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¿Existe la amistad entre el hombre y la mujer?

Buenos Aires

Por Emilio Vaschetto
¿Existe la amistad entre el hombre y la mujer? | Letra Urbana

La dialéctica que impone nuestra pregunta nos obliga a plantear qué tipo de lazos pueden establecerse entre hombres y mujeres. Podríamos suponer que si no hay amistad hay amor, odio, compasión, espanto…

La dialéctica que impone nuestra pregunta nos obliga a plantear qué tipo de lazos pueden establecerse entre hombres y mujeres. Podríamos suponer que si no hay amistad hay amor, odio, compasión, espanto…

Veo que mi lista puede tornarse interminable y sus respuestas, absolutamente inacabadas. En función de esto, decidí nutrirme del testimonio de mis amigos, personas serias todos ellos y dispuestos a responder con sinceridad (al menos con la sinceridad que le permite su propia realidad psíquica, sabiendo que en principio mi tarea es casi antropológica, luego analítica).

“Espacio varonil” es el simpático nombre con el que decidimos abrir las reuniones con este grupo de amigos, una especie de cofradía de antihéroes que toma la dimensión de espacio teórico clínico, a punto de partida de nuestra propia experiencia, vale decir, nosotros como caso.

Conviene aclarar que antes nos autoproclamábamos, no sin infatuación, “el grupo de los machos”…  Había que demostrarlo. Y en ese intento, que no tenía nada de performativo, nos invertíamos, nos feminizábamos cada vez más.

Este agrupamiento, hay que decirlo, fue para nosotros necesario. Pasábamos gran parte de nuestra jornada laboral intoxicados de estrógenos, hastiados de las narrativas femeninas. Creíamos entonces, haber gestado un ámbito donde se destilaba misoginia… Pero no. Hoy intentamos argumentar acerca de nuestros síntomas, las mujeres, con la mayor humildad y subversión, tomándonos reflexivamente como material clínico ungidos por el psicoanálisis, ante un lazo de amistad que está posibilitado por la intermediación culinaria. Ésta nos recuerda cada vez, en el aroma de una ración que transita delante de nuestras narices o en el picor de un vino malbec, que de no ser por ese orgasmo gastronómico, nos estaríamos comiendo los seres humanos unos a otros.

Sin caer en posiciones esencialistas, nutridas en su mayoría de una fundamental ambigüedad, plantear la existencia de una relación -sabiendo que no hay- es pensar modos de estrategias, de acercamientos o de enlaces entre los sexos. Posiciones sexuadas sin ninguna distribución empírica, objetiva o biológica. Planteada así la amistad entre hombres y mujeres, suponiendo un lazo efectivo, pero sabiendo de entrada que “lo que se llama colectividad es algo que no anda. No anda, y todo el mundo habla de ello y gran parte de nuestra actividad se nos va en decirlo”. (Aún p. 44)

Quizás podríamos proponer un hombre y una mujer. Este un como significante, pues al fin y al cabo es lo que son –tanto hombre como mujer-, significantes.

Quizás deba rectificar el título con el que abrí esta reflexión, pues decir el hombre o la mujer es utilizar modos universales de relación que no existen sino en el mundo de las ideas. Quizás podríamos proponer un hombre y una mujer. Este un como significante, pues al fin y al cabo es lo que son –tanto hombre como mujer-, significantes.

¿Cómo pensar la amistad entre hombres y entre mujeres separadamente? Las diferentes narrativas. ¿Qué hacen los hombres con el discurso de las mujeres y las mujeres con el de los hombres? El apareamiento del amor y la novela es esencial. Algunas mujeres que han sobresalido en este arte. La amistad como lazo que incluye al amor pero que no se limita a éste.

Aristóteles en la Ética a Nicómaco menciona a la amistad como “una virtud o algo acompañado de virtud y, además, lo más necesario para la vida”. Inicialmente se ajusta a nuestros propósitos el plantear separadamente los vínculos humanos de amistad entre hombres y mujeres, como diferentes narrativas circulando en un espacio signado a la contemplación. El amigo como “ese otro yo mismo” a quien deseo el bien y desde donde puedo contemplarme. S. Freud sale del paso acerca de las aspiraciones homosexuales que podrían estar presente en este tipo de intercambios, reconociendo que las mismas no son canceladas sino puestas al servicio de “la amistad, la camaradería, el sentido comunitario y el amor universal por la humanidad” (AE XII p.51). La libido, cuya meta pulsional tiende a la unión sexual, no deja de reconocerse en cada una de las manifestaciones del amor (Ver Psicología de las masas p. 86).

En principio, cómo podemos pensar los “lazos masculinos” y qué es lo que caracteriza a este tipo de amistad. “Para ser amigos no hace falta decirse nada, pero hay que saber expresar con palabras que no vienen a cuento y con gestos, la propia relación. La amistad masculina es un mirar distraídamente en la misma dirección presuponiendo la presencia del otro, pero sin querer agotarla o reclamarla”[2]. Hay en ese encuentro una constatación. Inicialmente se propone una mimesis, una práctica mediante la cual se aprende a ser un cuerpo masculino y una toma de la palabra en un laconismo retórico. Es la pose, el gesto, la descalificación, la impostura, en ese ámbito que podemos llamar sin ambages, “conspirativo”. Volveremos más adelante sobre este aspecto.

La amistad entre mujeres se observa en todo su relieve en la confesión. No es que las miradas no estén presentes, lo están en una mujer permanentemente (es lo que Lacan llamaba el “omnivoyeur”)[3]. Pero para “poder permanecer juntas en una misma habitación, cómodamente, sin sentirse molestas y sin tener nada que probar…”[4] es necesario fundar un discurso, una narrativa. La confesión habilita esa comunión.

Juana Manuela Gorriti, nacida a pocos días de nuestra independencia política (que paradójicamente traería, junto a los códigos civiles, nuevas formas de opresión femeninas impuestas consuetudinariamente por la sociedad patriarcal), era quien pregonaba acerca de la necesidad de autonomía del género. Esto estaba al parecer motivado por reiterados conflictos matrimoniales, lo cual hizo que los rumores y los chismes ventilaran los entretelones de la relación matrimonial traspasando el espacio privado. Probables engaños por parte de su marido Belzú, pero también los posibles amoríos de ella con el entonces presidente del Perú, Ballivián, la ubicaban en pie de igualdad ante sus congéneres.

Un escrito anunciaría precozmente la provocación al mandato de silencio al que estaban confinadas las mujeres de esa época. Esta publicación de 1835 titulada “Lo íntimo”, consistía en un relato que desnudaba algunas experiencias y confesiones entre las cuales evocaría las de una monjita amiga, llamada Isabel Serrano.

Ampliando nuestra perspectiva, podemos inferir que la amistad no es sólo un sentimiento o un valor, sino toda una práctica de lazo social. Constituye de alguna manera su encarnación.

Una de las primeras novelas latinoamericanas, escrita por Gorriti, llamada “La quena” recibió una acogida dispar. Mientras la censura ejercida por el ala conservadora había catalogado algunas escenas como inmorales, el sector más liberal –conformado por la generación de jóvenes románticos- la consideraba “la más bella novela escrita en América después de María de Jorge Isaacs”.  La denuncia social y moral, la exaltación de lo autóctono, se entremezclan en una parodia autobiográfica que no dejó de incomodar a los sectores más conservadores del país. Lo más íntimo adquiere una dimensión popular, circula el folletín como vehículo de la novela –aparece en la parte inferior de las páginas de los diarios- trastocando las costumbres domésticas.

Vemos así, cómo los relatos femeninos, en el marco de los salones literarios (que eran en principio reuniones de amigas) dan origen al género mismo de la novela, transgrediendo el  hermetismo, vía la ilustración y poniendo de manifiesto un novedoso papel del género femenino y lo asimétrico de las relaciones entre los sexos.

Pero retornemos a Aristóteles, ya que en él no resulta fácil la separación entre amor y amistad. En tiempos de la polis, los griegos la valoraron más que a la pasión amorosa, en tanto sentimiento más fuerte y desarrollado que podría llegar incluso a eclipsar al amor. Sin embargo, la amistad no era un vínculo desexualizado. Más aún, la amistad entre varones era mucho más valorada que entre mujeres o bien, aquel hombre que frecuentaba a las mujeres podía ser considerado como afeminado.

Así, el amor entre varones para Platón era considerado como “amor celestial”, mientras que el amor o el atractivo físico hacia las mujeres era catalogado por él como “amor vulgar”.

Dejemos que nos aclare este aspecto el filósofo preferido por Juan Domingo Perón, Plutarco: “Amor no es lo que sentís por las mujeres o por las jovencitas (…) Amor es lo que une a los más jóvenes y bien nacidos, y aquello que, a través de la amistad, os conduce a la virtud. Por el contrario, el deseo por las mujeres, aunque salga bien, solo permite obtener un placer físico”.

Ampliando nuestra perspectiva, podemos inferir que la amistad no es sólo un sentimiento o un valor, sino toda una práctica de lazo social. Constituye de alguna manera su encarnación. Ciertamente, como pudimos ver en pequeñas pinceladas, adquiere diferentes significaciones de acuerdo a los contextos histórico-sociales y los géneros. A su vez, la amistad implica un uso particular del tiempo y del lenguaje. Horacio González en su libro Filosofía de la conspiración propone, entre otras figuras, a la amistad como un modo de “conspiración”; Término, este último, despojado de su significación fatalista para ser pensado más bien como lo fundante del vínculo social: “nos dice a la vez sobre el modo con que habitamos los lenguajes”. La conspiración entonces como “gesta de la amistad”, es una virtud donde, en la conjunción y en el acuerdo de almas, se borra todo lo que es dañoso y oculto. Ese llamado a una comunión de sentidos secretos, desde donde descubrir el plan urdido en el mundo o sus provocaciones.

Para J. Lacan no hay nada más que eso, el vínculo social: “lo designo con el término de discurso porque no hay otro modo de designarlo desde el momento en que uno se percata de que el vínculo social no se instaura sino anclándose en la forma cómo el lenguaje se sitúa y se imprime, se sitúa en lo que bulle, a saber en el ser que habla” [5].

¿En qué momento podemos decir que se ha traspasado la frontera de la amistad para pasar a la pasión amorosa?

¿En qué momento podemos decir que se ha traspasado la frontera de la amistad para pasar a la pasión amorosa? La intimidad y sus transformaciones. El encuentro entre los cuerpos.

Tal como anuncié más arriba, pasaremos a los testimonios:

1) Sr. I: Propone que el deseo sexual es un obstáculo para la amistad. “Cuando está buena no se puede”. La belleza como límite.

2) Sr. L: Autoriza el lazo de amistad sólo si antes hubo una relación amorosa previa, vale decir, la condición de posibilidad para la amistad entre un hombre y una mujer, y aun más su fortalecimiento, sería el encuentro sexual previo. El encuentro sexual como condición.

3) Sr. J: Su testimonio se puede separar en dos partes. El decir amistad entre el hombre (primero) y la mujer (segunda) no es indistinto, ya que ésta explicita una asimetría -cuestión que está enunciada en el paréntesis del acápite- La otra parte menciona que en caso de ser afirmativa la respuesta le permitiría al hombre inferir, en parte, qué es una mujer en ese caso particular y esto implica la responsabilidad de un ejercicio de saber acerca de la diferencia y el recurso de la sublimación. La sublimación como salida.

4) Sr. R: Se muestra escéptico en su respuesta, ya que en el amor, para él habría un deseo y la consecuente búsqueda de completitud.  Por lo tanto en la amistad debería haber una voluntad y un consentimiento que evite esa búsqueda. El consentimiento mutuo al no deseo.

5) Sr. M: Cita una experiencia personal donde la intimidad de una relación excluye la posibilidad de la amistad (sería una especie de inversión del 2). La intimidad como imposibilidad del lazo amistoso. (No habló de amor).

6) Sr. L: Una variación del 2 y el 5 en base a una experiencia personal, el hecho del encuentro entre los cuerpos ubicaría a “una amiga con privilegios”, por lo que sería necesario establecer una serie de restricciones para convenir una amistad en un sentido convencional. La intimidad como amistad privilegiada.

Podemos observar claramente cómo estos testimonios se conforman en una serie, definitivamente incompleta, pero a su vez no son autoexcluyentes. Algunos se complementan, se recubren, los menos se oponen; todos insinúan y finalmente ingresan en una constelación de equívocos. Tiendo a pensar que estos enunciados, no desprovistos de una fantasmática particular, aluden a un aspecto de verdad (ficcional).

La cuestión de la belleza, la atracción física, o bien la apetencia sexual en la amistad no estuvo siempre presente, como tampoco lo estuvo la idea de “amor puro”. Este último es una invención histórica relativamente reciente.

La belleza como límite…
La cuestión de la belleza, la atracción física, o bien la apetencia sexual en la amistad no estuvo siempre presente, como tampoco lo estuvo la idea de “amor puro”. Este último es una invención histórica relativamente reciente.

En la amistad, como para bailar un tango, hay que ser dos. Es un estado que ambas partes tienen que mantener. Aunque a menudo la diferencia entre la relación amorosa y la amistad es menor de lo que se piensa. Robert Graves expone la idea de la “amistad flechazo”, tanto en la relación amorosa como la amistad nacen, o bien de una fuente de atracción mutua –el flechazo- o bien de la intimidad y la costumbre.

El encuentro sexual como condición…
André Compte-Sponville recuerda la confesión de una mujer que cree acceder al secreto de las parejas dichosas: “Ya no estoy enamorada de él, sin duda, pero aún lo deseo, y además es mi mejor amigo”. Deja planteado de este modo, de qué manera el amor no se brinda en la carencia sino en la presencia. Esta presencia en la intimidad podría fortalecer el lazo cuando ya no hay nada más que probar, vale decir cuando se ha consumado el acto sexual y el deseo se ha sofocado, al menos momentáneamente, para pasar a otro estado. Quizás se trate más que de una declaración a favor del amor romántico. Conviene en este punto diferenciar tal como propone A. Giddens [6] el amor romántico del amour passion:

El amour passion no fue nunca una fuerza social genérica, en la forma en que el amor romántico lo fuera desde finales del siglo XVII hasta tiempos relativamente recientes. Juntamente con otros cambios sociales, la difusión de los conceptos del amor romántico se vio amalgamada con importantes mutaciones que afectaban tanto al matrimonio como a otros contextos de la vida personal. El amor romántico presupone cierto grado de auto interrogación ¿Qué siento hacia el otro? ¿Qué siente el otro hacia mí? ¿Son nuestros sentimientos lo bastante “profundos” como para sustentar un compromiso a largo plazo? A la inversa el amour passion, que se desarraiga erráticamente, el amor romántico separa al sujeto de un contexto social más amplio, de una manera diferente. Proyecta una trayectoria vital a largo plazo, orientada a un futuro anticipado aunque maleable; crea una “historia compartida”(…) Desde sus primeros orígenes el amor romántico suscita la cuestión de la intimidad. Es compatible con la lujuria, y con la sexualidad terrenal, no tanto porque idealizaba a la persona amada –aunque esto formase parte de la historia- sino porque presupone una comunicación psíquica, un encuentro de espíritus que es de carácter reparador. La otra, por ser quien ella o él es, responde a una carencia que el individuo no reconoce necesariamente –hasta que se inicia la relación amorosa. Esta carencia se debe relacionar inmediatamente con la identidad del ego. En algún sentido, el individuo imperfecto se completa …

El ejercicio de saber acerca de la diferencia y el tema de la sublimación…
Este testimonio positivo, podemos verlo refrendado por la novelista inglesa Ruth Rendell: “¿acaso es posible tener alguna vez verdaderos amigos del sexo contrario? Quizás, solamente, en el marco de la pareja (…) dos personas de sexo contrario sólo pueden ser amigos si tienen tendencias sexualmente distintas”.

De tal manera, la salida por la sublimación planteada por el Sr. J, estaría mejor enunciada por San Pablo en su epístola a los Corintios, donde habla de “caridad” [7]. Se refiere así, a que si el hombre en general halla en la amistad una caridad, es porque la pasión se halla ausente, lo que hace que la amistad se vuelva poco susceptible de alcanzar las sublimes cimas de la voluptuosidad o las profundidades de rencor y de desesperación que son los corolarios de toda gran historia de amor. El ejercicio de saber se encuentra, por decirlo de alguna manera, suspendido. Aquél al que supongo el saber, esto es parte del legado del psicoanálisis, es a quien yo amo.

El consentimiento mutuo al no deseo…
La respuesta escéptica del Sr. R se orienta más hacia la concepción de Santo Tomás que es quien realiza una bipartición entre deseo y amistad, como otra manera de retomar a Eros y Ágape, puesto que la amistad es un asunto de hombres, termina siendo un modo de esquivar la diferencia sexual. En este sentido podría pensarse –incluso corroborarse mediante un relevo histórico- que la amistad se sostendría en una ética homosexual, sobre todo entre varones. Es una buena lectura de las reuniones de varones, ya que entre ese universo de palabras emerge cierta alteridad con el que nos referenciamos al sexo opuesto.

Imaginemos una comida en casa con amigos. Jolgorio y vino. Un hombre se acerca, Sócrates es su nombre, él habla de lo que dice una mujer –Diotima- que sabe del amor.

Derrida propone, zanjando de alguna manera el tema de la pasión en la amistad, un más allá del Eros o del amor entre los sexos.

La amistad es la afectividad en cuanto puede ser vivida en ausencia de todo deseo. La amistad dispone de la plenitud de golpe, una suerte de sincronía expresada en la satisfacción del placer compartido.

La amistad es una relación propiamente humana donde no hay lugar alguno para la negatividad, es decir para la llamada que nacería del reconocimiento de una ausencia, o de una carencia, o de una irreductible desproporción. (Como puede darse en el amor a Dios).

Es la afectividad en cuanto puede ser vivida en ausencia de todo deseo. La amistad dispone de la plenitud de golpe, una suerte de sincronía expresada en la satisfacción del placer compartido.

Heráclito complica las cosas pues expresa lo contrario: debe haber una disimetría para que la amistad exista (el pobre con el rico, el débil con el fuerte, etc.)

Desde el punto de vista de Platón, la amistad es interpretada como relación intersubjetiva (con el prójimo), la búsqueda del llamado “bien común”.. En esta perspectiva la amistad se define no sobre un trasfondo de deseo y de ausencia, luego de distancia y trascendencia, sino sobre uno de presencia y comunidad compartida.

La intimidad como imposibilidad del lazo amistoso…
El Sr. M plantea una especie de inversión del testimonio del Sr. L. Vale decir, que hace de la cuestión del deseo sexual algo privativo del lazo de intimidad y de sus transformaciones.

-Tengo que felicitarlo, Milo.
-Mil. Mil Ochoa, señora.
-Milo o Mil, ¡no sabe cuánto admiro a los hombres audaces! Sin querer he sido testigo de sus éxitos con la vecina de enfrente. En materia de amor nadie debe avergonzarse de nada. Es la ley de la vida ¿No le parece Mil?
Obligado a responder al halago, no supo qué decir. Mas las sugerencias de la coquetería avanzaban más rápido que sus reacciones. Urgían. Tragando saliva, balbuceó para no pasar por timorato:
-Confunde, señora. Se trata de una amistad limpia. No hay nada de lo que usted se figura.
Era el pretexto que Zoraida ansiaba para tirarse a fondo. Los nadadores suelen probar el agua con la punta del pie…Ni más ni menos. Lo único que debía hacer ahora era zambullirse en su orgullo de galán y chapotear impulsos y deseos.
-No, no, no. No se me haga el modesto. Espiando a mi marido, noches y noches detrás de la persiana, he vivido su conquista como si yo fuese la conquistada.
-Señora…
-Nada de señora…Zoraida…
“Los Ochoa” Juan Filloy

La amistad desaparece cuando aparece el obstáculo (la condiciones de amor: el tercero perjudicado, la liviandad de la mujer, los celos, el propósito de rescatarla…no son pocos los hombres que amigablemente han querido salvar a una mujer quedando atrapados en las redes del amor).

Bien sabemos cuándo nos amigamos y cuándo nos “amigoamamos”.

El “amor al prójimo” que tanto horroriza a Freud en El malestar en la cultura se entiende en términos lacanianos en tanto se introduce la cuestión del Mal, el goce. El prójimo es un ser malvado, está habitado de esa maldad y por lo tanto ese “goce nocivo, su goce maligno, es lo que se propone como verdadero problema para mi amor” [8]. Bien sabemos cuándo nos amigamos y cuándo nos “amigoamamos”. El insulso título de “amigovios” encubre en su fatuidad la verdadera oscuridad a la que está sometido el objeto o bien el modo en el que se impone la sublimación entendida por J. Lacan como “la elevación del objeto a la dignidad de la Cosa”.

Volvamos al testimonio del Sr. F. Aquello que se manifiesta en nuestra cotidianeidad, en ese espacio y tiempo compartidos en presencia, empieza a localizarse en el lugar de la Cosa imposible. Otra versión de la sublimación diferente de la versión canónica freudiana. Se trata de un desplazamiento de la libido desde el vacío de la Cosa imposible hacia otro objeto que asume una cualidad sublime.

Un modo ejemplificador es el que Lacan propone en la lógica del amor cortés, donde el lugar de la Dama está francamente alejado de toda espiritualidad o idealidad. Más bien se corresponde con una Otredad radical, de carácter traumático y siniestro (es por ello que Lacan utiliza el término das Ding, la Cosa). Vale decir, un otro que no es un semejante, sino alguien que resiste a toda suerte de empatía. Aquí la idealización narcisística no está proscripta, empero es un fenómeno más bien secundario. (Cabe aclarar que intento llevar esta concepción al extremo para poder desglosar nuestra argumentación). Es preciso que exista ese pasaje del Bien supremo que implica la virtud de la amistad, en el encuentro con el semejante, al Mal que se aloja en la Dama -tomando el juego homofónico que realiza Lacan en el seminario de La ética: dam (damnación) – dame (dama)-, para que desaparezca la bien mentada amistad. Que emerja algo de lo que entraña la dimensión de Cosa y de causa en lo más extraño y familiar de mi ser y el del otro.

Finalmente la cuestión de la inaccesibilidad al objeto amoroso, o bien la dialéctica del deseo y la prohibición, puestas de relieve en el lazo entre un hombre y una mujer parece  inhabilitar el cauce temperado de toda relación que se enuncie como amistosa. Vale decir cuando el hombre aborda lo que J. Lacan llamó el objeto a, la causa de deseo.

Freud en Sobre un tipo particular de elección en el hombre, describe una serie de obstáculos que aparecen en la elección masculina de objeto. Obstáculos que son “condiciones de amor”: la del tercero perjudicado y el amor por mujeres fáciles; al igual que las conductas del amante hacia el objeto de su elección: el alto valor que se le confiere a la amada, la necesidad de sentir celos, la fidelidad y el propósito de rescatarla. Vuelve incluso más adelante [9] a aclarar este aspecto:

Hace falta un obstáculo para pulsionar la libido hacia lo alto, y donde las resistencias naturales a la satisfacción no bastaron, los hombres de todos los tiempos interpusieron unas resistencias convencionales al goce del amor…

Simplificando, uno podría decir que en el pasaje de la amistad al “goce del amor” lo que aparecen son los obstáculos que realzan el valor del objeto. Pero más bien son “los obstáculos externos [los] que contrarían nuestro acceso al objeto [y que] están allí precisamente para crear la ilusión de que, sin ellos, el objeto sería accesible directamente” [10].

Preguntado este autor sobre si existe la amistad entre un hombre y una mujer, responderé (con la nostalgia a cuestas de una tesis inacabada) que hay un vacío y sobre eso se articulan narrativas, convenciones, costumbres y metafísicas. Obstáculos en sí no hay.

Preguntado este autor sobre si existe la amistad entre un hombre y una mujer, responderé (con la nostalgia a cuestas de una tesis inacabada) que hay un vacío y sobre eso se articulan narrativas, convenciones, costumbres y metafísicas. Obstáculos en sí no hay. Ya conocemos, al menos desde el psicoanálisis, qué no hay. No hay proporción entre los sexos. Pero en la amistad puede calibrarse simétricamente, incluso producirse un espacio cuasi homogéneo de belleza (no atribuido a un objeto sino a un “entre”). Una conspiración. Luego, fuera de ese espacio, en otro tiempo, en ausencia, en carencia, con el dolor y el enigma, con los vericuetos del deseo, el del desencuentro bienamado… con la pregunta sobre ¿qué somos?, ¿amigos o algo más? podremos responder a la pregunta que al fin y al cabo puede llegar a surgir uno por uno en los vínculos humanos que se establezcan entre diferentes posiciones sexuadas.

[1]Psicoanalista. Médico psiquiatra.Vicepresidente del capítulo de Epistemología e historia de la psiquiatría de la APsA.
[2]Machos, sin ánimo de ofender, Franco la Cecla, Ed. Siglo XXI, 2005.
[2]Ver: El Seminario libro XI, Jacques Lacan, Ed. Paidós, 1996.
[4]La amistad. En su armonía, en sus disonancias, Ed. Idea Books, España, 2000.
[5]El Seminario libro XX, Aún, Jacques Lacan, Ed. Paidós, 1995, pág. 68.
[6]Giddens Anthony, La transformación de la intimidad, ed. Cátedra, Madrid, 2000.
[7]"A diferencia del amor pasional y egoísta, la caridad (agapé) es un amor de benevolencia que quiere el bien ajeno" (Citado por Freud en Psicología de las masas…)
[8]La ética pág. 227.
[9]Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa, 1912 EA p. 181.
[10]Las metástasis del goce, Slavoj Zizek

Artículo por:

Emilio Vaschetto

Psicoanalista 

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