en las tres primeras novelas, escritas en español, cuyo imperativo estético es el ocio, las divagaciones sobre arte y literatura, en fin, el buen vivir. Potencial que Bianciotti encuentra en Francia, donde comienza el periplo de escritura autobiográfica, en francés. Todo en la vida de este autor parece estar manifiesto en el deseo de olvidar el pasado, de parecerse a ese imagen de sí mismo que pergeñara en la pampa odiada y que se transforma, no obstante, en la repetición permanente de cada hecho de ese pasado, en el eterno retorno de lo mismo. Ése es el elemento constitutivo de la obra de Bianciotti: la nostalgia: “Y el pasado no es el pasado, sino nuestro presente, lo que somos: lo que fue el caminante se convierte en camino” (El amor no es amado). Si bien es cierto que el francés lo ayuda a emanciparse de una historia ya lejana que lo vincula a la familia y al entorno opresivo de la llanura, también lo es que esas anécdotas recogidas en la infancia, esos recuerdos son el sustrato, los que nutren sus textos.  El escritor, que se denomina a sí mismo “el escriba” se solaza en la prospección de su propia memoria, obstinado en descubrir en el pasado los vestigios de una vida que la escritura quiere desenmascarar.

Podría decirse que Héctor Bianciotti cumplió con su destino el día que transpuso el umbral de la Academia Francesa  (La Casa de las Palabras) para formar parte de ella e ingresar en el “delicado laberinto” de la lengua de Valéry. Igual que en muchos de sus textos, el temor de que las palabras no expresaran verdaderamente su pensamiento aparece en el momento de agradecer su incorporación con el discurso esperado. Si es cierto que la vida imita a la literatura, nadie más que Héctor Bianciotti podría atestiguar este apotegma. En muchos de sus escritos aparece el fantasma de la pérdida del habla como un mal irremediable que lo asalta en cada situación en que debe exponerse públicamente. O la convicción de los límites del lenguaje: “ese largo esfuerzo titubeante del pensamiento”, cuanto de la fuerza extraordinaria de las palabras.

“No recuerdo que mis relaciones con las palabras hayan sido alguna vez apacibles. En mi ignorancia de las sedes de la memoria, de los laberintos del cerebro, temí una lesión, una enfermedad irreversible, y que la vida, en fin, no me dejaba en este mundo sino para asistir a la lenta erosión de mi cosmogonía íntima, sin tener ya los medios para narrarla” (Como la huella del pájaro en el aire, 157).

Los difusos límites entre ficción y realidad se tornan aún más estrechos cuando manifiesta su preocupación por la afasia en la última entrega de su trilogía autobiográfica, donde la pérdida del lenguaje es abordada como tema. Ya esa obsesión había tomado forma en un cuento que tiene como protagonista al escritor Valéry Larbaud: “Bonsoir les choses d´ici-bas”, atacado por una hemiplejía que le produce profundas distorsiones en la sintaxis, hasta la pérdida casi total del habla. Una reseña sobre la Carta de Lord Chandos, de Hofmannsthal, carta imaginaria de un escritor que se encamina a la afasia voluntaria, da cuenta también de una angustia premonitoria que rondaba la mente de Bianciotti y que tomaba la forma de una lucha desigual: “No recuerdo que mis relaciones con las palabras hayan sido alguna vez apacibles. En mi ignorancia de las sedes de la memoria, de los laberintos del cerebro, temí una lesión, una enfermedad irreversible, y que la vida, en fin, no me dejaba en este mundo sino para asistir a la lenta erosión de mi cosmogonía íntima, sin tener ya los medios para narrarla” (Como la huella del pájaro en el aire, 157).

La última novela de Héctor Bianciotti: La nostalgia de la casa de Dios, texto extraño sobre la música y el desamor, está rodeada de blancos y signos de interrogación, sin respuesta, que podrían leerse como una muestra del nihilismo extremo al que había llegado el autor, o como la antesala de la afasia que ahora le impide escribir. Los lectores sabemos que es la última entrega de Bianciotti, que ya no habrá más palabras para desbrozar de la maleza extraordinaria de la lengua, porque ese escritor intenso que hizo de los juegos verbales la marca de su estilo, perdió la semántica en los laberintos de la mente. Entonces la nostalgia de sus textos nos atraviesa una vez más y nos instala en uno de esos mundos posibles que sólo la gran literatura puede recrear.

Buenos Aires, 6 de septiembre de 2011

Artículo por:

Lic. Diana Salem

Lic. Diana Salem
Profesora y Licenciada en Letras. Investigadora del Centro de Estudios de Narratología. Sus últimos libros publicados son: Variaciones sobre la nostalgia. Una lectura de Héctor Bianciotti y El yugo de la memoria. Autoficciones. 

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