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La niñez discapacitada: La amistad y la potencia de los cronopios-pinochos

Buenos Aires

Por Esteban Levin
La niñez discapacitada: La amistad y la potencia de los cronopios-pinochos | Letra Urbana

En la diferencia entre el organismo y el sujeto, entre los hilos de la marioneta y el entretejido infantil, se juega la curiosidad y las peripecias de cada infancia.

Cuando a un niño se lo nomina y se lo trata como un discapacitado – un Down, un TGD, un paralítico, un aullido de gato, un Rett), ¿qué efectos tiene en él, en los otros, y en la familia? ¿Acaso puede ser un cronopio[1]? Como plantea Orwell en el libro 1984, “quien controla el pasado, controla el futuro. Y quien controla el presente, controla el pasado.” Nominar a un niño como un diagnóstico, un síndrome, ¿no es determinarlo y pretender dominarlo?

La antigua terapeuta de Alejandro, de 8 años, comentaba en su equipo de trabajo, que él había progresado mucho porque pese al síndrome maullido de gato, hacía menos maullidos. Ale no juega ni habla, ni tampoco se relaciona con otros niños. Cristian, a los dos años, diagnosticado TGD no especificado, era considerado por todos como un discapacitado; por su supuesta problemática se le hablaba distinto, se aplicaban técnicas específicas para cada área -motriz, verbal, sensitiva, auditiva- y se lo incluía en un jardín de infantes común con actividades diferentes y específicas que, dado su diagnóstico, tenía una carga horaria diferencial. A Cristian, el otro[2] le resultaba indiferente. Juan Carlos de tres años, tiene una problemática neurometabolica, no se esperaba mucho de él. Se le hablaba poco, nadie le jugaba, sólo se lo cuidaba mucho para que no sienta dolor ni se lastime y ,fundamentalmente, para que se alimente de lo estrictamente indicado en la dieta. La institución a la cual concurría lo integraba, aunque no podía incluirlo con el resto de sus compañeros, porque siempre necesitaba cuidados diferenciados. Esto lo mantenía alejado de otros chicos con los cuales no llegaba a relacionarse, a pesar de llevar varios años concurriendo a esa institución.Pertenecen a esa franja siniestra de estar incluidos como excluidos.

Estos niños, como muchos otros que presentan un estado corporal frágil, más vulnerable que el resto, o simplemente diferente por su indefensión, remiten directamente a ser considerados excepcionales. Podríamos decir sin exagerar, que son ubicados en una posición de extranjeridad con respecto a su propio –impropio- cuerpo y a los otros. En efecto, soportan ser extranjeros a sí mismos, ya que se les  inculca una imagen del cuerpo en la cual, al reconocerse en ella, se desconocen como sujeto.

Discapacidad, niños especiales, escuela diferencial, integración niños especiales, Plasticidad neuronal discapacidad.

Discapacidad, niños especiales, escuela diferencial, integración niños especiales, Plasticidad neuronal discapacidad.

El extraño, el extranjero, el diferente, en éstos casos no se define por la nacionalidad, porque hablan otra lengua o pertenecen a otra etnia, ni porque tengan un color de piel distinta, sino por el estado de indefensión, por la dificultad corporal que poseen, con la cual han nacido o la han adquirido sin elección posible. Ésta imposibilidad imposible define la excepcionalidad. Ser extranjeros en su propia-impropia morada: su cuerpo.

Sin embargo, su vulnerabilidad corporal nos remite directamente a la propia, a la nuestra, a la de todo sujeto humano. En éste sentido, todos somos extranjeros, excepcionales, con relación a lo que no podemos asimilar, captar, de nosotros mismos. Cada uno tiene la propia impropia indefensión. Es el malestar constitutivo que nos hace ser mortales lo que nos constituye como sujetos en la cultura y nos permite hacer un lazo social, sostenidos siempre en el otro. Cualquier legalidad, la ley de alianzas, no es sin el Otro por el cual somos constituidos, y el otro con quien nos relacionamos socialmente, culturalmente, siempre y cuando no seamos extranjeros a nuestra condición corporal.

¿Qué sentido tiene un grupo cuando un niño es extranjero y funciona como un extraño a él?¿Cómo pueden estos niños diagnosticados discapacitados, extranjeros – en el sentido que mencionaba- constituirse y construir su imagen corporal para hacer lazo social con otros semejantes?

Muchos de los niños con los que trabajamos día a día, paradójicamente están a condición de no estar. Hacen lo que se les demanda, cumplen la consigna, están integrados como se les exige y aprenden a costa de la promiscua repetición aquello que se les pide. ¿Pero ellos existen en ese pensamiento? ¿Pueden relacionarse con otros amigos, para pensar juntos? ¿Comparten la posibilidad de imaginar y fantasear en la diferencia? ¿Crean la complicidad de la experiencia infantil, aquella que sólo se consigue en la exclusiva intimidad de lo grupal? Por el contrario, ¿qué sentido tiene un grupo cuando un niño es extranjero y funciona como un extraño a él?

Cuando de la infancia se trata, la hospitalidad de una institución, sea escolar o social, nunca puede ser absoluta, ni seleccionarse sin considerar los múltiples factores que determinan a la experiencia infantil más allá de cualquier dificultad problemática, pero que incluye necesariamente a ésta. Como hemos venido sosteniendo a lo largo de muchos años, no todo niño es integrable a una escolaridad común de modo general y uniforme. Es justamente ésta idea la que valoriza y defiende la necesidad de la escuela especial como verdadero acto de hospitalidad en aquellos niños –cronopios- que de otro modo están supuestamente incluidos, pero en su indefensión no terminan de integrarse. Permanecen como intrusos, extraños, extranjeros, a sus propios-impropios compañeros. ¿Es posible que un niño con problemas en el desarrollo y en su constitución subjetiva permanezca un año escolar integrado, incluido, pero no lograr nunca tener siquiera un amigo con quien relacionarse y hacer lazo social?

La función del amigo en la infancia

Justamente, un amigo para un niño es un otro que tiene que ver con él, con el cual se pone en escena y crea otra. Puede jugar, compartir una experiencia infantil y entonces es parecido a él. Se identifica con ese otro y nace una relación, una amistad a partir de hacer cosas juntos, construidas sin preguntar por qué se hicieron o qué objetivos o contenidos pedagógicos tienen. ¿Hay un modo de enseñar a otro a hacerse amigo, a relacionarse con otros?

¿Qué sentido tiene un grupo cuando un niño es extranjero y funciona como un extraño a él?

Discapacidad, niños especiales, escuela diferencial, integración niños especiales, Plasticidad neuronal discapacidad.

La amistad pone en escena la función del amigo desde la más tierna infancia. Pone en juego la diferencia en lo semejante y lo semejante en la diferencia, como don de amor. Es en la amistad donde por primera vez el amor se ubica en un otro que no es ya del orden de lo familiar. Es decir, el amigo abre el espacio libidinal del acto social. Apertura a la exogamia, ley de alianza fundamental en la constitución de lo heterogéneo. La heterogeneidad –a decir de Michel De Certau- quiebra la identidad consigo mismo. Crea lo discontinuo y da lugar a la propia experiencia subjetiva que posibilita pensar.¿Es posible que un niño con problemas en el desarrollo y en su constitución subjetiva permanezca un año escolar integrado, incluido, pero no lograr nunca tener siquiera un amigo con quien relacionarse y hacer lazo social?

El semejante, el amigo, al mismo tiempo que le permite identificarse con el otro y desdoblarse en él, crea la alteridad, la apertura hacia lo desconocido y la curiosidad del afuera que confirma un adentro diferente. ¿Es posible la experiencia y la cultura infantil sin el funcionamiento, el impulso y la heterogeneidad de la amistad?

Todo lo expuesto nos recuerda las historias que nos relata Julio Cortázar a través de los cronopios, los famas y los esperanzas, en las Clases de Literatura, dictadas en Berkeley en 1980, (Alfaguara, 2013). Dice Cortázar, “A los cronopios, como por contraste con los famas, los sentí como lo que realmente eran: Unos seres muy libres, muy anárquicos, muy locos, capaces de las peores tonterías, y al mismo tiempo llenos de astucia, de sentido del humor, una cierta gracia; en tanto vi a los famas como representantes de la buena conducta, del orden, de las cosas que tienen que marchar perfectamente bien, porque sino habrá sanciones y castigos. En el momento en el que se había producido esa disociación, creía que la cosa había terminado y era una simple fantasía mental pero de golpe aparecieron unos terceros personajes que no eran ni cronopios, ni famas, e inmediatamente los llamé esperanzas. (Nunca sabré por qué los llamé esperanzas.) Esos personajes se situaban un poco en la mitad, porque tienen algunas características de los cronopios, en el sentido de que tienden a ser bastante tontos algunas veces: son ingenuos, despreocupados, se caen de los balcones y de los árboles y, al mismo tiempo, al contrario de los cronopios, tienen un gran respeto por los famas… Los esperanzas, por un lado, admiran a los cronopios, pero les tienen mucho miedo porque los cronopios hacen muchas tonterías, y los esperanzas tienen mucho miedo de eso porque saben que los famas se van a enojar.”

Los niños, denominados discapacitados, son verdaderos cronopios, pinochos. Si pueden se rebelan, pelean, fantasean, imaginan, hacen tonterías, juegan con el absurdo y el sinsentido, crean, luchan con todos sus recursos contra aquellos famas que les imponen etiquetas, diagnósticos, pronósticos, estigmas, técnicas y presupuestos pedagógicos, técnicos y sociales sin considerar la propia historicidad que los enuncia como sujetos.

Están también los esperanzas, aquellos que intentan conciliar, acarician tanto a los famas como a los cronopios, quieren estar bien con todos. Ambivalentes, no pueden decidirse, parecen estar junto a los niños-cronopios, pero inmediatamente se inclinan por las conductas, los objetivos y los estrictos contenidos a desarrollar de acuerdo a los parámetros estandarizados para dicha patología o dificultad, aunque ella sea “no-especificada”.

Los niños, denominados discapacitados, son verdaderos cronopios, pinochos. Si pueden se rebelan, pelean, fantasean, imaginan, hacen tonterías, juegan con el absurdo y el sinsentido, crean…Alejandro cronopio, pinocho nos mira. No logra guiñarnos un sólo ojo, pero en su mirada logramos encontrarnos. Nos reflejamos en un espacio en eco donde comienza a circular un espejo que se abre a una experiencia diferente. Busca un objeto y me mira, ese gesto ilumina el tiempo compartido. En la complicidad de instante -aquello que los griegos denominan el Kairos como temporalidad singular- devenimos cronopios, nos aferramos a la gestualidad, y sin querer comenzamos a jugar con los rostros, movemos la boca, arrugamos la nariz, inclinamos las cejas, sacamos la lengua, nos reímos de uno en el otro. El juego de los rostros, en la disparidad, nos espeja y lanza a un horizonte cronopio. Allí Alejandro deja de ser síndrome maullido de gato, y constituye una experiencia infantil por fuera de cualquier discapacidad donde un niño cronopio tiene la palabra y constituye su imagen corporal.

Cristian, cronopio, pinocho, mira al títere pájaro que sostengo en mi mano. Sorprendido, no deja de mirarlo. El títere y Esteban arman el escenario ya que él todavía no puede hacerlo sólo, y rápidamente se mete en escena. Le sorprende el tono de voz del títere, como se mueve, canta, y las cosas que con Esteban hacen para convocarlo. Justamente a él que le cuesta hablar, mirar y jugar con otros, pero ante la demanda de éstos personajes que pueden jugar con él aparece su naturaleza cronopia, y me extiende la mano para tocar, acariciar el títere pájaro que hacía una de sus tiernas travesuras. Es un toque sutil, gestual, lentamente extiende la mano, me mira y toca al pajarito que a su vez extiende ese toque. Se tocan en lo intocable que acaricia una escena, una presencia que sostiene la fantasía cronopia, aquella que sin duda crea otra realidad, donde deja de ser un TGD no especificado a sus sólo dos años.

Juan Carlos había sido, muchas veces, revisado, investigado, para saber qué enfermedad neurometabolica tenía. De de tantos toques, de haber quedado como un  objeto, no quería que ya nadie lo tocara. Inseguro, aterrorizado y con mucho miedo, casi no podía mirar, ni hablar ni jugar y ,mucho menos, relacionarse con otros. Él quería acercarse, podía intuir su deseo de lanzarme la pelota, dibujar o jugar con un juguete, pero no lo hacía. Lentamente, respetando su tiempo, que no era el cronológico, comenzó a relacionarse. Pateaba la pelota y en la escena, se me ocurrió dramatizar el gol. Del movimiento que imprimía la pelota, construía un sentido acorde a lo que él producía en la escena. Cuando tomaba un lápiz o un marcador, el pulso tembloroso delimitaba rayas, trazos, que poco a poco se transformaban en figuras, líneas que pintaban garabatos, que nos decían secretos, cosas magníficas que había que adivinar, relatos que acariciaban figuras. Los papás y los chicos en la escuela también participaban en éstos garabatos que se metamorfoseaban en adivinanzas, imágenes, a descifrar, a averiguar qué querían decir. Juan Carlos cronopio comienza a relacionarse con otros, a dejarse tocar y tocar a otros sin ser un transtorno neurometabolico severo.la rebeldía de los niños cronopios no tiene fin. Se revelan a lo imposible, se exilian de la organicidad y tornan posible lo que hasta ese momento era irrepresentable.

Los niños cronopios, como todo pinocho, son todos diferentes. No hay uno igual a otro. Y es justamente ésta diferencia lo que los hace ser cronopios pese a los famas y los esperanzas que no dejan de procurar incluirlos en sus moldes. Intocables, establecidos y especificados según su dolencia, su discapacidad, la rebeldía de los niños cronopios no tiene fin. Se revelan a lo imposible, se exilian de la organicidad y tornan posible lo que hasta ese momento era irrepresentable. Por eso, ellos nunca están en el mismo lugar, se transforman y nos sorprenden siempre y cuando nos demos el espacio para asombrarlos y dejarnos sorprender por ellos. Entonces nos damos cuenta que al jugar, piensan, desglosan la realidad y al pensar juegan en la experiencia infantil. Puntapié esencial para cualquier historia de cronopios en escena.

Finalmente, Julio Cortazar, acerca de los cronopios nos cuenta que “Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente,

con la flor, a saber, le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz. La flor piensa ‘es como una flor’.” Y en la última fábula, Tortugas y Cronopios, nos dice: “Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Los esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.”la herencia, tanto genética como simbólica no está determinada toda de antemano, que la misma depende, en gran medida, de la experiencia que tiene que realizar y de lo contingente. Esta indeterminación hereditaria abre las puertas a la plasticidad de cada desarrollo y subjetividad.

¿Seremos capaces de dibujar golondrinas para poner en escena la ficción de volar? Pero para ello tendremos que ser cronopios en nuestra práctica educativa o clínica, pero no todos, famas y esperanzas mediante, están dispuestos a realizarlo.

Pinochos: El deseo de ser niños de verdad

Tal vez la figura de Pinocho a través de sus aventuras, como representante posible de la infancia, nos permito vislumbrar caminos no exentos de laberintos para recuperar lo infantil y en esa disposición donarlo al otro.

Pinocho, los cronopios, no coinciden con la madera, así como un niño nunca lo hace con su cuerpo. Ambos son lábiles, vulnerables y están expuestos al avatar de lo contingente e inevitable. En la diferencia entre el organismo y el sujeto, entre los hilos de la marioneta y el entretejido infantil, se juega la curiosidad y las peripecias de cada infancia.

Los niños que nacen con una problemática en el desarrollo, en la estructuración subjetiva, que tienen alguna dificultad corporal-motriz, neurológica o genética, los pinochos, nos enseñan y demuestran día a día no sólo la vulnerabilidad y lo provisorio de lo corporal, sino que la herencia, tanto genética como simbólica no está determinada toda de antemano, que la misma depende, en gran medida, de la experiencia que tiene que realizar y de lo contingente. Esta indeterminación hereditaria abre las puertas a la plasticidad de cada desarrollo y subjetividad. Entre lo heredado y el deseo hay diferencia y tensión, nunca coinciden, ni son uno. Por ésta causa, un niño se emancipa de la herencia y puede hacerla propia.

Lo inconsciente, desde el origen infantil, es cuerpo. Espacio y tiempo enlazados en el campo del Otro. Esta concepción es opuesta a la de considerar al desarrollo del niño como autónomo, definitivo o reglado de modo universal acorde a la edad cronológica, el estadio, o el gradiente de inteligencia al cual tiene que responder de acuerdo al currículo escolar, social, o terapéutico. Un pinocho-niño nunca está en un manual, ni en una descripción de un libro, ni en un informe o en un diagnóstico. Lo nefasto, no es la herencia en sí misma sino no poder metamorfosearla, romper con ella y recrearla.

Los niños, los cronopios, los pinochos, necesitan la intriga de tocar, saltar, garabatear con un otro, y es en éste espacio cómplice y complejo donde el don del deseo se transmite, se pierde, se deja, sin proponérselo, para un otro. El acto deseante implica siempre legalidad, límite y prohibición, condición necesaria para entrar en la circulación social. Así se instaura la deuda simbólica, que está en juego en cada verdadero acontecimiento. Con el niño nos lanzamos a jugar, y somos otros, cada vez que lo hacemos somos diferentes. Ese es el modo que tenemos de compartir y donar la experiencia infantil para que él pueda constituirla. Es una ética alimentada por lo singular de cada encuentro que no podemos anticipar de antemano. Estamos pendientes del sufrimiento y la demanda del otro.

Pinocho es una marioneta, pero no tiene hilos que sustenten sus movimientos. Es un títere pero no tiene guante que le dé movilidad, ritmo, vida. Es un muñeco pero nadie le presta la voz, los gestos, la musicalidad. Es un niño que difiere del resto, proviene de un árbol, el cuerpo es duro, de madera. En éste sentido, la ambigüedad, la vulnerabilidad, y la metamorfosis nominan las aventuras.

Los niños –pinochos- se revelan y sublevan a las certezas del desarrollo y a los diagnósticos predeterminados. Se mueven, inquietos, apasionados, nunca están en la misma posición. La condición infantil corporal los torna más vulnerables al otro y a lo otro, sin embargo al jugar se protegen, piensan, y como es de mentira, crean otra escena. Se dan cuenta que la fantasía puede ser real y, al mismo tiempo, lo real la limita hasta hacerla existir como escenario subjetivo. Damos lugar a lo imposible para que la escena propia de la niñez sea posible. En ésta singular travesía, ¿seremos capaces de crear con ellos el espacio infantil para que advenga la desventura del deseo?



[1] Cronopios, como se explicará más adelante en el texto, el término remite a las Clases de Literatura de Julio Cortázar, dictadas en Berkeley en 1980 (Alfaguara, 2013). En Historias de Cronopios y de famas,  Cortazar escribe: “A los cronopios, como por contraste con los famas, los sentí como lo que realmente eran: Unos seres muy libres, muy anárquicos, muy locos, capaces de las peores tonterías, y al mismo tiempo llenos de astucia, de sentido del humor, una cierta gracia…

[2] El otro, en el texto es una noción que refiere a los otros, el prójimo, con quienes tenemos la posibilidad de  relacionamos socialemente.