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La Librería Central y la Galería El Callejón de Bogotá. Espacios y personajes que tejieron el legado cultural de Colombia.

Bogotá

Por Clarita Spitz

La Librería Central y la Galería El Callejón de Bogotá. Espacios y personajes que tejieron el legado cultural de Colombia. | Letra Urbana

Los austriacos que llegaron por los años 30 continuaron la tradición de las tertulias literarias, la pintura y la música. La Central, fue punto de encuentro de la intelectualidad colombiana y donde Álvaro Mutis y el Gabo participaban desde su época de universitarios.

 “Qué sería de mí sin libros” Hans Ungar

 

Hay costumbres tan arraigadas en nuestros pueblos que pocas veces nos detenemos a pensar en su origen.  Es común que, en sus países de exilio o adopción, los inmigrantes reproduzcan algunas de sus costumbres y tradiciones, intentando rescatar el ambiente del mundo que dejaron atrás. Los inmigrantes austriacos  que llegaron a Colombia  en los años ´30s del siglo pasado continuaron la tradición centroeuropea de las tertulias literarias, la música clásica, la pintura, las veladas musicales, ya fuera en los teatros capitalinos o en residencias privadas.  Los museos,  librerías y galerías les proporcionaban un pretexto para reunirse en esos espacios que estaban decididos a preservar.

Resulta imposible hablar de librerías y de galerías en Colombia sin mencionar a Hans y Lilly Ungar. Su nombre es toda una tradición en la literatura y el arte de este país. Entrar a la Librería Central, su pequeño y encantador local, es casi un viaje al pasado, a una época donde se cultivaba la hospitalidad un tanto olvidada hoy en día.

La Central, fue un punto de encuentro de la intelectualidad colombiana y bogotana, un sitio de tertulia, donde nació, quizás, esa costumbre tan arraigada en este país del tinto en la librería, como un reflejo de entenderla como un espacio de encuentro, de diálogo. En ella confluyeron personalidades de la cultura y política de Colombia, amigos personales de los Ungar, pero también estudiantes y trabajadores de la zona, algunos sin la plata para comprar libros pero con el tiempo y la curiosidad para quedarse leyendo con la aprobación de los dueños.

En este universo de libros y arte, no resulta difícil imaginar a un par de jóvenes Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, en sus días de estudiantes, cuando sin un centavo en el bolsillo visitaban la Central y “prestaban” libros sin carácter de devolución bajo la mirada complaciente e incluso cómplice de Hans y Lilly. Gabo rememora esta época en su prólogo al libro de Mutis, La mansión de Araucaima,    “.(…)  Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café…”

El mural estilo naif que decora la fachada, rinde homenaje al Nobel, pero también al joven estudiante de aquella época.La Central, fue un punto de encuentro de la intelectualidad colombiana y bogotana, un sitio de tertulia, donde nació, quizás, esa costumbre tan arraigada en este país del tinto en la librería, como un reflejo de entenderla como un espacio de encuentro, de diálogo.

La Librería  Central
En 1936, el poeta mexicano Gilberto Owen fundó en Bogotá una pequeña librería, una de las primeras de la ciudad, donde ofrecía libros y revistas en inglés, papeles finos y artesanías de su país natal.  El local, al que llamó simplemente 1936 en honor al año de su fundación, estaba en un pasaje que comunicaba la calle 14 con la Avenida Jiménez, entre dos edificios gemelos, conocido como Pasaje Santa Fe, una estrecha y concurrida vía peatonal dedicada al comercio donde se encontraban también las oficinas de Avianca, y dos cafés de estudiantes, El Rhin y el Pasaje.  A la vuelta, estaban las sedes de los periódicos El Tiempo y El Espectador.

En los años ´40s, muchos empleados solían terminar su jornada de trabajo en alguno de los muchos cafés de la zona, donde también  podían leer en el tablero de El Espectador las últimas noticias de Colombia y el mundo.

Las librerías de aquel entonces no se parecían en nada a las de ahora. Eran lo que se llamaba “librerías de mostrador”,  donde al lector no se le permitía entrar y explorar a su antojo, sino que un empleado, invariablemente malgeniado, recibía el pedido y lo buscaba en los estantes.  Rompiendo con este patrón, Owen concibió su Librería y Galería de Arte como un espacio propicio y silencioso para seleccionar y hojear libros, además de recibir asesoría en caso de indecisión, implantando así la novedad de browse around o curiosear.  Permitía también que sus clientes se sentaran en uno de los cafecitos del pasaje a hojear libros y revistas mientras se decidían qué comprar.

En este universo de libros y arte, no resulta difícil imaginar a un par de jóvenes Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, en sus días de estudiantes, cuando sin un centavo en el bolsillo visitaban la Central…  Unos años después, Owen vendió la librería a Pablo Wolff,  austríaco nacionalizado en Colombia, quien la rebautizó como Librería Central y mantuvo el énfasis en la venta de revistas y libros en inglés.

Entre los más asiduos visitantes de la Librería Central se encontraba un joven austriaco, que, como muchos otros judíos, había llegado a Colombia para salvar su vida de la locura de Hitler y el nazismo.

Hans
Hans Ungar dejó su Viena en 1938  pocos meses después del Anschluss.  La policía nazi había arrestado a Fritz, su hermano mayor. Sus padres pensaron que la detención se debía a su afinidad con las ligas de estudiantes; cando se dieron cuenta que su judaísmo era la verdadera causa de su detención arreglaron de inmediato la salida de Hans de Austria. Ellos se quedaron en Europa con la esperanza de recuperar a Fritz. Murieron en Buchenwald.

Llegó a Puerto Colombia y de ahí se embarcó  primero en un vapor por el Río Magdalena y luego en tren hasta la capital del país. Siempre recordaría los caimanes asoleándose en los playones y el calor turbio, pegajoso, que lo acompañó en la travesía.  Cuando llegó a Bogotá, en ese 1938, la ciudad tenía menos de 350 mil habitantes y él 22 años. No le fue difícil encontrar trabajo pues era políglota y tenía algunas nociones del español. Trabajó como secretario de un banquero inglés y fundó una pequeña empresa de cine móvil. Tal vez al estilo de Cinema Paradiso, llevaba equipos de Cine Colombia a poblaciones de la Sabana, cercanas a Bogotá, y proyectaba películas en los parques principales.

 

Más tarde trabajó en el salón de modas A. J. Alexandor, una lujosa peletería que importaba y vendía en el segundo piso del pasaje Santa Fe. Tenía experiencia en el ramo – en Viena sus padres tenían una peletería en la Michaelerplatz, justamente frente al palacio imperial austriaco. Desde ahí organizó uno de los primeros desfiles de moda en el país.Rompiendo con este patrón, Owen concibió su Librería y Galería de Arte como un espacio propicio y silencioso para seleccionar y hojear libros, además de recibir asesoría en caso de indecisión, implantando así la novedad de browse around o curiosear.

Fue, además, uno de los fundadores de la Universidad de los Andes, donde enseñó historia y literatura. Los domingos comentaba libros y escritos extranjeros en la revista dominical de la emisora radial HJCK.

Visitaba la Librería Central, no con el ánimo de comprar, porque el dinero no le alcanzaba, sino para ver libros. El lugar le recordaba la biblioteca de su casa en Viena. En 1947  murió Pablo Wolf.  Su viuda pensó que la única persona que podía hacerse cargo de la librería era su más asiduo visitante. Como Hans no tenía cómo comprarla la señora Wolf se inventó una original fórmula de pago: le daba un sueldo de 2.000 pesos pero la mitad se la descontaba para pagar la deuda.

Al tiempo que surtía los estantes de la Central, Hans comenzó su biblioteca privada, Entre los más de 26 mil volúmenes  que llegó a atesorar predominan los textos de filosofía, historia y literatura. Su colección incluye, entre muchas otras reliquias, dos libros de 1492: Las cartas del Papa Pío II de 1458 a 1464 y La vida de los Césares, del escritor romano Suetonio, además de algunos manuscritos y una valiosa colección de incunables, esos libros publicados desde la invención de la imprenta hasta principios del siglo XVI. En 1992, estuvo presente en la celebración del Quinto Centenario con una exposición de mapas originales de los siglos XVII, XVIII y XIX, parte de su colección particular.

Lilly
Lilly Bleier también nació en Viena en 1921. Cuando empezó la guerra, tuvo que huir, con 25 dólares en el bolsillo, el máximo que les permitían sacar. Llegó a Medellín con su padre y su hermana melliza, Gerti. Su hermano Raoul vino a Colombia un año antes, en 1938, a visitar a un amigo de su colegio. Pero le cogió la guerra y se quedó. Fue él quien les mandó las visas con que pudieron salir.

Es casi legendaria la anécdota de cómo consiguió su primer empleo en el país cuando, esperando el ascensor de un edificio donde le dijeron que trabajan unos paisanos, un joven bien vestido con quien entabló conversación la convenció de dirigirse al tercer piso, donde Carlos Echavarría, en aquel entonces gerente de Coltejer-Fabricato. Cuando Don Carlos le preguntó: «Cuénteme qué sabe hacer», ella le respondió: «Hice bachillerato, no más, pero me siento capaz de todo… Si me ponen a manejar un avión, aprendo».

Tenía 18 años, recién llegada de Viena. Aún no dominaba el español. Trabajó ocho años con ellos, primero en Medellín y después en Bogotá, hasta que decidió acompañar a Hans, su esposo en la Librería Central.

Su colección incluye, entre muchas otras reliquias, dos libros de 1492: Las cartas del Papa Pío II de 1458 a 1464 y La vida de los Césares, del escritor romano Suetonio, además de algunos manuscritos y una valiosa colección de incunables, esos libros publicados desde la invención de la imprenta hasta principios del siglo XVI. En junio de 2017  Lilly Bleier de Ungar fue condecorada con la medalla Manuel Murillo Toro en el grado Oro por su aporte a las comunicaciones de Colombia, su país de adopción.  Ya en 2007, durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la Red de Librerías Independientes y Universitarias le rindió un homenaje nombrándola decana de los libreros en Colombia.

Encuentro

Nobsa, Útica y Choachí, pequeños pueblos cercanos a Bogotá,  eran destinos turísticos habituales por aquella época, cuando  un grupo de jóvenes austríacos residentes en Colombia fundaron la Asociación de Austríacos Libres, los que, claramente, no se identificaban con el nazismo. Fue precisamente en un paseo en tren a Útica que Hans y Lilly se conocieron. Poco después se hicieron novios, se casaron y duraron 62 años juntos.

Lilly Bleier siempre trabajó al lado de su esposo en la Librería Central. Después de cambiar de sede hoy se encuentra en la Calle 94 con 13

La Galería
Sobre las paredes de la Galería El Callejón el público bogotano pudo apreciar por primera vez las obras de Enrique Grau, Fernando Botero y Alejandro Obregón, quizás los artistas colombianos más reconocidos a nivel internacional. Hans conoció a Obregón en uno de sus viajes al Chocó, en una playa donde estaba pintando. “Esto de pintar es lo único que me interesa en la vida. Lo único que quiero hacer. Lo que pasa es que a mis papás no les gusta que lo haga. Ellos preferirían que yo trabajara en su fábrica”, le confesó.

Por la Galería pasaron muchos artistas más, tanto colombianos como hijos adoptivos del país, entre ellos Felizza Burstein, Leopoldo Richter, Olga Amaral y su esposo Jim Amaral, Guillermo Wiedemann,  Ómar Rayo,—  el pintor y escultor Eduardo Ramírez Villamizar y muchos más.

Leopoldo Richter, “el filósofo de la selva”,  el alemán que partió hacia Suramérica en 1926 tratando de emular las travesías de Alexander Von Humbolt, que se adentró a las regiones más apartadas de Colombia, las selvas del Litoral Pacífico, el Orinoco, el Amazonas, y representó en sus obras momentos de la vida de las tribus indígenas del país, es considerado un artista determinante en el desarrollo del arte moderno en Colombia.  Plasmó en cada una de sus obras la admiración que sentía por las comunidades indígenas del país y por la biodiversidad de la selva tropical.  El viejo habla (1955-1956), un mural de más de 3 m. de largo y 2 m. de alto, “un homenaje a la mística de la palabra en las culturas indígenas”,”, fue restaurado y desde junio de 2017 se exhibe de forma permanente en el nuevo Centro Cultural del Banco en Buenaventura.

En El Callejón expuso también, por primera vez, Pierre Daguet, a quien Hans descubrió en otro viaje a la costa, pintando a unos negritos en un rancho muy humilde, muchos años antes de que el francés tuviera con su esposa el Restaurante Capilla del Mar, en Cartagena. Si Paul Gauguin encontró su luz en Tahití, Pierre Daguet la encontró en Cartagena de Indias y en su paraíso de aguas profundas en las Islas del Rosario. Fue uno de los fundadores de Bellas Artes, y del grupo artístico conocido como Los 15, conformado por reconocidos pintores del Caribe Colombiano, entre ellos, Darío Morales Cecilia Delgado, Marcel Lombana, Alfredo Guerrero, y Heriberto Cogollo. La muchedumbre iba a tomar El Tiempo, iban a incendiarlo. Los dueños nos pidieron ayuda. Rápidamente, hicimos un hueco en la pared de la galería para que los periodistas y empleados pudieran escapar y salvarse.

Ahí presentó Feliza Bursztyn su primera exposición individual en 1958, año en que también abandonó los materiales tradicionales e hizo sus primeras esculturas en chatarra. Trabajó además con telas rasgadas, acero inoxidable y motores para crear esculturas con movimiento y sonido. Fue una de las pioneras de la instalación y espacios ambientales en América latina. Perseguida y criminalizada por el gobierno colombiano, abandonó el país y murió en el exilio en París, en 1982.  “Se murió de tristeza” – escribió Gabo, su gran amigo –  “ (…) … sin un suspiro, sin una palabra ni una expresión de dolor (…). Se murió sin saber siquiera por qué, ni qué era lo que había hecho para morirse así, ni cuáles eran las dos palabras sencillas que hubiera podido decir para no haberse muerto tan lejos de su casa”.

Olga de Amaral, la bogotana que convirtió el tejido en arte, cuya obra forma parte de la colección permanente de the Art Institute of Chicago, Musée Cantonal des Beaux Arts, Lausanne, Switzerland, Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, Metropolitan Museum of Art, New York, y del Rhode Island School of Design, Providence, Rhode Island, entre muchos otros. Su esposo Jim Amaral, nació en los Estados Unidos y es conocido por sus dibujos y esculturas de bronce. Cuando decidió incursionar en el dibujo  y desarrollar  el concepto de lo erótico, lo masculino y lo femenino, escandalizó al mundo con su obra, que contenía figuras fálicas y alusiones eróticas. Sostiene que al contrario de escandalizar, lo que pretende es desmitificar la figura humana, y espera que las personas puedan verse a sí mismas como realmente son.

Alrededor de estas exposiciones hacían charlas con artistas y escritores.

La Central y sus Sedes
Cuando el mexicano Owen la fundó, en 1936, la Central quedaba en el pasaje Santa Fe, lugar que ocupa hoy la plazoleta de la Universidad del Rosario. Fue allí que les tocó vivir el Bogotazo.

La galería estaba atrás de la librería, exactamente al lado de El Tiempo. Cuando mataron a Gaitán, el 9 de abril de 1948, empezaron a incendiar todo. “La muchedumbre iba a tomar El Tiempo, iban a incendiarlo. Los dueños nos pidieron ayuda. Rápidamente, hicimos un hueco en la pared de la galería para que los periodistas y empleados pudieran escapar y salvarse. Mi marido salió a la calle y les dijo a los manifestantes: “Miren, yo soy austríaco y este edificio es mío, así que no lo toquen, porque van a tener problemas con mi embajada.” Y así salvó a El Tiempo.

en la Exposición del Libro de la Biblioteca Nacional en 1942 los bogotanos tuvieron oportunidad  de ver obras legendarias como  una primera edición del Quattuor navigationes, de Américo Vespucio, de 1507,  uno de los poquísimos ejemplares que existen en el mundo de la Geographicae Enarrationis Libri Octo de Claudio Ptolomeo (los demás fueron quemados junto a su editor, Miguel Serveto, condenados a la hoguera por Juan Calvino)Después pasó al local de la 14 con sexta, en una casa que perteneció al presidente Eduardo Santos, Ahí fundaron, junto a Casimiro Eiger, la Galería de Arte El Callejón (1954), la primera en Bogotá.  Eiger, experto en pintura y crítico riguroso es considerado padre del negocio de las galerías que hoy abundan en todo el país. Fue, prácticamente, el precursor del mercado de arte en Colombia. Dirigió e impulsó El Callejón, durante 10 años, Sus inauguraciones eran verdaderos acontecimientos sociales, culturales y políticos, a los que invitaba a personajes de actualidad. Su trayectoria incluye la dirección de la Galería de Arte Moderno de Bogotá y en materia de crítica. es considerado por mucho digno antecesor de Marta Traba.

Pasó luego a una sede en el costado oriental del Parque Santander. El nuevo local tenía un patio central enorme, típico de las mansiones del siglo XIX, que Ungar cubrió con una marquesina de vidrio; la planta baja albergó una pequeña sala de conferencias. Tuvo luego su sede, por 18 años, en el edificio de la Compañía Nacional de Seguros. Y finalmente, siguiendo el instinto de Ungar que le decía que en el norte estaba el futuro de su negocio, se trasladaron a un local propio, en la calle 94 con carrera 13, lugar donde habita hoy.

Bernardo Mendel y la Lilly Library
Mención aparte merece Bernardo Mendel en lo que respecta a la música y los libros, sus dos pasiones, en las que invirtió buena parte de su fortuna. Fundó la Sociedad de amigos de la Música y trajo al país a Rudolph Serkin, Andrés Segovia, Isaac Stern y otros tantos más. Desarrolló una pasión por todo aquello que tuviera que ver con América Latina creando, en un tiempo muy corto, la que llegaría a ser una biblioteca de más de 30.000 volúmenes del tema. Gracias a él, en la Exposición del Libro de la Biblioteca Nacional en 1942 los bogotanos tuvieron oportunidad  de ver obras legendarias como  una primera edición del Quattuor navigationes, de Américo Vespucio, de 1507;  uno de los poquísimos ejemplares que existen en el mundo de la Geographicae Enarrationis Libri Octo de Claudio Ptolomeo (los demás fueron quemados junto a su editor, Miguel Serveto, condenados a la hoguera por Juan Calvino), La Florida del Ynca, de Garcilaso de la Vega, en su primera edición de 1604, ediciones príncipes de Kant (1781), Georg Christoph Lichtenberg y Goethe),  libretos musicales, como el Tristan und Isolde, de Richard Wagner con ilustraciones de Alois Kolb y facsímiles de grabados de Los desastres de la guerra, de Francisco de Goya.

Muchas universidades extranjeras estuvieron detrás de esta extraordinaria colección privada que él quería donar a la Biblioteca Nacional de Colombia. Su destino es un triste capítulo de negligencia e intolerancia. Los gobiernos de entonces (1941-48), entre ellos Germán Arciniegas (Ministro de Educación) y Enrique Uribe White (Director de la Biblioteca Nacional), rechazaron la donación por considerar inaceptable que el Fondo llevara su nombre y que se le permitiera ser el curador ad honorem de la colección, únicas condiciones que pedía Mendel. Los sabios burócratas de la cultura no podían tolerar lo foráneo y menos aún, que un fondo de la Biblioteca Nacional de Colombia llevara el nombre de un extranjero. De modo que esta maravillosa colección  se encuentra en una sala especial de  la Lilly Library, una de las bibliotecas universitarias más importantes de Estados Unidos, de la Universidad de Indiana.

Hoy
En El Parqueadero del Museo de Arte Miguel Urrutia, en el centro de Bogotá, hay unas 300 cajas apiladas, unas sobre otras. En ellas reposa parte de la historia del arte y la cultura de Colombia. Representan galerías de arte que se han logrado identificar hasta el momento. Se destaca entre ellas la Galería El Callejón. Podría decirse que es la más antigua de las que hay actualmente. La otra que había entonces, la de Leo Matiz, ya no existe.

A unos diez kilómetros de ahí, como antaño en sus sedes del Centro, intelectuales, políticos, periodistas, escritores, catedráticos universitarios y lectores ocasionales llegan a la Librería Central para sentarse en torno al escritorio de Doña Lilly para hablar de sus vidas y, por supuesto, de libros. Exponentes de la nueva literatura colombiana, como el barranquillero Giuseppe Caputo, ( Un mundo huérfano), y la poeta bogotana Gloria Susana Esquivel, (El lado salvaje), organizan tardes de libros y literatura para hablar de sus obras y hacer lecturas en voz alta.

La Galería El Callejón sigue funcionando, impulsando a nuevos artistas. Hace poco presentaron las obras de Diana Francia Gómez Ordoñez y Omar Gordillo Solano. Sobre sus paredes encontramos, todavía, pequeños tesoros de grandes artistas colombianos.  Aún podemos apreciar óleos y mosaicos esmaltados de Leopoldo Richter y de su hija Juanita, heredera de su técnica y su arte.

¿Quiere un tinto? – me pregunta Lilly, una vez más – ¡Esta es su casa!  Es su habitual saludo de bienvenida, pero esta vez a modo de despedida, como si no quisiera dejarme ir.  Me gustaría poder quedarme un rato más aquí, sentarme a leer, mirar una revista, oler un libro,  just browse around

Artículo por:

Clarita Spitz

Clarita Spitz
México – Colombia – USA. Magister en Educación con énfasis en Estrategias Educativas para Biblioteca y Salón de Clases, Vermont College - Norwich University. Diplomada en Promoción de Lectura. Docente, bibliotecaria. Autora de numerosos artículos y de libros de cuentos infantiles. Premio XVI Concurso Nacional de Cuento Infantil de Comfamiliar del Atlántico (2008). Actualmente dedica su tiempo a escribir y trabajar en consultoría y liderazgo de talleres de Promoción y Animación de la Lectura. Vice Presidenta de la Regional Latino Americana del Consejo Internacional de Mujeres Judías (ICJW). 

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