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Jóvenes violentos en la época

Buenos Aires

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Jóvenes violentos en la época | Letra Urbana

El mal y la violencia son lo que en el ser humano roza lo inhumano y la historia de pasiones, guerra y destrucción entre los hombres da cuenta de ello. Freud mismo sintió aversión al descubrir el mal innato en el hombre, pero fue el paso que permite esclarecer que no es sin ajustarse a un sistema de renuncias, que se hace posible la convivencia entre los hombres. ¿Dónde situar lo que falla de esta operación en nuestros días dejando ese núcleo mortífero librado a la impulsividad?

Es un hecho de público conocimiento que la violencia y sus desbordes entre los jóvenes se han incrementado de una manera alarmante en las últimas décadas.

La violencia entra dentro de otras manifestaciones -tales como las adicciones, la anorexia, bulimia, etc.- que en psicoanálisis podemos caracterizar como impulsividad, aquello que se hace en un arrebato, en un dejarse llevar sin pensar en las consecuencias de dichos actos o aun cuando se las piense, se presentan como algo imparable, como un no poder dejar de hacer, algo a lo que el sujeto se ve empujado sin poder tomar otra decisión respecto de ese empuje.

Todo acto de violencia supone la ruptura del lazo social o un fracaso en la instauración del mismo dado que el lazo social es lo opuesto a la ley de la fuerza o del más fuerte, supone que el ser hablante entra dentro de un marco de legalidad donde está claro lo que sí y lo que no, una estrecha relación con la ley que hace que estén claros sus derechos y lo que no es impune.

Años atrás hubiéramos podido afirmar, desde un punto de vista más sociológico si se quiere, que la violencia es propia de sectores marginales y que la pobreza y la exclusión empujaban al desborde por la segregación social de la que los jóvenes eran objeto sobre todo en aquellos países donde los índices de desocupación y la falta de futuro dejan afuera a una inmensa masa.

Sin embargo, en los últimos tiempos hemos escuchado y leído sobre el incremento de actos violentos entre jóvenes de clases sociales más acomodadas e inclusive altas. En el mes de abril de 2006 salió una nota en el importante matutino Clarín titulada: Violencia por nada: qué hay detrás de las nuevas peleas juveniles.

Son chicos de entre 14 y 20 años, buen nivel educativo y sin apuros económicos. Pero cuando salen a bailar pueden terminar matándose a golpes. La falta de límites, la sensación de impunidad y el exceso de alcohol, factores clave. [2]

Justamente, el artículo se ocupa de estos casos de violencia entre jóvenes que en apariencia no tienen justificaciones sociales: pobreza, falta de educación, desempleo paterno y da la siguiente estadística:

Entre 2001 y 2003, el 3 por ciento de las causas penales instruidas en los juzgados porteños tuvieron como imputados a jóvenes menores de 18 años. De ellas, 48 por ciento pertenecía a hogares de bajos recursos y el 52 por ciento, a chicos de clase media y alta. A su vez, un relevamiento realizado el año pasado por la Facultad de Derecho de la UBA junto con UNESCO entre 1.800 profesionales de la educación, reveló que ocho de cada diez asumían no estar formados para manejar situaciones de violencia. Entre ellos, el 75 por ciento trabajaba en colegios privados que asisten a una población de clase media y alta. [3]

Todo acto de violencia supone la ruptura del lazo social o un fracaso en la instauración del mismo dado que el lazo social es lo opuesto a la ley de la fuerza o del más fuerte, supone que el ser hablante entra dentro de un marco de legalidad donde está claro lo que sí y lo que no, una estrecha relación con la ley que hace que estén claros sus derechos y lo que no es impune.

Este fuera del lazo social y de su marco legal es lo está planteado en el artículo del diario Clarín cuando se refiere a …la falta de límites y a la sensación de impunidad que indica además, la falta de responsabilidad que acompaña estos actos, algo así como: todo se puede, nada está prohibido.

En su texto sobre El malestar en la cultura [4], Freud se detiene en la función de la cultura respecto de la regulación o normatización de lo pulsional, eso que empuja e impulsa que mencionamos más arriba, y lo hace en términos de la renuncia de lo pulsional; justamente, es por ejemplo en la violencia, donde se constata un fracaso a nivel de dicha renuncia.

Dentro de las tres fuentes del sufrimiento humano: …la supremacía de la Naturaleza, la caducidad de nuestro propio cuerpo y la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad [5], es esta última a la que Freud considera como sufrimiento de origen social aseverando que no comprendemos por qué las instituciones que nosotros mismos creamos no representan bienestar para todos previniendo el sufrimiento. Es a raíz de esto que sospecha que aquí se oculta …una porción de la indomable naturaleza, tratándose esta vez de nuestra propia constitución psíquica.[6]

Y es a esta porción indomable de nuestra constitución psíquica a la que Freud se refiere cuando dice que gobernar, psicoanalizar y educar son tareas imposibles, imposibles en el sentido de que nunca pueden ser completas, acabadamente perfectas. La cultura regula las relaciones de los hombres entre sí y el paso decisivo hacia ella es la sustitución de la fuerza bruta individual por el Derecho, discurso que ordena, que asiste a una comunidad siendo su carácter esencial el hecho de que los miembros de dicha comunidad limitan sus posibilidades de satisfacción a diferencia del individuo aislado que no conocía esa limitación. La ley del derecho que es justa y alcanza a todos por igual, hace posible el paso a la cultura. De este modo, sigue diciendo Freud, el desarrollo cultural impone restricciones y la justicia exige que nadie escape a ella.

En este desarrollo, Freud distingue el prójimo del semejante. El semejante es un colaborador con quien resulta útil desde los tiempos primitivos vivir en comunidad. En cambio, el prójimo es el que busca satisfacer su agresión con nosotros, es aquel que nos hace saber que el hombre no es una criatura tierna por naturaleza.

La existencia de las tendencias agresivas es lo que perturba nuestra relación con los semejantes y por esta primitiva hostilidad del hombre, la sociedad civilizada se ve permanentemente al borde de la desintegración, a la ruptura del lazo social.

La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la Historia? [7]

La existencia de las tendencias agresivas es lo que perturba nuestra relación con los semejantes y por esta primitiva hostilidad del hombre, la sociedad civilizada se ve permanentemente al borde de la desintegración, a la ruptura del lazo social. De este modo, la cultura debe realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas al punto que el precepto ideal: amarás a tu prójimo como a ti mismo se revela contrario y antagónico con la primitiva naturaleza humana. Esta porción de agresividad que Freud menciona en el párrafo citado puede remitirse de pulsión de muerte llevada, en este caso, al lazo social. Continúa:

De ahí, pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin; de ahí las restricciones de la vida sexual, y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo, precepto que efectivamente se justifica, porque ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana. Sin embargo, todos los esfuerzos de la cultura destinados a imponerlo aún no han logrado gran cosa. Aquélla espera poder evitar los peores despliegues de la fuerza bruta concediéndose a sí misma el derecho de ejercer a su vez la fuerza frente a los delincuentes; pero la ley no alcanza las manifestaciones más discretas y sutiles de la agresividad humana. En un momento determinado, todos llegamos a abandonar, como ilusiones, cuantas esperanzas juveniles habíamos puesto en el prójimo; todos sufrimos la experiencia de comprobar cómo la maldad de éste nos amarga y dificulta la vida.[8]

Entonces, la destrucción, la maldad, lo que Lacan llamó en su Seminario VII La ética del psicoanálisis el proyecto del mal [9], son parte de lo que en el ser humano roza lo inhumano y la historia de la humanidad hasta nuestros días está poblada de infinidad de ejemplos. Freud asevera que la aceptación de la existencia de la pulsión de muerte despertó resistencias en el círculo analítico y confiesa que al comienzo él mismo lo planteó tentativamente …pero en el curso del tiempo se me impusieron con tal fuerza de convicción que ya no puedo pensar de otro modo [10]; nos confiesa, generosamente, que él también sintió aversión al pensar en el existencia de la pulsión de muerte y que por eso no le sorprende que otros la experimenten dado que a quienes creen en los cuentos de hadas no les gusta oír hablar de la innata inclinación del hombre hacia lo malo, la agresión, la destrucción y con ello también, a la crueldad.

Por lo tanto, aquello que de la pulsión -reitero, ese empuje imparable del que hablábamos al comienzo- no es simbolizado, no es normativizado, queda librado a la impulsividad. Asimismo, Freud se detiene en la función de la familia para decir que ella es la célula germinal de la cultura, es decir, que su función es la de alojar al ser hablante humanizándolo y por lo tanto, es en el seno de la familia donde se renuncia a aquello que es menester renunciar para que el sujeto entre en una legalidad. Es allí donde se transmite una ley que ordena el régimen de las satisfacciones, donde se produce una regulación que posibilita el lazo social.

La violencia que hemos visto crecer entre nuestros jóvenes es producto del discurso imperante en la época, discurso que está estrechamente asociado a la declinación de la imago paterna de la que Lacan habló ya en 1938 en su texto sobre La Familia [11]; a diferencia de la familia que da lugar al lazo social porque regula al hacer pasar la norma, la declinación de la imago paterna está directamente relacionada con lo que atenta contra el lazo social.

Lacan destaca algunas condiciones de la familia conyugal siendo una de las más importantes el hecho de que ésta encarna la autoridad en el orden de las generaciones, el abuelo o el padre. Asevera, además, que el rol de la imago del padre se puede observar en la mayor parte de los grandes hombres. Dice:

Un gran número de efectos psicológicos, sin embargo, se origina, en nuestra opinión, en una declinación social de la imago paterna. Declinación condicionada por (…) efectos extremos del progreso social, declinación que se observa principalmente en la actualidad en las colectividades más afectadas por estos efectos: concentración económica, catástrofes políticas.

(…) Cualquiera que sea el futuro, esta declinación constituye una crisis psicológica. Quizás la aparición misma del psicoanálisis debe relacionarse con esta crisis. [12]

…podemos decir que los factores propiciadores de la violencia en la actualidad son: el discurso amo de la época, sumado a las consecuencias que este discurso tiene sobre la función del padre, una declinación que implica una degradación de su función.

Así, el padre como función encarnaría el significante amo de la familia, amo en el sentido de lo que ordena. Ahora bien, ¿qué quiere decir la declinación de la función del padre?, quiere decir que el padre hoy en día no cumple esa función, no ordena el goce, su función ha decaído por la impronta de la época, está degradada.

Entonces, esta declinación está condicionada por el progreso, a tal punto que se hace más evidente donde hay mayor concentración económica o catástrofes políticas. Decir que quizás la aparición misma del psicoanálisis esté relacionada con esta crisis implica sostener que el análisis y más aún, la función del analista -y subrayo la función dado que no se trata de la persona del analista- sea la que venga a suplir ese déficit de la función del padre, déficit que descalabra la economía libidinal del sujeto.

Por lo tanto, podemos decir que los factores propiciadores de la violencia en la actualidad son: el discurso amo de la época, sumado a las consecuencias que este discurso tiene sobre la función del padre, una declinación que implica una degradación de su función.

También, y en el mismo orden de fenómenos, los adolescentes actuales tienen una fuerte tendencia a la discriminación llegando incluso a actos de violencia que arrancan de allí. Lo que está en la base de la discriminación es lo insoportable de la diferencia que es solidario de la alienación a todos los significantes amos de la época que uniformizan desde los modos de consumo hasta los modos de ser.

Cuando el sujeto no logra separarse de sus padres dando su consentimiento a crecer haciéndose responsable de sus elecciones y de su vida, la rebeldía y la errancia serán sus decisiones. Y ante la falta de identificaciones consolidadas buscará la identificación en la banda o en el ser por el lado de la toxicomanía, la anorexia, la bulimia: soy anoréxica, soy bulímica, etc.

Para concluir, quisiéramos plantear la solidaridad que existe a nuestro criterio entre la decadencia de la función del padre y lo que Lacan llama en el año 1967 el niño generalizado [13], concepción que toma de un libro de A. Malraux en la que éste afirma que ha llegado a creer, en el ocaso de su vida, que no hay personas mayores.

El niño generalizado es el ser hablante tomado como un objeto y entonces desresponsabilizado, es un sujeto sin responsabilidad y esto está hoy muy instalado por los discursos amos imperantes -ciencia y capitalismo. Lacan considera que esto tiene como consecuencia la segregación, la segregación como consecuencia del discurso de la ciencia que rechaza toda singularidad y del capitalismo que convierte al sujeto en un simple consumidor. Cito:

El factor del que se trata es el problema más candente en nuestra época, en la medida en que es la primera que ha de sentir en sí misma que, a causa del progreso de la ciencia, se hayan puesto en cuestión todas las estructuras sociales. Aquello con lo que, (…) tendremos que tener tratos, una y otra vez, y siempre más acuciante, es: la segregación.

…se trata de saber en el modo en que nosotros, quiero decir los psicoanalistas, vamos a responder: la segregación puesta en el orden del día por una subversión sin precedentes. [14]

Cuando el sujeto no logra separarse de sus padres dando su consentimiento a crecer haciéndose responsable de sus elecciones y de su vida, la rebeldía y la errancia serán sus decisiones. Y ante la falta de identificaciones consolidadas buscará la identificación en la banda o en el ser por el lado de la toxicomanía, la anorexia, la bulimia: soy anoréxica, soy bulímica, etc.

Entonces, el niño generalizado señala la entrada de …un inmenso gentío en el camino de la segregación [15], dado que el ser hablante a causa del progreso de la ciencia, entra como objeto en el mercado.

También, el niño generalizado es el lugar del sujeto en el discurso capitalista, todos uniformados dentro del mismo modo de gozar y de consumir, no hay lugar a la diferencia, a la singularidad.

De aquí que en nuestra intervención en aquellos casos de violencia juvenil en los que seamos convocados como analistas, siempre deberemos dirigirnos al sujeto en tanto que sujeto de derecho, es decir, sujeto en función -ni como objeto, ni como consumidor, ni como víctima- y por lo tanto, responsable de sus actos. Es a ese sujeto al que debemos hacer comparecer para devolverle su dignidad de sujeto.

[2] Diario Clarín: Adolescentes en riesgo. Violencia por nada: qué hay detrás de las nuevas peleas juveniles. Domingo 16 de abril de 2006. Bs. As., Argentina.
[3] Op. cit.
[4] Freud, S.: "El malestar en la cultura". En O. C.
[5] Op. cit.; pág. 3031.
[6] Op. cit.; pág. 3031.
[7] Op. cit.; pág. 3046.
[8] Op. cit.: pág. 3046.
[9] Lacan, J.: Seminario VII La ética del psicoanálisis. Ed. Paidós. Bs. As., 1988; Capítulo VIII El objeto y la Cosa, pág. 129.
[10] Op. cit.; pág. 3051.
[11] Lacan, J.: La familia. Ed. Homo Sapiens. Rosario, 1977.
[12] Op. cit., pág.112/113.
[13] Lacan, J.: Discurso de clausura de las Jornadas sobre las psicosis en el niño. Ed. Correo/Paradiso. Barcelona, 1987; pág. 13.
[14] Op. cit.; pág. 7.
[15] Op. cit.; pág. 13.

Artículo por:

Graciela Kait

Psicoanalista, Rosario. Argentina 

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