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La droga en la cultura de hoy y de ayer

Buenos Aires

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La droga en la cultura de hoy y de ayer | Letra Urbana

Para abordar este tema siempre hace falta construir el panorama general de la época y situar qué lugar se le otorga al uso de los narcóticos.

Un recorrido histórico, acerca de los distintos usos de las drogas en distintos tiempos y culturas nos deja afirmar que la cultura es inseparable respecto de un malestar que le es inherente, no hay cultura sin malestar.

Un recorrido histórico, acerca de los distintos usos de las drogas en distintos tiempos y culturas nos deja afirmar que la cultura es inseparable respecto de un malestar que le es inherente, no hay cultura sin malestar. En todo caso, el malestar no es una contingencia de un momento dado o una coyuntura especial, sino que es un dato estructural.

Hay un malestar inevitable y, a la vez hay diferentes formas de intentar paliarlo. Podemos ubicar en la cultura las diferentes estrategias frente a la inexistencia de una civilización que no tenga pesadumbre. El amor, la religión, el delirio, la sublimación, etc., como formas de paliar el dolor de vivir, según lo afirmara S. Freud ya en el año 1929.

Lo que a nosotros nos interesa es que, entre esas estrategias, él ubica el uso de narcóticos. Es decir, que Freud le da a los narcóticos un valor de remedio frente a la enfermedad de la existencia humana. Lo dice en los siguientes términos: “Para soportarla,  (‘No se puede prescindir de las muletas’, nos ha dicho Theodor Fontaine)  las hay quizá de tres especies: Distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; Satisfacciones sustitutivas que la reducen; Narcóticos que nos tornan insensibles a ella” [3]. Para Freud cada estrategia tiene características diferentes y, por ende, resuelve los problemas desde lugares diferentes. En el caso de los narcóticos no va a dejar de señalar que estos influyen sobre nuestro quimismo.

Las estrategias se pueden dividir en dos grandes grupos. Están aquellas que se enfrentan al malestar con un fin negativo y las otras con un fin positivo. Las de fin negativo las entiende como estrategias que tienden a evitar el malestar o el sufrimiento, en este caso alcanza con no sufrir, aunque eso no implique encontrar una gran felicidad. Por el contrario, a las de fin positivo las enuncia como aquellas que apuntan a lograr grandes o intensas sensaciones placenteras. Finalmente,  termina aceptando que la primera de ellas es lo máximo a lo que se puede aspirar dentro del campo humano. Así plantea que “… el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber sobrevivido al sufrimiento” [4]. En todo caso, lo que explicita con todas las letras es  que cada una de las diferentes estrategias tiene su pro y su contra, cada una trae aparejado un peligro. Es decir, que cada manera de enfrentar el malestar conlleva una forma de llevarlo al sujeto al malestar mismo, y da algunos ejemplos muy claros. En el caso del amor plantea que es una de las herramientas más eficaces, que se inscribirían dentro de las herramientas tendientes a producir sentimientos de sensaciones placenteras; o sea, dentro de las de fin positivo. Sin embargo, esa estrategia que puede traer la mayor de las felicidades, podría acarrear el mayor de los sufrimientos. En ese caso Freud dice que, ante la pérdida del objeto de amor, eso que en un momento era un remedio se transforma en la enfermedad misma.  Da todo un rodeo muy interesante para mostrar que, frente a esa posibilidad, el hombre ha hecho de la mujer un objeto sustituible que puede ser equiparado con otros. Justifica esto, diciendo que es una manera de reducir el valor único que tiene el objeto de amor y, al hacerlo reemplazable, no se debería pasar por ese sufrimiento tan grande que implica la pérdida del objeto amado. A esto lo llama la injusticia frente a la mujer, en el sentido que se la equipara con otros objetos.

En el caso de las drogas también va a encontrar sus ventajas y sus peligros. Lo primero que señala, y ya antes lo subrayamos, es que la característica de los narcóticos es la de influir sobre el quimismo. Así lo plantea: “Pero los más interesantes preventivos del sufrimiento son los que tratan de influir sobre nuestro propio organismo, pues en última instancia todo sufrimiento no es más que una sensación; sólo existe en tanto lo sentimos” [5]. Inmediatamente, agrega lo siguiente: “El más crudo, pero también el más efectivo de los métodos destinados a producir tal modificación, es el químico: la intoxicación” [6]. No deja de señalar en el mismo párrafo que, principalmente la manía, puede producirse al introducir una sustancia en el cuerpo, aunque también puede ser producida sin incorporación de droga alguna.

Observamos que la intoxicación no es un método, para decirlo así, simbólico, sino más bien es un método que apunta a lo real, una operación real. No se intenta resolver el malestar desde el campo de la palabra.

No sólo se les debe el placer inmediato, sino también una muy anhelada medida de independencia frente al mundo exterior. Los hombres saben que con ese ‘quitapenas’ siempre podrán escapar al peso de la realidad.

Ahora bien, veamos cómo presenta el peligro de esta muleta que, para ciertas personas, es la droga. Freud dice: “Se atribuye tal carácter benéfico a la acción de los estupefacientes en la lucha de la felicidad y en la prevención de la miseria, que tanto los individuos como los pueblos les han reservado un lugar permanente en su economía libidinal. No sólo se les debe el placer inmediato, sino también una muy anhelada medida de independencia frente al mundo exterior. Los hombres saben que con ese ‘quitapenas’ siempre podrán escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad. También se sabe que es precisamente esta cualidad de los estupefacientes la que entraña su peligro y su nocividad.” [7]

Lo primero que quiero destacar de este párrafo, es que él ubica toda la cuestión en relación con la economía libidinal. En segundo lugar, él sitúa el beneficio del efecto químico en términos de independencia frente al mundo exterior; pero, lo más interesante que señala es que aquello que funciona como un paliativo se puede volver su contrario. Y lo que ubica aquí como su peligro no es más que una pequeña indicación que no se encuentra desarrollada, pero, para aquellos que venimos trabajando con este tipo de patologías es un dato muy propio de la clínica. Me refiero al – lo voy a llamar así – desenganche respecto del Otro, que este tipo de pacientes presenta en los momentos más profundos.

…hay un punto, en todo toxicómano, en que esa muleta que comandaba y servía para paliar el malestar se transforma en siniestra, ya que no la puede manejar y lo deja por fuera de la relación con el Otro.

Sería un desenganche del Otro, llamémosle el Otro social, el Otro del lenguaje, del Otro sexo, etc. A mi gusto, el verdadero toxicómano muestra de una manera patética que, con su patología prescinde del Otro del lenguaje y busca una operación que no pase por allí, que prescinde del sexo y encuentra una respuesta libidinal diferente y, por supuesto, que podría aislarse totalmente del Otro social. Ahora bien, queda claro que la respuesta ante el malestar, es una solución que no elimina al malestar mismo y a la vez – y en esto va mucho más allá – hasta puede generarla. Me gusta el término “muleta” que Freud utiliza ya que muestra que se trata de lo que va al lugar de una ausencia y que, en su función, intenta suplirla. Por lo tanto, si el recurso que utiliza el sujeto lo pensamos como una muleta debemos decir que, en algún momento, su funcionamiento de suplencia se ve claramente alterado. En su momento yo lo plantee de la siguiente manera: hay un punto, en todo toxicómano, en que esa muleta que comandaba y servía para paliar el malestar se transforma en siniestra, ya que no la puede manejar y lo deja por fuera de la relación con el Otro. Es algo muy asiduo, también de la práctica de consumo, que los diferentes consumidores destaquen que lo que en un principio era un bienestar y podían manejar, luego se les transforma en insoportable e inmanejable a la vez. Es decir, que la muleta que respondía a los mandos de quien la lleva puesta empieza a caminar sola y lleva al sujeto a un infierno difícil de detener. Es el conocido lema de que “el primero te lo regalan, el segundo te lo venden”. Efectivamente, el sujeto al principio maneja su relación con la sustancia y, a partir de un momento, esa sustancia lo maneja a él. Es crucial poder situar esa instancia en la clínica, ya que nos advierte sobre el punto donde hubo lo que, también en otra ocasión, llamé el desencadenamiento hacia la toxicomanía.

Demos entonces, un paso más. Como es de esperar, Freud se preguntó cuál era la mejor respuesta frente al malestar. Ubicó una serie que incluía el delirio, la religión, la sublimación, distracciones poderosas, el amor, los narcóticos, etc. Sin embargo, Freud no duda en responder que no existe la mejor respuesta y que cada sujeto debe encontrar la suya. Como ya lo había anticipado, cada una tiene su beneficio y su peligro pero, de ninguna manera él propone una respuesta universal, sino más bien pone el acento en la importancia de que cada sujeto encuentre su camino en la búsqueda de la solución.

Freud es muy claro apuntando a la singularidad, lo plantea de modo nítidamente taxativo. Él dice: “La felicidad considerada en el sentido limitado, (se ve que toma sus precauciones y no se trata de toda la felicidad) cuya realización parece posible, es meramente un problema de la economía libidinal de cada individuo. Ninguna regla vale para todos; cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz” [8].

Situadas las cosas de esta manera podemos dar el último paso de lo que quiero plantear. Se trata de articular estas cuestiones con un recorrido histórico, finalmente, pensar algunas referencias del momento actual.

En otra época la toxicomanía era un síntoma aislado, entre otros. […] En la actualidad, hay una tendencia que lleva a una respuesta única y globalizada, se trata de un goce unitario y para todos por igual, intentando barrer con todas las diferencias.

Desde ya adelanto que lo que Freud propuso respecto del lugar de la droga en su texto El malestar en la cultura, creo que no se puede sostener hoy en día. Entiendo que la época de Freud y la nuestra son diferentes y que, por ende, las coordenadas cambian.

En otra época la toxicomanía era un síntoma aislado, entre otros. Como vimos anteriormente, él plantea las cosas al estilo de un menú de posibilidades, donde uno tendría soluciones a la carta. Quiero decir, que en el centro de la cuestión hay malestar inherente a toda cultura y luego hay una serie de posibilidades para paliar ese malestar; El uso de los narcóticos es una muleta más entre otras.

En la actualidad, hay una tendencia que lleva a una respuesta única y globalizada, se trata de un goce unitario y para todos por igual, intentando barrer con todas las diferencias.

En la época de Freud, el consumo de narcóticos empieza a perfilarse como un modo más para enfrentarse a lo real y, en todo caso, como síntoma aislado. Es una época donde priman los ideales y hay cierta preponderancia del Nombre del Padre, por eso la droga se ubica -en el caso de ciertos alcohólicos a los cuales en su momento los llamamos románticos- como posible partenaire. En ese momento, la toxicomanía parece ser una respuesta al costado de otras, como algo localizado y puntual. En todo caso, lo que se demuestra en aquella época, es cómo el alcohólico se encuentra anudado al consumo por cierto lazo ideal, de la creencia y hasta del grupo. El hombre que se junta con otros a tomar -haciendo lazo- para borrar las penas del amor, creyendo aún en el amor; Por eso los hemos llamado alcohólicos románticos. Pero, a su vez, tenemos otro momento que responde a la época, llamada por J.-A. Miller, de la inexistencia del Otro, en donde ya se trata de la “toxicomanía generalizada” [9], como un modo único y globalizado. Es el tiempo del consumo generalizado, como supuesta y única respuesta al malestar, lo cual hace que las cosas queden divididas en términos de consumidores y deprimidos. Es decir, que todos aquellos que no pueden gozar como el mercado manda, se deprimen.

Jacques Lacan, ya en 1967, decía que a mayor globalización – él la ubica como la universalización introducida por la ciencia –, a mayor supresión de las diferencias, a mayor homogeneización de los modos de goce, mayor sería la segregación. Algo que siempre me llamó la atención es cómo Lacan pudo anticipar en la Europa del ’67, que se venía nuevamente la xenofobia. Es increíble pensar semejante cuestión en una época de furor de ideas libertarias y muy cerca temporalmente aún de las cicatrices del nazismo. Se entiende que él llama a los nazis los precursores de la segregación, en el sentido que tuvieron los ghetos, como anticipo de las variadas formas actuales de aislamiento. Estas formas de aislamiento son centrales para pensar nuestra temática y las diferentes políticas de salud y sociales que se han dado en los diferentes países. Me refiero específicamente a los dispositivos de granjas, comunidades, barrios de toxicómanos en Europa, etc. Por otro lado, Lacan habla de la forma reactiva; la lógica de eso era que a mayor presión de la imposición de un goce único, se opondría la resistencia de los modos singulares. Estos modos singulares no son más que las diferentes culturas que intentan mantener sus formas particulares de vestir, comer, etc. Se entiende que si la cosa va en el sentido que todos gocen del consumo de la misma bebida o del mismo sándwich empaquetado, hay una resistencia de la comida típica. Se trata de lo que hemos visto, en el último tiempo, con las guerras étnicas. Finalmente, el mundo ha quedado dividido en aquellos que se someten al consumo único y masificado y un mundo que se resiste hasta la muerte, vía el fundamentalismo.

Es el tiempo del consumo generalizado, como supuesta y única respuesta al malestar, lo cual hace que las cosas queden divididas en términos de consumidores y deprimidos. Es decir, que todos aquellos que no pueden gozar como el mercado manda, se deprimen.

Por tanto, en lo que respecta al uso de drogas, se perfilan tres momentos históricos. Un primer tiempo en donde el uso de las drogas no se presentaba como posible patología; Es lo que ubicamos en el recorrido histórico que estuvimos haciendo, donde pudimos observar que miles de años de uso de drogas no implicaban la existencia de la toxicomanía. Sí existían los problemas de los diferentes usos de las drogas; Problemas prácticos y éticos, tal como lo habíamos señalado, en los diferentes momentos y culturas. De este modo, la problemática de la toxicomanía o drogadependencia o adicción, o como se la llamara en cada momento y lugar, llega a establecerse con claridad sólo en el momento de la aparición del síndrome de abstinencia. A partir de allí se constituye en un problema, del cual se ocupan hasta los estados; por supuesto, con una preponderancia de la presencia de Estados Unidos en el asunto que, desde un principio, se la pasó buscando acuerdos internacionales para enfrentarse con el problema. Desde ya que esa búsqueda estuvo signada, en cada momento, por diversos intereses.

Hay un segundo momento que se inicia a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en donde se empieza a instalar la droga como pudiendo procurar una dependencia. Este es el período del malestar en la cultura, en donde Freud muestra al alcohólico y al consumidor de narcóticos como un síntoma acotado. Finalmente, tenemos la época contemporánea de la inexistencia del Otro – anticipada por J. Lacan y nombrada así por J.-A. Miller-,  en donde se perfila una toxicomanía generalizada. Una época donde prima el goce del consumo propuesto por el mercado, para todos por igual -cada uno solo y en su casa, donde el delivery se lo trae sin tener que salir-, borrando todas las diferencias. En este caso sería una solución universal, lo cual lo quita del lugar de respuesta singular, ya que si algo caracteriza a la época de Freud es la singularidad y su lazo con el Otro. Precisamente, es esta diferencia  entre la época de Freud y la actual, lo que me hizo pensar en el título de la conferencia que acabo de dar en Londres: “La toxicomanía de hoy y de ayer”.

Quedan así distinguidas tres épocas donde el contexto ha definido usos diferentes de la droga. Seguramente, podremos ver esto en términos de cada sujeto en particular, los usos diferentes de la droga para cada uno. Si algo muestra la relación de la droga con el ser humano, es que se la ha destinado para múltiples usos. Hemos visto cómo podía ser un remedio, pero también, un veneno. Hemos visto cómo puede no aparecer como un síntoma o ser un síntoma más entre otros y, finalmente, cómo se fue transformando en el modo de satisfacción masivo de una época, la nuestra.

[1]El presente artículo retoma los contenidos de una clase dictada por el autor en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, en el año de 2004.
[3]Freud, Sigmund, "El malestar en la cultura", en Obras completas, tomo III, Biblioteca Nueva, Madrid, Traducción directa del alemán, Luis López Ballesteros.
[4]Ibídem, pág. 3025.
[5]Ibídem, pág. 3026.
[6]Idem 7.
[7]Idem 7.
[8]Ibídem, pág. 3029.
[9]Sinatra, E., "La toxicomanía generalizada y el empuje al olvido", en Más allá de las drogas, Plural, Bolivia, 2000, pág. 39.

Artículo por:

Fabián Naparstek

Psicoanalista. Profesor Adjunto Regular de la Facultad de Psicología UBA Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, AE, Miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana. 

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