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Fuerza Bruta

Editorial
Miami

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Fuerza Bruta | Letra Urbana

Fuerza Bruta, un espectáculo que nos recuerda que hay un quiebre entre la razón y la emoción. Hacen resonar la fuerza de la vida, sin violencia pero con intensidad. Energía, movimiento, agua, música, vuelo y sorpresa, son los elementos que se fusionan para superar la gravedad del pensamiento y despertar a los sentidos.

Este verano el show Fuerza Bruta, llegó a Miami. Desde ya que también esta vez, el tour es todo un éxito. En esta ciudad, así como en Nueva York, Sudamérica y Europa, la propuesta convoca y fascina a multitudes.

Este grupo nació en Argentina, mi país de origen, y por eso tuve ocasión de seguir su trayectoria desde el inicio participando de varias funciones, allá y acá. Si bien han cambiado algunos de los integrantes a lo largo del tiempo, siguen siendo acróbatas, andinistas, músicos, bailarines e intérpretes que, colgados de arneses hicieron nacer un teatro aéreo que inunda de sensaciones la concurrencia. Golpear y hacer resonar la fuerza de la vida, sin violencia pero con intensidad. Energía, movimiento, agua, música, vuelo y sorpresa, son los elementos que se fusionan para fracturar el campo de la razón y despertar a los sentidos.

Hay que destacar que se trata de una puesta en escena sin espectadores porque todos quedan envueltos en lo que allí acontece. Es un show donde el espacio se usa diferente, no hay plateas atrás y escenario adelante, ni se asignan los lugares de antemano. Se presencia de pie y el teatro se divide en arriba y abajo. En esa distribución todos los cuerpos se mueven, los de arriba despegados, en vuelo y, los de abajo parados pero casi nunca quietos, agitándose al son de las emociones, bailando. Durante la función el público no se encuentra jamás “emocionalmente seguro“, el agua de la escena los alcanza, los salpica o los moja, un actor en vuelo rasante puede abrazarlos y levantarlos a volar. El asombro agita los cuerpos, permanentemente.

Todos intentamos alguna vez descifrar el espectáculo del que participamos y, aunque se arriesgan hipótesis de interpretación que quizás pudieran tener algo de verdad, terminan resultando insuficientes frente a la magnitud de lo que se vive durante la función. La potencia de lo que allí sucede supera los esclarecimientos, se escapa al lenguaje y, si tenemos la honestidad de admitirlo, cuando alguien nos pregunte de qué se trata, solo podemos decirle que tienen que hacer la experiencia.

Hoy, tomando ya un poco de distancia de la vivencia, sigo afirmando que Fuerza Bruta no tiene un argumento. Trabaja con otra estofa, aviva lo sensible, la capacidad de sentir. Y hay que recordar, que dejarse afectar no es algo que ocurre tan fácil cuando ya se cruzó cierto umbral, cuando hemos adquirido el entrenamiento de navegar -y muchas veces también de perdernos- en el mar de las ideas, cuando ya hemos aprendido a calmarnos si logramos enhebrar una significación para cada cosa.

El hombre tiende a envolver todo con sentido y en esta época, donde los discursos ya explican casi todo lo que nos ocurre, los argumentos proliferan y el cuerpo queda en el olvido.

Hoy contamos con mucha información que desestima lo sensible, lo que nos conmueve. Esta perspectiva se generalizó hasta el punto de dominar casi todo el campo de la razón contemporánea instalando la creencia de que, lo que pensamos condiciona lo que sentimos.

Desde muy temprano hubo filósofos que observaron la importancia de las experiencias que nos impactan corporalmente y dejan una huella sentida. Este bagaje de signos emocionales que nos impresionaron primero no se proscribe sino que se volverá fundamental para organizar el sistema de pensamiento. En un momento posterior esas huellas sentidas, se potenciarán con el lenguaje y el pensamiento abstracto.

En la historia de la ciencia, cuando las investigaciones comenzaron a avanzar, se encontró un código básico para discriminar lo que marca al aparato sensorial: el placer y el displacer. Y ya, a finales del mil ochocientos, un neurólogo que luego se convertiría en el padre del psicoanálisis, trabajando en un proyecto en el que relacionó los aspectos psicológicos con los neurológicos descubrió que, la particularidad de los seres humanos no queda totalmente concernida por la conmoción orgánica que pueda producir lo percibido, sino que tiene que ver con la manera en que esa huella -de placer o displacer-, se entreteje en la trama de la actividad mental. Lo que conmovió el cuerpo deja un tipo de traza que activará el campo de las representaciones mentales, es decir las creencias, el tipo de discurso, los ideales, el modo de hacerse una historia personal.

Actualmente, la frecuencia con que escuchamos frases como “es muy intenso” o “se emociona mucho“, forman parte de la costumbre y pareciera indicar que la sensibilidad, no es bienvenida en nuestros días.

El hombre apacible, en total control de sus sentimientos ha sido un ideal ya desde la época de Aristóteles. Lo afectivo marea y evidentemente eso siempre fue una amenaza para la especie humana, sobre todo si lo sentido se extrema en forma de pasiones. Pero aun sin llegar a tanto, las emociones sorprenden, invaden, descontrolan el cuerpo, no se entienden, no es fácil encontrarles un sentido. La solución aristotélica para la “marea sensible” ha sido entonces aspirar a la levedad emocional.

Y, aunque siglos después llegó Espinoza para afirmar que las experiencias que afectan el cuerpo son las que condicionan la potencia de obrar del ser humano y, según lo que haya sentido esa potencia aumenta o disminuye, pareciera que occidente siguió siendo mucho más aristotélico que espinosista.

Sin embargo, conviene notar que lo corporal no siempre se subestimó del mismo modo. Actualmente es la sobrevaloración de lo cognitivo lo que rebaja y subordina la emoción al pensamiento.

Fuerza Bruta propicia la ocasión de recordar que hay un quiebre entre la razón y la emoción, que se siente sin pensar, que la decodificación llega después. Aun hoy, cuando se impone la creencia de que el pensamiento domina a la emoción, volvemos a probar lo que ya se sabía. Cuando conseguimos prestarnos a la experiencia y permitir que el cuerpo sea envuelto por los climas que se generan durante la función, las sensaciones inundan y superan la “gravedad“, del pensamiento. No se habla, tampoco hay tiempo para procesar lo que se experimenta, durante un rato solo quedamos rescatados de la resistencia del lenguaje para volvernos brutalmente sensibles. Y cuando al salir del show, tampoco encontramos palabras para contar lo que emociona, aun así, se puede seguir sintiendo enérgicamente. Un modo de celebrar la vida.

Artículo por:

Mónica Prandi

Mónica Prandi
Fundadora y Directora de la revista digital Letra Urbana. Psicoanalista. Lic. en Psicología, Argentina. Master of Science in Psychology, USA. Licensed Mental Health Counselor, en el Estado de la Florida. Se dedica a la práctica clínica privada en la ciudad de Miami. Actualmente investiga y divulga las ideas y teorías que contribuyen a entender las transformaciones que observamos en el hombre contemporáneo, bajo los efectos de la globalización. 

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