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El valor de la capacidad de hacer nada

Buenos Aires

Por Manager Manager

El valor de la capacidad de hacer nada | Letra Urbana
Foto: Zach-Betten

En tiempos de vértigo, hiperactividad y variadas propuestas para ocupar el tiempo vale pensar qué es lo que se hace cuando se hace nada.

Hacer nada. Parece contradictorio. Hacer es hacer!
En general decimos no hacer nada. Veamos un poco porqué la capacidad de hacer nada podría tener algún valor en una época en que está tan potenciada la actividad, posiblemente a veces en forma excesiva. Entonces partamos del punto de que valorar cierta pasividad no intenta para nada desvalorizar aquellos momentos en que estamos conectados y activos. Remontémonos a esas épocas tempranas de la vida en que somos tan dependientes, tan poco autónomos. Desde ya que un bebé en sus épocas cercanas al nacimiento tiene momentos de una intensa actividad. Se mueve con energía dentro de su escasa coordinación y paulatinamente va a ir integrando cada vez más sus movimientos para ir logrando algún grado de autonomía. Al principio consiste en fijar la mirada en la madre, tocar su cuerpo. Lo más frecuente sus pechos, pero puede ser una oreja o alguna otra parte de la cara, en fin, al moverse hace experiencia y descubre. Por supuesto que esto es valiosísimo. Claro que aquellos que tienen experiencia con la crianza, (creo que somos muchos), saben o sabemos que en algún momento nuestros bebés pueden inmovilizarse y fijar la mirada en un punto y quedarse así,  haciendo nada. Ningún niño tiene lenguaje para contarnos en esos momentos en qué anda. Me surge la pregunta: ¿no está haciendo nada, pero está en algo?

Peguemos un salto evolutivo y hagamos que nuestro niño esté en la escuela primaria y presta atención en clase y en algún momento se distrae, “se va” de la clase. Claro se va, pero sigue estando. En realidad está, pero no está. ¿Cómo es esto? Alguien podría afirmar que si está, está, y si no está, no está! Pero todos hemos experimentado el estar físicamente pero que nuestra mente empieza a vagar en otra cosa. Si esto es repetido o muy intenso lo llevan al niño a algún profesional pensando que necesita ayuda y en una de esas la necesita, pero en una de esas no la necesita. Después tendríamos que ver en qué consiste esa ayuda.
Resulta que si ese niño “se fue”, quizás se conecte con asuntos suyos que necesita elaborar y deje de tener interés momentáneo por la clase. ¿Y qué tipo de asuntos suyos pueden ser esos a los que se retrae su atención? Quizás fantasías a partir de las que toma contacto con distintos aspectos de su existencia. Los niños cuando están bien tienen una vida intensa, pero pueden ser también momentos en que se queda en nada.En el campo de las psicoterapias muchas veces está potenciada la búsqueda de sentido, de explicación. No es que esto no tenga valor, pero frecuentemente es un punto de llegada y en el camino tenemos que ayudar a nuestros pacientes a encontrarse y conseguir esa parte de nuestra existencia que no requiere explicación.

Voy a avanzar aquí con una opinión sobre lo que estoy desarrollando. Creo que es un signo valioso en una persona, ya no necesariamente un niño, poder tener momentos de retracción en sí mismo. Considero que nuestra actividad vital se desarrolla entre momentos de intensa integración y otros no menos importantes, de no integración. A este estado tenemos que diferenciarlo del de desintegración que implica una complejidad y dificultad que no voy a desarrollar en estas líneas.

Hago mención que estas ideas fueron desarrolladas entre otros por el pediatra y psicoanalista inglés D.W. Winnicott (1896 – 1971). Veamos entonces, estos momentos que llamamos de no integración son aquellos en que, volviendo a nuestro bebé del relato, después de haber estado en contacto intenso con su madre tomando el pecho con fruición, con excitación, succionando, moviéndose, tocándola, por momento más exaltado y en otros más sereno, paulatinamente se va desconectando. Quizás más tarde se va a dormir, pero ahora, después de algo tan intenso se queda quieto, sereno, parece en la nada. Nuestro bebé ha tenido un momento de intensa satisfacción con una partenaire, la madre. que lo acompañó también con satisfacción y en su caso con comprensión de lo que estaba pasando. Ella es una persona con experiencia y puede entender a su bebé. Ahora bien, ese bebé necesita que su experta madre entienda su falta de necesidad de actividad y su intensa necesidad de no hacer nada. Las dos fases, conexión y desconexión constituyen una unidad que implica una experiencia enriquecedora.

Hagamos otro salto y pensemos en la vida de una pareja con cierto tiempo de trayectoria juntos. Si todo anda bien van a disfrutar de los momentos de estar juntos. Ahora bien, esos momentos pueden ser de intenso intercambio y también de desconexión. Es así que estar desconectado en presencia de otro no es un problema siempre y cuando él o la que acompaña lo tolere sin conflicto. Podemos pensar acá lo fino que es el calibre del tipo de acompañamiento que tienen las relaciones humanas. La variedad es enorme, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos. Cada familia, cada grupo de amigos, cada comunidad tiene su estilo de permitirse esta forma de estar juntos los individuos sin estarlo. Volviendo a la pareja, en algunos casos el estar juntos y no interactuar puede sentirse como aburrido pero en otros casos es sencillamente estar solos en presencia del otro, que vale aclarar que no es lo mismo que estar solos.

Lo humano es de una riqueza enorme. Si las cosas andan suficientemente bien, como dijimos antes, una persona sigue acompañada por sus seres queridos aun cuando estos no están. Para que esto suceda, volviendo a los comienzos de la vida, el vínculo temprano con la madre o quien la sustituya si ésta no estuviese, tiene que ser lo suficientemente continuo y empático como para generar en el niño un marco de confianza en sí mismo que le permita una estabilidad emocional posterior. Sin esa estabilidad y auto confianza es muy difícil que una persona pueda retraerse a su mundo de fantasías o más allá de estas a algún estado en que esté solo en conexión con su sensorialidad sin que ésta sea necesariamente consciente.

Entonces volviendo al tema que nos ocupa, podríamos afirmar que la capacidad para hacer nada implica un nivel de fortaleza y estabilidad emocional importante. Este hacer nada es estar en contacto con esa sensorialidad sin necesidad de sentido simbólico a la que podemos replegarnos luego de momentos vivenciales intensos o no tanto, pero sí vitales. Implican sensaciones de serenidad y son faltos de exigencia.

Cuando a un individuo lo mueve la ansiedad o la angustia ya sea porque atraviesa una época difícil o porque su estructura emocional básica implica en forma casi permanente esos estados, las retracciones parecidas a lo que estamos denominando estar en la nada son muy distintas. Incluyen posiblemente sensaciones de vacío, de vacuidad, que están en general relacionada con problemas depresivos, de falta de sentido. Son episodios de los que se sale con inquietud y no con la vivencia de haber estado consigo mismo en un momento de contacto enriquecedor. Es así como en estas circunstancias muchas veces la persona prefiere estar en actividad, porque estar consigo mismo mueve ese estado de inquietud recién mencionado.

En el campo de las psicoterapias muchas veces está potenciada la búsqueda de sentido, de explicación. No es que esto no tenga valor, pero frecuentemente es un punto de llegada y en el camino tenemos que ayudar a nuestros pacientes a encontrarse y conseguir esa parte de nuestra existencia que no requiere explicación. Esa parte no integrada que nos permite el balance permanente entre la experiencia activa e investigadora y la existencia reposada en nosotros mismo.

Quisiera aclarar que no intento desarrollar una posición filosófica particular ni algo en relación a un estado zen o parecido. No lo hago no por alguna controversia sino porque no es lo que conozco ni lo que he experimentado. Sencillamente a través de estas líneas doy alguna explicación por supuesto que incompleta, de lo importante que considero tener la capacidad para estar en lo que llamo la nada y que diferencio netamente de estados relacionados con momentos depresivos. Una cosa es estar con uno mismo en una situación reposada y otra es permanecer en un estado de vacío ansioso o desconectado que implicarían lo que pasa cuando una persona atraviesa un estado depresivo. Son vivencias diametralmente distintas y generan en las demás reacciones distintas. Al que está en este tipo de retracción valiosa en sí mismo hay que dejarlo tranquilo, al otro hay que tratar de ayudarlo lo que muchas veces no es fácil.

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Manager Manager

 

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