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La música es el colmo del lenguaje

Buenos Aires

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La música es el colmo del lenguaje | Letra Urbana

Con frecuencia hablamos del lenguaje musical, pero rara vez nos detenemos a analizar esta afirmación. Si la música carece de palabras, ¿cómo es que evoca, describe y narra? ¿Es la música realmente un lenguaje?

“Me falta algo cuando no escucho música, y si escucho música, entonces empieza realmente a faltarme algo. Esto es lo mejor que sé decir acerca de la música”, propone el escritor Robert Walser en “Las composiciones de Fritz Kocher”. Es decir, que él distingue dos categorías de la falta, las cuales aunque se junten, no hacen una. Una falta que se siente como una especie de agujero y que pide ser rellenada por la música, y simultáneamente, la música crea una especie de borde a una nueva carencia, que no es de la misma especie que la anterior.

Es muy habitual hablar acerca del “lenguaje musical”. Pero, ¿en qué sería la música sería un lenguaje? Y si (no) lo fuera, ¿qué es, cómo está estructurada? Para Brad Meldhau, el notable pianista de jazz norteamericano, el encuentro con la música nunca es un descubrimiento, sino que al contrario, es más bien “la confirmación de alguna cosa compartida entre el compositor y el auditor, sentimientos traslapados si pudiera decirse. Resulta algo así como la constatación de un parentesco, un “ése eres tú”, una celebración entre el artista y el espectador, a la manera de un “partir juntos el pan”. El arte le habría permitido a Brad Meldhau en la infancia, ponerse en contacto con algo del orden de la muerte pero de una manera francamente tangible. Tocar una eternidad que no es la del tiempo sino la de aquello que no cambia. Está allí y estará… Pasar por el lugar común de la vida y de la muerte. Por ende, podemos decir que el horror y la belleza no vendrían a ser dos polos opuestos de lo estético sino más bien se encuentra una lindando con la otra en una siniestra vecindad.

“Me falta algo cuando no escucho música, y si escucho música, entonces empieza realmente a faltarme algo.

Continuando con Meldhau, propone que la música sería “un medio de expresión completamente en el abstracto”. ¿Se puede sostener que la música exprese, que sea ese medio una forma apta para expresar? ¿La música sería un lenguaje sin palabras, y de ser así seguiría siendo un lenguaje? Aquello que sí podemos asegurar es que la música pareciera no necesitar referirse a algo por fuera de ella misma para sostenerse, acercándose a la clásica aunque no pasada de moda definición de signo lingüístico saussureano. Sin detenernos en esto señalemos que el signo no requiere para su funcionamiento que esté presente algún referente en el acto de significación. Se basta a sí mismo en la medida en que es lo que todos los otros signos no son. Como si estuviera constituido como un fragmento que contiene al resto sin ser idéntico a él. Forma y contenido son aquí casi parámetros indistinguibles y en música no parece que hubiese lugar alguno para el par objetivo vs subjetivo. La música entonces actualiza un enorme problema: el de la referencia.

El-soportable-horror-de-la-musica

La música a la vez inteligible e intraducible, en ella el compositor necesita disponer de ese arte tan peculiar que es la composición, llevando las cosas un poco más allá de lo que se hace en la poesía o en la pintura. Todos, mal o bien, pueden escribir algún verso o pintar alguna lámina, cosa que presenta mucha más dificultad en el caso de que se pretenda componer música. ¿Será porque la música es esquiva a toda  representatividad? ¿O porque es esquiva a la figuración?

La música no tiene palabras; finalmente, entre las notas y las frases musicales no hay nada. Claude Lévi-Strauss nos recuerda que la música es intraducible y que se diferencia de los lenguajes de palabras en éste y preciso hecho. La música excluye el diccionario. La música no significa nada y es en este sesgo que nos llama la atención que no la sitúe en el estricto límite del lenguaje. ¿Qué se escucha entonces? ¿Qué deleita o fascina de esta relación con el borde del lenguaje? Si la música no imita los efectos percibidos por los sentidos, y ni siquiera expresa nuestros sentimientos, ¿qué es entonces? Un goce tal vez, goce del órgano. Sin embargo, el espíritu busca, intenta a partir del más mínimo detalle de esa sin significación, analogías con diversos objetos.

Tocar una eternidad que no es la del tiempo sino la de aquello que no cambia. Está allí y estará… Pasar por el lugar común de la vida y de la muerte.

Todo esto es muy importante. Tal vez habría que decir que la música sería el colmo del lenguaje. Ahora bien, además de sentirlo, habría que entenderlo un poco más. El colmo entendido como el término de una cosa, ese borde que sobresale de su borde, es decir aquello que sobrepasa toda precisión o cálculo, aquello de lo cual ya no puede hablarse más. La música como un exceso del lenguaje, allí donde está prácticamente cayéndose del recipiente. ¿Qué sucede cuando se percibe que el lenguaje no significa nada, que está traslúcidamente desnudo en su incapacidad, y no en su capacidad? Durante una conversación con Richard Wagner, Giaccomo Rossini habría dicho: “¿Quien podría precisar, ante una orquesta desencadenada, la diferencia de descripción entre una tempestad, un motín, un incendio…? ¡No salimos de la convención!”.

¿De qué manera se las arregla el lenguaje para interpretar, para decir algo acerca de la música? Con bastante pobreza y dificultad, con el auxilio del adjetivo. El adjetivo es el muro imaginario con el cual el sujeto se protege de una pérdida que siente que lo amenaza. De alguna manera hay que asegurar de que aquello que se escucha no termine destruyendo las pocas y necesarias certidumbres. En el campo de la música no hay lugar para el “pienso, luego existo” cartesiano. Y por ende no habría espacio para la duda. En la Grecia Antigua, la lengua musical se adjetivaba con formas que se acercaban a “austero, orgulloso, etc.” Para los románticos, las indicaciones estaban ligadas al tiempo, tempi (allegro, con brío, etc.). ¿Se puede hablar de la música sin adjetivos? Para no luchar contra la predicación, habría que desplazar el punto de contacto de la música con el lenguaje. Existe un debate abierto en torno a la relación de la palabra con la música: ¿de continuidad o de discontinuidad?

La música excluye el diccionario. La música no significa nada.

La música es y no es como un lenguaje que juega en el interior del cuerpo, en el sexo, en el vientre que late. No sabe de ser el signo de un signo. Con la música hay momentos en que se pierde la distinción entre compositor, intérprete y auditor: todo auditor ejecuta lo que escucha. El cuerpo con la música habla, declara, habla para no decir nada. Es una palabra no lingüística sino corporal, el cuerpo sonoro.

Simulacro de un lenguaje, rito de una agonía de la significación; se aloja en la raíz del cuerpo que no aloja el lenguaje, raíz de la sublimación. La voz musical, ésa que canta sin que necesitemos saber lo que dice, rechaza lo edípico. Hay como una especie de fricción de la lengua y lo musical. Pareciera entonces que el significante no explica todo lo que de lengua está en el sujeto: la música puede llegar a ser apariencia de lenguaje. La música no vacila, ni desplaza, ni metaforiza. ¿Inhumana tal vez?

¿Qué sucede cuando se percibe que el lenguaje no significa nada, que está traslúcidamente desnudo en su incapacidad, y no en su capacidad?

No habría mejor evasión en la vida que la que se logra a través de la música (la experiencia que nos muestra la adolescencia en particular y su amor por la música lo confirma) como tampoco hay mejor manera de entender lo imposible de la vida que a través de la música. Tiene incluso un carácter embriagador, de inexorable, de imposición e incluso de persecutorio. Esas melodías que se “pegan” a nosotros (por algo se las llama “pegadizas”) al lado de las palabras que conforman los pensamientos despiertos dan a entender algo de ese carácter de perseguidora. El oído es el único aparato sensorial que no puede cerrarse al exterior. Y eso coloca a la palabra y a la música en estrecha vecindad. Se pueden cerrar los ojos pero no los oídos. Y finalmente la tecnología hizo apta a la música para los fines de dominio y control de estado, favoreciendo una cierta mercantilización del cuerpo.

Todo intento de ir un poco más lejos en delimitar en donde el psicoanálisis tiene algo que ver o hacer con la música ha chocado irremediablemente o contra una pared o ha pisado una pendiente resbalosa, aquélla que se inclina en confundir la evocación de la música con la presencia de la voz. Además, la escasa relevancia que Freud le dio a la música contribuyó a una suerte de sordera a la hora de decir algo acerca de esa experiencia fundamental del hombre. ¿Ha sido la música expulsada del psicoanálisis? Sólo algunos pocos ejemplos podemos encontrar en la literatura analítica que seriamente hayan tomado las cosas en la correcta textura.

Con la música hay momentos en que se pierde la distinción entre compositor, intérprete y auditor: todo auditor ejecuta lo que escucha.

Detenerse en esta veta de la experiencia clínica, política y doctrinal, permite abrir una gama insospechada de recursos y sensibilidades en un campo que está demasiado recubierto por el registro del simbólico. Hacer valer el sonido, sin que se trate del sentido ni de los fonemas abre nuevas lecturas, tanto para los psicoanalistas como para quienes entienden que la música nos dice algo sin saber concretamente qué.

Artículo por:

Mario Betteo Barberis

Mario Betteo Barberis
Psicoanalista, Buenos Aires, Argentina. Autor del libro “El soportable horror de la música. Ensayos en torno del significante y del cuerpo sonoro”, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2010. 

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