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La familia Rothschild: El coleccionismo como status

Miami

Por Batia Cohen

La familia Rothschild: El coleccionismo como status | Letra Urbana
Johannes Vermeer - The Astronomer 1668 Louvre

Más allá de riqueza y poder político, los descendiente de Mayer Amschel buscaron, a través del coleccionismo de arte, reconocimiento social y nivel cultural, como puerta de entrada a la aristocracia.

La familia Rothschild amasó una gran fortuna durante el siglo XVIII y XIX. El fundador de la casa de banqueros, Mayer Amschel, tomó su apellido de la casa ancestral que habían habitado sus antepasados en Frankfurt donde un escudo rojo (del alemán: zum rothen schild) decoraba la entrada para distinguirla de las otras dentro del gueto judío. Mayer comenzó como aprendiz en el banco de Sal Oppenheimer, y así conoció a uno de sus clientes más importantes ganándose su confianza. El Duque de Hesse-Kassel, al saber que el joven Rothschild se interesaba al igual que él en coleccionar monedas raras de todo el mundo, comenzó a ahondar en su relación. Los cinco hijos varones de Mayer Amschel siguieron sus pasos y agrandaron la fortuna, extendiéndola a las principales capitales europeas. Su poderío llegó a ser tan grande que se decía que los Rothschild controlaban la política de entonces. Un golpe maestro les permitió tomar ventaja de las circunstancias durante las guerras napoleónicas y aumentar su fuerza financiera a partir de allí.

Los Rothschild se rodearon de objetos suntuosos, cargados de historia, como si la vajilla de Sèvres, venida directamente de Versalles, o los muebles que pertenecieron a Louis XVI en su palacio de Fontainebleau (…)les diera la legitimidad de noblezaEl coleccionismo formó parte de su crianza desde el comienzo; sin embargo, ni los títulos otorgados por el príncipe von Metternich y la reina Victoria les permitieron ser parte de la alta sociedad aristocrática. Su gusto por la opulencia en ocasiones se vio criticado como fuera de lugar, pero “le gout Rothschild” como se le llamó a la moda artística que apreciaban, se hizo notar dentro de sus grandes palacios. James de Rothschild, quien se estableció en Paris comenzó a comprar colecciones enteras de arte aprovechando la disyuntiva que la revolución francesa ocasionó, los nobles que habían huido, los aristócratas venidos a menos o las familias quienes habían sufrido la guillotina, vendían su arte por doquier. El caso de la venta de la colección de la duquesa de Berry, que se dispersó a raíz de los tumultos violentos, es uno de los más conocidos; Anthony de Rothschild adquirió de esa colección algunos Rubens y van Dycks. En 1877 Gustave compró en una sola negociación la colección entera de Van Loon: 80 obras de maestros de Flandes, incluyendo algunas obras de Rembrandt.

Los Rothschild se rodearon de objetos suntuosos, cargados de historia, como si la vajilla de Sèvres, venida directamente de Versalles, o los muebles que pertenecieron a Louis XVI en su palacio de Fontainebleau (ejem: mueble de marquetería realizado por su ebanista preferido Roisener, subastado en 1999 por alrededor de £7 M), les diera la legitimidad de nobleza; o los tapetes del rey Luis XIV realizados para la galería del Louvre y los gobelinos y tapices de Beauvais diseñados por LeBrun y François Boucher les otorgaran un nivel cultural instantáneo de aristócratas. Siguiendo el ejemplo de Caterina la Grande de Rusia, quien contrató a François Boucher, el pintor rococó, para decorar su palacio, el Barón Edmond de Rothschild adquirió una gran colección de grabados y obras maestras del mismo autor; y así como la zarina formó una enorme y famosa colección de arte, y por medio de ella fue respetada, los Rothschild agregan piezas de arte en cada generación. Esta avidez de coleccionar, de poseer, de comprar, se convirtió en un hábito para lucir, para pertenecer, para discernir, pero también para dialogar, para ser anfitriones de grandes fiestas y celebraciones, para ser retratados por los más célebres pintores, y mostrar su poder al adquirir cuanto les placía.

Después de la Primera Feria Mundial en Londres, 1851, la reina Victoria ordenó una vajilla en la joven empresa de porcelana Herend, los nobles siguieron su ejemplo y así comenzó una competencia de tener los diseños más delicados y exquisitos para su servicio de mesa. Los Rothschild no se quedarán atrás y mandaron a hacer su propia vajilla a la ya próspera casa de Herend. La inspiración del diseño le da más prestigio a sus platos ya que la leyenda cuenta que la baronesa Rothschild había perdido su collar en el jardín de su palacio; cuando días después el jardinero ve a una pareja de pájaros jugando con algo brillante, encuentra que se trata del collar de la baronesa. Doscientas de estas piezas que han sobrevivido el paso del tiempo, fueron subastadas el año pasado por un millón de dólares.

Eugène Lami. Château de Ferrières circa 1859

 

Se sabe que, en casa de James de Rothschild, Eugène Delacroix iba y venia por los pasillos del palacio neorrenacentista, y filosofaba acerca del arte, de política y de temas de actualidad. La familiaridad del barón con el artista era tal, que un día en confianza con su amigo, Delacroix le pide que pose para él, pero que modelara como si fuera un limosnero. Divertido por la exigencia, el financiero accedió y se presentó a la mañana siguiente en el estudio del pintor vestido con harapos. El pintor felizmente lo incluyó en uno de esos cuadros históricos y una vez terminada la sesión, un discípulo que nada sabía de la identidad del modelo, le dio unas monedas en la mano agradeciendo su buen trabajo. James aceptó el dinero entretenido por el gesto y sin mencionar nada, el asunto quedó olvidado. Un tiempo después el pupilo de Delacroix recibe una carta avisándole que el dinero que le había entregado al banquero había generado intereses y le redituaba una enorme suma.

El gusto de James y Betty en Francia deslumbraba a emperadores y reyes. James mandó construir su Château de Ferrières, después de haber visitado a su primo en Inglaterra, contrató al arquitecto. Cuando habló con el arquitecto Joseph Paxton le ordenó que le construyera un palacio igual al que le hizo a su primo en Inglaterra en Mentmore Towers… pero al doble de tamaño. Napoleón III quien inaugurara el Château de Ferrières exclamó que el palacio parecía sacado del cuento de las mil y una noches, y Wilhelm I, emperador de Alemania al visitarlo, comentó que la gran mansión de los Rothschild no podría ser mantenida por ningún rey y que solo los Rothschild podían tenían el dinero suficiente para vivir con esa opulencia.

James y Betty, partícipes de la vanguardia francesa, invitaron a su salón a distinguidos intelectuales, compositores e intérpretes, poetas y pintores. Contrataron a Dominique Ingres para realizar el retrato de Betty. Reacio, finalmente el retratista accedió y en su cuadro nos presenta a una mujer bella e inteligente, cubierta de satín y encaje, que con gran soltura se sienta cruzando las piernas bajo su amplio vestido y nos invita a participar en la conversación.

Anécdotas como ésta abundan en la vida de los Rothschild. La baronesaNapoleón III quien inaugurara el Château de Ferrières exclamó que el palacio parecía sacado del cuento de las mil y una noches, Charlotte, una de las precursoras de la colección Rothschild, desarrolla una estrecha relación con el acuarelista Eugène Lami, con quien funda la Sociedad Francesa de Acuarelistas. Su apoyo a las artes la hace famosa entre la sociedad francesa. En su salón se exhiben cuadros de la talla de Jean-Baptiste-Siméon Chardin y Anthony van Dyck, llena las paredes de pinturas rococó de François Boucher y de Antoine Watteau agregando las célebres representaciones de flores de Henri Fantin-Latour. Los techos de su palacio son cubiertos por obras de Giovanni Battista Tiepolo y abre su salón intelectual a la alta sociedad parisina.

Jean Auguste Dominique Ingres – Baronne James de Rothschild 1848 – Colección privada

Se rodean de los artistas del momento, inclusive tienen a su artista de “corte” Mortiz Daniel Oppenheimer quien retrata a distinguidos personajes alemanes. Oppenheimer pinta a los Rothschild durante los rezos en su casa, representa a la familia dentro de composiciones donde se relata la historia del patriarca y de su relación con el Duque Hesse-Kassel, los retrata dentro de su entorno, en ocasiones los idealiza como los dos cuadros de la pareja de recién casados Lionel y Charlotte, donde utiliza un estilo neo-renacentista. Charlotte es presentada con una mirada dulce y un paisaje napolitano subrayando su lugar de nacimiento y en su defecto el monte Vesubio aparece humeando en el fondo. Lionel, en un panel aparte, a la usanza de Piero della Francesca cuando pinta en el siglo XV al Duque de Urbino y a su esposa, está presentado como un joven heredero, sentado, con aire sobrio y serio viendo hacia el observador; y a sus espaldas una cortina que decora la ventana que enmarca un jardín inglés.

El interés por las artes y en especial por la música es una constante; Antonio Rossini, el compositor italiano, tiene el honor de ser uno de los testigos en la boda de Lionel. Chopin, Berlioz y otros se codean con la familia Rothschild, el primero dando clases de piano y el segundo componiendo una cantata para la inauguración de la línea de trenes de Paris a Lille, misma que era propiedad de los Rothschild.

Adèle de Rothschild comparte su interés por el arte, pero no solamente como coleccionista sino como mecenas, e impulsa la carrera de su protegido y amigo Alphonse Mucha promoviéndolo y financiando el viaje del artista a los Estados Unidos. Mucha, conocido más por sus carteles promocionales de las obras de Sarah Bernhardt, llega al nuevo continente con cartas de recomendación otorgadas por Adèle quien lo contacta con la alta alcurnia americana.

El interés por las artes y en especial por la música es una constante; Antonio Rossini, el compositor italiano, tiene el honor de ser uno de los testigos en la boda de Lionel. Chopin, Berlioz y otros se codean con la familia Rothschild, el primero dando clases de piano y el segundo componiendo En el siglo XIX, los Rothschild eran dueños de 41 castillos alrededor del mundo. Compraban castillos en ruinas y si no los reconstruían, reutilizaban lo que se podía. Tomaban elementos arquitectónicos como las chimeneas, lo que quedaba de los pisos de mármol o sus cornisas esculpidas. Las piezas antiguas eran colocados en sus recién construidos chateaux como si quisieran añadir ese caché del que flaqueaban, como si vistieran las nuevas fachadas con el ropaje de esos castillos olvidados y en sus cuerpos tomaran nueva vida, imbuyendo a los paneles recuperados con energía primea y como si esos mismos revestimientos antiguos pudieran permear la nobleza de sus antiguos dueños a la piel de los nuevos ricos, como si esas estructuras ruinosas de castillos renacentistas ayudaran a los Rothschild a subir los peldaños de la sociedad, como si las escaleras marmóreas de los antiguos palacios fueran a cubrir la poca alcurnia de los recién ennoblecidos.

No obstante, cada una de esas mansiones tuvo distintos destinos y durante la segunda guerra mundial, los nazis tomaron posesión de todas las propiedades de los Rothschild en Austria, y durante la ocupación de Paris y el régimen de Vichy otras más fueron usurpadas por los alemanes. Por ejemplo, la casa de James Mayer en Boulogne-Billancourt quedó abandonada, sus herederos tuvieron que huir de la capital francesa para salvar sus vidas y su mansión conocida como château Rothschild fue saqueada. Los fabulosos murales pintados por Eugène Lami, quedaron en las manos de los usurpadores y la familia nunca más regresó a esa casa palaciega. Sus paredes hoy están cubiertas de grafiti y sus pisos que un día estaban cubiertos con elegantes tapetes, hoy se encuentran vacíos y sin reparación.

Poco queda de las colecciones de arte de la familia, que sufrieron el paso del tiempo, el saqueo nazi y las caídas económicas. Algunas obras se perdieron, otras fueron restituidas a la familia después de la segunda guerra mundial, las obras que habían pertenecido a los Rothschild de Viena fueron retenidas por el gobierno austriaco hasta 1999, y fue en ese momento que muchas de ellas fueron vendidas o donadas a museos. Gran parte de la colección fue diseminada, sin embargo, hoy se puede apreciar una fracción de lo que fueron estas colecciones en el castillo de Waddesdon Manor en Buckinghamshire abierto al público en parte desde 1959.

Algunos miembros de la familia admiraban a los artistas contemporáneos, pero también a artistas locales y es allí donde encontramos que para decorar su palacio de Wassesdon, Ferdinand, compra cuadros de Thomas Gainsborough; mientras que Charlotte en Francia hace amistad con Édouard Manet. Pero tenemos que tomar en cuenta que Ferdinand compra cuadros que ya eran famosos en su época, eso quiere decir que no se trataba de descubrir a un oscuro artista, sino de obtener un cuadro famoso de un pintor reconocido. Tenemos el ejemplo del retrato de Sophia Charlotte, que fue retratada por Gaisborough con motivo de su matrimonio con Sir John Sheffield, en 1784, el cual fue famoso desde que fue mostrado en público. Lo mismo sucede con el cuadro conocido como Pink Boy (1782) del mismo autor, donde el artista pinta a un jovencito que nos recuerda la obra de Anthony Van Dyck; en 1857 la pieza adquirió gran renombre al ser presentado en la exhibición en Manchester titulada ‘Art Treasures’. Obras como estas, de un calibre alto, les daban a los Rothschild la respetabilidad social que buscaban, y cuando la reina Victoria visitó la casa de Ferdinand, este reconocimiento fue un golpe bajo a sus enemigos y críticos. Así mismo, vemos en la misma colección, obras como el retrato de Lady Jane Tollemache de Joshua Reynolds, obra que causó revuelo en la Real Academia cuando fue exhibido en 1779. Lady Jane parece caminar en contra del viento, su cabello vuela, y las telas de su vestido se arremolinan en lo que parece el preludio de una tormenta, el presentar a un a mujer de la nobleza con esta movilidad y ligereza resulta criticado en los círculos artísticos y sociales de la época, dándole a esta obra más prestigio. Poco queda de las colecciones de arte de la familia, que sufrieron el paso del tiempo, el saqueo nazi y las caídas económicas. Hoy se puede apreciar una fracción de lo que fueron en el Castillo de Waddesdon Manor en Buckinghamshire abierto al público en parte desde 1959

Es cierto, que los hijos de Mayer Amschel fueron hombres capaces de entender los mercados monetarios, que tuvieron la suspicacia de codearse con la realeza, de prestarles sus servicios mercantiles y de ser fieles a su gente, pero también es cierto que sufrieron del antisemitismo. En su tierra natal de Frankfurt, fueron primero barones antes que ciudadanos. En Alemania no es sino hasta 1848 que a los judíos se les otorga la emancipación, y en ese mismo momento la casa de los Rothschild en Viena es atacada. Los judíos tienen que esperar hasta 1867 cuando Franz Josep permite una ley de libertad religiosa.

En 1870 durante la guerra Franco-Prusiana, los Rothschild encontraron forma de ayudar a los países donde habitaban, la política fue siempre parte de su estrategia de comercio, sin embargo, esto les ocasionó grandes envidias. En Francia el sentimiento de odio a los judíos y en especial a la familia Rothschild fue exacerbado al unirse con los pormenores del caso Dreyfus, mismo que llegó a ser una disputa entre toda la población francesa. Toda la familia Rothschild fue demonizada, aparecieron en la prensa criticas y caricaturas de ellos dibujándolos de una forma grotesca. Pero su amor por el arte y por el coleccionismo no se detuvo con los contratiempos políticos y sociales.

Los Rothschild traspasaron muchas barreras, luchando por los derechos humanos, y por la igualdad. Siendo que en 1868 Alfred de Rothschild fue electo director del Banco de Inglaterra, convirtiéndose en el primer judío en la historia con este puesto. Extravagantes, excéntricos, tal vez; Alfred entretenía a sus visitantes conduciendo su propia orquesta o dirigiendo su circo privado. Nunca perdiendo de vista la filantropía y su amor por el arte, Alfred se convirtió en fideicomisario de la National Gallery y miembro fundador de la Wallace Collection. Su propia colección siguió los gustos de sus antecesores enriqueciendo su colección con retratos realizados por Gainsborough y Reynolds exhibiéndolos en Halton House.

Los Rothschild traspasaron muchas barreras, luchando por los derechos humanos, y por la igualdad. En 1868 Alfred de Rothschild fue electo director del Banco de Inglaterra, convirtiéndose en el primer judío en la historia con este puesto. Alphonse y Edmond de Rothschild, generaciones aparte de su ancestro Mayer Amschel, ya no necesitaban justificar su posición económica, ni su gusto por los lujos, el primero eligiendo L’Académie Française, especializándose en grabados y el segundo optando por L’Académie des Beaux-Arts, convirtiéndose en la autoridad y especialista en procedencia histórica de piezas únicas siendo consultado por historiadores del arte. Con ellos, las colecciones de arte se hicieron más exquisitas al incluir una serie narrativa realizada en piel por Govaert Flink, discípulo de Rembrandt y algunos óleos del mismo Rembrandt.

El gusto Rothschild por los pintores de los Países Bajos se fue acrecentando. Ferdinand compró obras maestras de De Hooch, Gerard ter Borch y otros. El gusto por un arte intimista que se realizó en el siglo XVII en Holanda y Bélgica tenía que ver con un gusto de comerciantes que admiraban las escenas costumbristas que representaban momentos cotidianos dentro de los mismos ámbitos que habitaban. El arte de estos no muestra escenas mitológicas o religiosas, no es un arte patrocinado por clérigos o reyes, es un arte simple, con efectos de luz y profundidad donde se refleja la vida diaria, los quehaceres, las preocupaciones del día a día. Se trata de una narrativa intimista: una mujer preparando la cena, un hombre bebiendo, una joven que toca la lira de gamba al lado de una ventana donde se reflejan los rayos del sol, una esposa que recibe la carta de su amado.

El cuadro de David Teniers el Joven, donde se representa la galería del archiduque Wilhelm rodeado de su colección de arte, muestra la aspiración de los Rothschild de tener una colección de arte digna de la aristocracia, donde los cuadros en las paredes muestran la riqueza del coleccionista y los Rothschild se identifican con el nivel más alto de la sociedad. Comparándose con el archiduque, James y los demás miembros de la familia compran obras de pintores de Flandes de la talla de Anthony van Dyck, mismo que era coleccionado por el mismo archiduque o las naturalezas muertas de Jan Davidsz de Heem, que apreciamos dentro del cuadro de Teniers, y que con tanto ahínco Lionel Nathan de Rothschild compró para su colección.

Este es el gusto de los Rothschild, un arte relevante a sus orígenes mercantes, obras realizadas en Flandes. En 1866 el barón Alphonse compra el cuadro del astrónomo de Johannes Vermeer, la joya holandesa que muestra un hombre de ciencias que medita acerca de los avances del conocimiento lógico en conjunto con la inspiración divina basada en la Biblia. Este cuadro se convirtió en el tesoro de la colección y su fama adquirió grandes escalas cuando después de haber sido robado por Hitler para formar su museo en Linz, fue recuperado por los Monument Man y restituido a la familia Rothschild, y finalmente fue donado al Louvre en 1983.

Las grandes mansiones construidas por los Rothschild fueron muestra de su riqueza y poder. Mayer de Rothschild (1818-1874) es el primero de la familia quien comisiona una gran residencia en 1855. Mentmore Towers en Buckinghamshire es el primer ejemplo que tenemos de un edificio construido explícitamente con el gusto Rothschild. Obras de Lucas Cranach, Tiziano y el retrato de Madame de Pompadour realizadoEl cuadro del astrónomo de Johannes Vermeer (…) se convirtió en el tesoro de la colección y su fama adquirió grandes escalas cuando después de haber sido robado por Hitler para formar su museo en Linz,  fue recuperado por los Monument Man y restituido a la familia Rothschild por Franois-Hubert Drouais (hoy en la National Gallery en Londres) decoraban sus paredes y hacían alusión al poderío de la familia.

Sin embargo, los Rothschild aprendieron a compartir sus riquezas y donaron en muchas ocasiones obras importantes a diversos museos, inclusive algunos de sus palacios como el Château de Ferrières, construido por el Barón James de Rothschild en 1855-9, apropiado por los prusianos en 1870 durante la guerra contra Francia, ocupado por los Nazis y saqueado durante la segunda guerra mundial fue donado por la familia al estado francés en 1975. Le gout Rochshild se fue afinando con los años acompañándose de diseñadores famosos como Yves Saint Laurent quien reacondicionó el castillo de Ferrieres en 1959 para el heredero Guy de Rothschild y su nueva esposa Marie-Hélène de Zuylen van Nyevelt. Este castillo fue escenario de una de las fiestas más suntuosas del siglo XX. Los Rothschild van acondicionándose a las circunstancias y de ser solo coleccionistas se convierten en participantes de la historia, algunos son reconocidos como pintores, otros se convierten en especialistas de arte, y finalmente son ellos mismos los que se tornan en personajes dentro de la historia del arte, son retratados por artistas de gran talla, son promotores de arte y organizan celebraciones extravagantes como la fiesta surrealista en el Château de Ferrières en 1972. La noche fue legendaria, los invitados se disfrazaron de cuadros surrealistas, se vistieron con colores vivos, usaron un maquillaje estrafalario, con escotes y bromas pasaron la velada al lado de Salvador Dalí, que junto a su Mae West Sofá se retrató con sus admiradores.
Las colecciones de arte de la familia Rothschild, ya no son lo que eran antes, su grandeza y su fama han quedado en la leyenda, sin embrago, su nombre y los miembros de la familia, siguen involucrados en el arte. En el 2015, la heredera de la rama austriaca, Bettina Burr, nieta del barón Alphonse y la baronesa Clarice de Rothschild donó al Museo de Arte de Boston (MFA), el legado de sus padres recuperado de las fauces de la guerra y hoy se pueden apreciar allí.

Artículo por:

Batia Cohen

Batia Cohen
México-Miami. Diseñadora Gráfica. Historiadora del arte. Doctora experta en Estudios Mesoamericanos. Ha escrito artículos en revistas especializadas e impartido cursos de arte prehispánico en Florida International University (FIU). Actualmente es profesora de arte en el instituto para adultos Osher (OLLI) en Miami. 

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