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La importancia de García Márquez

Miami

Por Juan Carlos Botero

La importancia de García Márquez | Letra Urbana

Gabo ha logrado crear una identidad colectiva de su tierra, su país y su continente: Macondo. Una imagen de América Latina en la cual todos nos reconocemos e identificamos.

Durante  la pasada Feria del Libro de Miami, y con motivo de los 50 años de la publicación de Cien Años de Soledad, obra cumbre del Premio Nobel colombiano, se presentó una edición especial del libro editada por Penguin Random House e ilustrada por la artista Luisa Rivera. Se llevó a cabo, además, el panel 50 años de Cien años de Soledad en el cual participaron el escritor Juan Carlos Botero, ganador del Premio Juan Rulfo; el doctor en Lenguas y Literaturas hispánicas, investigador y narrador argentino Pablo Brescia y Suzanne Jill Levine, renombrada traductora de literatura contemporánea latinoamericana y profesora en la Universidad de California de Santa Bárbara. Compartimos con ustedes la intervención de Juan Carlos Botero sobre la importancia de García Márquez.

 

Desde 1967, cuando Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad, muchas veces se ha hablado de la importancia de este gran escritor. Sin embargo, con el paso del tiempo, y a pesar de que su fama se ha multiplicado como pocas veces antes en la historia de las letras, a veces parece que el gran público pierde de vista la verdadera dimensión de este autor colosal, su trascendencia y el lugar que de veras ocupa en la García Márquez es, muy probablemente, el novelista en español más importante después de Miguel de Cervantes.historia de la literatura universal. En otras palabras, con frecuencia se desconoce el auténtico tamaño de su importancia. Y para comprender a fondo en qué consiste esa importancia, aquello que lo separa de los demás novelistas en castellano tanto vivos como fallecidos, habría que mencionar un sinnúmero de virtudes y aspectos fundamentales, pero ante todo hay que resaltar tres esenciales: el impacto cultural que la obra de García Márquez ha tenido en el mundo, la singularidad histórica que representa este escritor en la tradición de la novela en castellano, y un tercer aspecto que pocas veces se menciona: la riqueza estilística de su producción.

Impacto cultural

Sin duda, para entender qué tan significativo es García Márquez en nuestro tiempo y en nuestro idioma, basta señalar que hacía muchos años no se escuchaba un reconocimiento mundial tan vasto y universal en torno a un novelista en español. Desde hace décadas casi todos los escritores más famosos e importantes de Europa, de Norte América, de Asia y de Oriente (más toda América Latina), han confesado, en algún momento de sus vidas, lo mucho que le deben a García Márquez, o, al menos, lo mucho que lo respetan y admiran como narrador, y no han vacilado en decir que se trata de uno de los autores más valiosos y destacados de la literatura mundial. Y eso es algo inusitado en nuestra tradición literaria. Lo cierto es que una aprobación tan completa y unánime, una celebración tan extensa y global no sucedía alrededor de un novelista en castellano desde hacía siglos. Más aún, para que surja un novelista que realmente trascienda las fronteras de nuestra lengua, que afecte la novelística de otras naciones, que influya a los narradores de otras culturas, como claramente sucedió con las obras maestras de Dickens, Dumas, Flaubert, Conrad, Tolstoy, Dostoievsky, Kafka, Joyce, Faulkner y tantos más, es necesario retroceder 400 años. Por eso se puede decir, aunque a primera vista suene excesivo, que García Márquez es, muy probablemente, el novelista en español más importante después de Miguel de Cervantes.

Desde hace décadas casi todos los escritores más famosos e importantes de Europa, de Norte América, de Asia y de Oriente (más toda América Latina), han confesado, en algún momento de sus vidas, lo mucho que le deben a García Márquez¿Será posible? Tan pronto se pronuncia en público o en un privado una frase de este calibre, los oyentes siempre parecen titubear de desconcierto, y de inmediato, en silencio o en voz alta, parecen emitir una objeción y una protesta, y a continuación proceden a proponer una cantidad de nombres conocidos, una lista alterna de los muchos novelistas en español que todos amamos tanto, los que admiramos sin reservas y los que juzgamos de una importancia sin discusión o controversia. Y es cierto: el valor y la relevancia de cada uno de estos escritores es innegable e imposible de refutar. Entonces hay que subrayar lo que no estamos diciendo.

No estamos diciendo que García Márquez sea el único novelista de calidad en nuestro idioma. Y tampoco estamos diciendo que García Márquez sea un autor comparable en importancia a Miguel de Cervantes (ninguno lo puede ser, desde luego, pues el autor de Don Quijote, entre muchas otras cosas, inauguró el género). Estamos diciendo que el caso de García Márquez es diferente, y lo que lo hace exclusivo, lo que lo hace sobresaliente y extraordinario, es que ningún otro novelista en castellano, después de Cervantes, ha tenido, a escala mundial, un impacto cultural comparable. No es fácil medir la importancia de un narrador, ni decir que éste es más significativo que aquél. Pero sí existen hechos dicientes, pruebas notorias y elocuentes que reflejan y confirman el carácter excepcional de este autor colombiano, y el lugar aparte que éste ocupa en la historia de la novela en castellano. Y aunque sabemos que nuestro idioma goza de un nutrido y saludable batallón de grandes novelistas, tanto vivos como muertos, a la vez parece claro que este escritor es todavía más grande de lo que la gente a veces sabe o recuerda, y por eso su figura luce todavía más formidable en la historia de la literatura universal.

De un lado, este autor no sólo ha escrito muy buenos libros, sino que ha escrito muchos y ha firmado varias obras maestras. No obstante, eso también lo han hecho otros creadores, e incluso se puede decir que eso es lo que ha logrado cada uno de los autores del famoso Boom García Márquez (…) ha creado una imagen de su tierra, de su país y de su continente, y le ha dado un nombre: Macondo latinoamericano. Por lo tanto, en eso no radica su trascendencia o su particularidad como artista. Más bien, su verdadera importancia se puede apreciar en el alcance de sus novelas, en la reverberación tan profunda de su obra, y en el hecho de que su significado ha ido más allá de sus textos.

En efecto, García Márquez no sólo ha publicado varias obras maestras, sino que ha creado una imagen de su tierra, de su país y de su continente, y le ha dado un nombre: Macondo. Y esa imagen es tan coherente, tan poética y persuasiva, y ante todo tan exitosa, que se ha convertido en una identidad colectiva. Es una imagen de América Latina en la cual los habitantes de este vasto y diverso continente nos reconocemos y con la cual nos identificamos. Casi todos los habitantes nos sentimos descendientes de la estirpe de los Buendía e hijos de Macondo. Y casi ningún otro novelista en castellano, desde los tiempos de Miguel de Cervantes en España, ha logrado algo comparable: producir una concepción territorial que llegue a definir una patria compartida para millones de personas, un espacio común y familiar sin que importe la nacionalidad de cada uno. Un sello de identidad. Eso es lo que significa impacto cultural: una influencia social que va mucho más allá de los mismos libros del autor.

No sólo eso. Además de tener el talento de concebir una visión propia y original de América Latina, esa visión es tan poderosa y sugestiva que la misma ha terminado por confundirse con la realidad. Y eso no es poca cosa. Hoy en día advertimos la presencia del colombiano en la vida diaria del continente. Mejor dicho: reconocemos y definimos nuestra tierra con el rótulo de García Márquez. Y en medio de la proliferación de talentosísimos novelistas de Hispanoamérica, muy pocos han logrado un efecto igual. Por ejemplo, uno de los autores latinoamericanos que admiro como pocos debido a la calidad de sus obras, a la lucidez de sus ensayos y a la abundancia de su talento (lo prolífico, lo diverso, más el abanico tan amplio de sus temas e inquietudes), es Mario Vargas Llosa. No tengo ninguna duda de que este escritor peruano se merecía —y desde hacía muchos años— la más alta distinción de las letras mundiales, el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, para ilustrar la diferencia que existe entre el alcance y la repercusión de un autor monumental como Vargas Llosa y otro como García Márquez, es este hecho sencillo pero diciente: uno nunca escucha que alguien utilice, para describir un aspecto particular de la vida de América Latina, el término “vargasllosino”, pero, en cambio, cada día más se emplea el vocablo de Macondo.

…una visión propia y original de América Latina, tan poderosa y sugestiva que la misma ha terminado por confundirse con la realidad.La mayor parte de los escritores, entre otras cosas, describen, reinventan y recrean la realidad. Pero hay unos cuantos creadores privilegiados que adicionalmente ofrecen una imagen tan coherente y contagiosa de la misma, una interpretación personal tan seductora y convincente (ya sea porque han retratado un aspecto específico de la vida, o han captado la idiosincrasia de un pueblo o de una región, o han descrito con maestría un rasgo fundamental de la condición humana) que la terminan resumiendo y definiendo para los demás. Y basta pronunciar el nombre de aquel artista para darle expresión a ese espacio, a ese fragmento de la realidad o a esa característica de la existencia, sin la necesidad de agregar nada más. Son los grandes maestros que han atrapado y articulado para siempre una esencia: la esencia de una problemática, de una tierra, de un carácter, de una manera de ser, o de un atributo sobresaliente de la condición del hombre. Dante, Cervantes, Shakespeare, Dickens, Kafka, Faulkner, Orwell y Borges son algunos de estos ejemplos singulares. Por eso sólo tenemos que decir que estamos presenciando una escena “dantesca”, o lidiando con una burocracia “kafkiana”, o escribiendo en un estilo “borgiano”, o viviendo en un país “orwelliano” para resumir y expresar lo que deseamos decir. Y si afirmamos que hemos visto a un viejo como salido de una novela de Dickens, sabemos que es un vejestorio cascarrabias con talante del malvado; y si decimos que ese fulano obró como un “quijote”, sabemos que antepuso sus ideales a su propio bienestar y que está luchando por una causa noble y probablemente perdida. Y si anotamos que aquél se parece a Hamlet, sabemos que nos referimos al dilema entre actuar o permanecer quieto ante una grave problemática, y creo que todos hemos tenido esa experiencia en algún momento de la vida. Y otro ejemplo de esta maestría es García Márquez. Si hoy interpretamos nuestra realidad latinoamericana como “macondiana” es gracias a la literatura de este escritor. Su conjunto de textos tuvo el arte de captar la esencia de un continente, y logró imponer una manera nueva de percibir nuestro espacio, pues se trata de una obra espejo en la cual los habitantes de Sur América nos vemos y nos identificamos. Es una imagen que nos une. Una obra que nos fraterniza y hermana. Y es una imagen que reconocemos al instante al recorrer el continente. A veces, inclusive, es tan poderosa la suplantación que, al caminar por los pueblos y los paisajes de América Latina, en vez de percibir el mundo concreto y tangible lo que vemos es el ámbito de García Márquez, y entonces decimos: “Esto es Macondo”.

Pero quizás lo más asombroso es que un logro de esta importancia no se hizo sólo para nosotros, sino para el mundo en general también. Es decir, la poderosa influencia de los textos de este colombiano ha ejercido un efecto sin precedentes alrededor del globo. En otras palabras, es muy probable que la imagen que se tiene de América Latina en Europa, en Asia, en el Oriente y en Norte América esté alimentada y hasta determinada, en gran medida, por la obra de García Márquez. Sin duda, puede haber un debate acerca de la validez o la veracidad de esa imagen; si es correcta o incorrecta, justa o falsa, fantástica o realista. Pero esa es otra discusión. Lo cierto es que ningún otro novelista después de Cervantes ha tenido un impacto cultural semejante: al punto que el resto del mundo interprete, conciba e imagine todo un continente mediante el conjunto de novelas de un solo escritor.

Hay una prueba pequeña pero elocuente que ilustra la influencia universal de este escritor: es difícil encontrar a un ganador del Premio Nobel de Literatura que haya señalado a un novelista en castellano como una figura central y definitiva de su formación literaria, como uno de sus  uno nunca escucha que alguien utilice, para describir un aspecto particular de la vida de América Latina, el término “vargasllosino”, pero, en cambio, cada día más se emplea el vocablo de Macondo. maestros de cabecera más admirados. Y, si se encuentra ese caso, es todavía menos común que aquel novelista en castellano reciba un segundo o un tercer reconocimiento de parte de quienes han sido galardonados en Estocolmo. En cambio, con García Márquez sucede todo  lo contrario: desde hace 40 o 50 años, y más a partir de 1982 (cuando el colombiano recibió el famoso premio en manos del monarca sueco) es  casi imposible encontrar un solo Premio Nobel de Literatura que no se haya declarado, en algún momento de su carrera profesional, como descendiente, heredero o simplemente admirador de este gran novelista colombiano. A tal punto que el ganador del Premio Nobel del 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, escribió su tesis doctoral sobre García Márquez, y se trata de uno de los estudios más brillantes y profundos que se han publicado sobre el autor de Cads, Historia de un deicidio; el ganador del año 2012, el chino Mo Yan, en sus declaraciones a la prensa tras recibir la noticia de su triunfo, lo primero que hizo fue expresar su admiración sin reservas por García Márquez y reconoció lo mucho que le debía a su obra; el ganador del 2006, el turco Orhan Pamuk, ha resaltado más de una vez la huella que los libros de García Márquez han dejado en su literatura; y la ganadora del año 2007, la inglesa Doris Lessing, afirmó que lo mejor de haber recibido esa noticia abrumadora proveniente de Estocolmo fue que García Márquez la llamó por teléfono para felicitarla. Se puede decir, entonces, y sin exagerar, que este colombiano es el novelista más aplaudido por sus colegas más premiados y galardonados; aquél cuya admiración y aprobación es más generalizada, y es el novelista en castellano que, claramente, más ha trascendido fronteras en nuestro tiempo.

Repito: desde hacía más de 400 años no se advertía, en relación a un novelista en español, una trascendencia similar. Pero ojo: no estamos hablando de éxito comercial o de fama y dinero, ni sólo de número de traducciones, sino de impacto cultural. Quizás por eso se puede decir que Gabriel García Márquez no es sólo el novelista más destacado de Colombia del siglo XX y también de toda su historia literaria, sino que es muy es probable que este colombiano, nacido en 1927 en el pueblo ardiente de Aracataca, Magdalena, sea el novelista más importante de toda la lengua castellana después de Miguel de Cervantes. Y no sólo lo digo yo. Así lo señaló Pablo Neruda en varias ocasiones, y así lo repetía el catedrático de la universidad de Harvard, Juan Marichal, cada vez que podía. Incluso, con el paso del tiempo, ese veredicto no sólo se escucha con mayor frecuencia, sino que parece más acertado y, ante todo, más justo.

Singularidad histórica

En ese sentido, si deseamos aplicarle otra vuelta de tuerca a la importancia de este gigante de la literatura, basta hacer un breve repaso a nuestra tradición novelística para resaltar lo excepcional que es su caso, la singularidad histórica que él representa, y la considerable distancia que existe entre la influencia de sus libros y la de otros novelistas en nuestra lengua. Porque a diferencia de otras culturas y de otros idiomas, en donde la existencia de grandes autores y la creación de grandes novelas ha sido una actividad poco menos que constante a partir del siglo XVII, en nuestra tradición literaria los vacíos que se observan en esta materia son desconcertantes y, además, abismales. Existen claramente momentos de esplendor, períodos de gran efervescencia artística en la escritura de novelas importantes, pero esos períodos de creatividad a menudo son seguidos por curiosos descensos de producción, una apatía y una pobreza en la calidad de las obras, y hasta se puede hablar de casi una desaparición del género, mientras que en otros países los novelistas seguían trabajando con verdadera intensidad. En otras palabras, la relativa pobreza de nuestra tradición en la creación de novelas, en comparación con la de otros países, retrata como pocas cosas el carácter único, excepcional y singular del talento de García Márquez y subraya la Si hoy interpretamos nuestra realidad latinoamericana como “macondiana” es gracias a la literatura de este escritor. Su conjunto de textos tuvo el arte de captar la esencia de un continente, trascendencia de su obra y su impacto en otras culturas. Carlos Fuentes, en su espléndido libro Geografía de la novela, lo dijo con mayor claridad. “El idioma inglés posee una tradición ininterrumpida”, explicó el famoso autor mexicano. En cambio, “el castellano sufre un inmenso hiato entre el último gran poeta del Siglo de Oro, que fue una monja mexicana del siglo XVII, sor Juana Inés de la Cruz, y el siguiente gran poeta que fue un nicaragüense andariego de fines del siglo XIX, Rubén Darío; y una interrupción todavía mayor entre la más grande novela, la novela fundadora del Occidente, Don Quijote, publicada en 1605, y los siguientes grandes novelistas, Galdós y Clarín, en el siglo XIX”.[1]

Para poner las cosas en perspectiva, y para tener una idea más precisa del tamaño de este primer vacío (casi 250 años) que se extiende en nuestro idioma después de Cervantes, y de la diferencia que existe entre nuestra tradición y otras con respecto al arte de la novela, recordemos que Benito Pérez Galdós —el primer referente en el gigantesco cráter que señala Fuentes— nace en 1843, el mismo año que el monumental Henry James. Para entonces, autores de la talla de Jane Austen y Walter Scott ya habían muerto. Stendhal también. A Balzac le quedaban apenas siete años de vida; a Nikolai Gogol, nueve. Flaubert ya estaba escribiendo; Tolstoy y Dostoievski igualmente. Thackeray ya había terminado su primera obra literaria, y Julio Verne, el padre de la ciencia ficción, fantaseaba con ser un escritor. Además, maestros del tamaño de Víctor Hugo, Charles Dickens, Alejandro Dumas, las hermanas Brontë y Herman Melville ya estaban publicando grandes novelas. El castellano tenía novelistas, desde luego, pero eran plumas menores en comparación con aquellas figuras colosales, y la resonancia mundial de nuestros autores comparada con la resonancia de los autores de otras lenguas y en otras lenguas era realmente mínima. Incluso una pluma tan formidable como el aludido Benito Pérez Galdós, autor de una vasta y excelente producción literaria, empezando con su obra inmensa los Episodios Nacionales, sin duda dejó una huella profunda entre sus lectores, pero es probable que esa huella se haya limitado a los lectores en español. Más aún, durante el prodigioso siglo XVIII, ese período tan fecundo que presenció el florecimiento de grandes novelistas y que sólo en Inglaterra se vio la aparición de autores de la importancia de Daniel Defoe, Jonathan Swift, Henry Fielding y Laurence Sterne,[2] no surgió, en cambio, un solo representante en España o en el Nuevo Mundo que estuviera a la altura de esos talentos enormes.[3] Y más todavía. Para situar las cosas en su justa dimensión, vale recordar que cuando Leopoldo Alas, Clarín (el segundo referente que destaca Carlos Fuentes) concluye su mejor novela La Regenta en 1885, a Robert Louis Stevenson le falta apenas un año para publicar Dr. Jekyll and Mr. Hyde, Tolstoi había escrito [Guerra y paz] La guerra y la paz 16 años antes, y Dostoievski había publicado Crimen y castigo 19 años antes.

Pero no sólo eso. En el caso específico de Colombia el vacío del género es todavía más notable. Nuestra primera gran novela, María, de Jorge Isaacs, se publica en 1867, diez años después de la obra maestra de Gustave Flaubert, Madame Bovary. Y mientras que en 1924 se proclama La vorágine de José Eustasio Rivera como un acontecer literario (y para América Latina lo era), en ese mismo año morirían dos gigantes de las letras mundiales: Franz Kafka y Joseph Conrad; William Faulkner es muy probable que la imagen que se tiene de América Latina en Europa, en Asia, en el Oriente y en Norte América esté alimentada y hasta determinada, en gran medida, por la obra de García Márquez.concluiría su primer libro, Virginia Woolf terminaba el manuscrito de La señora Dalloway, y Thomas Mann publicaría La montaña mágica. Dos años antes, inclusive, Marcel Proust había fallecido, Ernest Hemingway aprendía su duro oficio en los cafés de París y estaba a punto de revolucionar la prosa moderna, y James Joyce acababa de partir la historia de la novela en dos, pues había publicado su obra cumbre y monumental Ulysses.

Por lo tanto todo parece indicar que es cierto y demostrable: al estudiar la tradición novelística en español, después de Cervantes se extiende un desierto de siglos, y luego, cuando el género por fin se sacude y recupera su prestigio, es sólo a fines del siglo XIX cuando aparecen las obras más significativas de Galdós y Clarín. Sin duda: un poco más adelante se publicarían los mejores libros del famoso grupo de escritores españoles conocido como la Generación del 98. Y entre sus integrantes de mayor renombre varios cultivaron la novela con talento y originalidad, como José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (Azorín), Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle-Inclán y Pío Baroja, quien murió en 1956 y cuyo ataúd fue llevado en hombros, entre otros, por el premio Nobel de literatura de 1954, Ernest Hemingway, y Camilo José Cela, quien recibiría el Premio Nobel en 1989. Sin embargo, la crítica parece coincidir en que, visto desde estas alturas, el legado más perdurable de esta notable constelación de autores es en los campos del ensayo, del teatro, de la crítica y, más que nada, de la poesía. Se escribieron muchas novelas en ese período tan fértil de las letras, por supuesto, y varias son de primera calidad (Tirano Banderas, de Valle-Inclán, publicada en 1926, es un ejemplo sobresaliente, y otro es la tetralogía del mar, las cuatro novelas de Pío Baroja que comenzó en 1911 y concluyó en 1931), pero son más bien pocas las que han sobrevivido el implacable transcurso de los años, y ninguna tuvo la repercusión mundial que sí alcanzaron las obras de los otros autores extranjeros que ya destacamos. Lo cual significa que, como ya lo dijimos, para que de veras surja un novelista de peso universal en nuestro idioma, un autor que realmente trascienda las fronteras de su propia lengua y cultura, una figura de grandes ligas dotado de la riqueza narrativa de un Melville, un Dickens, un Flaubert, un Stevenson o cualquiera de los autores rusos, anglosajones o franceses que acabamos de mencionar, eso sólo se verá hasta mediados del siglo XX.

es casi imposible encontrar un solo Premio Nobel de Literatura que no se haya declarado, en algún momento de su carrera profesional, como descendiente, heredero o simplemente admirador de este gran novelista colombianoPara entonces, también en América Latina ya se escuchaban las voces de narradores grandes y distinguidos. Entre ellos habría que recordar a Mariano Azuela, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Rómulo Gallegos, Ricardo Güiraldes, Miguel Angel Asturias, Roberto Arlt, Eduardo Mallea y, desde luego, Jorge Luis Borges. No obstante, el batallón de escritores que finalmente irrumpiría con una potencia arrasadora en el panorama mundial de la novela, reconquistando el terreno perdido y renovando sus formas de expresión como pocas veces antes en la historia —con una audacia liberadora, una actitud valerosa de experimentación y una madurez asombrosa—, sería el conocido boom latinoamericano. Y entre este selecto cuerpo de escritores, sin duda alguna, García Márquez ocupa un lugar preponderante.

Es decir, uno de los aspectos más relevantes del fenómeno literario conocido como el boom latinoamericano es que, por primera vez en la historia del género luego de Cervantes, otras culturas resultarían marcadas, influidas y afectadas por el trabajo de una serie de novelistas en castellano. Pocas veces se dice y casi nunca se admite, pero la verdad es que antes de la mitad del siglo XX los novelistas en español, gracias a sus innegables méritos y talentos, satisfacían el apetito de sus lectores naturales, pero después de la publicación de Don Quijote no hubo un representante de nuestro idioma —en el género de la novela— que realmente tuviera el aliento, la importancia o la universalidad para dejar una huella visible, resonante y significativa en la novelística de otros países. Claro: algunos de estos escritores (entre ellos Baroja, Valle-Inclán, Unamuno, Isaacs, Gallegos y Rivera) fueron leídos por millones de hispanoparlantes e indudablemente traducidos a otras lenguas, pero por lo visto su repercusión en aquéllas fue más bien menor, y en ningún caso tuvieron el efecto que sí tuvieron en otras culturas (incluida la nuestra) las obras de estos maestros extranjeros que ya hemos señalado. Lo cierto es que las novelas en español se consumían, principalmente, por quienes leían en español, y sólo con el boom latinoamericano es que el género en castellano tuvo la fuerza de rebosar nuestros propios confines y de explayarse sobre otras naciones y otros mercados de lectores.[4] Entre este grupo de narradores, hay que repetirlo, García Márquez ocupa un lugar estelar. Y por ese se puede decir, sin exagerar un ápice, que este escritor es el novelista en castellano más importante después de Miguel de Cervantes.

 

[1] Carlos Fuentes, Geografía de la novela, Alfaguara, Madrid, 1993, p. 43.

[2] Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, aparece en 1719; Gulliver’s Travels, de Jonathan Swift, en 1726; Tom Jones, de Henry Fielding, en 1749, y Tristram Shandy, de Laurence Sterne, en 1759.

[3] Así lo resumió José María Valverde: “No puede decirse que haya novela hispanoamericana en el siglo XVIII —en parte, quizá, por especial prevención inquisitorial hacia el género; en parte, también, por la escasa vitalidad del género en la Península—.” Martín de Riquer y José María Valverde, Historia de la literatura universal, Vol. 2. Del Renacimiento al Romanticismo, Planeta, Barcelona, 1978, p. 409.

[4] En palabras de José Donoso, quien se refiere a la literatura publicada entonces en América Latina: “El novelista de los países de Hispanoamérica escribía para su parroquia, sobre los problemas de su parroquia y con el idioma de su parroquia, dirigiéndose al número y a la calidad de lectores… que su parroquia podía procurarle, sin mucha esperanza de más”. (José Donoso, Historia personal del “boom”, Alfaguara, Madrid, 1999, p. 22.)

Artículo por:

Juan Carlos Botero

Juan Carlos Botero
Estudió literatura en las Universidades de los Andes, Javeriana y Harvard. Columnista de El Espectador. En 1986 obtuvo el Premio Juan Rulfo de Cuento y en 1990 ganó el XIX Concurso Latinoamericano de Cuento, en México, con “El descenso”. Su primer libro, Las semillas del tiempo: epífanos, es un volumen de textos breves que aporta un género nuevo en literatura, reeditado por Seix Barral en 2007. En 2002 presentó su primera novela, La sentencia (Ediciones B), traducida al alemán, y que pronto será adaptada al cine. En 2006 apareció su segunda novela, El arrecife (Seix Barral y La Otra Orilla). En 2007 publicó El idioma de las nubes (ocho textos de arte y literatura) (Norma y La Otra Orilla). En el año 2010 publicó El arte de Fernando Botero, Ed. Planeta, traducido al chino y al inglés, publicado por Ediciones El Viso, España. Trabajando en su próxima novela, así como en un estudio crítico de la obra de Gabriel García Márquez. 

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